El rey alfa tenía la intención de castigarla, hasta que vio lo que habían hecho los lobos.
El rey alfa tenía la intención de castigarla, hasta que vio lo que habían hecho los lobos.

PARTE 1
El rey alfa Allaric atravesó durante semanas las montañas congeladas con un único propósito: ejecutar a una traidora.
Según el mensaje enviado desde Winterborn, Rowena, una joven loba de origen humilde, había asesinado a Aedan, el hijo y único heredero del alfa Desmond. Las leyes de las manadas eran claras: quien derramara la sangre de la familia de un líder debía morir bajo la espada del rey.
Allaric, conocido en todo el continente como el Lobo de Hierro, no sentía compasión por los traidores. Había construido su reino sobre la disciplina y la lealtad. Sin embargo, en cuanto cruzó las puertas de la fortaleza de Winterborn, su instinto le advirtió que algo no encajaba.
No encontró una manada de luto.
El patio olía a cerveza, sudor y miedo. Los aldeanos estaban hambrientos, cubiertos de moretones y demasiado aterrorizados para levantar la mirada. Mientras ellos vestían harapos, los guardias de Desmond portaban armaduras nuevas y lanzas con puntas de plata, armas que una manada fronteriza empobrecida jamás habría podido comprar.
Desmond recibió al rey con una sonrisa falsa.
—La asesina está encerrada en el calabozo, majestad. Pero antes hemos preparado un banquete en su honor.
—No cabalgué a través de una tormenta para beber contigo —respondió Allaric—. Llévame con la prisionera.
La sonrisa de Desmond se desvaneció.
—Debo advertirle que se ha vuelto salvaje. Ya no queda humanidad en ella.
Allaric apoyó una mano sobre la empuñadura de su espada.
—He enfrentado ejércitos enteros. No temo a una mujer encadenada.
Ordenó a sus guardias que esperaran y descendió solo. Cuanto más bajaba, más insoportable se volvía el aire. Olía a humedad, sangre y polvo de plata. Aquella sustancia era un veneno para los de su especie, y utilizarla para torturar a un prisionero sin autorización real constituía una violación de las leyes antiguas.
Allaric esperaba escuchar gruñidos o amenazas.
En cambio, solo percibió el goteo del agua y el latido débil de un corazón que estaba a punto de detenerse.
Empujó la puerta de hierro de la última celda y levantó la antorcha.
En el centro de la habitación no había ningún monstruo.
Había una mujer.
Rowena colgaba de unas cadenas sujetas al techo. Estaba tan delgada que sus costillas sobresalían bajo la piel. Su vestido roto estaba manchado de sangre y las esposas de plata habían quemado sus muñecas hasta ennegrecerlas. Uno de sus hombros se había dislocado por el peso de su propio cuerpo.
Aquello no era el castigo de una asesina peligrosa.
Era una ejecución lenta.
Entonces Allaric percibió algo bajo el olor de la sangre y la infección: un aroma a brezo silvestre, pinos mojados y vainilla.
Su corazón golpeó con violencia dentro de su pecho.
El lobo que habitaba en su interior, siempre disciplinado, se lanzó contra las barreras de su mente y rugió una sola palabra:
Compañera.
Allaric retrocedió, incapaz de respirar. La mujer a la que había venido a decapitar era la persona que el destino había elegido para él.
Al escuchar sus pasos, Rowena se estremeció. No levantó la cabeza. Creyó que había llegado otro torturador.
—Por favor… —suplicó con voz quebrada—. Ya no puedo soportarlo. Mátame de una vez.
Allaric miró sus cadenas, y sus ojos dorados comenzaron a teñirse de un rojo feroz.
El rey había llegado a Winterborn para ejecutar a una traidora.
Pero acababa de comprender que el verdadero traidor lo esperaba arriba.
PARTE 2
La súplica de Rowena hizo estallar algo dentro de Allaric.
Arrojó la antorcha al soporte y cruzó la celda. Sujetó las cadenas de plata con las manos desnudas. El metal quemó su piel, pero el dolor quedó sepultado bajo una furia mucho más intensa.
Con un rugido, arrancó los soportes del techo.
Rowena cayó, y él la recibió entre sus brazos antes de que tocara el suelo. Pesaba tan poco que Allaric sintió un estremecimiento de horror. Se quitó la capa de piel y envolvió con ella el cuerpo helado de la joven.
—Ya estás a salvo —murmuró—. Nadie volverá a lastimarte.
Rowena abrió lentamente el único ojo que no tenía hinchado. Su nariz se movió al reconocer el aroma del rey. Durante un instante, el miedo desapareció de su mirada.
—Mi… compañero —susurró.
Luego tosió sangre.
Allaric la estrechó contra su pecho.
—Sí. Soy yo. Dime quién te hizo esto.
Al escuchar que el hombre que la sostenía era el rey, el pánico regresó al rostro de Rowena.
—Ellos dijeron que venías para matarme.
—Me mintieron. Pero necesito saber la verdad. ¿Asesinaste a Aedan?
Un sollozo sacudió el cuerpo de la joven.
—No. Aedan me acorraló y trató de someterme. Me defendí y le arañé el rostro, pero no lo maté. Me escondí en un almacén y vi lo que ocurrió. Los guardias de Desmond asesinaron a su propio hijo siguiendo sus órdenes.
Allaric permaneció inmóvil.
—¿Por qué haría algo así?
—Porque Aedan descubrió sus negocios. Desmond vende los alimentos de la manada, armas reales y plata a los clanes vampíricos del sur. Su hijo exigió una parte del oro y amenazó con denunciarlo. Después de matarlo, me culparon porque soy huérfana y nadie reclamaría justicia por mí.
De pronto, todo tuvo sentido: los aldeanos hambrientos, las armas costosas y el terror que dominaba la fortaleza.
Desmond no solo había robado al reino. Había asesinado a su heredero, torturado a una inocente y armado a los enemigos de la corona.
Allaric cerró los ojos y contuvo la bestia que exigía sangre.
—Descansa, mi reina —dijo mientras levantaba a Rowena—. Vine a castigar a un traidor y eso es exactamente lo que haré.
Al llegar al vestíbulo, el comandante Garrison vio el cuerpo herido de la muchacha en brazos del rey y desenvainó la espada.
—Majestad, ¿quién es ella?
—Mi compañera destinada y la futura reina de este reino.
Garrison palideció.
Allaric colocó cuidadosamente a Rowena sobre un banco cubierto con capas y ordenó que el médico real la atendiera. Cuatro guardias fueron apostados a su alrededor.
Después, la ternura desapareció del rostro del rey.
—Sella la fortaleza. Nadie entra y nadie sale. Desarma a todos los hombres de Desmond.
—¿Y el alfa? —preguntó Garrison.
Allaric desenvainó su enorme espada.
—Desmond es mío.
Desde el gran salón llegaban música y carcajadas. Desmond celebraba un banquete, convencido de que el rey estaba ejecutando a la única testigo de sus crímenes.
Allaric derribó las puertas de una patada.
La música se detuvo. Las copas quedaron suspendidas en el aire y decenas de rostros se volvieron hacia él. La sangre de Rowena manchaba la capa real.
Desmond se levantó, fingiendo sorpresa.
—Majestad, ¿se ha cumplido la sentencia?
—Sí —respondió Allaric—. La verdad ha sido descubierta.
Los guardias reales entraron detrás de él y bloquearon las salidas.
—La mujer que encadenaste no es una asesina —continuó el rey—. Es mi compañera y tu futura reina.
Un murmullo de horror recorrió el salón. Desmond perdió el color del rostro.
—Eso es imposible. Ella mató a mi hijo.
—Tu hijo murió porque descubrió que vendías provisiones y armas a nuestros enemigos. Tú ordenaste su muerte y utilizaste a Rowena para ocultar tu traición.
Desmond comprendió que ya no podía engañarlo. Desenvainó la espada y gritó a sus hombres:
—¡Mátenlo! ¡Es un solo hombre! ¡Si el rey muere, el norte será nuestro!
Dos docenas de guardias avanzaron.
Sin embargo, Allaric no era conocido como el Lobo de Hierro únicamente por su corona. Se movió con una velocidad devastadora. Su espada destrozó lanzas, derribó atacantes y abrió el camino para que la guardia real sometiera a los demás.
En pocos minutos, la rebelión había terminado.
Desmond intentó escapar por un pasadizo oculto detrás de un tapiz, pero Allaric lo alcanzó. Lo sujetó por la nuca y lo lanzó sobre la mesa principal, partiéndola bajo su peso.
La punta de la espada real quedó apoyada contra su pecho.
—Tu reinado de terror terminó. Ahora revelarás todos los nombres de quienes colaboraron contigo.
Desmond escupió sangre y comenzó a reír.
—¿De verdad crees que organicé esto solo? Alguien debía permitir que las mercancías cruzaran los puestos de control reales.
Allaric presionó la espada.
—Dame el nombre.
—El canciller Sinclair.
Por primera vez, el rey vaciló.
Sinclair había servido a su padre. Había educado a Allaric en política y redactado la orden que lo obligó a viajar hasta Winterborn.
—Te apartó de la capital —continuó Desmond—. Mientras tú perseguías a una falsa asesina, él dejaba el palacio indefenso. Los ejércitos vampíricos ya están preparándose para avanzar.
La revelación golpeó a Allaric con más fuerza que cualquier espada. Todo había sido una trampa destinada a sacarlo de la capital antes de un golpe de Estado.
—Gracias por tu confesión —dijo fríamente.
—¡Espera! Podemos llegar a un acuerdo. Puedo ayudarte a detenerlos.
—La traición se castiga con la muerte. Pero después de lo que le hiciste a Rowena, la muerte será más misericordiosa de lo que mereces.
La espada real descendió y el reinado de Desmond terminó para siempre.
Allaric ordenó enviar un cuervo a la capital con instrucciones para que el general Donovan sellara el palacio y arrestara a Sinclair. Los almacenes de Winterborn fueron abiertos y los alimentos robados se repartieron entre los aldeanos. Los heridos recibieron atención y todos los cómplices de Desmond quedaron encadenados.
Cuando el rey regresó junto a Rowena, el médico ya había limpiado y vendado sus heridas. Ella abrió los ojos al sentirlo acercarse.
—Regresaste —susurró.
Allaric se arrodilló y tomó su mano.
—Siempre regresaré por ti.
—¿Y la manada? Están muriendo de hambre.
Incluso después de todo lo sufrido, su primera preocupación era su pueblo. Allaric comprendió entonces que el destino no solo le había entregado una compañera, sino también una verdadera reina.
—Están recibiendo comida y protección. Desmond ya no podrá hacerles daño.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Rowena.
—Cuando estés recuperada, volveremos juntos a la capital —prometió él—. Sinclair responderá por su traición y detendremos al ejército que se aproxima. Pero nunca volverás a enfrentarte sola a la oscuridad.
Rowena cerró los ojos y apoyó la cabeza contra su pecho.
Había sido arrojada a un calabozo para morir olvidada. Sin embargo, el hombre que llegó para ejecutarla rompió sus cadenas y la sacó de la oscuridad.
Allaric había cabalgado hacia el norte buscando a una traidora.
Ahora regresaría al sur acompañado por una reina, dispuesto a recuperar su reino y demostrar a sus enemigos por qué todo el continente temblaba cuando rugía el Lobo de Hierro.