El Rey Alfa gruñó: «No eres nada para mí»; entonces, el rastro de su aroma, que se desvanecía, lo condujo a un lugar prohibido.

El Rey Alfa gruñó: «No eres nada para mí»; entonces, el rastro de su aroma, que se desvanecía, lo condujo a un lugar prohibido.

PARTE 1

El Rey Alfa me miró frente a toda su corte y dijo que yo no significaba nada para él.

No lloré.

No le rogué.

Solo hice un pequeño corte en mi palma, pronuncié tres palabras que nadie en aquel salón entendió… y borré mi aroma del mundo.

Tres días después, él estaba perdiendo el control intentando encontrarme.

Me llamo Rosalía Avendaño.

Durante años trabajé como curandera en un pequeño pueblo al norte del reino de Robledal.

La mayoría pensaba que yo solo sabía preparar ungüentos, cerrar heridas y bajar fiebres.

Era mejor así.

Mi verdadera familia había desaparecido generaciones atrás.

Los Avendaño éramos los últimos Guardianes de Sangre, una línea encargada de vigilar antiguos lugares donde criaturas mucho más viejas que los hombres lobo habían sido encerradas.

Nunca debía hablar de eso.

Ni siquiera con el rey.

Todo se complicó cuando Gael Montemayor llegó herido a mi botica.

Era el Rey Alfa de las manadas del norte.

Tenía una cortada profunda en el brazo.

Cuando mi mano tocó su piel, ambos lo sentimos.

El vínculo.

Yo era su compañera destinada.

Gael lo supo inmediatamente.

Durante tres días intentó ignorarlo.

Porque ya existía un acuerdo político.

La corte esperaba que anunciara su unión con Leonor Valdés, hija de una poderosa familia fronteriza.

Ese matrimonio podía evitar una guerra entre manadas.

Yo entendía el problema.

Por eso nunca le pedí nada.

Pero durante la Fiesta de la Noche Larga, Gael dejó de fingir.

Cruzó todo el salón y se detuvo frente a mí.

Cientos de nobles nos observaban.

Su lobo lo empujaba hacia mí.

Yo podía sentirlo.

Entonces Gael tomó una decisión.

Eligió la corona.

Dijo públicamente que reconocía el vínculo, pero que no lo aceptaría.

Después añadió palabras todavía más duras para que nadie dudara.

Una curandera sin título no podía poner en riesgo el norte.

Yo no era adecuada.

No pertenecía a su mundo.

Algo dentro de mí se rompió.

Pero había un problema más grande.

Esa misma semana yo había encontrado señales de que alguien estaba intentando abrir las criptas de San Judas.

Si la corte descubría que yo era Guardiana de Sangre, me vigilarían.

No podría llegar a las montañas.

Así que aproveché el rechazo.

Saqué mi pequeña navaja de hierbas.

Abrí la palma.

Pronuncié el antiguo ritual.

Y eliminé mi rastro.

Mi olor desapareció.

El vínculo quedó cubierto por una barrera mágica.

Luego salí del castillo en plena tormenta.

Gael creyó que lo había hecho por orgullo.

No sabía que esa misma noche yo partía hacia San Judas.

Después me contó lo que ocurrió.

No durmió durante días.

Su lobo podía sentir que yo seguía viva, pero no podía encontrarme.

Era como escuchar una voz detrás de una pared sin saber dónde estaba la puerta.

Finalmente fue a mi casa.

Encontró un compartimiento bajo el piso.

Dentro había un diario.

También un medallón antiguo.

La última página mencionaba tres cosas:

un miembro del consejo comprometido,

las catacumbas de San Judas,

y el solsticio de invierno.

Gael salió inmediatamente.

No esperó escolta.

San Judas estaba en una región que los lobos evitaban porque el suelo contenía grandes cantidades de plata natural.

Para él, cada hora allí era dolorosa.

Aun así siguió.

Tres días después llegó al monasterio abandonado.

Encontró un pedazo de mi capa junto a la entrada.

Había sangre.

Y otro olor.

Uno que su lobo conocía únicamente por leyendas.

Lykan antiguo.

No un hombre lobo moderno.

Algo anterior.

Más grande.

Más peligroso.

Gael descendió a las catacumbas.

Siguió las manchas de sangre hasta una enorme cámara subterránea.

Allí me encontró atada junto a un altar de piedra.

Pero yo no estaba sola.

Frente a mí estaba don Ramiro Valverde, uno de los consejeros que Gael había respetado desde niño.

Y detrás de Ramiro, respirando en la oscuridad, había una criatura que se suponía llevaba mil años desaparecida.

Un Lykan puro.

Ramiro sonrió al ver entrar al rey.

—Llegaste justo a tiempo, Gael. Esta noche tu compañera va a abrirnos la puerta.

PARTE 2

Ramiro levantó una pequeña daga de plata hacia el altar.

Fue entonces cuando Gael entendió que el rechazo, el matrimonio político y hasta los problemas entre las manadas podían formar parte de algo mucho más grande.

Ramiro llevaba años preparando aquello.

Había alimentado el miedo a los lobos salvajes.

Había presionado para que Gael se casara con Leonor.

Y necesitaba mantener al rey distraído mientras buscaba a la última Guardiana de Sangre.

A mí.

—Dile quién eres —ordenó Ramiro.

No respondí.

Él lo hizo por mí.

Explicó que mis antepasados habían encerrado a los primeros Lykan bajo San Judas siglos atrás.

Aquellas criaturas no eran simplemente lobos más fuertes.

Eran una especie antigua cuyo poder hacía que las manadas actuales parecieran débiles.

Solo la sangre de un Guardián podía abrir o reforzar las puertas.

Yo había vivido cerca de Robledal durante años precisamente para vigilar aquel lugar.

No era casualidad que hubiera terminado como curandera cerca de la capital.

Era mi trabajo.

Gael me miró.

Pude ver la pregunta en sus ojos.

¿Por qué nunca se lo había contado?

—Porque no sabía en quién podía confiar.

La respuesta le dolió.

Pero no discutió.

Ramiro comenzó a reír.

Según él, la corona de Gael representaba una época débil.

Tratados.

Consejos.

Fronteras.

Ramiro quería devolver el reino a una época donde el más fuerte gobernaba sin discutir con nadie.

Pensaba liberar a los Lykan y utilizarlos para controlar las manadas.

Yo llevaba horas intentando convencerlo de una cosa muy sencilla:

nadie controla algo así.

La enorme criatura detrás de él ya estaba probando los límites de las cadenas mágicas.

Se llamaba Lucio.

Cada vez que se movía, las runas del suelo brillaban.

Ramiro creyó que eso demostraba obediencia.

Yo sabía que significaba exactamente lo contrario.

La prisión estaba fallando.

Gael avanzó.

Lucio reaccionó.

El enfrentamiento fue rápido y brutal, pero no como las historias exageradas que después circularon por las tabernas.

Gael no podía transformarse completamente.

La plata del subsuelo debilitaba a su lobo.

Tenía que mantenerse en forma humana.

Lucio era mucho más fuerte.

Gael logró mantenerlo lejos del altar, pero entendí que no podía hacerlo durante mucho tiempo.

Ramiro vio su oportunidad.

Se acercó a mí con la daga.

Mi sangre era la llave.

Solo necesitaba unas gotas sobre el centro del altar.

Forcejeé.

La hoja me cortó ligeramente la mano.

Una gota cayó al suelo.

Todas las runas de la cámara se encendieron.

Desde las profundidades llegó un sonido.

Después otro.

Como enormes respiraciones detrás de puertas de piedra.

Ramiro sonrió.

Yo sentí verdadero miedo.

No había un solo Lykan abajo.

Había muchos.

Gael gritó mi nombre.

Lucio lo tenía contra una columna.

No podía ayudarme.

Así que hice lo único que podía.

Presioné la palma herida contra las runas.

Pero en vez de recitar el ritual de apertura, usé el de cierre.

La magia reaccionó.

Una onda azul recorrió el piso.

Lucio retrocedió.

Ramiro cayó.

Las cadenas que me sujetaban comenzaron a aflojarse.

Gael aprovechó para contener a Lucio mientras yo completaba el ritual.

La criatura no desapareció.

Fue atraída nuevamente hacia el círculo donde había permanecido encerrada.

Las runas se cerraron alrededor de ella.

Las puertas inferiores dejaron de moverse.

El silencio regresó.

Ramiro intentó escapar.

Gael lo detuvo.

No permitió que lo eliminaran allí.

—Quiero que todo el reino escuche lo que hiciste.

Fue arrestado.

Sus documentos posteriores revelaron una red de personas dentro del consejo que llevaba años provocando problemas fronterizos para debilitar la autoridad real.

La amenaza externa que justificaba el matrimonio político había sido exagerada deliberadamente.

El gran sacrificio por el que Gael me había rechazado ni siquiera era tan necesario como él creía.

Cuando finalmente quedamos solos, me quitó las cadenas.

Estaba agotada.

Él también.

Mi hechizo para ocultar el vínculo había empezado a desaparecer.

Por primera vez desde aquella noche, Gael pudo sentir mi aroma nuevamente.

Se quedó inmóvil.

Tierra mojada.

Lavanda silvestre.

El olor que había buscado durante días.

—Pensé que te había perdido.

—Tú me dijiste que me fuera.

Bajó la mirada.

No tenía respuesta para eso.

Después dijo algo que nunca esperé escuchar de un rey.

—Me equivoqué.

No intentó justificarlo con el consejo.

Ni con la guerra.

Ni con el deber.

Dijo que me había humillado porque tuvo miedo de poner su corazón por encima de la corona.

Y descubrió demasiado tarde que un hombre capaz de destruir públicamente a su compañera para proteger su imagen tampoco estaba protegiendo bien su reino.

Me preguntó si podía reparar el vínculo.

No dije sí inmediatamente.

Había algo que necesitaba dejar claro.

Yo no regresaría como recompensa por haberme rescatado.

Tampoco aceptaría convertirme en una reina silenciosa que debía agradecer haber sido elegida.

Si alguna vez volvíamos a estar juntos, sería porque ambos lo decidíamos.

Gael aceptó.

Aquella noche no restauramos nada.

Primero regresamos a Robledal.

Ramiro fue juzgado.

Los miembros corruptos del consejo fueron removidos.

La alianza con la familia Valdés se convirtió en un tratado comercial en lugar de un matrimonio.

Leonor, para sorpresa de todos, pareció bastante aliviada.

Meses después, Gael me llevó nuevamente a San Judas.

No había soldados.

No había nobles.

Solo nosotros.

Habíamos pasado todo ese tiempo trabajando juntos.

Yo le enseñé la historia de los Guardianes.

Él me enseñó cosas sobre las manadas que yo había pasado años juzgando desde lejos.

Descubrimos que nuestros antepasados no siempre habían sido enemigos.

Durante siglos, los Guardianes y los Alpha habían protegido juntos los sellos.

La separación había comenzado después de que documentos antiguos fueran destruidos durante una guerra.

Nuestra unión no era un accidente.

Era una alianza que la historia había olvidado.

Frente a las puertas selladas de San Judas, retiré finalmente el hechizo que bloqueaba nuestro vínculo.

No hubo explosión.

Solo calor.

La presencia de Gael volvió a mi interior como algo que había estado esperando detrás de una puerta.

Él no me tocó hasta que yo asentí.

Entonces restauramos el vínculo.

Las runas del monasterio se iluminaron.

Pero no se abrieron.

Se reforzaron.

La unión entre un Alpha de la línea Montemayor y una Guardiana Avendaño era precisamente lo que los primeros sellos habían sido diseñados para reconocer.

Ese fue el último giro que Ramiro jamás entendió.

Había intentado usar nuestra separación para abrir las criptas.

En realidad, juntos éramos lo único capaz de cerrarlas definitivamente.

Con el tiempo me convertí en reina.

Seguí siendo curandera.

Y también Guardiana.

Gael nunca volvió a pedirme que escondiera esa parte de mí.

Todavía conservamos mi viejo diario en los archivos reales.

Hay una frase que él odia leer.

La escribí antes de abandonar Robledal:

“Si el rey me rechaza, tendré que salvar el reino sin él.”

Cada vez que llega a esa línea dice que fui demasiado dura.

Yo siempre respondo lo mismo.

—Pero tenía razón.

Él suspira.

Yo me río.

Y después miramos hacia las montañas donde todavía permanecen las ruinas de San Judas.

Porque incluso muchos años después, durante ciertas noches de invierno, algunos guardias aseguran escuchar un golpe profundo bajo la piedra.

Una sola vez.

Luego silencio.

Como si algo allá abajo todavía recordara que existe una puerta…

pero también supiera perfectamente quién la está vigilando.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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