El rey alfa no puede evitar que su lobo robe y acumule cosas de su pareja — ella tiene pregunt

El rey alfa no puede evitar que su lobo robe y acumule cosas de su pareja — ella tiene pregunt

PARTE 1

El rey Oren había sobrevivido a guerras, conspiraciones y desafíos por el trono.

Pero nada lo había preparado para ver a su compañera levantar una tabla del suelo de su dormitorio.

—Hay un hueco debajo —dijo Yema.

Oren dejó de respirar.

Ella metió la mano.

Primero sacó una cinta azul que había usado en el cabello durante un festival.

Después otra roja.

Luego una flor prensada.

Un guijarro del río donde se habían besado por primera vez.

Una servilleta de su celebración de unión.

Y finalmente…

calcetines.

Seis.

Todos de Yema.

Ninguno hacía juego.

—Oren —dijo ella con una calma aterradora—. ¿Por qué hay seis calcetines míos debajo de nuestra cama?

—No lo sé.

Era la verdad.

Desde hacía meses, Oren tenía sueños extraños.

Recordaba fragmentos: caminar descalzo por pasillos oscuros, sostener pequeños objetos, sentir la necesidad urgente de llevarlos a un lugar seguro.

Siempre despertaba en su cama.

Había pensado que eran sueños.

Hasta ahora.

Yema siguió buscando.

Encontró un pequeño retrato suyo pintado sobre pizarra.

Era terrible.

Un ojo era más grande que el otro y su nariz parecía haber sido diseñada por alguien que odiaba las proporciones.

—Yo no encargué esto —murmuró Oren.

Entonces recordó algo.

Una cabaña.

La madrugada.

Dos conejos muertos en sus manos.

Un pintor aterrorizado.

—Creo que… pagué por ese retrato con conejos.

Yema lo miró.

—¿Dos?

—Uno por el trabajo. Otro por haberlo despertado.

Para sorpresa de Oren, ella no se rio de él.

Colgó el retrato en su estudio.

Incluso devolvió algunas cintas al escondite.

—Tu lobo es extrañamente romántico.

—Mi lobo y yo somos la misma persona.

—Eso lo hace todavía más interesante.

Oren decidió detener aquello.

Bloqueó la puerta.

Su lobo salió por la ventana.

Se ató a la cama.

Su lobo deshizo el nudo.

Puso guardias.

Dormido, convenció a uno de que estaba realizando una inspección real.

Clavó la ventana.

Encontró una escalera de servicio que Oren ni siquiera sabía que existía.

Nada funcionaba.

Cada mañana aparecía un nuevo objeto.

Las gafas de lectura de Yema.

Un pañuelo.

Una rosa seca.

Después comenzaron a llegar historias desde todo el castillo.

Alguien dejaba dientes de león en el banco favorito de la reina.

Alguien cepillaba su yegua de madrugada.

Alguien preparaba sus pasteles de miel favoritos.

Alguien había trasladado todos los libros de poesía romántica de la biblioteca para dejarlos cerca de su estudio.

Ese alguien era él.

O, más exactamente, su lobo usando su cuerpo mientras dormía.

Oren comenzó a avergonzarse.

Era rey.

Alfa.

Comandaba ejércitos y negociaba tratados.

Sin embargo, por la noche deambulaba descalzo por su propio castillo robando calcetines.

La situación empezó a afectar incluso su trabajo.

Durante una negociación comercial aceptó condiciones demasiado favorables para la otra delegación porque no podía dejar de pensar en una cinta azul que llevaba una de las negociadoras.

Marsh, su beta, comenzó a cubrir sus errores.

Oren sabía que los demás empezaban a notarlo.

Y entonces vio algo que terminó de romper su orgullo.

Entró en el estudio de Yema.

El horrible retrato estaba sobre su escritorio.

Debajo, ella había colocado cuidadosamente la flor, el guijarro y el peine que él había recogido dormido.

Además llevaba una de las cintas rojas en el cabello.

Había convertido aquello que más vergüenza le producía en algo hermoso.

Y Oren reaccionó de la peor manera posible.

—No tienes que exhibir esas cosas.

Yema levantó la mirada.

—Lo sé.

—La gente podría verlas.

—Que las vea.

Toda la frustración de Oren explotó.

—¡No entiendes! Soy el rey alfa y ni siquiera puedo controlar mi propio cuerpo mientras duermo. Todos empiezan a notarlo y tú estás aquí convirtiéndolo en un santuario.

Yema permaneció inmóvil.

—¿Un santuario?

Oren debería haberse detenido.

No lo hizo.

—Lo tratas como si fuera algo encantador. Como si mi pérdida total de control fuera una pequeña peculiaridad divertida.

Los ojos de Yema cambiaron.

—¿Quieres decir que debería sentirme avergonzada de ti?

—Quiero decir que no entiendes lo que esto me cuesta.

El silencio cayó entre ambos.

Oren comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.

Yema había sido precisamente la única persona que nunca se había burlado de él.

La única que había protegido su dignidad.

La única que había aceptado cada parte extraña de su naturaleza sin apartar la mirada.

Ella ordenó lentamente los documentos de su escritorio.

Se levantó.

—Ya veo.

Pasó junto a él.

No gritó.

No lloró.

Ni siquiera cerró la puerta con fuerza.

Solo la cerró con un suave clic.

Y entonces ocurrió algo que asustó a Oren mucho más que cualquier enemigo al que hubiera enfrentado:

por primera vez en meses…

su lobo se quedó completamente en silencio.

PARTE 2

Oren no durmió aquella noche.

Esperó el impulso habitual.

Nada.

No hubo necesidad de buscar una cinta.

Ni de robar un calcetín.

Ni de caminar hacia el jardín para recoger flores.

El lugar de su mente donde siempre había vivido aquella presencia cálida y obstinada estaba vacío.

Entonces comprendió algo.

El problema nunca había sido su lobo.

Era él.

Su lobo no necesitaba discursos.

Había demostrado amor mediante pequeñas acciones.

Pasteles dejados frente a una puerta.

Un caballo cepillado.

Flores colocadas donde Yema pudiera encontrarlas.

Poesía acercada a su estudio.

Oren, en cambio, era experto en grandes palabras y terriblemente malo en prestar atención.

Y había herido a la única mujer que lo conocía por completo.

A la mañana siguiente fue a la cocina.

—Necesito aprender a hacer pasteles de miel.

La joven ayudante de panadería lo miró como si el rey hubiera anunciado que quería convertirse en cabra.

Los pasteles fueron horribles.

Demasiada canela.

Glaseado desigual.

Uno parecía una roca deformada.

Los dejó frente al estudio de Yema.

Sin nota.

Sin explicación.

Una hora después, el plato estaba vacío.

Aquello no era perdón.

Pero tampoco era nada.

Después reparó personalmente la tubería que llevaba meses goteando cerca de su estudio.

Pidió disculpas al pintor al que había despertado de madrugada con dos conejos muertos.

Dejó de esconder la verdad a Marsh.

Y finalmente fue al patio donde Yema entrenaba.

No interrumpió su práctica.

Esperó hasta que terminó.

—Sí entendías lo que me costaba —le dijo—. Siempre lo entendiste. Precisamente por eso me sentí suficientemente seguro contigo como para avergonzarme. Y luego te castigué por hacerme sentir seguro.

Yema lo observó.

—Sí.

No hubo abrazo.

No hubo absolución.

Pero Oren entendió que algunas heridas no necesitaban una escena grandiosa.

Necesitaban tiempo.

Días después, Yema fue a buscarlo.

—Los pasteles estaban un poco quemados.

—Lo sé.

—La tubería ya no gotea.

—También lo sé.

Entonces dejó una hoja doblada sobre la mesa.

Era un inventario.

Había catalogado cada objeto que su lobo había recogido.

La cinta azul: el festival donde ella había usado su vestido favorito.

El guijarro: su primer beso.

La servilleta: la noche en que derramó vino y Oren le dijo que parecía intencional.

La flor prensada: el primer paseo de primavera.

Incluso los calcetines tenían su propia categoría.

—Tienen poco valor sentimental —dijo Yema.

Dentro de Oren, algo se removió débilmente.

Una voz familiar pareció protestar:

Los calcetines están infravalorados.

Oren casi rio.

Su lobo estaba regresando.

—Me heriste —dijo Yema entonces.

Oren dejó la lista.

—Lo sé.

—Porque hice que fuera seguro para ti sentir vergüenza. Acepté todo eso y tú convertiste mi aceptación en el problema.

—No volverá a ocurrir.

—No puedes prometer eso.

Oren guardó silencio.

—Puedes volver a sentir vergüenza —continuó ella—. Puedes volver a tener miedo. Lo que debes prometer es que no volverás a lanzarme ese miedo encima.

Esta vez Oren entendió.

—Lo prometo.

Aquella noche levantaron juntos la tabla del suelo.

Oren dejó una nota entre el tesoro:

“Pasaré el resto de mi vida intentando ser despierto tan honesto como mi lobo lo es mientras duermo.”

Yema colocó junto a ella la cinta roja que había llevado incluso durante los días que estuvo enfadada.

Parecía que todo volvía poco a poco a su lugar.

Hasta que el comportamiento del lobo cambió otra vez.

Ya no recogía únicamente recuerdos.

Una mañana Oren despertó y encontró almohadas apiladas alrededor de Yema.

Otra noche aparecieron mantas.

Después leña extra.

Cojines.

Sábanas.

Cualquier cosa suave terminaba rodeando el lado de la cama donde dormía ella.

—Esto es diferente —dijo Oren.

Podía sentirlo.

Su lobo ya no pensaba en tesoros.

Solo repetía una necesidad primitiva.

Construir.

Calentar.

Proteger.

Ni Oren ni Yema entendían por qué.

Hasta que una anciana sanadora llamada Elsbeth apareció inesperadamente en el castillo.

Había atendido a la familia de Oren durante décadas.

Escuchó toda la historia y pareció poco impresionada.

—Tu abuelo hacía lo mismo.

Oren se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Y el abuelo de él. Es un antiguo rasgo de vuestra línea alfa. El lobo sabe ciertas cosas antes de que la mente pueda comprenderlas.

Miró hacia la cama llena de almohadas.

Después miró a Yema.

—Eso no es un tesoro.

Golpeó el suelo con su bastón.

—Es un nido.

La habitación quedó en silencio.

Elsbeth continuó:

—Tu lobo está preparando un lugar cálido y seguro porque tu compañera está embarazada.

Oren dejó de respirar.

Yema se llevó lentamente una mano al abdomen.

Iba a negar la posibilidad.

Pero entonces comenzó a recordar.

El cansancio.

Las náuseas.

Los olores cada vez más intensos.

Su ciclo retrasado.

—Oh… —susurró.

De pronto todo tuvo sentido.

Las mantas.

Las almohadas.

Las flores.

Incluso aquella obsesión absurda por conservar cosas que olían a Yema.

El lobo de Oren había sabido que algo estaba cambiando mucho antes que ellos.

No estaba construyendo un santuario.

Estaba preparando un hogar.

Oren comenzó a llorar antes de darse cuenta.

Yema también tenía los ojos brillantes.

Elsbeth se levantó apoyándose en su bastón.

—Vas a necesitar más calcetines.

Y se marchó.

Aquella noche Oren abrió de nuevo el escondite.

Las cintas.

La piedra de su primer beso.

La flor.

La servilleta.

El retrato horrible.

Los seis calcetines desparejados.

Todo seguía allí.

Pero Oren añadió una cosa nueva.

Un diminuto calcetín amarillo que había comprado en el mercado.

Era apenas más largo que su pulgar.

Yema lo tomó cuidadosamente y lo colocó entre el guijarro y la primera flor de primavera.

—Ahora la colección está completa.

En lo más profundo de la mente de Oren, su lobo respondió con una tranquilidad absoluta:

Todavía no.

Apenas está comenzando.

Oren miró a la mujer que amaba.

Después miró aquel pequeño calcetín destinado a un pie que todavía no había tocado el mundo.

Y finalmente comprendió algo que su lobo había sabido mucho antes que él.

El amor nunca había estado en los objetos.

Ni en las cintas.

Ni en los pasteles.

Ni siquiera en los extraños calcetines robados.

Estaba en prestar atención.

En construir un lugar seguro para las personas que amabas.

En permanecer cuando era más fácil esconderse detrás del orgullo.

Y, sobre todo, en permitir que alguien conociera las partes más ridículas, vulnerables e imperfectas de ti…

sin castigarlo por decidir amarlas también.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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