El Rey Lycan La Vio Sola Y Tomó Una Decisión Que Cambiaría Sus Vidas Para Siempre
PARTE 1
—Me dijeron que estás sola. Déjame darte hijos.
Vera tardó tres segundos en comprender lo que acababa de escuchar.
Después cerró la puerta con todas sus fuerzas en la cara del rey licántropo más temido de las tierras fronterizas.
Durante dos años, nadie había visitado voluntariamente la pequeña casa de la “viuda estéril del Cerro Cenizo”.
Los aldeanos evitaban caminar cerca de ella. Algunas mujeres incluso apartaban a sus hijos cuando Vera aparecía en el mercado, como si su incapacidad para tener descendencia fuera una enfermedad contagiosa.
Su difunto esposo había contribuido a aquella humillación.
Antes de partir de este mundo, le hizo creer durante años que ella era defectuosa, incapaz de darle la familia que merecía.
Cuando él desapareció, Vera no solo heredó una casa deteriorada.
También heredó vergüenza.
Soledad.
Y una desconfianza absoluta hacia los hombres.
Por eso, cuando Magnus apareció frente a su puerta con más de dos metros de altura, pieles de lobo sobre los hombros y ojos dorados capaces de intimidar a cualquier Alfa, Vera decidió que prefería morir sola antes que soportar otra humillación.
Magnus, sin embargo, no se marchó.
A la mañana siguiente Vera despertó escuchando golpes.
Miró por la ventana.
El rey estaba cortando leña.
—¿Qué haces? —preguntó ella desde la puerta.
Magnus señaló el montón.
—Te falta leña.
Después señaló el techo.
—También tienes goteras.
—Eso no te da derecho a quedarte.
—No.
Magnus levantó el hacha.
—Pero la lluvia tampoco te pidió permiso.
Aquello fue el comienzo del cortejo más extraño que Vera había visto.
Magnus nunca llevaba flores.
Llevaba comida.
No escribía poemas.
Reparaba cercas.
Cuando la chimenea empezó a derrumbarse, pasó horas reconstruyéndola.
Cuando llegó el invierno, llenó su almacén de provisiones.
Era terrible hablando de sentimientos, pero parecía recordar cada pequeño problema que Vera mencionaba.
Ella mantuvo las distancias.
Aceptaba su ayuda porque la necesitaba, pero jamás olvidaba que aquel hombre era un rey acostumbrado a conseguir lo que quería.
Hasta que un día Magnus cayó mientras reparaba el techo.
Vera corrió hacia él.
Cuando sus manos tocaron su piel, una chispa azul atravesó a ambos.
Magnus retrocedió inmediatamente.
Sus ojos dorados se volvieron violetas durante un instante.
Vera también sintió algo.
Una corriente cálida que atravesó su pecho.
—¿Qué fue eso?
Magnus permaneció demasiado tiempo en silencio.
—Electricidad.
Vera miró el suelo de madera.
—El suelo está mojado.
—Electricidad extraña.
Ella sospechó que mentía.
Y tenía razón.
Magnus había reconocido el vínculo.
Vera era su compañera destinada.
Pero decidió no decírselo.
No quería que una fuerza sobrenatural obligara a Vera a aceptarlo.
Quería que ella pudiera elegirlo.
El invierno terminó encerrándolos juntos durante semanas.
Vera descubrió detrás del temido rey a un hombre sorprendentemente paciente.
Magnus aprendió a hornear pan.
Incluso intentó coser.
Era horrible en eso.
Vera se rio de él por primera vez.
Y Magnus habría enfrentado a un ejército entero solo por volver a escuchar aquella risa.
Una noche, junto al fuego, Vera finalmente habló de su matrimonio.
De las humillaciones.
De los años intentando tener un hijo.
De los supuestos remedios que su esposo y, después, su hermano Silas le habían dado regularmente.
Magnus escuchó en silencio.
Entonces olió algo.
Se levantó.
Fue hacia la despensa y comenzó a revisar los pequeños recipientes de hierbas.
Encontró uno escondido detrás de varios sacos.
En cuanto lo abrió, su expresión cambió.
—¿Quién te dio esto?
Vera miró el frasco.
—Silas. Dice que ayuda con mi condición.
Los ojos de Magnus brillaron.
—Esto es acónito de luna.
—¿Y?
—En dosis pequeñas suprime temporalmente la fertilidad de una Omega.
Vera dejó de respirar.
Magnus apretó el recipiente entre sus dedos.
—Pero consumido durante años puede causar daños graves.
Ella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—No soy Omega.
Magnus la miró directamente.
—Sí lo eres.
Vera retrocedió.
—Me dijeron que soy humana. Me dijeron que soy estéril.
La mandíbula de Magnus se tensó.
Entonces pronunció las palabras que destruyeron de golpe toda la historia que Vera había creído sobre sí misma:
—No eres estéril, Vera.
Le mostró el frasco.
—Alguien ha estado envenenándote durante años para hacerte creer que lo eres.
PARTE 2
Vera no lloró.
Al principio no pudo.
Su mente empezó a reconstruir años enteros de recuerdos.
Su esposo evitando compartir la cama.
Los “remedios” que insistía en preparar personalmente.
Silas llegando después de la partida de su hermano con nuevas bolsas de hierbas.
Las constantes advertencias:
Eres delicada, Vera.
Tu cuerpo no funciona como debería.
No deberías intentar tener hijos.
Entonces recordó algo más.
La propiedad.
Debajo de las tierras que había heredado existían antiguos depósitos de minerales valiosos.
Si Vera desaparecía sin descendencia, la propiedad regresaría legalmente a la familia de su esposo.
—Me necesitaban sin hijos —susurró.
Magnus no respondió.
No hacía falta.
Por primera vez en años, Vera no sintió vergüenza.
Sintió furia.
—Quiero justicia.
Magnus la miró.
—Dime qué quieres que haga.
Aquella pregunta la sorprendió.
El antiguo Vera habría esperado que un hombre poderoso decidiera por ella.
Magnus no lo hizo.
Le ofreció una elección.
—Primero quiero saber toda la verdad.
Magnus aceptó.
Pero había una verdad que todavía le ocultaba.
Él también estaba enfermo.
Desde generaciones atrás, los hombres de su familia sufrían una maldición ligada al poder Alfa.
Su enorme cuerpo no dejaba de crecer.
La magia fortalecía músculos y huesos, pero sus órganos no podían seguir el mismo ritmo.
Su corazón estaba empezando a fallar.
Solo el vínculo con su verdadera compañera podía estabilizarlo.
Magnus sabía desde hacía semanas que Vera podía salvarlo.
Aun así, nunca se lo dijo.
Prefería perder la vida antes que hacerla sentir obligada a aceptarlo.
Mientras tanto, Silas comenzó a sospechar.
Vera había dejado de beber las infusiones.
Magnus permanecía junto a ella.
Y la propiedad que Silas esperaba heredar parecía alejarse cada vez más de sus manos.
Durante la noche más fría del invierno, Silas llegó acompañado de varios mercenarios.
Golpeó la puerta.
—¡Vera! He venido a rescatarte.
Magnus salió.
—Ella no necesita ser rescatada.
Silas sonrió.
—¿De verdad crees que una mujer como ella te elegiría voluntariamente?
Vera apareció detrás de Magnus.
—Sí.
Silas perdió la sonrisa.
Entonces sus hombres atacaron.
Magnus luchó para impedir que llegaran hasta Vera, pero ella notó inmediatamente que algo estaba mal.
El rey respiraba con dificultad.
Cada movimiento parecía costarle más que el anterior.
Finalmente cayó de rodillas.
Una mancha oscura apareció sobre la nieve.
—Magnus.
Vera corrió hacia él.
Silas intentó sujetarla.
—¡Aléjate de esa bestia!
Vera levantó la cabeza.
Algo dentro de ella se rompió.
No de miedo.
De ira.
Durante años habían suprimido una parte de su naturaleza con veneno.
Pero la sustancia llevaba semanas fuera de su cuerpo.
Y al ver a Magnus herido, aquello que permanecía dormido finalmente despertó.
Vera gritó.
No fue un sonido completamente humano.
El aire tembló.
Los atacantes se quedaron inmóviles.
Una luz plateada rodeó su cuerpo.
Sus huesos comenzaron a transformarse.
Magnus levantó la mirada con incredulidad.
—No puede ser…
Vera emergió del cambio convertida en algo que la mayoría de los licántropos solo conocía por antiguas leyendas.
Una Omega de Invierno.
No era una Omega débil destinada únicamente a obedecer.
Su voz llevaba una autoridad ancestral capaz de imponer silencio incluso sobre lobos entrenados.
—Arrodíllense.
Los mercenarios intentaron resistirse.
Sus cuerpos obedecieron antes que sus mentes.
Uno tras otro cayeron sobre la nieve.
Silas retrocedió.
—Eso es imposible.
Vera avanzó.
—Lo imposible fue que me hicieras creer durante tantos años que yo era el problema.
Silas intentó escapar.
No llegó lejos.
Cuando todo terminó, los hombres que habían participado en la conspiración fueron entregados a las autoridades de los clanes, mientras las pruebas encontradas entre los documentos de Silas revelaron años de manipulación, venenos y planes para quedarse con las tierras de Vera.
Pero ella apenas prestó atención.
Magnus seguía en el suelo.
Su respiración era cada vez más débil.
Vera cayó de rodillas junto a él.
—¿Qué te pasa?
Magnus cerró los ojos.
—Mi maldición.
—¿Qué maldición?
Ya no tenía fuerzas para seguir ocultándolo.
Le contó todo.
El crecimiento.
Su corazón.
El vínculo.
Y que desde el primer día sabía que Vera era su compañera destinada.
Ella lo miró, impactada.
—¿Podías habérmelo dicho?
—Sí.
—¿Y no lo hiciste?
Magnus sonrió débilmente.
—Quería que me eligieras a mí. No a una maldición. No a un vínculo. No porque mi vida dependiera de ello.
Vera sintió lágrimas calientes recorrer sus mejillas.
Aquel hombre que había llegado a su puerta pronunciando la propuesta más absurda que había escuchado…
había pasado meses intentando asegurarse de que ella fuera libre de decir que no.
—Eres un idiota.
—Eso me han dicho.
Vera soltó una risa entre lágrimas.
Después sostuvo su rostro.
—Te elijo.
El vínculo se completó bajo la luna del solsticio.
La energía plateada de Vera recorrió el cuerpo de Magnus.
Su crecimiento descontrolado se detuvo.
El dolor desapareció de sus ojos.
Por primera vez en años, el rey respiró sin sentir que su propio cuerpo lo estaba destruyendo.
Pero sus problemas todavía no habían terminado.
La primavera llevó hasta la frontera al Consejo de Ancianos.
Los miembros de la corte exigieron que Magnus volviera a la capital.
Peor aún, se negaron a reconocer a Vera.
—Una Omega sin linaje documentado no puede convertirse en reina —declaró el jefe del consejo—. Debe someterse a nuestras pruebas.
Magnus se levantó.
—No.
—Es la ley.
—Entonces cambien la ley.
El anciano negó con la cabeza.
—La corona pertenece al reino, Magnus. No puede cambiar siglos de tradición por una mujer.
Vera sintió que todos los viejos miedos regresaban.
Otra vez alguien decidía que no era suficiente.
Otra vez querían examinarla.
Juzgarla.
Convertir su cuerpo en propiedad de otros.
Entonces escuchó metal golpeando el suelo.
La corona de Magnus estaba a los pies del anciano.
Todo el mundo quedó en silencio.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Vera.
Magnus la miró.
—Eligiendo.
Después se dirigió al consejo.
—Si para ser rey debo permitir que humillen a mi compañera, entonces no seré rey.
Los ancianos palidecieron.
—Magnus…
—Cortaré su leña. Repararé su techo. Criaré a nuestros hijos. Seré todo lo que ella necesite.
Señaló la corona.
—Pero no llevaré eso si ella no puede estar a mi lado como mi igual.
Vera comenzó a llorar.
No porque un rey hubiera renunciado al trono por ella.
Sino porque, por primera vez en su vida, un hombre había renunciado al poder antes que intentar quitárselo a ella.
Entonces la tierra tembló.
Una luz plateada se extendió desde sus pies.
El hielo que durante décadas había cubierto aquella región comenzó a derretirse.
Bajo la nieve apareció tierra oscura.
Después una flor.
Luego cien.
Miles.
En cuestión de minutos, la frontera conocida durante generaciones por sus inviernos interminables se convirtió en un campo de flores silvestres.
Los ancianos quedaron inmóviles.
Una Omega de Invierno.
Un rey que había elegido servir antes que dominar.
Y una tierra que parecía haber respondido a aquella elección.
Uno de los ancianos cayó de rodillas.
Después otro.
La corona seguía en el suelo.
Ya no importaba.
La propia tierra había reconocido a Vera y Magnus.
Con el tiempo, ambos transformaron el reino.
Las viejas leyes utilizadas para controlar a los Omegas fueron eliminadas.
Las tierras fronterizas se convirtieron en un refugio para aquellos perseguidos por su origen o rango.
Magnus siguió gobernando, pero de una forma distinta.
No desde un trono lejano.
Desde la misma casa donde un día había aprendido a reparar goteras.
Meses después, Vera estaba de pie frente a aquella puerta mientras observaba su vientre redondeado.
Magnus apareció cargando leña.
Ella sonrió.
—¿Recuerdas la primera cosa que me dijiste?
Él dejó escapar un suspiro.
—Intento olvidarla todos los días.
—“Déjame darte hijos”.
Magnus cerró los ojos.
—No fue mi mejor momento.
Vera rio.
Él se acercó y apoyó una mano sobre su vientre.
—Ahora lo diría diferente.
—¿Cómo?
Magnus la miró.
—Déjame construir una vida contigo. Si tú quieres.
Vera tomó su mano.
Durante años había pensado que estaba incompleta porque otros hombres necesitaban que creyera aquella mentira.
Magnus nunca la completó.
Solo le dio suficiente seguridad para descubrir que siempre había estado entera.
Y aquella fue la verdadera razón por la que Vera lo eligió.
No porque fuera un rey.
No porque existiera un vínculo mágico.
Ni siquiera porque la hubiera salvado.
Sino porque cuando tuvo poder suficiente para obligarla…
eligió esperar hasta que ella pudiera decir sí por sí misma.
