El Rey Dragón finge 3 heridas para ver a la mujer que dejó por otra hace 6 años
PARTE 1
Durante seis años, Sinara Belwick creyó que algún día escucharía las palabras que cambiarían su vida.
No era una princesa. No tenía un apellido poderoso ni una fortuna capaz de comprar respeto. Pero había entregado todo lo que tenía al ducado Felmir.
Mientras otros disfrutaban de fiestas y lujos, ella permanecía despierta hasta altas horas de la noche revisando cuentas, curando animales heridos y buscando soluciones para los problemas del territorio.
Había salvado los graneros durante el invierno. Había mantenido las finanzas del ducado cuando las deudas amenazaban con destruirlo. Incluso había gastado parte de su propia herencia para ayudar a los soldados y campesinos.
Y todo lo hizo por una sola razón.
Odran Felmir.
El hombre que le prometió que, cuando llegara el momento correcto, revelaría públicamente sus sentimientos.
La noche anterior a la ceremonia, mientras Sinara curaba la pata herida de un gato de la cocina, Odran tomó su mano y le dijo que al día siguiente finalmente recibiría la respuesta que había esperado durante años.
Ella creyó que sería una propuesta de matrimonio.
Por eso llegó al salón vestida con un elegante vestido azul que ella misma había preparado.
Pero allí descubrió la verdad.
El sacerdote ya había unido la mano de Odran con la de Lady Elizabeth Rooks mediante una cinta dorada.
El anillo ducal ya estaba colocado en el dedo de otra mujer.
Los nobles ya estaban celebrando.
Sinara permaneció inmóvil mientras veía cómo el hombre que amaba elegía a alguien más frente a toda la corte.
Entonces Odran la miró.
Por un instante, ella pensó que quizá todo era un error.
Pero sus siguientes palabras destruyeron esa esperanza.
—Felmir todavía necesita de ti —dijo él—. Seguirás encargándote de las cuentas y cuidando las criaturas del ducado.
Sinara tardó unos segundos en comprender.
No la había elegido.
Simplemente quería conservar su utilidad.
Lady Elizabeth se acercó con una sonrisa tranquila.
—Una mujer sensata entiende que el cariño y el matrimonio no siempre son lo mismo.
Sinara miró las manos de Odran y Elizabeth unidas.
—No —respondió con calma—. Pero una mujer sensata también entiende que el matrimonio y la honestidad deberían ir juntos.
El salón quedó en silencio.
Odran frunció el ceño.
—No hagas una escena.
Aquellas palabras dolieron más que la propia traición.
Durante seis años él había protegido su reputación mientras mantenía a Sinara escondida.
Ahora que finalmente podía reconocerla, había decidido reemplazarla.
Pero había algo que Odran había olvidado.
En Felmir existía una antigua tradición llamada el Fuego de la Verdad.
Una llama azul que se encendía en los matrimonios importantes y que reaccionaba únicamente ante una mentira pronunciada conscientemente.
El sacerdote intentó evitar la ceremonia final, pero Sinara dio un paso adelante.
—La boda todavía no ha terminado.
Todos la miraron sorprendidos.
El padre de Elizabeth palideció.
El brasero fue preparado y una pequeña llama azul comenzó a crecer.
Odran intentó detenerla.
—Sinara, basta.
Pero ella sostuvo su mirada.
—Solo quiero que todos escuchen las mismas promesas que yo esperaba escuchar.
La llama iluminó el salón.
Odran se acercó con Elizabeth y repitió los votos.
—Entro en este matrimonio sin ninguna promesa secreta que ate mi corazón a otra persona.
Por un segundo todo quedó quieto.
Entonces el fuego reaccionó.
Una nube de humo negro salió disparada directamente hacia el rostro de Odran.
Su elegante cabello quedó cubierto de ceniza.
Su ropa blanca se volvió completamente oscura.
El silencio duró apenas un instante antes de que la sala explotara en risas.
Sinara observó al hombre que una vez había amado.
Pero antes de que alguien pudiera decir una palabra, un sonido mucho más fuerte hizo temblar las ventanas.
Un rugido.
No era de un animal común.
Era algo antiguo.
Algo poderoso.
Detrás de una cortina dorada del salón había una jaula de hierro.
Y dentro de ella había una criatura que nadie esperaba encontrar allí.
Un dragón.
Sus escamas grises estaban cubiertas de heridas. Una cadena de hierro rodeaba su cuello y una de sus alas estaba gravemente lastimada.
Sinara sintió que su corazón cambiaba.
El dolor que había sentido por Odran desapareció.
Porque frente a ella había alguien que sufría más que ella.
Se acercó a la jaula.
—¿De dónde lo sacaste? —preguntó con una voz fría.
Lord Rook respondió con arrogancia que era un regalo para la colección de la familia.
Pero Sinara vio la verdad.
El dragón no era una criatura salvaje.
Era una víctima.
Odran intentó detenerla.
—No lo toques.
Sinara lo miró por encima del hombro.
—Ya no me das órdenes.
Abrió la puerta de la jaula.
Los invitados gritaron y retrocedieron.
El dragón salió de golpe.
Y justo cuando todos pensaban que atacaría a Sinara…
El cielo sobre el castillo se oscureció.
Un rugido mucho más grande sacudió las paredes.
La pared del salón explotó entre nieve y piedras.
Un enorme dragón negro apareció frente a todos.
Y detrás de él descendió un hombre con ojos dorados como fuego.
El rey de los dragones había llegado.
Y sus primeras palabras cambiarían para siempre el destino de Sinara.
PARTE 2
—Aléjate de mi enviado.
La voz del hombre hizo que todo el salón quedara en silencio.
Era Tharian Cinder, rey de los dragones del norte.
No miró al duque Odran.
No miró a Elizabeth.
Solo observó al pequeño dragón herido que estaba junto a Sinara.
La criatura temblaba de miedo.
Sinara se arrodilló lentamente frente a él.
—Está sufriendo —dijo—. Si sigues rugiendo, su corazón no resistirá.
Todos quedaron sorprendidos.
Nadie hablaba así con un rey dragón.
Pero Tharian no se enfadó.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien no veía su poder.
Veía su dolor.
Sinara colocó sus manos sobre la cabeza del dragón.
—Te veo —susurró—. La jaula está abierta. Tú decides qué hacer ahora.
Poco a poco, la criatura dejó de temblar.
El dragón apoyó su cabeza contra ella.
Tharian observó la escena en silencio.
Aquella mujer que acababa de ser humillada frente a toda una corte había conseguido la confianza de una criatura que nadie podía controlar.
Entonces comprendió algo.
Sinara no era una simple administradora.
Era alguien capaz de escuchar aquello que otros ignoraban.
Mientras el salón intentaba recuperarse del caos, el fuego de la verdad continuó revelando secretos.
Los votos de Elizabeth también fueron puestos a prueba.
La llama brilló con una intensidad extraña.
Las perlas de su vestido cayeron al suelo y la elegante imagen que había construido comenzó a romperse.
Sinara no celebró la caída de Elizabeth.
Ya no necesitaba hacerlo.
Su victoria no era destruir a quienes la habían herido.
Era recuperar su propia libertad.
Cuando Tharian le ofreció viajar a Cindermir para cuidar al dragón herido, Sinara dudó.
Durante años había pensado que su lugar estaba al lado de Odran.
Ahora descubría que quizá su destino era mucho más grande.
—Sanaré a esta criatura —dijo finalmente—. Después decidiré dónde pertenezco.
Tharian aceptó sus condiciones.
Sin cadenas.
Sin órdenes.
Sin que nadie volviera a tratarla como una herramienta.
Por primera vez en muchos años, Sinara eligió su propio camino.
Abandonó Felmir antes del amanecer.
Dejó atrás el castillo donde había entregado seis años de su vida.
Dejó atrás al hombre que solo comprendió su valor cuando la perdió.
Y comenzó una nueva vida junto a un dragón herido y un rey que no intentaba poseerla.
En Cindermir descubrió un mundo completamente diferente.
Los dragones no eran monstruos de las historias humanas.
Eran seres antiguos con emociones, heridas y recuerdos.
El pequeño dragón, llamado Moth, comenzó a confiar en ella poco a poco.
Pero Sinara también empezó a notar algo extraño en Tharian.
Él era poderoso.
Podía exigir obediencia.
Podía tomar cualquier cosa que quisiera.
Pero nunca lo hacía.
Cuando Moth tenía miedo, esperaba.
Cuando Sinara hablaba, escuchaba.
Cuando ella establecía límites, él los respetaba.
Y eso era algo que nunca había recibido de Odran.
Una noche, mientras revisaban los planes para construir un santuario para criaturas heridas, Tharian la miró y dijo:
—No entiendo cómo alguien pudo tenerte cerca durante seis años y no ver tu valor.
Sinara bajó la mirada.
Porque esa era la pregunta que más miedo le daba responder.
Tal vez Odran nunca la había amado realmente.
Tal vez ella había amado una versión de él que solo existía en sus sueños.
Pero ahora tenía una nueva oportunidad.
No como la mujer que esperaba ser elegida.
Sino como una mujer que finalmente podía elegir.
Y mientras Moth dormía tranquilo junto a ella, Sinara comprendió algo importante:
A veces perder el amor que creías necesitar es la única forma de encontrar el destino que siempre estuvo esperándote.
