El rey licántropo la halló dormida en su trono y se enamoró antes de despertarla.

Parte 1

El salón del trono del Imperio Liken había sido testigo de guerras, traiciones y juramentos rotos. Pero aquella noche ocurrió algo que nadie en la corte habría imaginado jamás.

Amarock, el gobernante más temido del continente, entró en la sala preparado para castigar a alguien después de una reunión del consejo que había puesto a prueba su paciencia. Sus pasos eran firmes, su mirada fría y sus guardias sabían que nadie debía interponerse cuando él tomaba una decisión.

Pero entonces se detuvo.

Algo imposible había ocurrido.

El centinela principal permanecía con la espada a medio desenvainar. Los soldados de élite estaban inmóviles, incapaces de reaccionar. Y en el lugar más sagrado del imperio, sobre el antiguo trono de Obsidiana donde nadie tenía permitido acercarse, había una joven dormida.

Una chica pequeña, cubierta con ropa rota por el viaje, botas gastadas y el rostro marcado por la fiebre. Estaba acurrucada contra el enorme reposabrazos del trono, abrazando aquel lugar como si fuera el único sitio seguro que había encontrado en todo el mundo.

Amarock observó la escena en silencio.

Lo más extraño no era que una desconocida hubiera entrado en su fortaleza.

Lo más extraño era su lobo.

Durante más de veinte años, aquella criatura había sido conocida por su ferocidad. Había reaccionado ante enemigos, amenazas y peligros antes que cualquier soldado. Pero ahora estaba completamente tranquilo.

No había rabia.

No había desconfianza.

Solo paz.

Amarock levantó una mano y ordenó a sus guardias bajar las armas. Después caminó lentamente hacia el trono, se quitó su pesada capa negra y cubrió con ella a la joven.

Ella ni siquiera despertó.

El hombre que todos temían en el continente se sentó en los escalones del trono y permaneció allí, vigilando su sueño.

Pero nadie sabía quién era ella.

Ni cómo una omega agotada había llegado hasta el lugar más protegido del imperio.

Para entenderlo había que regresar al principio.

Celit había dejado de contar los kilómetros mucho antes de llegar allí. Contar distancia significaba creer que todavía existía una salida, que los hombres que la perseguían podían quedar atrás.

Pero después de tantos días huyendo comprendió una verdad aterradora: ellos no estaban perdiendo su rastro.

Simplemente esperaban.

Sabían que el frío, el hambre y el cansancio terminarían haciendo el trabajo por ellos.

El bosque del norte era cruel. Los árboles oscuros parecían no terminar nunca y la nieve cubría cada camino posible. El viento atravesaba su ropa como si buscara encontrar cada herida que llevaba.

Su bota izquierda estaba rota. Había usado corteza y musgo para continuar caminando. Su cuerpo pedía descanso, pero detenerse significaba morir.

Ella no había provocado el incendio.

Lo repetía en su mente una y otra vez.

Había visto a Bell salir del granero antes de que las llamas aparecieran. Había visto la verdad, pero decirla no la había salvado.

Cuando intentó hablar, su propia manada eligió creer al hombre poderoso antes que a ella.

Era una omega.

Su palabra no tenía el mismo peso.

Así que corrió.

La tormenta llegó cuando ya no quedaban fuerzas. La nieve cayó con violencia, borrando los árboles, los caminos y cualquier señal de dirección. La fiebre aumentaba mientras caminaba sin saber hacia dónde iba.

Cada respiración era una lucha.

Cada paso podía ser el último.

Hasta que su mano chocó contra algo sólido.

Una pared de piedra antigua.

No sabía dónde estaba. No sabía qué había detrás. Pero aquella piedra representaba algo que no había sentido durante muchos días:

seguridad.

Siguió el muro con una mano temblorosa hasta encontrar una puerta abierta.

Dentro había voces.

Dos hombres discutían lejos de la entrada. No la habían visto. No tenía tiempo para pensar.

Solo necesitaba escapar del frío.

Entró.

Atravesó pasillos de piedra sin entender dónde estaba. El calor de los grandes braseros la golpeó de inmediato. Sus ojos apenas podían mantenerse abiertos.

Entonces vio el lugar.

Una enorme silla cubierta con piel negra.

No sabía lo que significaba.

No sabía que estaba frente al símbolo más importante del imperio.

Solo sabía que era cálida.

Sus piernas dejaron de obedecer.

Subió.

Se acurrucó contra el reposabrazos y cerró los ojos.

Por primera vez en diecinueve días, Celit sintió que podía descansar.

Lo que ella no sabía era que acababa de quedarse dormida en el trono del hombre más peligroso del mundo.

Y cuando él regresara, nada volvería a ser igual.

Parte 2

Cuando Amarock regresó y encontró a la joven en su trono, esperaba sentir indignación.

Pero no ocurrió.

Durante años había aprendido a leer cualquier amenaza antes de que apareciera. Sabía reconocer mentiras, traiciones y peligros ocultos.

Sin embargo, aquella chica dormida frente a él no encajaba en ninguna categoría que conociera.

Su ropa mostraba sufrimiento, pero no debilidad.

Sus heridas hablaban de una huida desesperada, pero también de una voluntad imposible de romper.

Ella había sobrevivido sola durante diecinueve días en un territorio donde muchos soldados entrenados no habrían resistido.

El médico de la corte llegó poco después y confirmó lo que Amarock ya sospechaba: estaba agotada, tenía fiebre y necesitaba calor y descanso.

No estaba rota.

Solo había llegado al límite.

Amarock pudo haber llamado a los guardias.

Pudo haber ordenado investigar quién era.

Pero hizo algo que sorprendió incluso a sus propios hombres.

Se quedó.

Preparó la medicina.

Esperó.

Durante toda la noche permaneció sentado bajo su propio trono mientras la tormenta golpeaba los muros del palacio.

Cuando Celit finalmente abrió los ojos, lo primero que sintió fue calor.

Después miedo.

Poco a poco comprendió dónde estaba.

El techo de piedra antigua.

Los estandartes oscuros.

La enorme sala.

Y entonces vio las marcas talladas en el asiento bajo sus manos.

Comprendió la verdad.

Había dormido en un trono.

Su respiración se detuvo.

Frente a ella estaba Amarock.

No parecía furioso.

No parecía interesado en humillarla.

Simplemente la observaba.

Él tomó una taza y se la ofreció.

—La medicina para la fiebre —dijo con tranquilidad—. Necesitas beber.

Celit dudó.

Toda su vida había aprendido que aceptar algo de alguien poderoso siempre tenía un precio.

Pero aquel hombre la había protegido mientras estaba inconsciente.

Bebió.

Después preguntó lo único que realmente importaba.

—¿Por qué?

Amarock mantuvo la mirada fija en ella.

—Porque elegí hacerlo.

No era una explicación completa.

Pero era la respuesta más honesta que había recibido en mucho tiempo.

Él no le preguntó primero quién era.

Le preguntó si tenía hambre.

Aquello la desconcertó más que cualquier amenaza.

Un guardia llevó comida. Ella comió en silencio mientras Amarock esperaba.

Después llegó la pregunta.

—Tu nombre.

—Celit. De las tierras fronterizas de Ashen.

Amarock asintió.

—¿Cuánto tiempo estuviste huyendo?

Ella respondió:

—Diecinueve días.

Por primera vez vio algo cambiar ligeramente en la expresión del rey.

No era lástima.

Era respeto.

Entonces él pidió escuchar la historia.

Celit le contó todo.

El incendio.

La traición.

El hombre que había destruido las pruebas para protegerse.

La forma en que su propia manada había elegido abandonarla.

Amarock escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, el silencio llenó la habitación.

—¿Quién provocó el fuego? —preguntó finalmente.

Celit sintió el viejo miedo regresar.

Decir el nombre podía traer consecuencias.

Pero quedarse callada también.

—Bell —susurró—. Él necesitaba destruir los registros antes de la auditoría.

Amarock permaneció inmóvil.

Después caminó hasta la ventana.

—Existe una ley más antigua que este reino —dijo—. El derecho del umbral.

Celit frunció el ceño.

—¿Qué significa?

Él se volvió hacia ella.

—Cualquier persona que cruce el umbral de una sede soberana buscando refugio queda protegida por esa casa hasta que sea liberada.

Ella miró alrededor.

Entonces comprendió.

La noche en que estaba desesperada, cuando solo buscaba escapar de la nieve, había cruzado las puertas del imperio más poderoso del continente.

Y ahora estaba bajo su protección.

—Podrías haber rechazado esa ley —dijo ella.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué la aplicas?

Amarock la observó durante unos segundos.

—Porque estoy eligiendo hacerlo.

Celit no sabía si confiar.

Había aprendido demasiado bien que las promesas de los poderosos podían esconder trampas.

Pero algo en aquel hombre era diferente.

No pedía obediencia.

No exigía gratitud.

Solo le estaba dando algo que ella había perdido hacía mucho tiempo.

Un lugar donde no tenía que huir.

Sin embargo, mientras empezaba a creer que finalmente estaba a salvo, una nueva amenaza apareció en las puertas del palacio.

Un jinete con las marcas de Ashen había llegado.

Y Celit reconoció inmediatamente quién estaba detrás de aquella visita.

La persona que la había obligado a escapar.

La persona que ahora venía a reclamarla.

Y esta vez, ella ya no estaba sola.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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