El rey alfa olió a su compañera encadenada, y entonces descubrió quién había ordenado su encarcelamiento.

PARTE 1
En lo más profundo del palacio de Ethelgard, donde el lujo daba paso a la piedra húmeda y al hierro oxidado, el rey Cedric Alden se detuvo de golpe. Entre el olor a moho y desesperación, había percibido algo imposible: vainilla, agujas de pino trituradas y el aroma helado de una tormenta próxima.
Su compañera destinada estaba allí abajo.
Cedric acababa de regresar de una campaña de tres meses en la frontera norte. La armadura aún llevaba las cicatrices del combate y su capa estaba cubierta de escarcha. Había vuelto victorioso, pero el lobo que vivía en su interior seguía inquieto.
Durante cinco años había gobernado el reino licántropo más poderoso conocido. Era un estratega implacable y un monarca justo, aunque el consejo murmuraba que un rey alfa sin Luna caminaba peligrosamente cerca de perder su humanidad. Su madre, la reina Matilda, le había presentado nobles, herederas y princesas extranjeras. Su lobo las había rechazado a todas.
Antes de permitirse un baño caliente o una cena, Cedric bajó a Wormkeep para interrogar a un rebelde capturado. Solo lo acompañaban sus guardias más leales. Cuanto más descendían por la escalera de caracol, más frío se volvía el aire.
En el cuarto tramo subterráneo, Cedric quedó inmóvil.
El aroma volvió a alcanzarlo, débil pero inconfundible.
Su lobo despertó con un rugido que solo él pudo oír.
—Compañera.
Cedric echó a correr. Pasó de largo frente a la celda del rebelde y siguió aquel rastro por corredores que rara vez visitaba. Al final de un pasadizo estrecho encontró una puerta de hierro cerrada con un enorme candado. Allí el aroma era más intenso, pero estaba mezclado con miedo, dolor y hambre.
El anciano carcelero Gawain llegó jadeando.
—Majestad, no debe entrar. Estas celdas están…
Cedric agarró el candado con ambas manos. El hierro chirrió y se partió. De una patada derribó la puerta, tomó una antorcha y cruzó el umbral.
En un rincón, encadenada de muñecas y tobillos a la pared, había una mujer. Vestía harapos sucios y su cuerpo estaba tan delgado que parecía a punto de quebrarse. El cabello oscuro le cubría el rostro. Cuando la luz la alcanzó, se encogió, esperando otro castigo.
La antorcha cayó de la mano de Cedric.
Se arrodilló sobre el suelo inmundo, olvidando su corona, sus soldados y el mundo entero.
—Mírame —susurró.
La prisionera levantó lentamente la cabeza. Bajo la suciedad y el agotamiento, sus ojos verdes conservaban un desafío feroz. En cuanto sus miradas se encontraron, el vínculo cayó sobre ambos como un relámpago: antiguo, absoluto e imposible de negar.
Era Beatrice Montgomery, la hija deshonrada de un duque acusado de traición.
—Mi compañera… —exhaló Cedric.
Él alzó una mano para apartarle el cabello, pero Beatrice se estremeció de miedo. Ese pequeño gesto desató la furia protectora del alfa. Cedric arrancó de la pared las cadenas de sus muñecas y rompió con la espada los grilletes de sus tobillos. Cuando ella se desplomó, la atrapó contra su pecho y la envolvió en su propia capa.
Al volverse hacia la puerta, sus ojos ardían de un dorado letal. Sus colmillos habían descendido.
—¿Quién hizo esto?
Gawain cayó de rodillas.
—La trajeron en secreto hace casi dos meses. Me ordenaron ocultarla, privarla de comida y quebrar su voluntad. El decreto llevaba el sello real.
—¿Quién lo firmó?
El carcelero alzó el rostro, blanco de terror.
—El consejo, majestad… pero la orden salió directamente de los aposentos de la reina Matilda.
PARTE 2
Durante un instante, el silencio del calabozo fue más aterrador que cualquier rugido. Cedric miró al carcelero y comprendió que la traición no venía de un enemigo extranjero, sino del corazón mismo de su casa.
Subió del abismo con Beatrice en brazos. Cuando apareció en los salones del castillo, cubierto de suciedad y cargando a una desconocida envuelta en su capa real, sirvientes y cortesanos quedaron paralizados.
—Llamen al médico. Cierren las puertas del castillo. Nadie entra y nadie sale.
Cedric llevó a Beatrice a sus aposentos y la depositó con cuidado sobre la cama. El doctor Aris encontró desnutrición severa, heridas causadas por los grilletes y rastros de acónito administrado en pequeñas dosis para mantener dormido al lobo de la joven.
Cedric dejó junto a ella a doce guardias escogidos personalmente y se dirigió al gran salón.
El consejo ya lo esperaba. La reina Matilda permanecía sentada a la cabecera de la mesa, serena. A su lado estaba lord Reginald, el consejero que había guiado a Cedric desde la muerte de su padre.
—Mientras yo derramaba sangre defendiendo este reino —dijo el rey—, ustedes encadenaban a una mujer inocente bajo mi propio techo.
Reginald intentó hablar de seguridad, pero Cedric lo arrancó de su asiento y lo arrojó contra una columna.
—¡Ella es una Montgomery! —intervino Matilda—. Su padre financió una rebelión. Tu deber es casarte con la princesa Leonora y asegurar la alianza occidental.
—Los crímenes de su padre no le pertenecen.
—La nobleza jamás aceptará como Luna a la hija de un traidor.
Cedric la observó fijamente. Entonces comprendió la verdad más dolorosa.
—Tú sabías quién era para mí.
La calma de Matilda se quebró. Sus espías habían descubierto que el aroma de Beatrice había cambiado al alcanzar la madurez y que estaba destinada a la sangre de Cedric. La reina madre ordenó interceptarla antes de que llegara al castillo. Quería doblegarla, ocultarla y obligar al rey a aceptar el matrimonio político.
—Un monarca debe sacrificarlo todo por su pueblo —insistió Matilda.
—Tú no sacrificaste nada tuyo. Torturaste la mitad de mi alma.
Cedric mandó encerrar a Reginald y confinó a su madre en sus habitaciones. Después regresó junto a Beatrice.
Durante tres días no se apartó de ella. Le dio agua, ayudó al médico a suministrarle caldo y permaneció despierto cuando las pesadillas la hacían luchar contra cadenas invisibles. En la cuarta noche, mientras una tormenta de nieve golpeaba los ventanales, Beatrice abrió los ojos.
Al sentir un cuerpo tan cerca, se tensó. Cedric retiró la mano de inmediato.
—Estás a salvo, pequeña loba. Nadie volverá a tocarte sin tu permiso.
Ella lo miró con cautela.
—Majestad…
—Cedric. Para todos los demás soy el rey. Contigo, solo soy Cedric.
Le acercó una copa y esperó mientras bebía. El vínculo entre ambos vibraba con cada respiración, pero él no intentó reclamarla ni exigirle confianza.
—¿Por qué me salvaste? —preguntó Beatrice—. Mi apellido es una maldición en este castillo.
—Porque tú no eres los pecados de tu padre. Y porque, aunque la diosa no nos hubiera unido, dejarte allí habría sido imperdonable.
Por primera vez, el miedo desapareció un instante de sus ojos. Entonces un recuerdo la golpeó. Beatrice agarró el brazo de Cedric.
—Reginald no quería únicamente impedir nuestro vínculo. Lo oí hablar con el carcelero. Él y tu madre pactaron con el duque Frederick de la Alianza Occidental.
Cedric se quedó inmóvil.
—Durante la fiesta del solsticio —continuó ella—, un sirviente llamado Bartholomew debía mezclar ceniza de plata refinada con el vino ceremonial. La dosis mataría a un alfa y parecería un fallo del corazón. Después, el consejo asumiría la regencia y entregaría el reino a Frederick.
Aquello ya no era el acto desesperado de una madre obsesionada con una alianza. Era un golpe de Estado.
Cedric apoyó la frente contra la de Beatrice.
—Aún no has sido coronada y ya has salvado mi vida.
Los guardias registraron las bodegas. Hallaron la ceniza oculta bajo los barriles y detuvieron a Bartholomew, quien confesó a cambio de clemencia. Cartas selladas confirmaron el acuerdo con Frederick.
Cuando llegó la noche de luna llena, miles de licántropos se reunieron en el patio nevado para presenciar la unión de su rey. Cedric apareció con su armadura ceremonial negra. Luego se abrieron las puertas.
Beatrice avanzó con un vestido de terciopelo verde. Todavía estaba delgada, pero ya no parecía una prisionera. Caminaba erguida, con la serenidad de quien había mirado a la muerte y se había negado a obedecerla.
Cedric le ofreció la mano. En cuanto sus dedos se tocaron, la fuerza combinada de sus lobos recorrió el patio y el público guardó silencio.
Antes de iniciar la ceremonia, el rey alzó una mano.
—Ningún reino puede recibir a una nueva Luna mientras la traición siga pudriéndose bajo su trono.
Reginald fue llevado ante la multitud con cadenas. Cedric leyó las pruebas y anunció su confesión: secuestro, tortura, conspiración para asesinar al soberano y entrega del reino a una potencia extranjera. El antiguo consejero fue condenado y ejecutado allí mismo.
Matilda fue conducida después ante su hijo. Ya no vestía joyas ni corona.
—Me diste la vida —dijo Cedric—, pero intentaste arrebatármela y destruir a la mujer que la diosa creó para caminar a mi lado. No derramaré la sangre de mi madre. Quedas despojada de todo título y desterrada al monasterio de las tierras orientales. Si vuelves a cruzar nuestras fronteras, responderás como cualquier traidora.
Matilda fue retirada entre lágrimas. Su ambición había destruido el legado que pretendía proteger.
Entonces Cedric regresó junto a Beatrice. Bajo la luz blanca de la luna, acarició su mejilla.
—Mi fuerza será tu escudo, mi corazón será tu hogar y mi reino jamás volverá a convertirse en tu prisión.
—Y yo caminaré contigo —respondió ella—, no detrás de ti. En la oscuridad y en la luz, ahora y siempre.
Cedric inclinó la cabeza y marcó con sus colmillos la unión entre el cuello y el hombro de Beatrice. Ella hizo lo mismo. El vínculo estalló como una ola de luz que atravesó a cada lobo presente. Miles de voces se elevaron en un único aullido que hizo temblar los muros del castillo.
El rey alfa había encontrado a su Luna.
Y la mujer que había estado encadenada en el lugar más oscuro de Ethelgard se alzó frente a todo el reino, no como la hija deshonrada de un traidor, sino como Beatrice Montgomery, la reina que sobrevivió a la oscuridad y jamás volvió a inclinar la cabeza.