El rey licántropo gigante aceptó un matrimonio concertado… hasta que el velo de la novia cayó y lo cambió todo.

El rey licántropo gigante aceptó un matrimonio concertado… hasta que el velo de la novia cayó y lo cambió todo.

PARTE 1

El día de mi boda, mil personas esperaban verme morir.

Yo también.

Me habían golpeado, vestido con las ropas de una princesa y cubierto el rostro con un velo para que el Rey Lycan no descubriera el engaño hasta que fuera demasiado tarde.

Pero nadie sabía que aquel monstruo al que me estaban entregando ya me había conocido años atrás.

Y que yo había sido la razón por la que seguía vivo.

Me llamo Beatrice.

Durante años fui prisionera de Lord Cedric de Athalgard.

Para él no era una mujer.

Era una traidora.

Una sirvienta que había cometido el peor crimen posible: ayudar a escapar a un Lycan.

Todo ocurrió cuando yo apenas era una muchacha.

Los soldados habían capturado a un enorme guerrero del norte y lo mantenían encadenado en una mazmorra con ganchos de plata que quemaban su carne.

Nunca supe su nombre.

Solo recuerdo sus ojos.

Y recuerdo pensar que ningún ser vivo merecía morir de aquella manera.

Robé las llaves.

Entré en su celda.

La plata me quemó las manos mientras retiraba sus cadenas.

—Corre —me dijo.

Pero los guardias me encontraron después.

Él escapó.

Yo no.

Me marcaron como traidora y terminé en manos de Cedric.

Durante años pensé que aquel Lycan habría olvidado mi rostro.

Hasta que Lord Cedric decidió utilizarme para comenzar una guerra.

Su hija Genevieve debía casarse con Kalin, Rey de Ironhold.

El matrimonio garantizaría décadas de paz entre humanos y Lycan.

Pero Cedric tenía otros planes.

Sacó a Genevieve de la fortaleza en secreto.

Después vino por mí.

—Hoy vas a convertirte en princesa.

Me vistieron con seda blanca.

Cubrieron mis moretones con polvo.

Cortaron mi cabello.

Y escondieron bajo el vestido la marca de traidora que llevaba sobre la clavícula.

—Cuando Kalin descubra quién eres —susurró Cedric—, te arrancará la garganta delante de todos.

Ese era el plan.

El Rey Lycan asesinaría públicamente a su falsa novia.

Cedric podría acusarlo de romper el tratado y justificar una guerra santa contra el norte.

Cuando entré en la catedral, apenas podía caminar.

Kalin esperaba frente al altar.

Era gigantesco.

Casi dos metros de músculo, cicatrices y furia.

Cada historia terrible que había escuchado sobre él regresó a mi cabeza.

Entonces ocurrió algo extraño.

Kalin comenzó a mirarme fijamente.

No podía ver mi rostro.

Pero parecía inquieto.

Yo temblaba tanto que las perlas del vestido chocaban unas contra otras.

El sacerdote terminó las oraciones.

—Puede levantar el velo y reclamar a su esposa.

Las enormes manos de Kalin tomaron la tela.

Cerré los ojos.

El velo cayó.

Toda la catedral jadeó.

Abrí los ojos.

Kalin me miraba.

Primero vio mi cabello oscuro.

Después los golpes.

Finalmente, la marca de traidora.

Su rostro cambió.

Yo estaba segura de que había llegado mi muerte.

—Por favor —susurré—. Hágalo rápido. No permita que me lleven otra vez.

Lord Cedric sacó la espada.

—¡Es una impostora! ¡Mátala!

Los soldados humanos desenvainaron sus armas.

Los Lycan comenzaron a transformarse.

La catedral se convirtió en un caos.

Yo cerré los ojos esperando las garras de Kalin.

Pero no llegaron.

En cambio, escuché un rugido tan poderoso que las ventanas vibraron.

Kalin se colocó delante de mí.

Protegiéndome.

—Bajen las armas.

Cedric palideció.

—¡Ella no es Genevieve! ¡Es una esclava marcada!

Los ojos de Kalin brillaron como oro.

—No veo ninguna impostora.

—¿Qué?

Kalin me miró.

Y pronunció las palabras que destruyeron por completo el plan de Cedric:

—Me entregaste una novia frente a mil testigos.

Después mostró los colmillos.

—Y la acepto.

Cedric retrocedió.

—¡No puedes convertir a esa miserable en reina!

Kalin avanzó hacia él.

—Escúchame bien.

Su voz hizo temblar el suelo.

—La mujer que intentaste enviar a su muerte acaba de convertirse en la Reina de Ironhold. Y si alguien vuelve a llamarla esclava delante de mí, tendrá que recoger sus dientes del suelo.

PARTE 2

No podía creer lo que estaba escuchando.

Yo había llegado preparada para morir.

En cambio, el hombre al que todos llamaban monstruo estaba ordenando al sacerdote que continuara la ceremonia.

Cedric intentó protestar.

Kalin simplemente señaló las puertas.

Sus guerreros las bloquearon.

—Tú la presentaste como la novia de Athalgard —dijo—. El tratado exige una novia. No especifica un nombre.

Cedric comprendió que había caído en su propia trampa.

El sacerdote terminó los votos.

Cuando pronunció las palabras “Rey y Reina”, sentí que todo aquello era un sueño cruel.

Después Kalin expulsó a la delegación humana de Ironhold.

Yo permanecí inmóvil.

Esperaba que, una vez solos, dejara de fingir.

—¿Por qué hizo eso? —pregunté.

Kalin me observó.

Entonces hizo algo que jamás habría esperado.

Se arrodilló frente a mí.

Incluso así, casi estábamos a la misma altura.

—Mírame, Beatrice.

Mi corazón se detuvo.

—¿Cómo sabe mi nombre?

Sus ojos dorados se suavizaron.

—Porque nunca lo olvidé.

Me mostró las cicatrices de plata sobre su cuerpo.

Y entonces empezó a contarme una historia.

La historia de un joven Lycan capturado en el sur.

De una mazmorra.

De unos ganchos de plata.

Y de una sirvienta de dieciséis años que entró de noche con unas llaves robadas.

Miré mis manos.

Las cicatrices de las quemaduras todavía estaban allí.

—Tú…

Kalin asintió.

—Yo era el lobo de aquella mazmorra.

Las lágrimas comenzaron a caer.

Durante años pensé que había destruido mi vida por salvar a un desconocido.

Ahora aquel desconocido era el Rey Lycan.

—Volví a buscarte —dijo—. Pero ya no estabas. Creí que habías muerto.

Le conté la verdad.

Los hombres de Cedric me habían comprado después de mi captura.

Me marcaron.

Me encerraron.

Me utilizaron como sirvienta durante años.

Kalin apretó los puños.

Por primera vez comprendí que su furia no estaba dirigida hacia mí.

Estaba furioso por mí.

—Nunca volverás a una celda —dijo.

—No soy una reina.

—Entonces aprenderemos qué clase de reina quieres ser.

No dijo qué clase de reina necesitaba él.

Preguntó qué quería ser yo.

Aquello cambió algo dentro de mí.

Mi recuperación fue lenta.

La médica de Ironhold curó la infección de mi marca.

Volví a comer.

Mi cabello creció.

Y poco a poco dejé de despertarme esperando encontrar cadenas alrededor de mis muñecas.

También descubrí que los Lycan eran muy distintos de las historias humanas.

Eran ruidosos.

Leales.

Protectores.

Y sorprendentemente malos organizando provisiones.

Cuando revisé los almacenes de invierno, casi me desmayé.

—¿Quién administra esto?

Silas, el Beta de Kalin, levantó la mano.

—Tú deberías ser ejecutado —le dije.

Kalin soltó una carcajada.

Reorganicé los alimentos, rutas de abastecimiento y reservas.

Por primera vez, la manada comenzó a verme no como la frágil humana que su rey había llevado al palacio, sino como alguien capaz de proteger Ironhold de una forma diferente.

La paz, sin embargo, duró poco.

Silas regresó herido de la frontera.

—Nos han traicionado.

Kalin se levantó.

—¿Quién?

—Alpha Conrad.

Era el rival más peligroso de Kalin.

Pero Silas tenía algo peor que decir.

—No viene solo. Trae caballería humana.

—¿De quién?

Silas me miró.

—Athalgard.

Sentí un escalofrío.

Entonces pronunció el nombre.

—Genevieve está con ellos.

La verdadera novia.

Todo quedó claro.

Cedric nunca había querido simplemente humillar a Kalin.

Mientras yo era utilizada como distracción en la boda, Genevieve había negociado en secreto con Conrad.

Su plan era matar a Kalin, destruir Ironhold y repartirse el territorio y las minas.

El ejército ya estaba acercándose.

Kalin ordenó que me llevaran al refugio.

—No.

—Beatrice, habrá una batalla.

—Precisamente.

Extendí el mapa.

Durante años había servido a los comandantes de Athalgard.

Lavaba sus armaduras.

Servía sus cenas.

Y mientras ellos hablaban delante de mí porque consideraban que una sirvienta era invisible…

yo escuchaba.

—Su caballería utiliza formación de cuña —expliqué—. Es devastadora en terreno abierto.

Señalé un paso estrecho entre las montañas.

—Pero aquí sus caballos no podrán girar.

Kalin comprendió.

—La Aguja Aullante.

—Haz que crean que tus hombres están huyendo. Atráelos hasta el desfiladero.

Silas sonrió.

—Y atacamos desde arriba.

Kalin me miró con una expresión que nunca olvidaré.

—Cedric te mantuvo años limpiando sus pisos…

Su sonrisa mostró los colmillos.

—Y durante todo ese tiempo estabas aprendiendo cómo destruir su ejército.

El plan funcionó.

Genevieve y Conrad persiguieron a las fuerzas de Kalin hasta el desfiladero.

Cuando comprendieron la trampa, ya era demasiado tarde.

Los Lycan descendieron desde las montañas.

La pesada caballería humana quedó atrapada.

Conrad murió enfrentándose a Kalin.

Genevieve fue capturada.

Y Cedric, que esperaba convertir la derrota de Ironhold en su victoria, terminó prisionero del mismo reino que había intentado destruir.

Cuando Kalin regresó, estaba cubierto de sangre.

Me encontró esperando.

—Ganamos.

No dije nada.

Corrí hacia él.

Lo abracé.

Esta vez no porque fuera mi rey.

Ni porque un tratado dijera que era mi esposo.

Lo abracé porque era el hombre que había reconocido a la muchacha debajo de las cicatrices.

Tiempo después, la marca de “traidora” seguía sobre mi clavícula.

Me ofrecieron eliminarla.

Me negué.

—¿Por qué quieres conservarla? —preguntó Kalin.

Toqué la cicatriz.

—Porque ellos me la dieron para recordar que salvé a un monstruo.

Lo miré.

—Ahora quiero conservarla para recordar que estaban equivocados sobre los dos.

Cedric creyó que estaba arrojando una esclava rota a las garras de una bestia.

No entendió nada.

Porque aquel “monstruo” jamás me destruyó.

Me dio un lugar donde podía reconstruirme.

Y la sirvienta que él consideraba demasiado insignificante para representar una amenaza terminó utilizando todo lo que había aprendido mientras era invisible para ayudar a destruir su ejército.

Al final, Cedric tuvo razón en una sola cosa:

aquel día entregó una mujer al Rey Lycan.

Lo que jamás imaginó fue que no estaba enviando una víctima hacia un monstruo.

Estaba reuniendo a un rey con la muchacha que una vez le salvó la vida… y entregándole a Ironhold la reina que acabaría provocando su propia caída.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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