El Rey Alfa la llamó novia sustituta; ella desapareció antes del amanecer con su heredero aún no nacido.

El Rey Alfa la llamó novia sustituta; ella desapareció antes del amanecer con su heredero aún no nacido.

PARTE 1

La noche que escuché a mi esposo decir que yo solo era una sustituta, ya llevaba a su hijo dentro de mí.

Él lo sabía.

También sabía que yo estaba en el castillo.

Y aun así, frente a toda su corte, anunció que mi hermana ocuparía mi lugar cuando naciera el bebé.

Antes del amanecer, yo ya había desaparecido.

Me llamo Rowena Mercer.

Aunque durante casi toda mi vida nadie me llamó por mi nombre con demasiado cariño.

Mi hermana mayor, Serafina, era la hija perfecta.

Hermosa.

Elegante.

La favorita de mi padre.

Yo era la hija menor, nacida de otra madre y criada más cerca de los sirvientes que de la familia.

Cuando las tierras de mi padre quedaron endeudadas y amenazadas por territorios vecinos, hizo un pacto con el reino Lykan.

Protección militar a cambio de una esposa.

La elegida era Serafina.

Pero tres días antes de la boda, huyó con un mozo de caballerizas.

Mi padre entró en pánico.

Romper un acuerdo con el Rey Alfa podía destruir todo lo que todavía conservaba.

Así que me llamó.

Puso el velo de mi hermana sobre mi rostro.

Y me ordenó ocupar su lugar.

No debía hablar hasta después de la ceremonia.

Cuando el rey descubriera la mentira, el pacto ya estaría firmado.

Yo sabía que aquello podía terminar muy mal.

Pero había decenas de trabajadores inocentes viviendo en nuestras tierras.

Acepté por ellos.

El Rey Gael Valerio me esperaba frente al altar.

Era enorme.

Cabello oscuro.

Ojos dorados.

Un hombre acostumbrado a que nadie discutiera sus decisiones.

Cuando tomó mi mano sentí algo extraño.

Un calor intenso recorrió mi brazo.

Gael también reaccionó.

Pero ninguno entendió lo que significaba todavía.

La ceremonia terminó.

En sus habitaciones me quitó el velo.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Tú no eres Serafina.

Le dije la verdad.

Mi hermana había huido.

Yo era Rowena.

Su esposa según el pacto.

Gael estaba furioso.

No solo porque mi padre lo había engañado.

También porque su propio lobo reaccionaba a mí de una manera que él no quería aceptar.

Yo era su compañera destinada.

La mujer que el destino había elegido.

Y para un rey orgulloso, descubrirlo dentro de una mentira política fue casi una humillación.

Me permitió quedarme.

Pero dejó algo claro.

Yo cumpliría el acuerdo.

Nada más.

Durante cuatro meses viví en un palacio enorme donde todos me llamaban “la novia falsa”.

En público, Gael apenas me dirigía la palabra.

En privado era diferente.

Regresaba agotado de los viajes fronterizos y terminaba en mis habitaciones.

Yo curaba sus heridas.

Él se quedaba dormido cerca de mí.

A veces hablábamos hasta el amanecer.

Empecé a pensar que estaba cambiando.

Y cometí el error de enamorarme.

Entonces descubrí que estaba embarazada.

Por primera vez sentí esperanza.

Nuestro hijo quizá conseguiría unir todo lo que nosotros no habíamos podido.

Esa misma tarde preparé durante horas la forma de decírselo.

No tuve oportunidad.

Serafina regresó.

El hombre con quien había escapado la abandonó cuando se acabó el dinero.

Ella volvió llorando al castillo y exigió cumplir el matrimonio original.

Yo escuché la reunión desde una galería.

El consejo presionó a Gael.

Decían que Serafina era la esposa que las familias nobles esperaban.

Que yo siempre había sido un reemplazo incómodo.

Esperé que Gael los detuviera.

No lo hizo.

Entonces escuché su decisión.

Yo permanecería hasta dar a luz al heredero.

Después, Serafina ocuparía el lugar de reina.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

Gael ya conocía mi embarazo.

Su olfato Lykan se lo había dicho antes que yo.

Y aun así había pronunciado aquellas palabras.

Esa noche no llevé vestidos.

Ni joyas.

Solo comida, medicinas y una capa gruesa.

Un guardia joven llamado Gabriel me debía un favor.

Me ayudó a cruzar una pequeña puerta occidental.

Usé hierbas para confundir a los rastreadores.

A las tres de la mañana dejé atrás el reino.

Cinco años después vivía en un pequeño puerto llamado Bahía Roble.

Tenía una botica.

La gente me conocía como viuda.

Y tenía un hijo de cuatro años llamado León.

Cabello oscuro.

Demasiado fuerte para su edad.

Y los mismos ojos dorados de Gael.

Yo los ocultaba con una mezcla herbal.

Funcionó durante años.

Hasta el festival de verano.

Una pesada pieza de hierro cayó accidentalmente cerca de varios niños.

León reaccionó por instinto.

La sostuvo con ambas manos como si pesara muy poco.

Sus ojos volvieron a dorarse frente a todo el mercado.

Tres semanas después estaba cerrando mi botica cuando sentí un aroma que no había olvidado en cinco años.

Pino.

Tormenta.

Gael.

Me giré lentamente.

El Rey Alfa estaba parado en mi puerta.

Más delgado.

Más cansado.

Con nuevas cicatrices.

Pero mirándome exactamente como aquella primera noche.

Yo tomé el pequeño cuchillo de plata que guardaba debajo del mostrador.

Él no avanzó.

Solo bajó lentamente hasta quedar de rodillas frente a mí.

Y entonces una pequeña voz apareció detrás de mi espalda.

—Mamá… ¿quién es ese hombre?

PARTE 2

Gael levantó los ojos.

León estaba junto a la puerta interior con una espada de madera en la mano.

Durante varios segundos nadie habló.

Mi hijo lo observó.

Gael lo observó a él.

No necesitaban una explicación.

Los mismos ojos.

El mismo cabello.

Incluso la forma de levantar la barbilla cuando tenía miedo.

Gael entendió inmediatamente.

Su hijo estaba vivo.

El heredero que había creído perdido durante cinco años estaba frente a él.

Extendió una mano.

Pero no se acercó.

Esperó mi permiso.

León se colocó delante de mí.

—¿Es malo?

Sentí un nudo en la garganta.

—Es tu padre.

Gael cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos.

Yo nunca había visto llorar al Rey Alfa.

Aquella noche lo hizo de rodillas sobre el suelo de mi pequeña botica.

No lo perdoné inmediatamente.

Tampoco dejé que llevara a León.

Primero quería respuestas.

Gael me contó lo que había ocurrido después de mi fuga.

Serafina sí recibió una corona durante un breve periodo.

Fue un desastre.

Se interesaba más por fiestas y vestidos que por gobernar.

La manada tampoco la aceptaba.

El lobo de Gael rechazaba incluso su cercanía.

Antes de terminar el primer año, él anuló aquella unión política.

Después comenzó a buscarme.

Durante cuatro años recorrió puertos, aldeas y rutas comerciales.

Nunca dejó de hacerlo.

—Eso no cambia lo que dijiste aquella noche —le recordé.

Gael bajó la cabeza.

—Lo sé.

No intentó justificarse.

Me explicó que había cedido frente al consejo porque pensaba que podía mantenerme protegida mientras resolvía la crisis política.

Había pensado como rey.

No como compañero.

Y había supuesto que yo seguiría esperando.

Ese había sido su error.

—Yo no era una pieza que podías guardar mientras organizabas tu reino.

—Ahora lo entiendo.

Antes de poder decir algo más, escuchamos ruido afuera.

No era la guardia de Gael.

Era mi padre.

Reginaldo Mercer había descubierto que yo seguía viva.

Serafina venía con él.

Habían seguido a los exploradores reales hasta Bahía Roble.

Su plan era sencillo.

Si capturaban a León, podrían negociar con el reino.

Mi propio padre todavía veía a mi hijo como una herramienta política.

Yo ya no era la muchacha que había aceptado ponerse un velo para salvar su propiedad.

Cerré la puerta.

Tomé una botella de polvo irritante que utilizaba para espantar animales de los almacenes.

Cuando los hombres intentaron entrar, la arrojé cerca del acceso.

El polvo llenó el aire.

Tos.

Confusión.

Nada mortal.

Solo suficiente para detenerlos.

Gael y sus guardias redujeron rápidamente a los hombres de mi padre sin convertir la botica en una masacre.

Reginaldo y Serafina fueron arrestados.

Los documentos que llevaban encima terminaron de revelar algo todavía peor.

Mi padre había sabido desde el principio que Serafina pensaba huir.

No intentó impedirlo.

Me necesitaba a mí dentro del palacio.

¿Por qué?

Porque si el Rey Alfa me aceptaba como esposa sustituta, Mercer tendría una hija cercana al trono.

Si Gael me rechazaba, mi padre podría alegar que el pacto había sido violado y negociar con sus enemigos.

Yo nunca fui el plan de emergencia.

Fui el plan verdadero.

Serafina solo había sido la fachada.

Aquello fue lo último que necesitaba escuchar.

Reginaldo perdió sus títulos y fue juzgado por conspiración.

Serafina fue apartada de cualquier función política.

Yo me negué a elegir su castigo.

Había pasado demasiado tiempo construyendo mi vida para seguir haciendo girar mis decisiones alrededor de ellos.

El problema real era Gael.

Él quería que regresáramos.

Yo no acepté inmediatamente.

Le puse condiciones.

El consejo que había permitido usar matrimonios como herramientas políticas debía cambiar.

Las esposas no serían tratadas como propiedad del tratado.

Las uniones entre humanos y Lykan serían voluntarias.

Ninguna madre perdería automáticamente derechos sobre sus hijos por cuestiones de linaje.

Y yo no volvería como “la esposa correcta”.

Volvería como su igual.

Gael aceptó.

No solo delante de mí.

Lo hizo frente a toda la corte.

Meses después regresé al gran salón donde había llegado escondida detrás del velo de mi hermana.

Esta vez entré con el rostro descubierto.

León caminaba entre nosotros.

Nadie me llamó sustituta.

Gael tampoco se sentó mientras yo permanecía de pie.

Había dos lugares frente al consejo.

Uno para él.

Uno para mí.

Nuestra relación no se arregló en una ceremonia.

Tomó tiempo.

Hubo discusiones.

Desconfianza.

Noches en las que todavía recordaba aquella conversación junto al fuego y quería marcharme otra vez.

Gael nunca me pidió que olvidara.

Me pidió la oportunidad de actuar diferente.

Eso terminó importándome más.

Años después, León me preguntó por qué había huido cuando estaba embarazada.

Le conté una versión sencilla.

Le dije que a veces amar a alguien no significa quedarse cuando esa persona no sabe respetarte.

Y que perdonar tampoco significa volver al mismo lugar bajo las mismas condiciones.

Él miró a su padre.

Gael, que estaba sentado al otro lado de la habitación, escuchó todo.

No discutió.

Solo asintió.

Todavía conservo el velo de plata de aquella primera boda.

No porque extrañe aquel día.

Lo guardo para recordar quién era cuando me obligaron a ponérmelo.

Una muchacha enviada a cumplir el papel de otra mujer.

Una sustituta.

Eso creían ellos.

Cinco años después regresé al mismo reino con mi propio nombre, mi propio hijo y mis propias condiciones.

Y cuando el Rey Alfa volvió a verme frente a toda su corte…

esta vez fue él quien esperó a que yo decidiera si quería quedarme.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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