El Rey Alfa La Obligó A Arrodillarse Ante Su Nueva Luna… Y Lo Que Pasó Sorprendió A Todos
El Rey Alfa La Obligó A Arrodillarse Ante Su Nueva Luna… Y Lo Que Pasó Sorprendió A Todos

PARTE 1
Nunca olvidaré el sonido de mis rodillas golpeando el mármol.
Toda la manada estaba reunida en el gran salón cuando Selene Baelor, la Luna coronada, ordenó que me inclinara ante ella.
Yo era Aila Serin, una mujer sin clan, sin apellido poderoso y sin derecho, según ellos, a estar frente al trono ancestral.
Cuando dudé, dos guardias me empujaron.
Mis manos chocaron contra el suelo helado.
Escuché algunas risas.
Selene sonrió.
—Así está mejor.
Debí haber llorado.
Debí suplicar que me dejaran marchar.
Pero entonces ocurrió algo que ninguno de nosotros estaba preparado para ver.
El trono comenzó a moverse.
Aquella enorme estructura de piedra, tallada con lobos y lunas gemelas, no se había desplazado durante siglos.
Y, sin embargo, tembló.
Después giró lentamente hacia mí.
Los murmullos desaparecieron.
Selene retrocedió.
—¿Qué significa esto?
Nadie respondió.
El respaldo del trono descendió poco a poco hasta quedar inclinado frente a mí.
No era imaginación.
El trono ancestral de la manada estaba haciendo una reverencia a la mujer que segundos antes habían obligado a humillarse.
Una luz plateada cubrió el suelo.
Sentí algo atravesarme el pecho.
Entonces una voz pareció surgir de todas partes.
—Aila Serin… hija de la luna quebrada.
Se me heló la sangre.
Desde niña soñaba con una luna partida en dos.
Jamás se lo había contado a nadie.
Levanté la vista y encontré los ojos plateados de Kyan Draven, el Alfa de la manada.
No parecía enfadado.
Parecía reconocerme.
Aquella noche escapé del salón y terminé llorando junto a una fuente del patio.
La luna reflejada en el agua volvió a partirse en dos.
Entonces Kyan apareció.
—No deberías estar sola.
Me limpié las lágrimas.
—Estoy bien.
—No lo estás.
Su voz no tenía crueldad.
Eso me desconcertó más que una amenaza.
Kyan sabía que algo estaba despertando dentro de mí.
Yo no quería saber qué era.
Pero antes de que pudiera escapar de aquella nueva realidad, ocurrió algo que cambió la forma en que la manada me veía.
Escuché un grito cerca de los establos.
Un hombre llamado Roderick sujetaba violentamente a un niño llamado Finn y estaba a punto de golpearlo.
Me interpuse.
El golpe terminó contra mi brazo.
—Apártate, intrusa.
—Es un niño.
—No tienes autoridad.
Me puse frente a Finn.
—No necesito autoridad para impedir que lastimes a alguien indefenso.
Roderick intentó avanzar.
—Tócalo otra vez y veremos qué pasa.
No sabía de dónde había salido aquella fuerza.
Entonces el aire cambió.
Kyan había llegado.
Vio mi brazo herido.
Vio a Finn escondido detrás de mí.
Y ordenó a Roderick marcharse.
Cuando quedamos solos, examinó mi moretón.
—Pudiste salir gravemente herida.
—No importaba. Él estaba solo y tenía miedo.
Kyan me miró durante mucho tiempo.
—Aila, todavía no entiendes lo que acabas de hacer.
—Solo protegí a un niño.
Negó lentamente.
—No. Mostraste quién eres.
Miré alrededor.
Varios miembros de la manada observaban desde lejos.
Ya no había desprecio en sus rostros.
Había respeto.
Y mientras Finn me abrazaba por la cintura, comprendí que algo había cambiado.
Pero Selene también lo comprendió.
Y no estaba dispuesta a permitirlo.
Poco después me interceptó en un corredor.
Me acusó de utilizar brujería para manipular el trono.
Antes de que pudiera responder, apareció Dominic Baelor, su padre y uno de los hombres más poderosos de la manada.
Me observó como si yo fuera una enfermedad.
—Tu existencia está alterando el equilibrio.
—Yo no pedí nada de esto.
Dominic se acercó.
—Te daré una oportunidad. Aléjate de Kyan. Aléjate de Finn. Aléjate de esta manada y quizá puedas vivir en paz.
Sentí miedo.
Pero por primera vez no dejé que decidiera por mí.
—No puedo prometer eso.
Dominic sonrió.
No con alegría.
Con la clase de sonrisa que anuncia una guerra.
Y entonces pronunció las palabras que hicieron que incluso Selene palideciera:
—Entonces prepárate, Aila… porque voy a asegurarme de que vuelvas a perderlo todo.
PARTE 2
Dominic cumplió su amenaza.
Los rumores se extendieron rápidamente.
Una parte de la manada decía que yo era una señal enviada por la fuerza ancestral.
Otros aseguraban que debía ser expulsada antes de que provocara una guerra interna.
Selene, que siempre había sido considerada la futura Luna indiscutible, veía cómo cada gesto de respeto hacia mí amenazaba el lugar para el que había sido educada toda su vida.
Yo no quería su título.
Ni su poder.
Solo quería entender por qué el trono se había inclinado y por qué la luna quebrada aparecía cada vez que mis emociones se descontrolaban.
Kyan permaneció cerca.
No me prometió respuestas.
Pero tampoco permitió que Dominic me convirtiera en una prisionera.
—No eres la causa de lo que está ocurriendo —me dijo—. Solo eres la luz que está mostrando quién estaba dispuesto a destruir la manada por mantener su poder.
Aquellas palabras cambiaron algo entre nosotros.
Kyan y yo comenzamos a reconocernos de una manera que no tenía relación con jerarquías.
Él también estaba roto.
Había pérdidas que nunca mencionaba.
Culpas que escondía detrás de la autoridad.
Y cada vez que hablábamos, yo sentía que la luna partida dentro de mí respondía a algo semejante dentro de él.
La crisis terminó llevando a todos ante el Consejo.
Dominic quería demostrar públicamente que mi presencia era peligrosa.
El gran salón estaba lleno.
Los ancianos observaban.
Selene permanecía junto a su padre.
Finn estaba protegido por Marcus.
Kyan caminó conmigo.
Dominic habló primero.
—La fuerza antigua hizo una elección. El trono reconoció a esta mujer. Si aceptamos eso, todo el equilibrio de poder cambiará.
—La fuerza antigua no reemplaza al Alfa que sigue vivo —respondió Kyan.
Dominic señaló hacia mí.
—Entonces dime qué significa.
Kyan no apartó los ojos de él.
—Significa que la Luna está despertando. No que Aila haya venido a gobernar.
El murmullo creció.
Dominic sonrió.
—¿Estás dispuesto a perderlo todo por ella?
Kyan respondió sin dudar.
—Estoy dispuesto a proteger lo que es mío.
Lo miré sorprendida.
Él tomó mi mano.
—No como posesión —aclaró—. Como verdad.
Después Dominic hizo su última jugada.
Señaló el fuego ancestral que ardía en medio del salón.
Según las antiguas leyes, aquella llama podía revelar si una persona escondía ambición, engaño o corrupción.
—Si ella es realmente lo que dices, que entre en el fuego.
El salón quedó paralizado.
Kyan se negó.
Yo no.
Había pasado toda mi vida huyendo de aquello que podía destruirme.
Estaba cansada.
Avancé.
La llama comenzó a crecer.
Cuando entré, esperaba dolor.
Pero el fuego se volvió plateado.
No quemó mi piel.
Atravesó mis recuerdos.
Mi abandono.
Mis años viviendo entre humanos.
La humillación ante Selene.
Mi miedo.
Finn escondido detrás de mí.
Kyan observándome junto a la fuente.
La luna quebrada.
Entonces comprendí.
La fuerza ancestral no había elegido mi sangre.
Había elegido mis decisiones.
Cuando salí del fuego, una marca luminosa apareció sobre mi pecho.
El símbolo de la luna partida.
Dominic retrocedió.
Los ancianos se levantaron.
Por primera vez, Selene dejó de mirarme con odio.
Había algo distinto.
Comprensión.
Quizá incluso vergüenza.
La prueba había terminado.
Y yo seguía viva.
Kyan caminó hacia mí.
—Aila.
Pronunció mi nombre como si fuera un juramento.
—La fuerza ancestral te reconoció. La llama confirmó lo que eres. Pero yo no te elijo porque la Luna lo ordene.
Mi corazón se detuvo.
Kyan se acercó.
—Te elijo porque sé quién eres. Porque quiero caminar a tu lado. No como Alfa que da una orden… sino como Kyan, el hombre que desea que te quedes.
Las lágrimas llenaron mis ojos.
—No quiero ser reina.
Kyan sonrió.
—No quiero una reina.
Tomó mi mano.
—Quiero una Luna. Alguien capaz de iluminar cuando yo no pueda ver.
Por primera vez, aquellas palabras no me hicieron sentir atrapada.
Me hicieron sentir elegida.
No por un trono.
No por una profecía.
Por alguien que podía haber exigido obediencia y, en cambio, me estaba ofreciendo caminar a su lado.
La caída de Dominic comenzó después de aquello.
Sus manipulaciones quedaron expuestas.
Los ancianos comprendieron que había utilizado el miedo para conservar poder.
Selene terminó reconociendo públicamente lo que había ocurrido.
No se convirtió en mi amiga de repente.
Pero inclinó la cabeza ante la verdad.
Marcus declaró que apoyaría la unión que había nacido entre Kyan y yo.
Y Finn hizo algo mucho más sencillo.
Tomó mi mano.
La levantó frente a toda la manada.
Uno tras otro, todos inclinaron la cabeza.
No ante una reina.
Ante una guía.
Aquella fue la primera vez que escuché que me llamaban Luna sin sentir que aquella palabra era una cadena.
Más tarde, cuando el castillo quedó en silencio, Kyan y yo caminamos hasta una colina.
La luna estaba alta.
Levanté la mirada.
Y sentí que el pecho se me cerraba.
La luna ya no estaba quebrada.
Por primera vez desde que podía recordar, estaba completa.
—Ha sanado —susurró Kyan.
Negué lentamente.
—No sola.
Él me rodeó con un brazo.
Entonces comprendí finalmente qué había significado todo.
Yo creía que había sido llamada para ocupar un trono.
Me equivocaba.
No había llegado para gobernar desde arriba.
Había llegado para recordarles que el poder sin compasión termina destruyendo aquello que pretende proteger.
Yo, la mujer que había entrado al castillo sin clan y sin nombre importante, terminé encontrando una manada.
Finn encontró a alguien dispuesto a defenderlo.
Kyan encontró a alguien ante quien no necesitaba fingir que era invulnerable.
Y yo encontré algo que llevaba toda mi vida buscando.
Un hogar.
Todo había comenzado con Selene ordenándome:
“Inclínate.”
Y durante unos segundos pensé que aquel sería el momento en que finalmente me romperían.
Pero el destino tenía preparada otra respuesta.
Porque mientras todos esperaban verme humillada frente al trono…
fue el trono el que terminó inclinándose ante mí.