El Rey Alfa gruñó: «Abandona mi reino»; entonces, su sangre reveló una verdad prohibida.

El Rey Alfa gruñó: «Abandona mi reino»; entonces, su sangre reveló una verdad prohibida.

PARTE 1

El Rey Alfa me expulsó de su reino en medio de una tormenta porque creyó que yo llevaba veneno sobre la piel.

Cinco minutos después, una sola gota de mi sangre cayó sobre la nieve.

Eso bastó para que él ordenara abrir las puertas y saliera corriendo detrás de mí.

Pero para entonces algo que había estado dormido dentro de mi cuerpo durante veinte años ya estaba despertando.

Me llamo Isela Herrera.

O al menos ese era el apellido que había usado toda mi vida.

Don Gregorio Herrera me encontró siendo bebé cerca del Bosque Muerto, una región donde ningún humano sensato se aventuraba.

Me crió en su casa, pero nunca como hija.

Yo era la muchacha extraña.

Cabello casi plateado.

Ojos ámbar.

Demasiado silenciosa.

Nunca enferma.

Cada mañana, desde que puedo recordar, Gregorio insistía en que usara una loción muy fuerte preparada por su boticario.

Olía a lavanda, mirra y algo amargo.

Decía que era para protegerme.

Yo le creí.

A los veinte años me anunció que viajaría al reino Lykan como parte de un acuerdo de paz.

Me enviaría como representante de su casa ante Adrián Valerio, el Rey Alfa del norte.

Adrián tenía fama de no confiar en humanos.

Cuando entré en su gran salón comprendí que los rumores no exageraban.

Era alto, de cabello oscuro y mirada gris.

No necesitaba gritar.

Cuando él se movía, todos los demás dejaban espacio.

Se acercó a mí.

Respiró.

Su expresión cambió inmediatamente.

No parecía interesado.

Parecía enfermo.

Entonces entendí que el perfume que Gregorio me había obligado a usar estaba afectándolo.

Adrián me preguntó qué llevaba encima.

Le respondí la verdad.

No lo sabía.

Él pensó que yo mentía.

Para un Lykan, aquel olor se parecía al acónito procesado, una planta capaz de confundir y debilitar sus sentidos.

Intenté explicar que Gregorio había preparado mi ropa y mis perfumes antes del viaje.

Adrián no escuchó.

Estaba furioso.

Y había algo más.

Durante un segundo, mientras me miraba, pareció confundido.

Como si debajo de aquel olor desagradable hubiera percibido otra cosa.

Pero desapareció enseguida.

Finalmente ordenó que me marchara.

Esa misma noche.

En plena nevada.

Dos guardias me acompañaron hasta las puertas.

No supliqué.

Si el rey quería romper el tratado por un perfume que yo ni siquiera había elegido, no pensaba darle además el placer de verme llorar.

Al cruzar el portón resbalé.

Apoyé la mano contra una pieza de hierro oxidado.

Me corté la palma.

Una gota de sangre cayó sobre la nieve.

Las puertas se cerraron detrás de mí.

Seguí caminando.

Dentro del castillo, Adrián estaba regresando a su asiento cuando el viento llevó hacia el salón algo nuevo.

Mi sangre.

Sin perfume.

Sin acónito.

Sin nada que pudiera ocultarla.

Después me contó que su copa cayó de sus manos.

Mi olor no era humano.

Ni siquiera pertenecía a una línea Lykan común.

Era un aroma que él solo conocía por viejos documentos.

El linaje Vael.

Los primeros monarcas Alpha.

Una familia que, según la historia, había desaparecido dos siglos atrás.

Y debajo de aquel rastro había algo todavía peor para él.

El vínculo.

Compañera destinada.

Yo.

La mujer que acababa de mandar a una tormenta.

Mientras Adrián organizaba rastreadores, yo avanzaba por el bosque.

Pero mi cuerpo empezó a arder.

El frío desapareció.

La herida de mi mano latía.

Sentía el pulso dentro de los huesos.

Caí junto a un árbol.

Entonces recordé algo.

Gregorio nunca me había permitido pasar un solo día sin aquella mezcla.

Ni de niña.

Ni enferma.

Ni durante los viajes.

No era perfume.

Era una jaula.

El veneno había mantenido dormida mi verdadera naturaleza durante veinte años.

Y ahora estaba perdiendo efecto.

Sentí mis sentidos abrirse.

Podía escuchar ramas quebrándose a cientos de metros.

Olía a los hombres que me seguían.

Y entre todos ellos reconocí inmediatamente uno.

Tormenta.

Madera oscura.

Adrián.

Me puse de pie.

Cuando él apareció entre los árboles ya no encontró a la muchacha humana que había expulsado.

Mis ojos brillaban.

Mis uñas se habían oscurecido y alargado.

La nieve se derretía ligeramente bajo mis pies.

Los doce guerreros que venían detrás del Rey Alfa me miraron.

Uno tras otro…

cayeron de rodillas.

PARTE 2

Adrián se detuvo a pocos metros de mí.

Por primera vez desde que lo conocía, no parecía un rey.

Parecía un hombre que acababa de comprender que todo lo que creía saber estaba equivocado.

Sus soldados seguían arrodillados.

No porque él se los hubiera ordenado.

Sus lobos reconocían mi sangre.

Yo no entendía qué significaba aquello.

Pero una parte más antigua dentro de mí sí.

Miré a Adrián.

Y de mi garganta salió una voz más grave de lo normal.

—No te acerques.

Él obedeció.

Eso me sorprendió.

El mismo hombre que horas antes me había expulsado ahora mantenía las manos visibles y la distancia.

Me explicó lo que había descubierto.

El linaje Vael había gobernado antes que la familia Valerio.

Los libros afirmaban que había sido destruido durante una rebelión.

Pero ciertos registros antiguos contaban otra versión.

Varios clanes menores se habían unido contra los Vael porque temían su poder.

La familia de Adrián había tomado el trono después para evitar que los territorios se fragmentaran.

No sabía qué historia era cierta.

En aquel momento tampoco me importaba.

Mi pecho empezó a doler.

La fuerza que sentía segundos antes se volvió inestable.

Caí de rodillas.

Adrián dio un paso.

Gruñí.

Se detuvo otra vez.

—El veneno todavía está dentro de ti —dijo—. Tu cuerpo está intentando despertar demasiado rápido.

Quise responder.

No pude.

Todo se volvió negro.

Desperté tres días después.

Estaba en una habitación enorme.

Adrián dormía sentado junto al fuego.

No llevaba corona.

Tenía barba de varios días.

Cuando abrí los ojos, él se despertó inmediatamente.

Su primera reacción fue acercarse.

La segunda fue recordar que yo no confiaba en él.

Se detuvo.

Me explicó que los médicos habían encontrado rastros del supresor en mi sangre acumulados durante años.

No era una dosis accidental.

Alguien había mantenido deliberadamente dormida mi naturaleza Lykan desde la infancia.

Solo había una persona que podía haberlo hecho.

Gregorio.

Entonces llegó la noticia.

Él estaba afuera del castillo.

Había venido con hombres armados.

Y exigía que yo regresara bajo su custodia.

Sentí algo nuevo dentro de mí.

No miedo.

Rabia.

Los médicos me pidieron descansar.

Me levanté.

La transformación todavía no estaba completa, pero ya no era la misma mujer.

Caminé hasta el gran salón.

Gregorio estaba allí.

Al verme, perdió el color del rostro.

Eso confirmó todo antes de que dijera una palabra.

Adrián le preguntó por qué había usado acónito conmigo durante veinte años.

Gregorio intentó hablar de protección.

Dijo que me había encontrado abandonada.

Que me había salvado.

Entonces le pregunté algo muy sencillo.

—¿De quién?

No contestó.

El general Arturo Peña entró con documentos recuperados de la casa Herrera.

Habían revisado archivos y correspondencia después de descubrir el veneno.

Gregorio no me había encontrado por accidente.

Sabía exactamente quién era yo.

Sus propios hombres habían localizado a una mujer Vael huyendo con una bebé años atrás.

Mi madre.

Gregorio había recibido dinero de comerciantes humanos y ciertos clanes Lykan para mantenerme escondida hasta que pudieran decidir cómo utilizar mi sangre políticamente.

No querían eliminarme.

Valía demasiado.

Querían criarme creyendo que era humana.

Después entregarme mediante matrimonio o tratado al grupo que ofreciera más.

El acuerdo con Adrián era solo una prueba.

Si él me aceptaba como humana, Gregorio obtendría influencia en su corte.

Si me rechazaba, podía ofrecerme después a otro territorio.

El perfume aseguraba que nadie reconociera mi verdadera sangre.

Excepto que Gregorio cometió un error.

Me envió al único hombre cuyo vínculo conmigo era suficientemente fuerte para detectar algo debajo del veneno.

Adrián.

Gregorio intentó ordenarme que volviera con él.

Me dijo que seguía siendo su pupila.

Entonces dejé salir mi aura.

No hice nada más.

Los Lykan presentes bajaron la cabeza instintivamente.

Incluso algunos Alphas retrocedieron.

Gregorio comprendió finalmente que la muchacha que había controlado durante veinte años ya no existía.

No permití que nadie le hiciera daño.

Pedí un juicio.

Los documentos hablaron por él.

Fue condenado por conspiración, abuso de tutela y comercio ilegal de sustancias prohibidas.

También apareció otro giro.

Gregorio no había actuado solo.

Algunos nobles Lykan habían financiado el plan.

Entre ellos estaba el señor Fabián, un consejero que llevaba años criticando a Adrián.

Su intención era usar mi regreso para dividir el norte.

Si yo reclamaba inmediatamente el antiguo trono Vael, varias manadas se rebelarían contra los Valerio.

Si Adrián me rechazaba, podrían presentarlo como enemigo de la verdadera sangre.

Era una trampa política perfecta.

Solo había una salida.

No jugar.

Adrián reunió a los líderes de los territorios.

Y delante de todos renunció públicamente a cualquier derecho automático sobre mí derivado del vínculo.

Eso causó más impacto que cualquier amenaza.

Dijo que yo podía reclamar mi apellido.

Mis tierras.

Incluso desafiar la legitimidad histórica de su corona si quería.

No intentaría detenerme.

Entonces me entregó los archivos Vael.

Todos.

Pasé meses leyéndolos.

Descubrí que mi familia tampoco había sido perfecta.

Habían gobernado con enorme autoridad.

Algunos habían confundido respeto con obediencia.

Comprendí que restaurar simplemente el antiguo sistema sería repetir el mismo error con otro apellido.

Así que propuse algo diferente.

Los territorios occidentales recuperarían su consejo.

Las familias Vael supervivientes podrían identificarse sin persecución.

Los archivos históricos serían abiertos.

Y la corona dejaría de basar su legitimidad en qué familia tenía la sangre “más pura”.

Adrián aceptó.

No sin discusiones.

Discutíamos mucho.

Tal vez por eso terminé confiando en él.

Nunca fingía estar de acuerdo solo porque yo era su compañera.

Y nunca utilizaba el vínculo para ganar.

Un año después acepté ese vínculo voluntariamente.

No porque mi sangre lo ordenara.

Porque él había sido el primer hombre con poder sobre mí que decidió no usarlo.

A veces todavía recuerdo aquella noche.

La puerta cerrándose.

La nieve.

Mi mano sangrando.

El hombre que me había criado creyendo que esa tormenta sería suficiente para devolverme bajo su control.

Estuvo cerca.

Si no me hubiera cortado la palma, Adrián quizá nunca habría reconocido mi sangre.

Yo quizá habría seguido creyendo que era humana.

Quizá el veneno habría seguido apagándome lentamente.

Por eso conservo una pequeña cicatriz en la palma.

Los médicos podían haberla borrado.

No quise.

Porque durante veinte años todos intentaron ocultar quién era.

Y al final…

solo necesitó caer una gota de sangre sobre la nieve para que toda la mentira comenzara a desmoronarse.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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