El Rey Alfa rechazó a su compañera delante de todos… pero horas después descubrieron que ella era algo mucho más peligroso que una reina
El Rey Alfa rechazó a su compañera delante de todos… pero horas después descubrieron que ella era algo mucho más peligroso que una reina

PARTE 1
Nixara sabía que no debía estar en aquella ceremonia.
No pertenecía a la nobleza.
No tenía una familia poderosa.
Y jamás había imaginado que el hombre más temido de los territorios del norte pudiera siquiera notar su existencia.
Sin embargo, cuando el Rey Alfa Zyrath Dusgren entró en el patio, algo dentro de ella despertó.
Su loba, Arendra, se agitó con una fuerza que casi le quitó el aire.
Nixara levantó los ojos.
Zyrath la miraba.
Durante un instante, desaparecieron las antorchas, los nobles y cientos de voces alrededor.
Solo quedaron ellos.
El vínculo apareció entre ambos como una corriente imposible de ignorar.
—Compañero… —susurró Nixara.
El patio entero quedó en silencio.
Zyrath también lo había sentido.
Ella lo vio en sus ojos.
Sorpresa.
Reconocimiento.
Y después…
frialdad.
El Rey Alfa caminó hacia ella.
Por un segundo absurdo, Nixara creyó que tomaría su mano.
En cambio, él pronunció las palabras que destrozaron todo.
—Yo, Zyrath Dusgren, te rechazo como mi compañera.
El vínculo se quebró dentro de Nixara.
Sus rodillas tocaron el suelo.
A su alrededor llegaron murmullos, lástima y algunas risas.
Entre los nobles, Sarilith Vogn sonreía como si acabara de conseguir exactamente lo que quería.
Zyrath no ayudó a Nixara.
Ni siquiera volvió a mirarla.
—Sáquenla.
Los guardias avanzaron.
Nixara consiguió ponerse en pie antes de que la tocaran.
—Algún día te arrepentirás.
Zyrath se quedó quieto.
Pero no se volvió.
Aquello dolió más que el rechazo.
Nixara abandonó la fortaleza sola.
Caminó durante horas por el bosque, todavía con el vestido ceremonial, mientras el vacío donde había estado el vínculo parecía extenderse por todo su cuerpo.
—Arendra —susurró—. Por favor.
Su loba no respondió.
Finalmente, agotada, se desplomó junto a un árbol.
Entonces escuchó un gruñido.
Varias sombras surgieron entre los árboles.
Lobos solitarios.
Hambrientos.
Sin manada.
El mayor comenzó a acercarse.
Nixara intentó levantarse.
No pudo.
Cuando la criatura saltó hacia ella, cerró los ojos.
Tal vez aquello terminaría rápido.
Pero algo explotó en su interior.
No era el vínculo.
No era siquiera Arendra.
Era algo más antiguo.
Los ojos de Nixara se iluminaron de plata.
El aire vibró.
Una fuerza invisible atravesó el claro y lanzó al lobo lejos de ella.
Los demás retrocedieron inmediatamente.
Nixara miró sus propias manos.
—¿Qué soy?
Entonces escuchó una voz dentro de su cabeza.
Femenina.
Antigua.
Poderosa.
Nunca estuviste destinada a romperte.
Nixara se puso de pie.
Los lobos bajaron la cabeza.
Después huyeron.
Pero la energía desapareció tan rápido como había llegado.
Nixara cayó nuevamente.
Antes de perder el conocimiento oyó pasos organizados acercándose.
Hombres armados aparecieron entre los árboles.
Y delante de ellos caminaba un desconocido.
Alto.
Vestido de negro.
Con una presencia incluso más fría que la de Zyrath.
Se arrodilló frente a ella y examinó sus ojos plateados.
No mostró compasión.
Tampoco desprecio.
Mostró reconocimiento.
—Así que era verdad —murmuró.
Nixara apenas consiguió hablar.
—¿Quién… eres?
El hombre no respondió.
La tomó antes de que volviera a caer.
Después miró a sus guerreros.
—Llévensela a Colmillo Sombrío.
Uno de ellos dudó.
—¿Como prisionera, Alfa Bayor?
Bayor volvió a mirar a Nixara.
Una sonrisa oscura apareció lentamente en su rostro.
—No.
Hizo una pausa.
—Tal vez acabamos de encontrar el arma capaz de cambiar esta guerra.
Y muy lejos de allí, dentro de su propia fortaleza…
Zyrath se llevó una mano al pecho.
Porque el vínculo que había rechazado…
acababa de volver a despertar.
PARTE 2
Nixara despertó en una habitación de piedra negra.
No estaba encadenada.
Eso fue lo primero que notó.
Lo segundo fue que el dolor seguía presente.
El vínculo con Zyrath no había desaparecido.
Había cambiado.
—¿Por qué sigues ahí? —susurró, presionándose el pecho.
La misma voz antigua respondió dentro de ella.
Porque nunca estuvo destinado a romperse.
La puerta se abrió.
Bayor entró acompañado por dos guardias.
Nixara se incorporó.
—¿Soy tu prisionera?
—No.
—Entonces, ¿qué soy?
Bayor se detuvo junto a la cama.
—Un misterio.
Le explicó que sus hombres la habían visto repeler a varios lobos sin transformarse.
Aquello no era normal.
—Muéstrame tu poder.
Nixara soltó una risa incrédula.
—Ni siquiera sé qué hice.
—Entonces averígualo.
Ella cerró los ojos.
En lugar de pensar en Zyrath, buscó aquella presencia más profunda.
La encontró.
Las runas de las paredes comenzaron a vibrar.
Una copa sobre la mesa se quebró sin que nadie la tocara.
Los ojos de Bayor se estrecharon.
—Ahí estás.
Nixara abrió los ojos.
—¿Qué me está pasando?
—Te rechazaron.
Bayor inclinó ligeramente la cabeza.
—Pero en vez de destruirte, aquello despertó algo que estaba dormido.
Durante los días siguientes, Bayor no trató a Nixara como una víctima.
La entrenó.
La puso frente a guerreros que al principio se burlaban de ella.
El primero intentó golpearla.
Nixara vio el movimiento antes de que ocurriera.
Esquivó.
Otro ataque.
También lo anticipó.
Era como si pudiera leer cada músculo, cada respiración, cada intención.
Finalmente extendió la mano.
Una onda de energía derribó al guerrero.
La arena quedó en silencio.
Por primera vez nadie veía a la compañera rechazada.
Veían peligro.
Bayor caminó hacia ella.
—Otra vez.
Nixara lo miró sorprendida.
—¿Otra vez?
—Estabas conteniéndote.
—No lo hacía.
—Sí.
El siguiente entrenamiento fue diferente.
Nixara dejó de intentar parecer pequeña.
El poder atravesó la arena.
Y aquella voz dentro de ella se volvió cada día más clara.
Arendra no es todo lo que eres.
Nixara aún no comprendía aquellas palabras.
Pero comenzó a comprenderse a sí misma.
Y también comenzó a comprender a Bayor.
Él era frío.
Peligroso.
Difícil.
Sin embargo, nunca decidió por ella.
Si Nixara decía que no, se detenía.
Cuando alguien intentó tratarla como una intrusa indefensa, Bayor lo expulsó.
—Nadie te tocará aquí sin tu permiso.
Aquella frase se quedó con ella.
Porque Zyrath había tenido un vínculo otorgado por el destino…
pero jamás le había dado una elección.
Bayor no tenía ningún vínculo con ella.
Sin embargo empezaba a construir algo diferente.
Momento a momento.
Elección a elección.
Entonces Zyrath llegó.
No vino solo.
Trajo a su ejército hasta las fronteras de Colmillo Sombrío.
Cuando Nixara salió junto a Bayor, cientos de ojos se clavaron en ella.
Zyrath la encontró inmediatamente.
El vínculo rugió.
—Vuelve conmigo —dijo.
Nixara sintió que el antiguo dolor regresaba.
—Tú me rechazaste.
—Cometí un error.
—Un error fue elegir mal una palabra.
Lo miró directamente.
—Tú me miraste a los ojos y decidiste que no era suficientemente importante para estar a tu lado.
Zyrath bajó la voz.
—No sabía lo que eras.
La respuesta terminó de romper algo dentro de ella.
—Ese es exactamente el problema.
Nixara dio un paso atrás.
—Ahora que soy poderosa, ¿sí me quieres?
Zyrath quedó sin respuesta.
Bayor permaneció a su lado.
Pero no habló por ella.
La tensión entre ambos Alfas creció.
Durante los días siguientes, Zyrath se negó a marcharse.
Afirmó que existía una amenaza mayor y que la guerra entre sus territorios solo beneficiaría a alguien más.
Nixara empezó a sospechar que tenía razón.
Además, el rechazo había sido demasiado conveniente.
Sarilith había estado esperando aquello.
Algunos ataques parecían diseñados específicamente para hacer que Zyrath y Bayor desconfiaran entre sí.
Y después apareció la verdadera traición.
Dravett.
Uno de los hombres más importantes de Bayor.
El guerrero había estado observando a Nixara desde su llegada.
No por lealtad.
Por obsesión.
Cuando Zyrath y Bayor estuvieron a punto de enfrentarse por ella, Dravett apareció riendo.
—¿Realmente pensaron que esta guerra era por ustedes?
Nixara sintió frío.
—¿Qué hiciste?
—Todo lo necesario.
Dravett reveló una antigua profecía.
Hablaba de una mujer nacida bajo la luna cuya sangre podía unir reinos…
o destruirlos.
Una mujer cuyo poder sería superior incluso al de los Reyes Alfa.
—Eres tú, Nixara.
Ella negó lentamente.
—No.
—Yo provoqué los ataques.
La sonrisa de Dravett se ensanchó.
—Necesitaba a Zyrath furioso. Necesitaba a Bayor protegiéndote. Necesitaba que todos estuvieran demasiado ocupados peleando por ti para darse cuenta de que yo estaba esperando que despertaras.
Bayor avanzó.
—Fuiste tú.
—Sí.
Dravett liberó entonces el poder que llevaba años ocultando.
El patio estalló en caos.
Zyrath extendió la mano hacia Nixara.
—Ven conmigo.
Al mismo tiempo, Bayor hizo lo mismo.
—Quédate detrás de mí.
Nixara miró ambas manos.
Dos Alfas.
Dos hombres poderosos.
Uno elegido por el destino.
Otro elegido lentamente por su corazón.
Y ambos seguían cometiendo el mismo error.
Creían que ella debía escoger una mano para salvarse.
Nixara retrocedió.
—No.
Zyrath frunció el ceño.
—Nixara.
—No voy a elegir a ninguno de ustedes.
El campo entero pareció detenerse.
—No soy un premio.
Sus ojos comenzaron a arder con luz plateada.
—No soy algo que puedan reclamar.
El suelo vibró.
Aquella presencia antigua dentro de ella finalmente se abrió por completo.
Nixara comprendió.
Arendra siempre había sido su loba.
Pero aquel segundo poder era otra cosa.
La herencia de las antiguas Reinas Lunares.
Mujeres que no gobernaban mediante dominación.
Gobernaban haciendo que incluso los Alfas más poderosos escucharan.
Dravett sonrió.
—Eso es. Muéstrales lo que eres.
Nixara lo miró.
—Tampoco soy tu arma.
Liberó el poder.
Una luz plateada atravesó el campo.
Los guerreros dejaron de luchar.
Dravett intentó resistir.
Su energía oscura chocó contra la de Nixara.
Pero ella ya no estaba luchando desde el miedo.
Ni desde el rechazo.
Ni siquiera desde la rabia.
Estaba luchando desde la certeza.
—Ya no me controlas.
El poder de Dravett se deshizo.
La amenaza terminó.
Y cuando el silencio regresó, Nixara seguía de pie en el centro.
Sola.
No detrás de ningún rey.
Zyrath fue el primero en acercarse.
Pero esta vez se detuvo a varios pasos.
Inclinó la cabeza.
—Me equivoqué.
Nixara no respondió.
—Elegí mi posición, mi orgullo y lo que otros esperaban de mí antes que a ti.
Su voz perdió toda autoridad real.
—Y terminé perdiéndote.
Nixara lo observó durante mucho tiempo.
Después dijo:
—Te perdono.
Zyrath levantó la mirada.
Algo parecido a esperanza apareció en ella.
Nixara continuó:
—Pero no volveré contigo.
El vínculo entre ambos tembló.
Después comenzó a apagarse.
No con el dolor brutal del primer rechazo.
Esta vez fue tranquilo.
Como una puerta que finalmente podía cerrarse sin dejar a nadie atrapado detrás.
Zyrath cerró los ojos.
Y asintió.
Había entendido.
Entonces Nixara miró a Bayor.
Él seguía en el mismo lugar.
No avanzó.
No extendió la mano.
No intentó reclamarla.
Simplemente esperó.
Nixara caminó hacia él.
—No intentaste decidir por mí.
Bayor soltó una respiración lenta.
—Quise hacerlo muchas veces.
Ella casi sonrió.
—Al menos eres sincero.
—Pero entendí que si te obligaba a quedarte, terminaría convirtiéndome en otro hombre del que necesitarías escapar.
Aquellas palabras llegaron más profundo que cualquier profecía.
Nixara se acercó un paso más.
—No soy tuya.
—Lo sé.
Ella tomó su mano.
—Pero quiero estar contigo.
Por primera vez desde que lo conocía, Bayor pareció no saber qué decir.
—Repite eso.
Nixara sonrió.
—Te elijo.
Cuando Bayor la besó, no hubo destino obligándolos.
No hubo un vínculo antiguo decidiendo por ella.
Fue una elección.
Mutua.
Consciente.
Suya.
Los lobos alrededor comenzaron a inclinar la cabeza.
Pero Nixara comprendió que no se estaban inclinando ante la compañera de Bayor.
Ni ante la antigua compañera de Zyrath.
Lo hacían ante ella.
La mujer que había sido expulsada pensando que no valía nada.
La mujer cuyo corazón roto había despertado un poder que nadie pudo controlar.
La mujer que había aprendido que incluso el destino debía respetar su decisión.
Tiempo después, la paz regresó lentamente a los territorios.
Nixara y Bayor gobernaban juntos.
No uno delante del otro.
Uno al lado del otro.
Una tarde, Nixara estaba en el balcón cuando Bayor llegó por detrás y colocó suavemente las manos sobre su vientre.
—Sigues pensando demasiado.
—Siempre.
Ella cubrió sus manos con las suyas.
Dentro de ella crecía una nueva vida.
Pero aquella criatura no existía porque una profecía lo hubiera ordenado.
Ni porque un vínculo los hubiera obligado a permanecer juntos.
Existía porque dos personas se habían elegido libremente.
Lejos de allí, Zyrath observaba el horizonte de su propio reino.
Solo.
Pero no destruido.
Había aprendido una verdad que ningún Rey Alfa le había enseñado:
algunas personas no estaban destinadas a ser reclamadas.
Debían ser respetadas.
Elegidas.
Y si las perdías por no comprenderlo…
debías aceptar que quizá jamás regresarían.
Nixara tampoco volvió a pensar en sí misma como “la compañera rechazada”.
Aquella mujer había quedado atrás.
Ella no era el premio por el que dos reyes habían estado dispuestos a enfrentarse.
No era el arma de una profecía.
No era propiedad del destino.
Era Nixara.
La mujer que fue rechazada por un rey… y terminó descubriendo que jamás había necesitado que ningún rey la eligiera para convertirse en reina.