El Rey Vampiro abrió la puerta equivocada, entonces vio la marca que lo cambió todo

El Rey Vampiro abrió la puerta equivocada, entonces vio la marca que lo cambió todo

PARTE 1

Lord Casimir Thornwood había gobernado los territorios vampíricos del norte durante tres siglos, pero jamás imaginó que el secreto capaz de destruir su reino estuviera escondido en la espalda de su propia secretaria.

Todo comenzó cuando abrió una puerta equivocada.

La tormenta golpeaba las ventanas de la mansión mientras Casimir caminaba distraído entre los pasillos con una carpeta de documentos en la mano. Necesitaba que Ivana Holloway revisara unos informes importantes antes de una reunión del Consejo.

Ivana llevaba dos años trabajando para él.

Era humana, inteligente, obstinada y sorprendentemente tranquila frente a criaturas que podían matarla antes de que alcanzara a gritar. Nunca hacía preguntas incómodas. Nunca temblaba cuando los vampiros entraban en una habitación.

Casimir lo había considerado profesionalismo.

Aquella noche descubrió que era algo mucho más peligroso.

Abrió una puerta creyendo que era su estudio y encontró a Ivana cambiándose de ropa.

Pero no fue su cuerpo lo que lo dejó inmóvil.

Fue el enorme tatuaje que cubría su espalda.

Una corona atravesada por siete dagas, rodeada de rosas rojas y antiguas palabras vampíricas.

En el centro aparecía un nombre prohibido:

Adrien Valmont.

Casimir cerró la puerta detrás de él.

—Explíquelo.

Ivana se cubrió rápidamente con una bata.

—Es solo un tatuaje.

—No insulte mi inteligencia.

Aquel símbolo pertenecía a los antiguos juramentados de sangre de Adrien Valmont, una reina ejecutada más de un siglo atrás y recordada oficialmente como traidora.

Todos los que habían llevado aquella marca habían sido perseguidos.

Supuestamente, ninguno sobrevivió.

Ivana lo miró fijamente.

—Entonces sus cazadores no hicieron muy bien su trabajo.

La revelación llegó poco después.

Su tatarabuela, Clara Holloway, había servido personalmente a Adrien.

Según la historia que la familia de Ivana había protegido durante generaciones, Adrien no había traicionado al mundo vampírico.

Había intentado reformarlo.

Quería impedir que los humanos fueran tratados como ganado, terminar con el comercio de sangre y establecer leyes que protegieran a los más vulnerables.

Por eso la habían eliminado.

—¿Quién? —preguntó Casimir.

Ivana pronunció tres nombres.

Mordecai Crane.

Delphine Ashworth.

Víctor Reinhard.

Tres miembros del Consejo actual.

Casimir quiso rechazarlo como una historia familiar alimentada por resentimiento.

Entonces Ivana abrió un cofre.

Cartas.

Registros financieros.

Correspondencia antigua.

Y, sobre todo, el diario personal de Adrien.

Mientras leía aquellas páginas, las dudas que Casimir había enterrado durante siglos regresaron.

Adrien describía amenazas, conspiraciones y el temor de otros nobles a perder los beneficios obtenidos explotando humanos.

Ivana no quería venganza ciega.

Quería demostrar la verdad.

Casimir comprendió entonces que ayudarla significaba enfrentarse a la institución que había sostenido su poder durante siglos.

También podía significar su muerte.

—Si hacemos esto —dijo—, necesitaremos pruebas imposibles de negar.

Durante las siguientes semanas trabajaron juntos en secreto.

La relación entre rey y secretaria comenzó a transformarse.

Casimir empezó a admirar demasiado la valentía de Ivana.

Ivana comenzó a confiar demasiado en el monstruo al que había esperado utilizar como aliado.

Pero tenían un problema.

Los documentos demostraban corrupción y beneficios económicos, aunque todavía faltaba un testigo directo del asesinato de Adrien.

Entonces Ivana encontró un nombre en los diarios familiares.

Sebastian Lock.

Un antiguo vampiro que había apoyado a Adrien y había desaparecido después de su ejecución.

Oficialmente estaba muerto.

Casimir sabía otra cosa.

—Sebastian Lock sigue vivo.

Ivana encontró una pista que señalaba hacia un viejo faro abandonado junto al mar.

Viajaron juntos.

Después de días atravesando tierras aisladas llegaron hasta una cabaña que parecía desierta.

Casimir sintió inmediatamente que algo no estaba bien.

Demasiado limpia.

Demasiado silenciosa.

Demasiado perfectamente abandonada.

Entonces una voz surgió desde las sombras.

—Me preguntaba cuánto tardaría alguien en encontrarme.

Un hombre alto, extremadamente pálido y de cabello plateado apareció frente a ellos.

Sebastian Lock.

Ivana sacó una carta escrita por Clara Holloway.

El anciano vampiro la leyó en silencio.

Cuando terminó, tenía lágrimas en los ojos.

Clara lo había perdonado por huir.

Ivana le pidió que hiciera algo más difícil que sobrevivir.

Que testificara.

Sebastian dudó.

Pero finalmente los dejó entrar.

Y comenzó a contar la verdad.

Había estado presente cuando Crane, Ashworth y Reinhard planearon eliminar a Adrien.

Había escuchado sus conversaciones.

Sabía cómo manipularon el juicio.

Y sabía quién había dirigido personalmente la ejecución.

Pero entonces Sebastian dijo algo que hizo que Casimir se inclinara hacia delante.

—Adrien sabía que podían matarla. Por eso escondió una última cosa.

Caminó hasta la chimenea y retiró una piedra.

Sacó un viejo cilindro metálico.

Dentro había un pergamino firmado casi mil años atrás por los fundadores del gobierno vampírico.

Casimir comenzó a leer.

Su rostro perdió todo color.

La primera carta prohibía explícitamente el comercio de sangre, exigía consentimiento para transformar humanos y obligaba a protegerlos dentro de territorios vampíricos.

Adrien jamás había intentado destruir las leyes.

Había intentado hacer cumplir las leyes originales.

Ivana comprendió lo que significaba.

—Con esto podemos derrotarlos.

Casimir levantó lentamente la mirada.

—No solo podemos derrotarlos.

Apretó el documento entre las manos.

—Podemos demostrar que durante siglos el propio Consejo vampírico ha sido construido sobre una mentira.

PARTE 2

Sebastian Lock aceptó testificar.

No porque hubiera dejado de tener miedo, sino porque ya no podía soportar que su silencio siguiera protegiendo a los hombres responsables de la muerte de Adrien.

Casimir preparó entonces la jugada más arriesgada de su existencia.

Convocó una sesión extraordinaria del Consejo.

Ivana entró como testigo, convirtiéndose en una de las pocas humanas admitidas en aquella cámara durante un procedimiento oficial.

Sebastian permaneció oculto.

Casimir quería reservarlo para el momento exacto.

Cuando todos estuvieron reunidos, se levantó.

—Estamos aquí para hablar de la ejecución de Adrien Valmont.

Las protestas comenzaron inmediatamente.

Víctor Reinhard la llamó traidora.

Mordecai Crane exigió saber por qué estaban perdiendo tiempo revisando una historia muerta.

Casimir respondió:

—Porque esa historia es una mentira.

El salón quedó en silencio.

Acusó públicamente a Crane, Ashworth y Reinhard de haber eliminado a Adrien para impedir sus reformas y conservar los beneficios del comercio de sangre.

Ivana distribuyó las pruebas.

Pagos.

Cartas.

Registros.

Documentos verificados por historiadores independientes.

Los acusados negaron todo.

Entonces Casimir presentó la primera carta.

Aquello cambió el tono de la sala.

Ya no se trataba únicamente de asesinato.

Significaba que los tres habían violado las leyes fundacionales de su propia especie.

Pero Crane todavía sonreía.

—Documentos viejos y acusaciones humanas. ¿Eso es todo?

Casimir lo miró.

—No.

Entonces ordenó retirar la pantalla.

Sebastian Lock apareció.

La cámara explotó en murmullos.

Un vampiro considerado muerto desde hacía generaciones estaba allí.

Y había sido testigo.

Sebastian contó todo.

Las reuniones secretas.

La manipulación del juicio.

Las amenazas contra Adrien.

El papel de Reinhard en la ejecución.

La forma en que después destruyeron registros y persiguieron a quienes intentaron hablar.

Ivana observó a los miembros del Consejo.

Uno tras otro dejaron de defender a los acusados.

Incluso antiguos aliados comenzaron a apartarse.

La verdad ya era demasiado grande.

Finalmente, la reina Caterina de los territorios occidentales se levantó.

Era una de las criaturas más antiguas y poderosas presentes.

Invocó el derecho de justicia de sangre.

Ordenó que Crane, Ashworth y Reinhard fueran despojados inmediatamente de sus cargos y sometidos a juicio formal.

Mientras los guardias se llevaban a Mordecai, él miró a Casimir con odio.

—Has firmado tu sentencia de muerte. Tú y tu mascota humana.

Casimir ni siquiera pestañeó.

—Tienes razón en una cosa. Esto no ha terminado.

Miró a Ivana.

—Pero es el principio del fin para vampiros como tú.

El juicio posterior sacudió toda la sociedad vampírica.

Los testimonios se multiplicaron.

Aparecieron nuevas víctimas.

Viejos documentos salieron de archivos privados.

Finalmente, Mordecai Crane, Delphine Ashworth y Víctor Reinhard fueron declarados culpables de asesinato, conspiración y violación de la primera carta.

Fueron ejecutados.

Adrien Valmont fue exonerada públicamente.

Su nombre dejó de aparecer en los libros como traidora.

El Consejo aprobó nuevas leyes basadas en los principios originales: consentimiento, protección de humanos y prohibición del comercio de sangre.

Cinco generaciones de la familia Holloway habían esperado aquel momento.

Pero cuando todo terminó, Ivana descubrió que no sabía qué hacer con su propia vida.

Encontró un nuevo monumento en los jardines de Thornwood.

Era una estatua de Adrien.

Debajo aparecían unas palabras tomadas de su diario:

Seremos mejores de lo que somos o moriremos en el intento.

Casimir se acercó.

—Tu familia consiguió esta victoria.

Ivana negó con la cabeza.

—Nosotros la conseguimos.

Durante meses habían trabajado, viajado, conspirado y arriesgado sus vidas juntos.

También habían dejado de ser simplemente rey y secretaria.

Casimir tomó su mano.

—Me enseñaste que el honor no es una palabra bonita en libros antiguos.

Ivana sonrió.

—Y tú me enseñaste que no todos los vampiros son monstruos.

Permanecieron frente al monumento mientras el cielo cambiaba de color.

Entonces Ivana hizo la pregunta que ambos habían estado evitando.

—¿Qué ocurre ahora?

—¿A qué te refieres?

—El juicio terminó. Adrien tiene justicia. ¿Vuelvo a ser solamente tu secretaria? ¿Seguimos fingiendo que aquí no ha pasado nada?

Casimir la observó largamente.

Sus ojos, normalmente fríos, se suavizaron.

—No creo que podamos seguir fingiendo.

Le besó suavemente los nudillos.

—Quédate conmigo, Ivana. No como secretaria. Como compañera. Ayúdame a construir el mundo por el que Adrien murió.

Ivana tragó saliva.

—Soy humana, Casimir.

Aquella era la verdad que ninguno podía cambiar.

Ella tendría décadas.

Él posiblemente tendría siglos.

—Entonces aprovecharé cada una de esas décadas —respondió—. Y cuando llegue el momento, si tú lo deseas, puedo ofrecerte más tiempo.

Ivana comprendió inmediatamente lo que significaba.

Convertirse.

Casimir continuó antes de que pudiera responder.

—Solo si tú quieres. Nunca tomaré esa decisión por ti.

Eso fue lo que finalmente derribó la última defensa de Ivana.

Todo lo que Adrien había defendido se reducía, al final, a aquella misma palabra:

elección.

Ivana sonrió.

—Pregúntamelo otra vez dentro de diez años.

Casimir arqueó una ceja.

—¿Diez?

—Quiero comprobar si después de una década sigues soportándome.

Casimir soltó una carcajada y la abrazó.

—Ivana, supe que eras insoportable desde la noche en que abrí la puerta equivocada.

Ella apoyó la cabeza contra su pecho.

—¿No más secretos?

—No más secretos.

Y así terminó una historia que había comenzado con una puerta abierta por accidente.

Un rey vampiro había descubierto un tatuaje prohibido.

Una secretaria humana había descubierto que el hombre al que pretendía utilizar todavía era capaz de hacer lo correcto.

Una reina asesinada había recuperado finalmente su nombre.

Y un mundo construido durante siglos sobre el miedo comenzó lentamente a cambiar.

No porque sus gobernantes fueran inmortales.

Sino porque, por primera vez en demasiado tiempo, algunos de ellos recordaron que tener poder no significaba tener derecho sobre los demás.

Ivana levantó la mirada hacia Casimir.

Él la besó en la frente.

Detrás de ellos, la estatua de Adrien permanecía iluminada por los últimos rayos del día.

Y aunque aquella reina había muerto mucho antes de que Ivana naciera, por primera vez su sueño ya no pertenecía al pasado.

Había sobrevivido.

Y ahora tenía a dos personas dispuestas a defenderlo juntas.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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