El Rey Alfa rechazó a la silenciosa sanadora, hasta que su olor lo golpeó durante la luna de sangre
El Rey Alfa rechazó a la silenciosa sanadora, hasta que su olor lo golpeó durante la luna de sangre

PARTE 1
En el reino helado del norte, donde los lobos aprendían desde niños que la debilidad podía costarles la vida, todos conocían el nombre de Cedric Hallowell.
Era el Rey Alfa. Un líder temido, respetado y admirado por miles de guerreros. Había levantado su manada después de años de guerras contra los renegados y había construido su poder sobre una sola regla: sobrevivir a cualquier precio.
Para Cedric, el amor era una distracción. La unión de un alfa no debía depender del corazón, sino de la estrategia.
Por eso, cuando llegó el festival del solsticio, no tenía ninguna duda sobre su futuro. Había decidido unir su destino al de Lady Camila Winslow, la hija de uno de los alfas más poderosos del este. Ese matrimonio le daría soldados, recursos y una alianza capaz de proteger Ironhold durante generaciones.
Pero el destino tenía otros planes.
Entre la multitud de nobles, guerreros y miembros de la manada había una mujer que casi nadie miraba.
Rowena Abbott.
Una huérfana de una antigua familia caída en desgracia. Sin títulos, sin riquezas y sin influencia, Rowena había pasado años escondida en las torres de la botica, curando heridas y salvando vidas mientras otros recibían honores.
Sus manos siempre estaban manchadas de hierbas y sangre. Vestía ropa sencilla y caminaba con la mirada baja. Para muchos era invisible.
Pero aquella noche, el destino decidió hacerla imposible de ignorar.
Cuando Cedric bajó del estrado para anunciar su alianza con Camila, un extraño aroma llenó el salón. Era un perfume suave, como flores aplastadas bajo la nieve.
Su lobo interior despertó de golpe.
Una palabra retumbó en su mente.
“Compañera”.
Cedric quedó inmóvil.
Sus ojos recorrieron la sala hasta detenerse en una figura apartada junto a una pared.
Rowena.
Ella también sintió la conexión. Durante un instante, sus miradas se encontraron y ambos comprendieron la verdad: eran compañeros destinados por la diosa.
El salón quedó en silencio.
Todos esperaban que el Rey Alfa aceptara el vínculo.
Pero Cedric solo pensó en las consecuencias.
Aceptar a Rowena significaba perder la alianza con los Winslow. Significaba elegir a una sanadora sin ejército en lugar de una princesa con poder político.
Convenció a su corazón de que estaba haciendo lo correcto.
Se acercó a ella mientras toda la corte observaba.
Los ojos de Rowena tenían una pequeña esperanza. Una esperanza que desaparecería para siempre segundos después.
—Yo, Cedric Hallowell, Rey Alfa del Norte, rechazo tu vínculo —declaró con una voz fría que atravesó la sala—. No tienes el linaje, la fuerza ni el poder necesario para estar a mi lado.
Las palabras fueron peores que una espada.
Rowena sintió cómo algo dentro de ella se rompía.
Cualquier otra persona habría llorado, habría suplicado o habría maldecido al hombre que acababa de destruir su destino.
Pero ella simplemente respiró profundamente.
Apretó la cesta de hierbas que llevaba entre las manos y bajó la cabeza.
—Acepto tu rechazo, Alfa.
Después caminó hacia la puerta y desapareció en la noche helada.
Cedric creyó haber ganado.
Creyó haber elegido el futuro de su pueblo.
Pero no sabía que acababa de rechazar a la mujer que salvaría su reino.
Ni sabía que la sangre que corría por las venas de Rowena escondía un poder olvidado durante siglos.
Y cuando la luna roja apareciera sobre Ironhold, todo lo que él había creído sobre ella cambiaría para siempre.
PARTE 2
Las semanas siguientes fueron una prueba silenciosa para ambos.
Rowena desapareció de la vida pública de Ironhold. Ya no asistía a celebraciones ni buscaba cruzarse con Cedric por los pasillos del castillo.
Se encerró en la enfermería y dedicó cada momento a curar a los guerreros heridos.
Mientras tanto, Cedric comenzó a descubrir que la alianza que había elegido no era el paraíso que imaginaba.
Camila era hermosa y poderosa, pero no entendía la vida del norte. Se quejaba del frío, despreciaba a los sirvientes y miraba con rechazo a los soldados que regresaban cubiertos de sangre.
Cedric había conseguido una reina política, pero había perdido la tranquilidad.
Entonces llegó el ataque.
Un grupo de renegados armados con armas de plata atacó las fronteras de Ironhold. Los guerreros regresaron gravemente heridos y la enfermería se convirtió en un caos.
Entre los más afectados estaba Arthur, el segundo al mando y amigo más cercano de Cedric.
La plata estaba envenenando su sangre.
Nadie sabía cómo salvarlo.
Hasta que Rowena apareció.
La mujer silenciosa que todos habían ignorado tomó el control de la situación. Dio órdenes con una autoridad que nadie había visto antes y comenzó a trabajar sin miedo.
Cedric la observó sorprendido.
No había debilidad en ella.
No había miedo.
Solo una fuerza que él jamás había reconocido.
Durante días, Rowena permaneció junto a los heridos sin dormir. Gracias a sus conocimientos, muchos guerreros que deberían haber muerto lograron sobrevivir.
Cedric empezó a comprender una verdad dolorosa:
La mujer que había considerado una carga era la razón por la que su reino seguía en pie.
Pero entonces llegó la noche de la Luna de Sangre.
El cielo sobre Ironhold se volvió rojo y una energía antigua recorrió la tierra.
Los renegados aprovecharon el momento y atacaron la fortaleza.
Cedric se transformó en su forma de lobo negro y luchó contra los invasores.
Pero en medio de la batalla sintió algo.
Un aroma imposible de ignorar.
Era Rowena.
Corrió hacia la torre de la botica y encontró a tres enemigos rodeándola con dagas de plata.
Cedric estaba a punto de atacar cuando algo imposible ocurrió.
Rowena no gritó.
No huyó.
La luz de la luna roja cayó sobre ella y una energía plateada explotó desde su cuerpo.
Los enemigos fueron lanzados contra las paredes como si una fuerza invisible los hubiera golpeado.
Cedric quedó paralizado.
La mujer que él había llamado débil acababa de revelar un poder antiguo.
Una sangre real perdida durante siglos.
Rowena no era simplemente una sanadora.
Era una heredera lunar.
La verdadera reina que su manada había estado esperando.
Cuando Cedric se acercó, por primera vez no vio a una mujer sin importancia.
Vio a alguien superior a cualquier alianza que hubiera perseguido.
—Rowena… me equivoqué —susurró.
Pero ella levantó la mirada con una frialdad que nunca antes había mostrado.
—Elegiste tu camino, Cedric. Un rey debe vivir con sus decisiones.
Antes de que él pudiera responder, los cuernos de guerra volvieron a sonar.
La batalla aún no había terminado.
Y ahora Cedric tendría que demostrar que no solo era digno de gobernar…
Sino digno de recuperar a la mujer que había rechazado.