El Rey Alfa se está convirtiendo lentamente en piedra. ¡Un Omega rechazado derrama una sola lágrima y rompe una maldición de 500 años!
El Rey Alfa se está convirtiendo lentamente en piedra. ¡Un Omega rechazado derrama una sola lágrima y rompe una maldición de 500 años!

PARTE 1
La noche en que el rey cayó de rodillas frente a todo su reino, nadie imaginó que la persona que podía salvarlo sería la misma mujer a la que él acababa de destruir.
Durante generaciones, la familia Montgomery había gobernado las tierras del norte con orgullo y poder. Pero una antigua maldición estaba despertando, y el último rey de aquella sangre estaba pagando el precio de un error cometido hacía quinientos años.
Yo conocí la verdad mucho antes de que el reino la descubriera.
Mi nombre es Genevieve Sinclair, y durante casi toda mi vida aprendí lo que significaba no tener valor para nadie.
Nací como Omega dentro del Clan Riverbend. En nuestro mundo, eso significaba que muchos pensaban que yo estaba destinada a obedecer, servir y aceptar cualquier trato que recibiera.
Durante años trabajé limpiando los salones de otros, preparando comida para familias que nunca me miraban a los ojos y soportando las burlas de quienes creían estar por encima de mí.
La peor herida no vino de mis enemigos.
Vino de la persona que debía reconocerme.
Mi antiguo compañero destinado, Cedric Harrington, me rechazó delante de todos porque pensaba que una Omega como yo arruinaría su futuro político.
Aquel día sentí que algo dentro de mí se rompía.
Pensé que jamás volvería a confiar en nadie.
Pero el destino todavía no había terminado conmigo.
A cientos de kilómetros de mi hogar, en el enorme Castillo Winterborn, el rey Allaric Montgomery estaba muriendo lentamente.
Los médicos reales intentaron ocultarlo, pero todos sabían que algo imposible estaba ocurriendo.
Primero fueron sus manos.
La piel comenzó a endurecerse y tomar un extraño color gris. Después la rigidez avanzó por sus brazos, como si su propio cuerpo estuviera convirtiéndose en piedra.
El médico real creyó que era una enfermedad desconocida.
Hasta que encontró los antiguos documentos que revelaban la verdad.
La maldición de Agnes Waterhouse había regresado.
La historia decía que un antepasado de Allaric había traicionado a una poderosa mujer siglos atrás. Antes de morir, ella condenó a toda la familia Montgomery.
El último rey de esa línea perdería aquello que más protegía: su corazón.
Pero había una forma de romper la maldición.
Encontrar a su verdadera compañera y recibir un perdón completamente sincero.
El problema era que Allaric Montgomery era conocido por una sola cosa: su orgullo.
Era un rey temido, respetado y admirado.
Pero también era un hombre que jamás aceptaba equivocarse.
Cuando su condición empeoró, el consejo real organizó un gran baile de invierno. Invitaron a todas las mujeres solteras del territorio con la esperanza desesperada de encontrar a la persona destinada a salvarlo.
Yo jamás habría asistido.
No tenía un vestido elegante ni joyas. Ni siquiera quería estar cerca de la nobleza.
Pero Lady Catherine Sinclair, la mujer que controlaba mi clan, me obligó a acompañar a sus hijas como sirvienta.
Entré al Castillo Winterborn por la puerta de los trabajadores, usando un vestido viejo y gastado mientras todos a mi alrededor llevaban ropa de seda.
Pensé que nadie notaría mi presencia.
Me equivoqué.
Desde su trono, el rey Allaric observaba la multitud con desesperación.
Su cuerpo ya estaba parcialmente endurecido. Ocultaba sus brazos bajo una capa oscura y apenas podía mantenerse de pie.
Entonces ocurrió algo extraño.
Mientras yo recogía una cinta caída cerca del salón principal, una corriente de aire frío atravesó la habitación.
El rey levantó la mirada.
Sus ojos encontraron los míos.
Por un instante, todo quedó en silencio.
Sentí una extraña conexión que nunca había experimentado.
Y él también.
Su propia naturaleza reconoció algo que su mente intentaba negar.
Yo era su compañera destinada.
La música se detuvo mientras Allaric bajaba lentamente las escaleras hacia mí.
Todos observaban.
Todos esperaban.
Pero cuando llegó frente a mí, miró mi ropa sencilla, mis manos marcadas por el trabajo y escuchó los susurros de la nobleza.
Su orgullo ganó la batalla.
—Una mujer como tú no puede estar al lado de un rey —dijo delante de todos.
Sentí que el mismo dolor que había conocido antes regresaba.
Pero lo peor todavía estaba por venir.
Allaric pronunció las palabras que cambiarían el destino de ambos.
—Rechazo este vínculo. Tú no serás mi Luna.
El salón quedó completamente en silencio.
Yo no lloré.
No grité.
Simplemente bajé la cabeza y salí bajo la nieve, intentando recoger los pedazos de mi corazón por segunda vez.
Pero mientras yo desaparecía en la oscuridad, el rey cayó al suelo.
Y frente a todos, una marca gris comenzó a subir lentamente hasta su pecho.
Porque al rechazar a la única persona que podía salvarlo, Allaric Montgomery había firmado su propia sentencia.
PARTE 2
Cuando abrí los ojos al día siguiente, ya no era una invitada del castillo.
Era una prisionera.
El consejo real ordenó que me encerraran en las cocinas subterráneas. Querían mantenerme lejos de la vista de todos, como si mi existencia fuera un problema que debía esconderse.
Pero había algo que ellos no entendían.
Aunque Allaric me había rechazado, el vínculo entre nosotros no desapareció completamente.
Podía sentir su dolor.
Podía sentir cómo su cuerpo se debilitaba.
Y aunque una parte de mí quería dejarlo sufrir por lo que me había hecho, otra parte no podía ignorar que una vida estaba en peligro.
Mientras buscaba carbón en los pasillos antiguos del castillo, encontré una habitación oculta detrás de una pared vieja.
Dentro había objetos pertenecientes a Agnes Waterhouse.
Entre ellos encontré un diario antiguo.
Con dificultad logré leer sus páginas gracias a las enseñanzas que había recibido en secreto cuando era niña.
Entonces descubrí algo que nadie conocía.
La maldición nunca había sido sobre encontrar una pareja.
Era sobre aprender humildad.
El corazón de piedra de Allaric no desaparecería con una simple declaración de amor.
Solo podía romperse cuando la persona que él había herido eligiera perdonarlo sin esperar nada a cambio.
Me quedé mirando aquellas palabras durante mucho tiempo.
¿Cómo podía perdonar al hombre que me había humillado frente a todo un reino?
¿Cómo podía salvar a alguien que había hecho que mi vieja herida volviera a abrirse?
Pero entonces sentí algo.
No era la arrogancia del rey.
Era miedo.
Por primera vez, Allaric no estaba preocupado por perder su corona.
Estaba arrepentido.
Había entendido demasiado tarde que había rechazado la única cosa verdadera que había recibido.
Corrí hacia sus habitaciones.
El castillo estaba lleno de guardias porque mientras el rey agonizaba, otros ya preparaban su caída.
El consejero Frederick Wentworth y la duquesa Beatatrice planeaban tomar el control del reino cuando Allaric muriera.
No les importaba la gente.
Solo querían poder.
Logré entrar en la habitación del rey.
La imagen que encontré me dejó sin palabras.
Allaric estaba casi completamente convertido en piedra.
Solo una pequeña parte de su pecho seguía humana.
Sus ojos, antes llenos de autoridad, ahora mostraban algo que nunca había visto en él.
Arrepentimiento.
Me acerqué lentamente.
Recordé todo el dolor.
Todas las humillaciones.
Pero también vi al hombre que estaba atrapado detrás de su orgullo.
Antes de que pudiera decir algo, las puertas se abrieron.
Wentworth entró junto a sus aliados.
Habían venido a esperar la muerte del rey.
Cuando me descubrieron, pensaron que era una oportunidad perfecta.
Pero no sabían que yo ya había tomado una decisión.
Cuando uno de ellos intentó usarme para presionar al rey, miré directamente a Allaric.
Ya no vi al monarca que me rechazó.
Vi a alguien que finalmente comprendía sus errores.
Me acerqué a él y puse mis manos sobre su pecho de piedra.
—Te perdono.
No fue una frase mágica.
No fue una obligación.
Fue una decisión.
Una lágrima cayó de mi rostro y tocó el último fragmento humano del corazón del rey.
Durante unos segundos, nada ocurrió.
Después, el silencio del cuarto fue roto por un sonido profundo.
La piedra comenzó a romperse.
La maldición que había perseguido a los Montgomery durante siglos finalmente estaba desapareciendo.
Allaric volvió a respirar.
Volvió a moverse.
Y cuando abrió los ojos, ya no era el hombre orgulloso que había conocido.
Era alguien diferente.
Alguien que había perdido todo para aprender el verdadero valor de una persona.
Los traidores fueron descubiertos y el reino evitó caer en sus manos.
Pero lo más importante ocurrió después.
Frente a toda la corte, el rey Allaric Montgomery hizo algo que nadie esperaba.
Se arrodilló ante mí.
El hombre que nunca había inclinado la cabeza ante nadie reconoció que la persona que había salvado su vida era aquella que todos habían considerado menos importante.
—Mi orgullo casi destruyó todo lo que tenía —dijo—. Pero tú viste algo bueno en mí cuando yo no lo merecía.
Con el tiempo, las leyes injustas del reino cambiaron.
Las personas dejaron de ser valoradas por su rango o nacimiento.
Y yo, la Omega que una vez limpiaba pisos en silencio, terminé siendo reconocida como la Luna del Norte.
La antigua maldición no terminó porque un rey encontró poder.
Terminó porque alguien que había sufrido decidió no convertirse en aquello que la lastimó.
Y muchos años después, cuando las personas contaban la historia del rey convertido en piedra, siempre recordaban la misma verdad:
A veces, la mayor fuerza de un corazón no está en cuánto puede resistir… sino en cuánto puede perdonar.