El Rey Alfa me rechazó por una mujer con 5,000 soldados… Dos años después, regresó de rodillas sin imaginar quién se había convertido en mi esposo

El Rey Alfa me rechazó por una mujer con 5,000 soldados… Dos años después, regresó de rodillas sin imaginar quién se había convertido en mi esposo

Parte 1

La luz de la luna me señaló frente a cientos de personas, y el hombre al que había amado durante años me miró como si yo fuera una desgracia.

Esa misma noche, me rechazó delante de toda su corte y ordenó que me abandonaran en un bosque cubierto de nieve.

Pensó que nunca volvería a verme.

Lo que jamás imaginó fue que, dos años después, tendría que mirarme a los ojos y suplicarme que regresara con él.

Mi nombre es Serafina Croft, y esta es mi historia.

Todo comenzó durante el invierno de 1342, en el castillo de Ethelgard.

Yo trabajaba como curandera. No tenía familia, fortuna ni apellido importante. Mi vida consistía en preparar remedios y atender a los guerreros que regresaban heridos.

Entre ellos estaba Arturo Redfern.

Antes de convertirse en rey, había pasado muchas noches en mi pequeña habitación mientras yo cuidaba sus heridas. Lo conocía desde que era un alfa joven que soñaba con unir a las manadas.

Con el tiempo, me enamoré de él.

Nunca se lo dije.

En nuestro mundo, la Diosa de la Luna elegía a la pareja destinada de cada lobo. Yo sabía que un hombre como Arturo probablemente tendría a alguien muy diferente a mí.

Por eso, cuando llegó el día de su coronación, me quedé cerca de la chimenea, lejos de los nobles.

A su lado estaba Beatriz Witmore, una mujer de una familia poderosa cuya manada contaba con cinco mil guerreros.

Todos esperaban que Arturo anunciara su compromiso con ella.

Aquella alianza le permitiría asegurar su reino.

Pero cuando la sacerdotisa comenzó la bendición, ocurrió algo que nadie esperaba.

Un rayo de luna atravesó el techo del salón e iluminó al nuevo rey.

Después, una segunda luz cayó directamente sobre mí.

Sentí un calor extraño en el pecho.

Mi loba interior despertó de golpe.

Arturo levantó la cabeza y nuestras miradas se encontraron.

No necesitábamos que nadie nos explicara lo que estaba sucediendo.

Éramos compañeros destinados.

Por un instante, creí que todo aquello que había sentido en silencio finalmente tenía sentido.

Arturo bajó del estrado y caminó hacia mí.

Pero cuando estuvo frente a mí, no sonrió.

Miró mi ropa sencilla, las manos manchadas de hierbas y después volvió la vista hacia Beatriz.

Comprendí lo que estaba pensando.

Si me aceptaba, perdería el ejército de los Witmore.

Y eligió conservarlo.

—Serafina, no voy a reconocerte como mi compañera ni como reina.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

Caí de rodillas, incapaz de respirar con normalidad. El vínculo que acababa de despertar se estaba desgarrando.

Pero lo que más me dolió fue ver que Arturo ni siquiera intentó ayudarme.

Me obligué a levantar la cabeza.

—Acepto que nuestro vínculo termine.

La presión desapareció de repente.

También desapareció aquella sensación que me había unido a él.

Arturo tomó la mano de Beatriz y ordenó a sus guardias que me expulsaran del territorio.

Me dejaron en el bosque de Zarzal durante una tormenta de nieve.

Sin provisiones.

Sin refugio.

Sin nadie que viniera a buscarme.

Durante tres semanas caminé hacia el norte. Sobreviví gracias a las plantas que conocía y a los pequeños animales que conseguía atrapar.

Cuando estaba a punto de perder las fuerzas, encontré unas enormes calaveras de lobo que marcaban una frontera.

Había llegado al territorio de la Sierra de Hierro.

Era la única manada que Arturo nunca había conseguido someter.

Seis guerreros me rodearon inmediatamente.

Su capitán, Alistair, reconoció el olor de Ethelgard en mi ropa.

Le pedí que me llevara ante su alfa, Cedric Vain.

Cuando finalmente estuve frente a él, le ofrecí mis conocimientos como curandera.

Cedric no parecía interesado.

Entonces entraron varios hombres cargando a su hermano Dominic, que había sido envenenado.

Los curanderos aseguraban que no sobreviviría.

Reconocí los síntomas y descubrí que estaban tratando el veneno equivocado.

Cedric me permitió intervenir.

Pasé toda la noche preparando remedios y utilizando la energía curativa de mi loba.

Al amanecer, Dominic abrió los ojos.

Cedric cumplió su palabra y me ofreció un hogar.

Durante el siguiente año aprendí a defenderme, a dirigir guerreros y a utilizar mis conocimientos para proteger a la manada.

También conocí al verdadero Cedric.

Era exigente, pero jamás me trató como alguien inferior.

Una noche, mientras contemplábamos las montañas nevadas, me pidió que fuera su Luna.

No porque una diosa nos hubiera unido.

Sino porque ambos queríamos compartir nuestra vida.

Acepté.

Y por primera vez, elegí mi propio destino.

Dos años después de mi expulsión, la Sierra de Hierro comenzó a avanzar hacia Ethelgard.

Arturo había perdido el control de su reino. Beatriz había colocado a sus propios hombres en puestos importantes y el ejército que él tanto deseaba ya no respondía únicamente a sus órdenes.

Cuando supo que yo era la nueva Luna del norte, solicitó una reunión en el Valle del Llanto.

Cedric y yo aceptamos.

Al llegar, Arturo apenas me reconoció.

Ya no llevaba el vestido de una curandera. Vestía una armadura oscura y los guerreros de la Sierra de Hierro me acompañaban como a su reina.

Arturo se acercó y me pidió que regresara.

Incluso prometió quitarle a Beatriz su título.

Le respondí que nuestro vínculo había terminado aquella noche en el castillo.

Entonces Beatriz soltó una carcajada.

Se alejó de su esposo y levantó una mano.

Los veinte guardias de Arturo desenvainaron sus espadas al mismo tiempo.

Pero, en lugar de proteger a su rey, apuntaron directamente hacia él.

Y Beatriz pronunció una orden que dejó a Arturo completamente inmóvil.

—David, termina con él. El reino ya es nuestro.

Parte 2

Arturo retrocedió, mirando a los hombres que durante años habían jurado protegerlo.

Ninguno bajó su espada.

El comandante David dio un paso al frente.

Beatriz sonreía como si todo hubiera salido exactamente como lo había planeado.

—¿Qué significa esto? —preguntó Arturo.

Ella se acomodó tranquilamente la capa.

—Significa que ya no te necesitamos.

Entonces reveló lo que había ocurrido durante los últimos meses.

Había vaciado las arcas del castillo, sustituido a los guardias leales y preparado todo para quedarse con Ethelgard.

Arturo había creído que su matrimonio le garantizaba el apoyo de cinco mil guerreros.

Pero aquellos soldados seguían siendo fieles a la familia Witmore.

Nunca habían sido suyos.

—Aceptaste casarte conmigo por mi ejército —le recordó Beatriz—. No deberías sorprenderte de que yo también quisiera algo a cambio.

Arturo intentó ordenar a sus hombres que la arrestaran.

Nadie se movió.

David avanzó de repente.

Arturo alcanzó a esquivar el primer ataque, pero recibió una herida en el hombro y cayó sobre el lodo.

Su corona rodó hasta quedar junto a mis botas.

David levantó nuevamente su espada.

Antes de que pudiera acercarse, Cedric se transformó en un enorme lobo negro y se interpuso entre ambos.

El comandante perdió el equilibrio.

Los guerreros de la Sierra de Hierro avanzaron inmediatamente para desarmar a los guardias.

Yo también intervine.

Durante el año que había vivido en el norte, había aprendido a defenderme sin depender de nadie. Conseguí detener a dos soldados que intentaban rodear a Cedric.

La confusión duró apenas unos minutos.

Cuando terminó, David había sido derrotado y los guardias restantes habían entregado sus armas.

Beatriz intentó escapar entre la neblina.

Dos guerreros la alcanzaron antes de que pudiera llegar a su caballo.

La mujer que había llegado al valle convencida de que saldría de allí como única gobernante terminó bajo custodia.

Arturo seguía sentado en el suelo.

Tenía una mano sobre el hombro herido y me observaba con una expresión que nunca antes le había visto.

Me acerqué para comprobar que su herida no fuera demasiado grave.

En cuanto me vio, extendió la mano.

—Sabía que no me abandonarías, Serafina.

No respondí.

—Cedric te ayudó a salvarme. Eso significa que todavía sientes algo por mí.

Me quedé mirándolo.

Habían pasado dos años desde que me dejó sola en aquel bosque.

Durante mucho tiempo imaginé cómo sería volver a encontrarlo.

Pensaba que le reclamaría todo lo que había hecho.

Que le preguntaría cómo había podido olvidarse tan fácilmente de mí.

Incluso llegué a imaginar que, si alguna vez se arrepentía, quizá encontraríamos una forma de arreglar las cosas.

Pero ahora que lo tenía enfrente, no sentía ninguna de aquellas emociones.

Solo veía a un hombre que había perdido aquello que tanto se había esforzado por conseguir.

Arturo volvió a hablar.

—Podemos empezar de nuevo. Tú y yo. Podemos reconstruir Ethelgard juntos.

Miré a Cedric.

Él permanecía unos pasos detrás de mí.

No intentó responder por mí.

No me ordenó alejarme.

Simplemente esperó a que yo decidiera.

Aquella diferencia me recordó por qué había aceptado convertirme en su compañera.

—Arturo, no te ayudamos porque yo quiera regresar contigo.

Su expresión cambió.

—Pero somos compañeros destinados.

Negué lentamente con la cabeza.

—Lo fuimos. Tú decidiste terminar ese vínculo.

Arturo trató de incorporarse.

—Cometí un error. Ahora lo entiendo.

Me agaché y recogí su corona del lodo.

Era pesada, mucho más de lo que parecía cuando la veía sobre su cabeza.

Recordé la noche de su coronación.

Recordé cómo me había mirado antes de rechazarme.

Y recordé que, mientras yo intentaba levantarme del suelo, él había tomado la mano de Beatriz sin volver la vista atrás.

—Cuando necesitabas elegir, Arturo, me dejaste fuera de tu vida. Ahora que perdiste tu ejército, quieres que vuelva a ocupar un lugar junto a ti.

Bajó la mirada.

Por primera vez, no encontró una respuesta.

Cedric se acercó.

—Los comandantes de Ethelgard han recibido nuestras condiciones —me informó—. Los que se rindan conservarán sus hogares y sus familias estarán protegidas.

Aquello era importante para mí.

No quería que los habitantes del reino sufrieran por las decisiones de Arturo y Beatriz.

Habíamos tomado las fortalezas de la frontera sin destruir las aldeas. Queríamos que las manadas pudieran vivir sin seguir peleando por los mismos territorios.

La rendición de los últimos comandantes permitiría terminar el conflicto.

Arturo escuchó en silencio.

Entonces comprendió que ya no tenía un ejército ni un reino al que regresar.

Pero todavía quedaba algo que yo necesitaba resolver.

Le mostré la corona que tenía entre las manos.

—Esto fue lo que elegiste aquella noche.

Se la entregué.

Arturo la recibió con dificultad.

—Puedes conservarla. Ya no tienes un trono en Ethelgard.

Sus ojos se abrieron.

—¿Qué vas a hacer conmigo?

Recordé las enormes puertas del castillo cerrándose detrás de mí.

Recordé aquella primera noche en el bosque, cuando tuve que buscar refugio entre las raíces de un árbol.

Arturo me había expulsado sin provisiones, sin abrigo y sin permitir que nadie me acompañara.

Yo no quería repetir aquella crueldad.

Pero tampoco iba a permitir que regresara al reino para reclamar el poder que había perdido.

—Serás desterrado al bosque de Zarzal —le dije—. Nuestros curanderos atenderán tu herida y recibirás provisiones para el camino. Después tendrás que construir tu propia vida, lejos de Ethelgard.

Arturo me miró como si no pudiera creerlo.

—¿Me estás enviando al mismo lugar donde te abandoné?

—Sí.

Apretó la corona contra su pecho.

—Serafina, por favor…

Durante un instante vi al hombre que había conocido cuando era una joven curandera.

Aquel guerrero que llegaba a mi habitación buscando alivio para sus heridas.

El mismo que alguna vez me había hecho creer que existía algo especial entre nosotros.

Pero también recordé a la mujer que había tenido que convertirse en alguien diferente para sobrevivir.

Y entendí que no necesitaba regresar al pasado para demostrarle cuánto había cambiado.

—Te deseo una vida en la que aprendas a reconocer lo que realmente importa —le dije.

Me levanté.

Cedric extendió su mano hacia mí.

La tomé.

Beatriz fue trasladada bajo custodia para responder ante las manadas por la conspiración. Los comandantes que se habían rendido aceptaron el acuerdo y Ethelgard pasó a formar parte de la alianza con la Sierra de Hierro.

Arturo recibió atención médica y fue escoltado hasta los límites del bosque con ropa de invierno y alimentos.

No volví a verlo.

Meses después, llegó un viajero procedente de Zarzal.

Contó que había encontrado a un hombre viviendo solo en una pequeña cabaña, ayudando a otros viajeros a cruzar los senderos nevados.

No llevaba insignias ni hablaba de su pasado.

El viajero aseguró que, sobre una repisa junto a la chimenea, había una corona de oro cubierta de polvo.

Nunca supe con certeza si aquel hombre era Arturo.

Tampoco intenté averiguarlo.

Para entonces, Cedric y yo estábamos ocupados construyendo una nueva vida en la Sierra de Hierro.

A veces, cuando la luna iluminaba las montañas, recordaba aquella ceremonia en la que creí que mi felicidad dependía de que un rey me aceptara.

Ahora sabía que estaba equivocada.

Porque el día que Arturo me cerró las puertas de su castillo, pensé que había perdido mi destino.

En realidad, apenas estaba comenzando a encontrarlo.

Y nunca necesité recuperar una corona para sentirme reina.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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