El Rey Alfa ordenó ejecutar a la mujer que más odiaba… y solo después de verla beber plata descubrió que acababa de condenar a su verdadera compañera
El Rey Alfa ordenó ejecutar a la mujer que más odiaba… y solo después de verla beber plata descubrió que acababa de condenar a su verdadera compañera

PARTE 1
Una sola gota de plata líquida podía quemar a un Lykan desde dentro.
Todos lo sabíamos.
Por eso, cuando levanté la pesada copa de obsidiana hacia mis labios, más de cuatrocientos lobos reunidos en el patio de Castillo Croft contuvieron la respiración.
Yo no grité.
No supliqué.
Solo miré al hombre que había ordenado mi muerte.
Y sonreí.
Mi nombre era Emiline Stanton.
Durante años había vivido como una sirvienta dentro del castillo del Rey Alfa Gideon Croft.
Mi familia había perdido todos sus títulos después de que mi padre fuera acusado de rebelión. Desde entonces, los Stanton éramos considerados traidores.
Yo remendaba tapices, limpiaba chimeneas y bajaba la cabeza ante nobles que antes habrían saludado a mi familia.
Pero escondía un secreto.
Gideon era mi compañero destinado.
Lo supe desde que mi loba despertó.
Cada vez que él entraba en una habitación, todo mi cuerpo lo reconocía.
El problema era que Gideon no podía reconocerme a mí.
La mujer a la que había convertido en Luna, Lady Rosamund Gifford, había utilizado magia oscura para robar mi aroma.
Con ayuda de brujas de las fronteras, había mezclado mi esencia con la suya y engañado el vínculo.
Gideon creyó que Rosamund era su verdadera pareja.
Y yo no podía decir nada.
¿Quién habría creído a la hija de un supuesto traidor por encima de una Luna rica, poderosa y respaldada por una de las familias más influyentes del sur?
Sin embargo, incluso bajo el hechizo, Gideon sentía algo por mí.
Cuando yo entraba en una sala, sus ojos me seguían.
Cuando otro hombre se acercaba demasiado, su mandíbula se tensaba.
Él no entendía por qué.
Así que decidió que aquello debía ser deseo.
Y terminó odiándome por hacerlo sentir débil.
Me asignó trabajos más duros.
Me obligó a permanecer horas bajo el frío.
Me humilló delante de otros nobles.
Nunca respondí.
Rosamund observaba todo.
Y entendió que, si Gideon alguna vez me tocaba directamente, el hechizo podía romperse.
Así que decidió eliminarme.
Durante una cacería, su carruaje fue atacado.
Rosamund apareció herida con una daga recubierta de plata.
Horas después, los guardias registraron mi pequeña habitación.
Encontraron monedas robadas.
Mapas de las rutas reales.
Dagas idénticas.
Y cartas que supuestamente demostraban que yo colaboraba con renegados.
Todo había sido colocado allí.
Pero Gideon creyó cada palabra.
Me arrastraron ante su trono.
—Yo no hice esto —le dije—. Preferiría arrancarme el corazón antes que traicionar a esta manada.
Su loba interior parecía estar luchando desesperadamente contra él.
Lo vi en su rostro.
Pero Gideon eligió confiar en las pruebas.
Y en Rosamund.
—Traición contra la Luna es traición contra la corona.
Entonces pronunció mi sentencia.
Muerte mediante plata.
En el patio, el viento helado golpeaba mi vestido mientras Lord William sostenía la copa de ejecución.
Antes de beber, miré a Gideon por última vez.
—No te suplico por mi vida.
Todo quedó en silencio.
—Muero con la conciencia limpia. Nunca traicioné esta manada.
Gideon apretó los brazos de su asiento.
Continué:
—Te perdono.
Vi algo quebrarse en sus ojos.
—No lloro por mi muerte, Gideon. Lloro por la mitad de tu alma que estás a punto de enterrar conmigo.
Rosamund palideció.
La loba de Gideon rugía dentro de él.
Aun así, dio la orden.
—Bebe.
Tomé la copa.
La plata siseó dentro.
La llevé hasta mis labios.
Y tragué.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces el hechizo de Rosamund se rompió.
Una onda de poder sacudió todo el patio.
Los talismanes ocultos bajo su vestido comenzaron a arder.
Y mi verdadero aroma llenó el aire.
Hierbas nocturnas.
Tierra húmeda.
Lluvia profunda.
Gideon se puso de pie de golpe.
Su rostro perdió todo color.
Su loba rugió una sola palabra dentro de él:
Compañera.
Gideon me miró.
Después miró la copa vacía.
Y comprendió la verdad cuando ya era demasiado tarde.
Acababa de ordenar la muerte de su verdadera Luna.
PARTE 2
Mis piernas cedieron.
Sentí el veneno entrando en mi sangre como fuego.
Caí de rodillas.
Gideon rugió.
No bajó de la plataforma real por las escaleras.
La atravesó.
Saltó directamente al patio y corrió hacia mí mientras el resto de la manada permanecía inmóvil, horrorizada.
—¡Emiline!
Me atrapó antes de que mi cabeza golpeara la madera.
Las venas oscuras comenzaron a extenderse bajo mi piel.
Cada respiración se sentía como tragar cuchillas.
Gideon sostuvo mi rostro.
—Mírame.
Intenté hacerlo.
—¿Por qué no me dijiste?
Sonreí débilmente.
—Porque un rey tiene que aprender a ver con sus propios ojos.
Arriba, Rosamund gritaba órdenes.
—¡Guardias! ¡Protéjanme! ¡Yo soy su Luna!
Nadie se movió.
Todos podían oler la verdad ahora.
El comandante de la Guardia Real desenvainó su espada.
—Ya no eres nada.
Rosamund fue arrestada.
También capturaron al escriba que había falsificado las cartas utilizadas contra mí.
Pero para Gideon todo aquello dejó de importar.
Mi corazón estaba fallando.
—Sanadores —rugió—. ¡Ahora!
Nadie tenía un antídoto capaz de detener aquella cantidad de plata.
Gideon apretó su frente contra la mía.
Por primera vez vi lágrimas en el rostro del Rey Alfa.
—No mueras.
Mi mano tembló al tocar su mandíbula.
—Ya te perdoné.
Después todo se volvió negro.
Mi corazón se detuvo.
Y con él, el vínculo entre nosotros se rompió.
Gideon sintió la ruptura como si alguien hubiera arrancado una parte de su alma.
Muchos Alfas perdían la razón después de perder a su pareja destinada.
Gideon estuvo a punto de hacerlo.
Pero entonces recordó algo.
Una antigua ley prohibida.
Un ritual llamado el vínculo del alma.
Podía entregar parte de su propia fuerza vital para obligar al corazón de una compañera muerta por plata a comenzar nuevamente.
El precio podía ser su poder.
Sus años de vida.
O su propia muerte.
No le importó.
Me levantó en brazos y me llevó hasta sus habitaciones.
Ordenó traer la daga ceremonial de la Casa Croft.
Rosamund fue obligada a presenciarlo.
—Todo esto fue por política —suplicó ella—. Mi familia necesitaba…
Gideon la levantó del cuello.
No gritó.
Eso la asustó todavía más.
—Tu familia perderá todo.
La soltó.
Después se acercó a mí.
Se abrió la palma con la daga ritual.
La sangre cayó sobre mi pecho.
—Por la sangre de mis antepasados y por la gracia de la luna… rechazo esta muerte.
Presionó la mano sobre mi corazón.
El ritual comenzó.
El calor llenó la habitación.
La plata dentro de mi cuerpo comenzó a reaccionar.
Pero había un problema.
Para expulsarla de mí…
Gideon tenía que absorberla.
Las venas de su brazo se volvieron plateadas.
Su respiración se quebró.
Los guardias intentaron detenerlo.
—¡Te va a matar!
Gideon no retiró la mano.
—Que tome todo.
Su visión comenzó a desvanecerse.
Su propio corazón empezó a fallar.
Y aun así siguió entregándome poder.
Todo el orgullo que había utilizado para gobernar.
Toda la fuerza que había usado para castigarme.
Toda su energía Alfa.
La volcó dentro de la mujer a la que había condenado.
Entonces mi pecho se levantó.
Jadeé.
Mis ojos se abrieron.
Las venas negras desaparecieron lentamente de mi piel.
Gideon sonrió.
—Mi Luna.
Y se desplomó sobre mí.
Cuando volvió a despertar, el invierno ya había terminado.
El sol entraba por las ventanas de sus habitaciones.
Gideon intentó incorporarse.
No pudo.
Su brazo derecho estaba cubierto por cicatrices plateadas permanentes.
El ritual lo había debilitado profundamente.
Entonces me vio.
Yo estaba sentada junto a la ventana.
Ya no llevaba el vestido roto de una sirvienta.
Vestía rojo oscuro.
Sobre mi cabeza descansaba la corona de obsidiana de la Luna.
—Emiline…
Intentó levantarse.
—Quédate quieto.
Su cuerpo obedeció antes de que pudiera pensarlo.
Gideon quedó sorprendido.
Durante el vínculo del alma no solo había transferido energía suficiente para salvarme.
También había entregado una parte de su autoridad Alfa.
Yo ya no era simplemente su pareja.
Ahora compartía el poder que gobernaba el norte.
Caminé hacia él.
—Has estado inconsciente durante meses.
Su rostro se llenó de vergüenza.
—Rosamund.
—Ya no está.
—¿Y los Stanton?
—Nuestro nombre fue restaurado.
Gideon bajó la mirada.
—No merezco que estés aquí.
Me senté junto a él.
—No.
Levantó la vista, sorprendido.
—Fuiste cruel conmigo. Me castigaste por sentimientos que no entendías. Creíste mentiras porque confirmaban los prejuicios que ya tenías.
Cada palabra le dolió.
No intentó defenderse.
—Si quieres exiliarme —dijo—, lo aceptaré.
Tomé su rostro.
—Fuiste un idiota ciego.
Por primera vez, casi sonrió.
—Pero también sacrificaste tu vida para reparar lo que destruiste.
Me acerqué.
—No voy a fingir que eso borra lo anterior.
—Lo sé.
—Y no volverás a gobernar como antes.
Gideon guardó silencio.
—El tiempo de tu tiranía terminó.
Señalé mi corona.
—Gobernamos juntos.
Después incliné la cabeza hacia él.
—Y si vuelves a desconfiar de mí sin pruebas…
Gideon levantó una ceja débilmente.
—¿Sí?
—No necesitaré plata para hacerte caer de rodillas.
Durante unos segundos solo me miró.
Después soltó una risa cansada.
Tomó mi mano.
Y besó mis dedos.
—Como ordene mi Luna.
Rosamund perdió todos sus privilegios.
Las propiedades de la Casa Gifford involucradas en la conspiración fueron confiscadas.
El escriba que falsificó las cartas fue juzgado.
Y mi familia dejó de ser recordada únicamente por la rebelión de mi padre.
Pero la mayor transformación ocurrió en Gideon.
Antes había creído que autoridad significaba tener siempre razón.
Después comprendió que el verdadero poder también consistía en saber admitir cuando uno había fallado.
Yo tampoco regresé a ser la joven silenciosa que limpiaba sus chimeneas.
Perdonarlo no significó olvidar.
Significó exigir que se convirtiera en un hombre digno de la segunda oportunidad que casi nos había costado la vida.
Y así gobernamos.
No como un rey perfecto y una Luna obediente.
Sino como dos personas marcadas por las consecuencias de una mentira.
A veces, cuando Gideon miraba las cicatrices plateadas de su brazo, se quedaba en silencio.
Yo sabía lo que recordaba.
La copa.
El patio.
Mi sonrisa antes de beber.
Entonces tomaba su mano.
No para absolverlo.
Sino para recordarle que seguíamos aquí.
La historia original termina con Emiline restaurada como Luna y nueva fuerza gobernante, mientras Gideon acepta que a partir de entonces ambos gobernarán juntos.
Porque el amor destinado nunca fue suficiente.
Un vínculo podía decirnos quién pertenecía a quién.
Pero no podía enseñarnos confianza.
Eso tuvimos que aprenderlo de la manera más dolorosa posible.
Gideon casi enterró a su verdadera compañera porque confió más en una corona, en pruebas fabricadas y en sus propios prejuicios que en lo que su alma llevaba años intentando decirle.
Y yo aprendí algo diferente:
perdonar a alguien no significa volver a arrodillarse ante él.
A veces significa levantarse.
Tomar la corona.
Y decirle:
“Si quieres caminar conmigo otra vez, esta vez caminarás a mi lado.”