El rey lobo me rechazó frente a toda su manada… pero una hora después me encerró en su habitación y descubrí el secreto que podía destruirlo
El rey lobo me rechazó frente a toda su manada… pero una hora después me encerró en su habitación y descubrí el secreto que podía destruirlo
PARTE 1
El rey de los hombres lobo me humilló frente a cientos de criaturas y ordenó que me encerraran en una torre.
Una hora después, descubrí que sus guardias me habían llevado a su propia habitación.
Y cuando él entró y cerró la puerta con llave, comprendí que aquella noche no terminaría como yo esperaba.
Lo que todavía no sabía era que alguien en ese castillo había preparado una trampa para los dos.
Me llamo Clara O’Connor y todo comenzó cuando mi nombre salió elegido en el sorteo de mi pueblo.
Durante cincuenta años, Ashborne había mantenido un acuerdo con la manada Harrington. Cada diez años debíamos entregar a una persona como tributo para conservar la paz.
Esta vez me tocó a mí.
Mi padre, Tomás, intentó cambiar mi destino. Ofreció nuestras tierras, nuestras cosechas y todo lo que teníamos.
Pero los enviados del rey no aceptaron nada.
Me subieron a un carruaje y me llevaron hacia las montañas del norte.
Cuando llegamos al castillo Ironhold, sentí que se me cerraba el estómago.
Era una fortaleza enorme, rodeada de niebla y vigilada por hombres cuyos ojos brillaban de una manera imposible.
El capitán Alistair me recibió junto a la entrada.
No perdió tiempo en explicaciones.
Me condujo hasta un salón lleno de nobles, soldados y criaturas que me observaban como si yo no tuviera derecho a estar allí.
Al fondo, sobre un trono de hierro negro, estaba el rey Tristán Harrington.
Era alto, de cabello oscuro y mirada gris. No necesitaba levantar la voz para que todos guardaran silencio.
Alistair me obligó a arrodillarme.
—Majestad, aquí está la joven enviada por Ashborne.
Tristán levantó la cabeza.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Apenas estuvo lo suficientemente cerca para percibir mi olor, su expresión cambió por completo.
Se aferró a los brazos del trono.
Sus ojos se oscurecieron.
Un gruñido profundo salió de su pecho.
Los nobles comenzaron a intercambiar miradas.
Una mujer de vestido elegante, a quien después conocería como lady Sofía, se levantó de inmediato.
—Esto no puede estar pasando —murmuró.
Yo no entendía nada.
Tristán se puso de pie.
Durante unos segundos me miró como si acabara de encontrar algo que llevaba años buscando.
Sentí una calidez inexplicable en el pecho.
Era absurdo. Yo estaba aterrada, pero una parte de mí quería acercarse a él.
Entonces escuché una palabra entre los presentes.
Compañera.
En aquel mundo, los hombres lobo creían que la luna elegía a la persona destinada a compartir su vida.
Y, por alguna razón, la luna había elegido a una humana para su rey.
Las expresiones de los nobles cambiaron.
Algunos parecían indignados.
Otros sonrieron de una forma que me hizo sentir todavía más miedo.
Tristán recorrió el salón con la mirada.
Después volvió sus ojos hacia mí.
—No permitiré que una humana ocupe el lugar de mi compañera.
Su voz retumbó entre las paredes.
Sentí que la cara me ardía de vergüenza.
—Ella no pertenece a nuestra especie —continuó—. Es solamente el tributo de Ashborne.
Lady Sofía sonrió.
Varios nobles comenzaron a celebrar.
Yo quería desaparecer.
El rey señaló a los guardias.
—Llévenla lejos de aquí. Que nadie se acerque a ella hasta que yo lo ordene.
Alistair me levantó y me condujo por una escalera interminable.
Pensé que terminaría en una celda.
Pero cuando abrió la última puerta, me quedé inmóvil.
La habitación tenía una cama enorme, una chimenea encendida y muebles de madera oscura.
Sobre un escritorio había mapas, documentos y una copa de plata.
Aquello no parecía una prisión.
Entonces vi el escudo real bordado sobre las cortinas.
Era la habitación del rey.
Antes de que pudiera preguntar, Alistair cerró la puerta desde afuera.
Escuché el cerrojo.
Me quedé sola.
No sabía si Tristán quería protegerme o si había decidido encargarse personalmente de mí.
Tomé el atizador de hierro de la chimenea y esperé junto a la pared.
Pasó casi una hora.
Finalmente, unos pasos se detuvieron frente a la puerta.
El cerrojo se abrió.
Tristán entró.
Ya no llevaba su capa ni su corona.
Cerró detrás de él.
—No te acerques —le advertí, levantando el hierro.
El rey miró el objeto que sostenía y luego levantó ambas manos.
—No pienso lastimarte, Clara.
—¿Entonces por qué me encerraste aquí?
Su expresión se endureció.
—Porque este es el único lugar del castillo donde mis enemigos no pueden entrar sin mi autorización.
Bajé ligeramente el atizador.
Tristán me explicó que algunos nobles llevaban años intentando quitarle el trono.
Si hubiera reconocido nuestro vínculo frente a todos, habrían utilizado mi presencia como excusa para desafiarlo.
Y Sofía, según él, habría intentado deshacerse de mí antes del amanecer.
—Tu rechazo fue una mentira —murmuré.
—Lo que dije frente a ellos, sí. Pero el peligro es real.
Se alejó para darme espacio.
Después se acercó a una mesa y se sirvió vino de una jarra de cristal.
Yo todavía estaba tratando de entenderlo cuando noté algo extraño.
Un brillo azulado cubría el borde de la jarra.
Mi padre era boticario.
Desde niña me había enseñado a reconocer plantas, remedios y sustancias peligrosas.
Y había visto aquel brillo antes.
—¡Tristán, no bebas!
Corrí hacia él.
Pero la copa ya estaba en sus labios.
La soltó de pronto.
El cristal se rompió contra el suelo.
El rey intentó respirar, se llevó una mano al cuello y cayó de rodillas.
Antes de desplomarse, alcanzó a pronunciar un nombre:
—Sofía…
Y entonces sus ojos se cerraron.
PARTE 2
Me arrodillé junto a Tristán y traté de despertarlo.
Su respiración era irregular.
Las venas de su cuello se habían oscurecido y su piel estaba demasiado caliente.
Reconocí las señales de una planta conocida como acónito, una sustancia especialmente peligrosa para los hombres lobo de aquel reino.
Alguien había contaminado su vino.
Miré hacia la puerta.
Estábamos encerrados.
Si el rey no sobrevivía, todos pensarían que yo había sido la responsable.
Pero en ese momento no me importaba lo que fueran a pensar de mí.
Solo quería que volviera a abrir los ojos.
Busqué desesperadamente entre los frascos del escritorio.
Mi padre me había hablado de antiguos remedios utilizados por los licántropos. También me había advertido que ninguna preparación común podía contrarrestar un veneno tan concentrado.
Encontré un pequeño estuche de emergencia con el sello de los sanadores reales.
Dentro había un frasco de líquido plateado.
Lo reconocí por las descripciones de mi padre: un preparado especial que los sanadores del reino reservaban para intoxicaciones por acónito.
Ayudé a Tristán a incorporarse lo suficiente para comprobar si podía tragar.
No respondió.
Dejé el frasco a un lado y golpeé la puerta.
—¡Necesito un sanador! ¡El rey está en peligro!
Nadie contestó.
Entonces recordé algo que Tristán me había dicho.
Su habitación era el único lugar donde sus guardias personales podían protegerlo.
Pero alguien había conseguido dejar una jarra envenenada sobre su mesa.
Eso significaba que la trampa había comenzado mucho antes de mi llegada.
Regresé a su lado.
Le tomé una mano.
—Por favor, no me dejes sola aquí.
Sentí un calor extraño recorrerme los brazos.
Al principio pensé que era el miedo.
Pero una luz tenue apareció entre nuestros dedos.
Tristán abrió los ojos por un instante.
—Clara…
Su voz apenas se escuchaba.
—¿Qué está pasando?
—El vínculo —susurró—. No te apartes.
La luz se hizo más intensa.
Su respiración comenzó a estabilizarse.
No sabía cómo explicarlo.
Era como si algo dentro de mí estuviera respondiendo a su sufrimiento.
Durante largo rato permanecí sentada junto a él, sosteniendo su mano.
Cuando finalmente pudo incorporarse, le mostré el frasco del estuche.
Reconoció el preparado y lo tomó por sí mismo.
Después volvió a recostarse, todavía muy débil.
Yo no me moví de su lado.
Aquella noche, entre el silencio del castillo y el fuego que lentamente se apagaba, comprendí que el hombre que me había rechazado públicamente había puesto su propia vida en peligro para mantenerme a salvo.
Y alguien había aprovechado esa decisión para intentar acabar con él.
Al amanecer, unos golpes hicieron temblar la puerta.
—¡Majestad! ¡Abra inmediatamente!
Era Alistair.
Tristán intentó levantarse.
Lo ayudé a sentarse en el borde de la cama.
—¿Qué sucede? —preguntó con voz ronca.
—Lord Reginaldo ha invocado el derecho de la Luna Carmesí. Lo espera en el patio para disputar su corona.
Tristán me miró.
Su expresión cambió.
—Así que ya comenzaron…
—¿Quiénes?
Señaló la jarra que seguía sobre la mesa.
—Sofía y Reginaldo.
De pronto, todo encajó.
El vino envenenado.
La habitación cerrada.
La humana que había sido humillada frente a toda la corte.
—Querían que aparecieras sin vida y que yo estuviera aquí contigo —dije.
Tristán asintió.
Si el plan hubiera funcionado, Reginaldo habría presentado mi presencia como prueba de que una humana había traicionado al rey.
Después habría tomado el control del castillo.
Y seguramente habría utilizado el incidente para romper el acuerdo con Ashborne.
Recordé a mi padre.
A mi pueblo.
A las familias que llevaban cincuenta años viviendo con miedo.
No podía permitir que todo terminara así.
Tristán se puso de pie con dificultad y abrió un baúl.
Sacó una espada.
—Quédate aquí, Clara. Alistair te llevará de regreso a casa si las cosas salen mal.
Me acerqué a él.
—Si te presentas solo, van a pensar que sigues escondiéndome.
—No puedo garantizar tu seguridad afuera.
—Tampoco puedes garantizar la tuya.
Guardó silencio.
Le extendí la mano.
—Dijiste que la luna nos había unido. Entonces deja que todos sepan la verdad.
Tristán miró mi mano durante unos segundos.
Finalmente, la tomó.
Cuando salimos al patio, cientos de licántropos estaban reunidos alrededor de un círculo marcado sobre las piedras.
Reginaldo esperaba en el centro.
Era un hombre enorme, de cabello gris y expresión desafiante.
A su lado estaba Sofía.
La vi sonreír mientras observaba la puerta del castillo.
Pero cuando descubrió que Tristán estaba caminando hacia ellos, su sonrisa desapareció.
Después me vio a mí.
Y retrocedió un paso.
Alistair se colocó detrás de nosotros con varios guardias.
Reginaldo fue el primero en hablar.
—Te hemos esperado, Tristán. Tu manada merece un rey que respete nuestras costumbres.
Tristán avanzó lentamente.
Todavía estaba pálido.
Pero su voz sonó firme.
—¿Y esas costumbres incluyen envenenar a su propio rey?
Un murmullo recorrió el patio.
Sofía bajó la mirada.
Reginaldo apretó los puños.
—Estás inventando acusaciones para evitar el desafío.
Entonces levanté la jarra de cristal que había traído conmigo.
—Anoche alguien dejó esto en la habitación real.
Todos voltearon hacia mí.
—El vino contenía acónito. Mi padre es boticario y reconocí las señales cuando Tristán comenzó a sentirse mal.
Sofía intentó intervenir.
—¿Ahora debemos creerle a una humana?
Pero Tristán levantó una mano.
—Entonces explícanos algo, Sofía. ¿Por qué ordenaste que prepararan mi habitación para recibirla?
La mujer palideció.
Alistair dio un paso al frente.
—Mis hombres confirmaron que lady Sofía envió personalmente la jarra al dormitorio.
Reginaldo miró hacia ella.
La expresión de ambos terminó de convencerme de que no se trataba de una coincidencia.
Tristán tomó mi mano frente a todos.
—Clara no vino aquí para hacerme daño. Ella es la compañera que la luna eligió para mí.
El patio quedó en silencio.
—La rechacé públicamente porque sabía que algunos intentarían utilizarla en mi contra. Anoche descubrí hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Reginaldo soltó una carcajada.
—¿De verdad esperas que aceptemos a una humana como nuestra futura Luna?
Sus ojos comenzaron a brillar.
Su cuerpo cambió de forma hasta convertirse en un enorme lobo gris.
Los guardias retrocedieron.
Tristán soltó mi mano.
El desafío había comenzado.
Nunca olvidaré lo que vi aquella mañana.
Reginaldo avanzaba con una fuerza impresionante.
Tristán conseguía esquivarlo, pero todavía estaba debilitado por el veneno.
Cada movimiento parecía costarle más que el anterior.
Yo permanecía junto a Alistair, apretando las manos para no salir corriendo.
Entonces Tristán perdió el equilibrio.
Cayó sobre una rodilla.
Reginaldo se preparó para lanzarse nuevamente contra él.
—¡Tristán! —grité.
Fue entonces cuando vi a Sofía.
Había aprovechado que todos estaban concentrados en el desafío.
Sacó una pequeña daga plateada de su vestido y apuntó hacia la espalda del rey.
No tuve tiempo de pensar.
Corrí hacia ella.
La empujé justo cuando soltaba el arma.
La daga terminó clavada en la puerta de los establos.
Ambas caímos al suelo.
Sofía intentó sujetarme, pero Alistair llegó antes de que pudiera hacerme daño.
Sus guardias la inmovilizaron.
—¡Reginaldo! —gritó ella, desesperada.
El enorme lobo volteó hacia nosotros.
Y cometió un error.
Dejó de prestar atención a Tristán.
El rey aprovechó ese instante para recuperar el equilibrio.
Con un movimiento rápido consiguió derribar a su adversario.
Reginaldo intentó levantarse.
Pero Tristán lo mantuvo inmovilizado.
Durante varios segundos, nadie se atrevió a hablar.
Finalmente, el lobo gris bajó la cabeza.
Había aceptado su derrota.
Tristán lo soltó.
Los guardias se acercaron para llevárselo.
Yo seguía sentada en el suelo cuando el rey vino hacia mí.
Se arrodilló a mi lado.
—¿Estás bien?
Asentí.
Tenía las manos temblando.
Él me ayudó a levantarme.
Después se volvió hacia los presentes.
Reginaldo perdió su título y fue desterrado de los territorios Harrington.
Sofía quedó bajo custodia para responder por el intento de envenenamiento y su participación en la conspiración.
Pero Tristán todavía tenía algo más que anunciar.
Subió los escalones que conducían al patio principal y me pidió que lo acompañara.
Cientos de ojos se posaron sobre nosotros.
—Durante generaciones, Ashborne ha entregado a sus habitantes para conservar un acuerdo que nunca debió exigir semejante sacrificio —declaró.
Sentí que el corazón me latía con fuerza.
—A partir de hoy, ningún humano volverá a ser entregado como tributo a esta manada.
Algunos nobles comenzaron a protestar.
Tristán continuó.
—La paz entre nuestros pueblos no dependerá de llevarse a una persona contra su voluntad.
Me miró.
—Y Clara O’Connor no es propiedad de este castillo.
Su expresión se suavizó.
—Es la mujer que la luna eligió para acompañarme. Pero será ella quien decida si desea quedarse.
Aquellas palabras me sorprendieron más que cualquier otra cosa que hubiera ocurrido esa mañana.
Por primera vez desde que salí de Ashborne, alguien me estaba dando una elección.
Miré hacia las montañas.
Pensé en mi padre, que seguramente seguía esperando noticias.
—Quiero volver a casa —respondí.
Tristán bajó la mirada durante un instante.
Luego asintió.
—Entonces te acompañaré.
Sonreí.
—Y después podremos hablar de lo que significa todo esto.
Él también sonrió.
Regresamos a Ashborne unos días más tarde.
Mi padre salió corriendo cuando vio el carruaje.
Me abrazó tan fuerte que apenas podía respirar.
Cuando descubrió quién venía conmigo, se quedó inmóvil.
Tristán le explicó personalmente que el acuerdo había cambiado.
Nadie volvería a llevarse a una persona de nuestro pueblo.
Mi padre tardó varios minutos en comprender que aquello era real.
Esa noche celebramos con nuestros vecinos.
Por primera vez en muchos años, las familias de Ashborne pudieron hablar del futuro sin temer al siguiente sorteo.
Yo permanecí allí durante un tiempo.
Tristán regresaba con frecuencia.
Conversábamos, caminábamos por el bosque y descubríamos cuánto teníamos que aprender el uno del otro.
No fue una historia de amor que comenzó con un beso.
Comenzó con miedo, una mentira y una copa envenenada.
Pero poco a poco aprendimos a confiar.
Meses después, cuando decidí regresar a Ironhold por mi propia voluntad, Tristán me recibió frente a las puertas del castillo.
Esta vez no había guardias obligándome a entrar.
Tampoco había un salón lleno de nobles esperando verme arrodillada.
Él simplemente me extendió la mano.
Y yo la acepté.
Con el tiempo me convertí en la Luna de Ironhold, la primera humana en ocupar ese lugar.
Pero nunca olvidé lo que ocurrió la noche de mi llegada.
Porque el destino puede señalarte un camino, pero no puede obligarte a recorrerlo.
Y todavía conservo, dentro de una pequeña caja, un fragmento de aquella copa de cristal.
No como recuerdo del veneno.
Sino para recordar que la noche en que creí haberlo perdido todo fue también la noche en que descubrí que mi vida seguía perteneciéndome.
