El rey Alfa llevaba tres años sin sonreír… hasta que una Omega despreciada derramó vino frente a él y despertó un secreto que la nobleza llevaba ocho años ocultando.

El rey Alfa llevaba tres años sin sonreír… hasta que una Omega despreciada derramó vino frente a él y despertó un secreto que la nobleza llevaba ocho años ocultando.

PARTE 1

El rey Alfa llevaba tres años sin sonreír. Nadie en el palacio se atrevía a mencionar a su esposa fallecida, y mucho menos a preguntarle si alguna vez volvería a enamorarse.

Pero una noche, durante un banquete, una sirvienta derramó vino frente a toda la nobleza.

El rey intervino para defenderla.

Y cuando aquella joven le regaló una pequeña sonrisa, algo cambió dentro de él. Lo que ninguno de los dos imaginaba era que ese encuentro terminaría sacando a la luz una injusticia que llevaba ocho años enterrada.

Me llamo Sara Ashvale, soy una Omega y, durante mucho tiempo, fui una de esas personas a las que nadie mira dos veces.

Trabajaba en las cocinas del palacio de Velmore. Limpiaba, acomodaba platos, preparaba mesas y hacía todo lo posible por no llamar la atención.

Mi apellido era suficiente para que muchos me despreciaran.

Ocho años atrás, mi padre había sido expulsado de la manada por supuestamente abandonar sus responsabilidades durante un conflicto territorial. Desde entonces, nuestra familia quedó marcada.

Yo nunca conocí todos los detalles de lo ocurrido.

Solo sabía que mi padre había perdido su posición, nuestras tierras y el derecho a regresar.

Por eso aprendí a vivir sin esperar demasiado de nadie.

Hasta que conocí al rey Kale Dravenmore.

Todos sabían que había perdido a su esposa, la reina Lyra, durante un ataque en el camino del norte.

Él se encontraba resolviendo un conflicto fronterizo cuando recibió la noticia.

Desde entonces, se había convertido en un hombre distante.

Gobernaba con responsabilidad, protegía las fronteras y se aseguraba de que a su pueblo no le faltara lo necesario.

Pero nunca participaba en las celebraciones.

Ni siquiera los niños conseguían hacerlo sonreír.

Su consejero Darén era prácticamente la única persona que podía hablarle de asuntos personales sin recibir una mirada que lo hiciera guardar silencio.

Yo lo veía ocasionalmente desde lejos.

Nunca imaginé que algún día sabría mi nombre.

Todo comenzó durante una reunión de los señores regionales.

Me habían asignado servir vino en el salón principal.

Llevaba una charola con seis copas cuando el señor Fenwick, un noble bastante importante, retrocedió sin mirar.

Su brazo golpeó la charola.

Las copas cayeron al suelo y el vino se extendió sobre las baldosas.

La música se detuvo.

Sentí que todos me observaban.

Fenwick se volvió hacia mí con una expresión de desprecio.

—¿Es que no puedes hacer bien ni una cosa tan sencilla?

Bajé la mirada.

Estaba acostumbrada a ese trato.

Pero antes de que pudiera disculparme, escuché una voz desde el trono.

—Fue usted quien la golpeó, Fenwick. No veo por qué tendría que disculparse ella.

El salón quedó completamente callado.

Levanté los ojos.

El rey me estaba mirando.

Fenwick intentó responder, pero terminó guardando silencio.

Me arrodillé para recoger los pedazos de las copas.

Cuando terminé, miré discretamente hacia el trono.

No sabía cómo agradecerle.

Así que simplemente sonreí.

Fue una sonrisa pequeña, casi involuntaria.

El rey no respondió.

Sin embargo, cuando me retiré, sentí que sus ojos me seguían.

A la mañana siguiente, Darén apareció en la cocina.

Me preguntó mi nombre completo.

Después quiso saber cuánto tiempo llevaba trabajando allí.

Pensé que iban a despedirme por el incidente.

Pero no ocurrió nada.

Una semana después, me encontré con el rey en el jardín nocturno.

Era un lugar apartado al que yo acudía cuando necesitaba estar sola.

Al verlo entrar, me levanté inmediatamente.

—No tienes que marcharte —me dijo.

Me quedé inmóvil.

Él se sentó en una banca y me indicó que podía ocupar la otra.

Durante varios minutos permanecimos callados.

Finalmente, le expliqué que aquel jardín me ayudaba a ordenar mis pensamientos.

El rey observó las flores iluminadas por la luna.

—A mí también me sirve para eso.

Aquella fue nuestra primera conversación.

Después volvimos a coincidir.

Hablábamos de cosas sencillas, como los libros de la biblioteca, las flores del jardín y los pequeños problemas del trabajo.

Nunca me trató como si mi apellido fuera una vergüenza.

Una madrugada me habló de Lyra.

Me contó que discutían por cosas insignificantes y que ella siempre encontraba la manera de hacerlo reír.

Mientras hablaba, su expresión cambió.

Por primera vez lo vi sonreír al recordar a su esposa.

No intenté consolarlo con frases bonitas.

Simplemente lo escuché.

Con el paso de los días, nuestras conversaciones comenzaron a despertar sospechas.

Una dama de la corte llamada Marin descubrió que yo había recibido un puesto en el archivo del palacio.

También notó que el rey me buscaba con la mirada durante las reuniones.

Y decidió llevar el asunto ante el consejo.

Una tarde, mientras organizaba documentos, escuché que varios nobles habían exigido que el rey dejara de relacionarse conmigo.

Decían que una Omega con un apellido deshonrado no podía acercarse tanto a la corona.

Esa noche fui al jardín, pero Kale no apareció.

Al día siguiente, Darén me pidió que acudiera a una sala cercana al consejo.

Cuando llegué, escuché voces al otro lado de la puerta.

—Esa muchacha perjudicará la reputación de la corona —declaró Marin.

Entonces habló el rey.

—Antes de discutir su apellido, quiero que me expliquen algo.

Hubo un silencio.

—¿Por qué expulsaron realmente a su padre?

Nadie respondió.

Kale ordenó traer el antiguo expediente de los Ashvale.

Darén apareció con un libro de registros y lo colocó sobre la mesa.

El rey revisó las páginas.

Entonces descubrió que, después del destierro de mi padre, nuestras tierras habían sido entregadas a otros miembros de la nobleza.

Levantó lentamente la mirada.

—¿Quién recibió esas propiedades?

Darén señaló el registro de adjudicaciones.

Y cuando el rey leyó el primer nombre, comprendió que el noble que me había humillado durante el banquete estaba relacionado con la desgracia de mi familia.

El nombre escrito en el documento era Fenwick.

PARTE 2

—Fenwick —repitió Kale, dejando el documento sobre la mesa.

El noble se quedó inmóvil.

—Majestad, aquella distribución de tierras fue completamente legal.

—Eso es precisamente lo que quiero comprobar.

Darén comenzó a revisar los registros restantes.

Había documentos sobre el conflicto territorial, testimonios de los oficiales y órdenes firmadas por antiguos miembros del consejo.

El expediente señalaba que mi padre había abandonado su posición durante una emergencia.

Pero existía un detalle que no encajaba.

La decisión de expulsarlo había sido tomada con una rapidez extraordinaria, y sus propiedades se habían repartido poco después.

Fenwick había sido uno de los beneficiarios.

No era el único.

Otros nobles también habían recibido terrenos pertenecientes a nuestra familia.

Kale cerró el libro.

—Quiero una revisión completa. Nadie involucrado en aquella decisión participará en la investigación.

Fenwick protestó.

Dijo que remover un asunto tan antiguo solo provocaría problemas entre las familias importantes.

El rey no cambió de opinión.

—Si el procedimiento fue correcto, los documentos lo demostrarán.

La reunión terminó sin que se anunciara ninguna sentencia.

Pero para mí las cosas apenas comenzaban.

Aquella noche fui al jardín.

Me senté en la banca de siempre y esperé.

Cuando Kale apareció, supe por su expresión que tenía algo importante que decirme.

Se sentó frente a mí.

—He ordenado revisar el destierro de tu padre.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Por qué?

—Porque hay inconsistencias en los registros.

Me explicó lo que habían encontrado.

Durante años había creído que mi padre había cometido un error imperdonable.

Ahora descubría que algunos de los mismos hombres que lo habían acusado se habían quedado con nuestras tierras.

—¿Está diciendo que mi padre era inocente?

Kale tardó unos segundos en responder.

—Todavía no tenemos suficiente información para asegurarlo. Pero tampoco hay motivos para aceptar aquella sentencia sin investigarla.

Miré hacia el suelo.

Me había pasado ocho años tratando de vivir con la vergüenza de algo que ni siquiera comprendía.

—No tenía por qué meterse en este problema por mí —le dije.

—No estoy haciendo esto para ganarme tu agradecimiento, Sara. Estoy tratando de corregir una decisión que quizá nunca debió tomarse.

No supe qué responder.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien estaba dispuesto a escuchar nuestra versión de la historia.

Los días siguientes fueron difíciles.

Algunos trabajadores del palacio comenzaron a evitarme.

Otros aseguraban que estaba aprovechándome de la atención del rey para conseguir privilegios.

Incluso escuché que Fenwick planeaba presentar una queja formal contra mi permanencia en el archivo.

Pensé seriamente en renunciar.

Pero Darén me encontró mientras guardaba mis cosas.

—El rey quiere que sigas trabajando aquí.

—No quiero causarle más problemas.

El consejero me observó con paciencia.

—Sara, llevas tres años haciendo bien tu trabajo. No tienes que abandonar tu puesto porque otros estén incómodos con una investigación.

Aquellas palabras me hicieron quedarme.

Mientras tanto, Kale recibió los primeros resultados de la revisión.

Los investigadores encontraron que las acusaciones contra mi padre habían sido presentadas de manera parcial.

Algunos testimonios describían decisiones tomadas durante el conflicto, pero otros detalles habían quedado fuera del expediente oficial.

La actuación de mi padre no había sido perfecta.

Sin embargo, la sentencia tampoco había sido tan clara ni tan justa como siempre nos habían hecho creer.

Y apareció una cuestión todavía más preocupante.

Varios miembros del antiguo consejo habían intervenido tanto en el proceso de expulsión como en la posterior distribución de sus propiedades.

Aquella coincidencia exigía explicaciones.

Fenwick fue llamado nuevamente ante el rey.

Esta vez, no pudo limitarse a culpar a una sirvienta.

Tuvo que responder preguntas sobre los terrenos que había recibido y su participación en el procedimiento.

La investigación seguía abierta, pero ya era imposible fingir que el expediente de los Ashvale no tenía problemas.

Cuando Kale me contó los avances, lloré.

No porque nuestra familia hubiera recuperado todo.

Eso todavía estaba lejos de resolverse.

Lloré porque, después de tantos años, alguien había considerado que merecíamos una explicación.

—Quisiera que mi padre pudiera escuchar esto —murmuré.

Kale permaneció a mi lado.

No me prometió que todo terminaría bien.

Tampoco intentó convencerme de que dejara de sentir tristeza.

Simplemente me acompañó.

Y esa fue la noche en que comprendí algo que hasta entonces había tratado de ignorar.

Me estaba enamorando de él.

No de su corona.

Ni del poder que tenía sobre los demás.

Me estaba enamorando del hombre que hablaba conmigo cuando no podía dormir, que recordaba a su esposa sin esconder su tristeza y que había decidido escuchar una historia que otros preferían olvidar.

Pero también sabía que el amor no podía construirse únicamente sobre la gratitud.

Yo necesitaba recuperar mi propia vida.

Y él necesitaba descubrir si estaba preparado para compartir la suya otra vez.

Una mañana, mientras organizaba documentos en el archivo, Darén apareció con una noticia.

El rey había solicitado que se prepararan nuevas audiencias para revisar los testimonios relacionados con mi padre.

No era una absolución.

Pero significaba que nuestra historia ya no estaba cerrada.

Después de comunicarme aquello, Darén sonrió.

—Por cierto, el rey preguntó si habías desayunado.

Me reí.

Era una pregunta tan sencilla que parecía imposible que viniera de un hombre al que todos consideraban incapaz de mostrar afecto.

Esa misma tarde lo encontré junto a una ventana del palacio.

Estaba mirando hacia el pueblo.

Me acerqué y le pregunté si necesitaba algo.

—No. Solo estaba pensando.

—¿En los documentos?

Negó con la cabeza.

—En que llevaba mucho tiempo creyendo que recordar a Lyra significaba no dejar entrar a nadie más en mi vida.

Me quedé callada.

Él continuó:

—Ahora sé que puedo conservar todo lo que significó para mí sin tener que cerrar la puerta al resto del mundo.

Me miró.

No hubo promesas de matrimonio.

Tampoco una declaración frente a toda la corte.

Solo me preguntó si quería acompañarlo al jardín aquella noche.

Y le dije que sí.

Desde entonces seguimos encontrándonos allí.

La investigación sobre mi padre continuó su curso, y yo permanecí trabajando en el archivo, donde por fin sentía que tenía un lugar propio.

Kale empezó a compartir más tiempo con su gente.

Volvió a escuchar música durante las celebraciones y dejó de encerrarse tantas horas en sus habitaciones.

No olvidó a Lyra.

Nunca habría querido que lo hiciera.

Simplemente comenzó a vivir otra vez.

Una noche, mientras caminábamos entre las flores, me tomó de la mano.

—¿Sabes qué fue lo primero que me llamó la atención de ti?

Pensé que hablaría de mi trabajo o de nuestras conversaciones.

Pero negó suavemente.

—Fue aquella sonrisa, después de lo que ocurrió en el banquete.

Sonreí de nuevo.

Esta vez, él también lo hizo.

Y comprendí que ninguno de los dos había llegado al jardín buscando enamorarse.

Solo éramos dos personas que habían aprendido a vivir con sus pérdidas.

Lo inesperado fue descubrir que todavía podíamos encontrar motivos para sonreír juntos.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward