El rey alfa rompió su corazón — pero su fría sonrisa lo destruyó a él

PARTE 1
La noche en que Ronan Blackridge destruyó mi vida había cientos de personas mirando.
Yo llevaba cinco años siendo su compañera.
Cinco años creyendo que el vínculo entre nosotros significaba algo que ningún tratado, ninguna frontera y ninguna ambición política podía romper.
Me equivoqué.
La gala de invierno estaba llena de líderes de otras manadas. Ronan llevaba semanas distante, pero yo había querido creer que solo estaba cansado.
Hasta que vi a Aurora Draver a su lado.
Alta, hermosa, vestida de plata y con una mano apoyada sobre su brazo como si ya supiera exactamente dónde pertenecía.
Marcus, el beta de Ronan, intentó detenerme antes de que me acercara.
—No lo hagas, Allah.
—¿Qué está pasando?
Su silencio me dio la respuesta antes que sus palabras.
—Va a romper vuestro vínculo. Esta noche.
Sentí que el suelo desaparecía.
Aun así caminé hacia Ronan.
Necesitaba escucharlo de su boca.
—Dime que no es verdad.
Él me miró apenas un segundo.
Después se volvió hacia toda la sala.
Anunció una alianza con los Draver.
Explicó que Blackridge necesitaba seguridad, rutas comerciales y fuerza militar.
Y entonces dijo mi nombre.
—Para asegurar este futuro, he decidido disolver mi vínculo con Allah Queen.
Nadie respiró.
Aurora tomó su mano.
Fue entonces cuando comprendí que aquello no había sido una decisión impulsiva.
Lo habían organizado.
Negociado.
Planificado mientras yo todavía dormía junto a él creyendo que éramos una familia.
Ronan me miró con algo parecido a culpa.
—Espero que lo entiendas. Esto no es por ti.
Casi me reí.
Todos esperaban verme llorar.
En lugar de eso, levanté la cabeza.
—Entiendo perfectamente.
Me marché sin suplicar.
El vínculo se rompió antes de que llegara al bosque.
El dolor fue tan intenso que terminé de rodillas sobre la nieve.
Pero al amanecer había tomado una decisión.
Allah Queen desaparecería.
Y lo hizo.
Meses después, Ronan seguía buscándome.
Para entonces su alianza perfecta comenzaba a derrumbarse.
Su manada estaba dividida y, peor aún, una misteriosa enfermedad había comenzado a extenderse por Blackridge.
Fiebre.
Debilidad.
Problemas respiratorios.
Algunos lobos no sobrevivían.
Ningún sanador encontraba la causa.
Hasta que Marcus encontró noticias sobre una doctora en Frost Ridge.
La llamaban Lyra Voss.
Había detenido una epidemia que otros médicos consideraban imposible.
Ronan viajó personalmente para buscarla.
No me reconoció.
El cabello era diferente.
Mi forma de vestir era diferente.
Mi voz también.
Pero sobre todo era diferente la mujer que tenía delante.
—Mi manada está muriendo —me dijo.
—Busque otro médico.
—No hay otro.
Quise echarlo.
De verdad quise hacerlo.
Pero los inocentes de Blackridge no habían tomado su decisión.
Así que acepté.
Bajo mis condiciones.
Analicé las muestras y pronto descubrí algo que todos habían pasado por alto.
No era una enfermedad.
Era veneno.
Alguien estaba contaminando lentamente el suministro de agua con una toxina vegetal diseñada para parecer una infección.
Regresé a Blackridge.
Encontré una perforación oculta en la tubería principal.
Después descubrimos que Kyle, primo y asistente personal de Aurora, tenía acceso a la zona.
Su sangre mostró una exposición masiva a la misma toxina.
Cuando fueron a buscarlo, había escapado.
Aurora también desapareció.
Antes de huir, alguien incendió parte de la finca.
Entré al edificio en llamas para sacar a una niña que había sido envenenada.
Cuando salí, Ronan me agarró de los hombros.
—¡Podrías haber muerto!
—Ella también.
Por primera vez lo vi mirarme no como una doctora contratada, sino como algo que intentaba recordar.
Más tarde intenté marcharme.
—Mi trabajo terminó.
Ronan me detuvo.
—Necesito que te quedes.
Me solté de su mano.
—Deberías haber pensado en eso hace meses.
Él se quedó completamente inmóvil.
—Sé quién eres.
Mi sangre se congeló.
No me giré.
—Te equivocas.
Escuché sus pasos detrás de mí.
—El cabello es diferente. El nombre también. Pero los ojos…
Su voz se quebró.
—Los ojos son los mismos.
Y entonces sentí sus dedos apartar suavemente el cuello de mi camisa.
Justo donde seguía estando aquella pequeña marca de nacimiento en forma de media luna que solo una persona en el mundo conocía.
Ronan dejó de respirar.
—Allah…
PARTE 2
Me aparté de él como si su mano quemara.
—No me llames así.
Ronan parecía haber visto regresar a una persona enterrada.
Pero esa persona ya no existía.
—Te busqué durante semanas —dijo.
—Lo sé.
—¿Lo sabías?
—Me aseguré de que no me encontraras.
Sus ojos se endurecieron de dolor.
—¿Por qué?
Lo miré directamente.
—Porque la mujer que conocías murió aquella noche en la nieve.
Intentó negarlo.
No se lo permití.
—Tú me enseñaste exactamente cuánto valía para ti. Frente a toda nuestra manada decidiste que podía ser reemplazada si aparecía una alianza suficientemente útil.
—Estaba equivocado.
—No. Fuiste muy claro.
Me acerqué.
—Y ahora que esa alianza te envenenó, vuelves a necesitarme.
—No es así.
—Entonces respóndeme algo.
Ronan guardó silencio.
—Si tu manada no estuviera enferma… ¿habrías venido a buscar a la doctora Lyra Voss?
Abrió la boca.
No respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
Agarré mi maletín.
—Exactamente.
Salí hacia la puerta principal.
No llegué.
Una explosión sacudió toda la finca.
El ala oeste comenzó a arder.
El caos se extendió inmediatamente.
Lobos heridos salían entre humo y escombros. Otros gritaban nombres buscando a sus familias.
Y entonces recordé a Kira.
La niña que había salvado del veneno seguía en el ala médica.
Corrí hacia dentro.
El humo me quemaba los pulmones.
Encontré a Kira inconsciente y la cargué hasta una ventana cuando el techo comenzó a caer.
Salté con ella segundos antes de que la habitación quedara envuelta en llamas.
Ronan fue quien me sacó de la nieve.
—No te vayas —me dijo después, arrodillado frente a mí—. Ayúdame a detenerlos.
Miré a la manada.
Durante meses había pensado en ellos como “su gente”.
Ya no.
Había tratado a sus enfermos.
Había cargado a sus niños.
Había visto a madres llorar junto a camas.
Eran inocentes.
—Una condición.
—La que quieras.
—Cuando esto termine me darás exactamente lo que te pida. Sin negociar.
Ronan asintió.
—Hecho.
Comenzamos a investigar quién estaba realmente detrás de Aurora.
La toxina utilizada para envenenar Blackridge solo crecía en tres regiones.
Una estaba junto al territorio de Malcolm Sinclair, un antiguo rival de la familia de Ronan.
Encontré transferencias bancarias.
Registros de compra.
Documentos que conectaban a gente de Sinclair con proveedores de la planta venenosa.
Y un informe de años atrás describiendo un brote casi idéntico.
Sinclair llevaba mucho tiempo perfeccionando aquel método.
Aurora no era la mente detrás de todo.
Era una pieza.
El plan era sencillo.
Debilitar Blackridge desde dentro.
Provocar una crisis.
Hacer parecer a Aurora responsable.
Después Sinclair aparecería para absorber un territorio sin líder y prácticamente indefenso.
Y ahora venía hacia nosotros con más de cien combatientes.
Ronan apenas tenía cuarenta disponibles.
—No puedes ganar luchando —le dije.
—Entonces, ¿qué propones?
—Que dejes de pensar como el hombre que decidió que el poder solucionaba todo.
Le mostré el mapa.
Evacuamos la finca.
Trasladamos a las familias y heridos hacia posiciones defensivas al norte.
Mientras tanto enviamos toda nuestra evidencia a las manadas vecinas.
No les pedimos que lucharan.
Solo que observaran.
Sinclair llegó esperando una victoria rápida.
Encontró una finca vacía.
Cuando finalmente vio dónde estábamos, ya había representantes de otras manadas acercándose desde distintos territorios.
Testigos.
Eso era lo último que quería.
Malcolm Sinclair gritó desde el valle:
—¡Ronan! Entrégate y mostraré piedad a tu gente.
Ronan avanzó.
—¿Piedad? ¿Como la que mostraste cuando envenenaste a mis lobos?
Sinclair negó todo.
Entonces Ronan levantó los documentos.
Análisis independientes.
Registros financieros.
Pruebas químicas.
Y finalmente apareció Aurora entre los hombres de Sinclair.
Su rostro estaba pálido.
Cuando comprendió que Sinclair pretendía cargarle toda la culpa, perdió el control.
—¡Me utilizaste! —gritó—. Dijiste que nadie podría rastrearlo.
El valle quedó en silencio.
Acababa de confesar delante de todas las manadas presentes.
Sinclair ordenó la retirada.
Su conspiración había terminado.
Tiempo después, el Consejo Regional lo despojó de su título.
Aurora fue exiliada.
Blackridge recibió reparaciones.
Pero mi acuerdo con Ronan todavía estaba pendiente.
A la mañana siguiente reunió a toda la manada.
Yo permanecí detrás.
No quería una ceremonia.
Él subió frente a todos y dijo:
—Hace meses rechacé públicamente a Allah Queen porque pensé que una alianza política valía más que la mujer que amaba.
La multitud quedó inmóvil.
—Me dije que era sacrificio por la manada. La verdad es que tuve miedo. Elegí el poder porque era más sencillo que defender algo que no podía controlar.
Luego me miró.
—Y cuando todo se derrumbó, la misma mujer a la que deseché volvió y nos salvó.
Reconoció su error.
No puso excusas.
Después hizo lo que más me sorprendió.
—Lyra es libre de marcharse. No voy a perseguirla ni pedirle que vuelva conmigo. Le debo al menos la libertad que le quité cuando decidí por los dos.
Comenzó a alejarse.
—Espera.
Ronan se giró.
—No vuelvo como tu compañera —dije.
Vi desaparecer la esperanza de su rostro.
—Ese vínculo terminó. Allah Queen no va a regresar.
Respiré profundamente.
—Pero la doctora Lyra Voss puede quedarse.
No por él.
Por mí.
Por las personas a las que había salvado.
Pedí mi propia clínica.
Autoridad total sobre decisiones médicas.
Un asiento en el consejo como jefa médica.
Ronan aceptó.
—Y otra cosa —añadí—. Tú y yo somos colegas. Nada más.
Asintió.
—Si quieres algún día algo diferente, tendrás que ganártelo.
—¿Cuánto tiempo?
—Quizá años.
—¿Y si nunca es suficiente?
Lo miré.
—Entonces tendrás que aprender a vivir con eso.
Y lo hizo.
No me llevó flores.
No organizó discursos.
No intentó tocarme.
Durante meses respetó cada límite.
Escuchó mis opiniones en el consejo.
Reconstruyó Blackridge sin repetir los errores que casi lo habían destruido.
Cuando Frost Ridge me ofreció dirigir una nueva instalación médica mucho más grande, fue Ronan quien me entregó la propuesta.
—Deberías aceptarla si es lo que quieres.
Me quedé mirándolo.
El antiguo Ronan habría intentado convencerme para quedarme.
Este no.
—¿Quieres que me vaya?
—Quiero que puedas elegir.
Aquellas palabras hicieron algo que mil disculpas no habían conseguido.
Porque eso era exactamente lo que me había quitado aquella noche.
La elección.
Decidí quedarme.
No por él.
Porque aún tenía trabajo que terminar.
Durante los meses siguientes reconstruimos la manada.
Él reconstruyó su liderazgo.
Yo construí una red médica que conectaba Blackridge con Frost Ridge y otros territorios.
Y lentamente dejamos de hablar como dos personas preparadas para hacerse daño.
Primero fue café.
Después reuniones.
Luego cenas.
Finalmente conversaciones.
Ronan me contó que todavía despertaba algunas noches oliendo humo que no existía.
Yo le conté cómo pasé semanas escondiéndome después de su rechazo, utilizando nombres falsos porque no sabía quién era si ya no era su compañera.
Un año después caminamos juntos por la nieve.
El nuevo ala oeste se levantaba donde antes estuvieron las ruinas.
Ronan me hizo una pregunta.
—¿Existe todavía un nosotros?
Pensé durante mucho tiempo.
No éramos los mismos.
Allah Queen había desaparecido.
El Ronan que la había rechazado tampoco existía ya.
—No lo sé —respondí—. Pero estoy dispuesta a descubrirlo.
Me acerqué y puse una mano sobre su pecho.
—No quiero recuperar lo que teníamos.
—Yo tampoco.
—Quiero algo nuevo. Sin promesas. Sin obligaciones. Sin que ninguno de los dos tenga que perderse para conservar al otro.
Ronan cubrió mi mano con la suya.
—Te amo.
Esta vez aquellas palabras no me hicieron sentir segura.
Me asustaron.
Y quizá eso estaba bien.
—Lo sé.
—¿Y eso te da miedo?
Sonreí.
—Muchísimo.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí?
Miré el territorio que una vez había abandonado bajo una tormenta de nieve.
Ya no pertenecía allí porque fuera la compañera de un alfa.
Pertenecía porque había elegido estar allí.
Porque tenía mi nombre.
Mi clínica.
Mi voz.
Mi poder.
Y porque el hombre frente a mí finalmente había entendido que amar no significaba poseer.
—Porque ser fuerte no significa que nada pueda herirte —le dije—. Significa que puedes sobrevivir cuando sucede y seguir siendo capaz de elegir qué hacer después.
Ronan se inclinó lentamente.
No me besó hasta que fui yo quien cerró la distancia.
Y cuando lo hice, no fue porque hubiera olvidado.
Ni porque todo estuviera perdonado.
Fue porque el pasado ya no tomaba decisiones por mí.
Por primera vez, el futuro sí.
Y si algún día volvíamos a amarnos como antes, no sería porque un vínculo mágico nos obligara.
Sería porque dos personas que habían aprendido a estar completas por separado habían decidido, libremente, caminar juntas.