El Rey Alfa Firmó Sin Leer… Hasta Que Vio A Su Novia y Su Lobo Se Arrodilló

PARTE 1
Durante siete años, el rey alfa Kale Thornwood había vivido en la oscuridad.
Una maldición le había arrebatado la vista, había silenciado a su lobo interior y había convertido al antiguo soberano de Baldron Keep en un hombre al que muchos consideraban acabado. Sin embargo, su reino se desmoronaba y los enemigos esperaban en las fronteras. Por eso aceptó lo único que jamás había imaginado: un matrimonio político.
La elegida era Lady Celestine Amory.
Kale firmó el contrato sin ilusión alguna. No esperaba amor, ni compañía, ni siquiera respeto. Solo necesitaba la alianza.
Pero cuando las puertas de la capilla se abrieron la noche de la boda, algo dentro de él despertó.
Primero fue un temblor.
Después, un rugido.
Su lobo, silencioso durante años, se alzó en su interior con una fuerza tan brutal que Kale casi cayó de rodillas delante de toda la corte.
—Compañera.
La palabra atravesó su mente como un relámpago.
Kale no podía verla, pero podía oír el corazón de la mujer que avanzaba por el pasillo. Podía sentir su miedo. Podía percibir su aroma a bosque húmedo, tierra y lluvia.
—¿Quién es? —exigió.
Entonces llegó la verdad.
La joven frente al altar no era Celestine.
Era Sarah, su hermana menor.
Celestine había huido, y el padre de ambas había obligado a Sarah a ocupar su lugar para evitar que la alianza se rompiera.
La boda quedó suspendida.
Sarah esperaba furia. Había crecido en una casa donde las amenazas eran más comunes que la ternura. Su propio padre la había enviado como si fuera una pieza reemplazable, amenazando con destruir el jardín que su difunta madre había amado si se negaba.
Pero aquella noche Kale fue a verla e hizo algo que Sarah jamás habría esperado de un rey.
Se arrodilló ante ella.
—Perdóname por haberte asustado.
Después le explicó que el contrato llevaba el nombre de Celestine y que, por lo tanto, Sarah era libre. Podía marcharse al amanecer y él le proporcionaría protección.
Sarah debería haber aceptado.
En cambio, preguntó:
—¿Y si me quedo?
A partir de aquel momento, algo cambió entre ellos.
Sarah descubrió que Kale no era el monstruo del que todos hablaban. Era duro, reservado y estaba lleno de cicatrices, pero jamás intentó obligarla a nada. Caminaban juntos por los jardines abandonados. Él escuchaba mientras ella leía. Y cada día su lobo se volvía más fuerte cuando Sarah estaba cerca.
Ella también escondía un secreto.
Desde niña podía escuchar a las plantas.
Su madre le había enseñado que su linaje era más antiguo que los reinos y que algunas personas de su sangre podían comunicarse con la tierra. Sarah jamás se lo había contado a nadie.
Una noche apoyó la mano sobre un viejo roble del jardín.
La voz del árbol susurró:
—El rey destronado viene por ti.
Antes de que pudiera entenderlo, Kale apareció y la condujo a un claro oculto.
Allí, decenas de enormes lobos esperaban bajo la luna.
Sarah se quedó inmóvil.
El más grande de ellos, Torin, avanzó lentamente hacia ella.
Kale apretó su mano.
—No temas.
Pero Torin no atacó.
Se detuvo delante de Sarah.
Y se inclinó.
Uno a uno, todos los lobos del claro bajaron la cabeza hasta quedar postrados ante ella.
Kale perdió el aliento.
—Torin no se inclina ante nadie desde la muerte de mi padre.
Sarah miró a su alrededor, temblando.
—Entonces… ¿por qué se inclinan ante mí?
Kale levantó una mano y rozó su mejilla con una delicadeza que le hizo olvidar respirar.
—No lo sé.
A lo lejos, los lobos comenzaron a aullar.
Y entonces el viejo roble volvió a susurrar desde la oscuridad:
—Porque ella no llegó aquí para ser una sustituta.
PARTE 2
Sarah se volvió hacia el árbol, pero el viento apagó el resto del susurro.
Kale no había oído las palabras, aunque sintió cómo ella se estremecía.
Los días siguientes hicieron imposible fingir que aquello era solo una alianza fallida. Kale buscaba a Sarah cada mañana. Ella le hablaba de su madre, de las plantas y de la vida silenciosa que había llevado en casa de los Amory. Él, a cambio, le confesó lo que significaba la palabra que su lobo había pronunciado en la capilla.
Compañera.
Entre los de su especie, era la otra mitad de un alma.
—¿Y si tu lobo se equivocó? —preguntó Sarah.
—Los lobos no se equivocan con eso.
Antes de que pudiera responder, Brennon irrumpió con noticias peores.
Lord Cen Thornwood, primo de Kale y antiguo aspirante al trono, avanzaba hacia Baldron Keep con cientos de hombres. Alegaba que el contrato matrimonial era fraudulento.
Y no venía solo.
Había traído a Celestine.
Cuando Sarah vio entrar a su hermana en el gran salón vestida como una reina, comprendió que su huida nunca había sido un acto de miedo. Celestine había pactado con Cen. Él obtendría la regencia; ella, una corona.
Aquella noche Celestine entró en la habitación de Sarah y sonrió.
—Mañana volverás a ser lo que siempre fuiste: nadie.
Sarah quiso responder, pero el miedo ya se había instalado dentro de ella. ¿Y si Kale elegía la paz? ¿Y si salvar su reino significaba casarse con la mujer que figuraba en el contrato?
Buscó a Kale en la torre norte.
Él estaba solo, mirando un cielo que no podía ver.
—Celestine llega con una solución política —dijo Kale—. Puedo romper lo que existe entre nosotros y darte libertad.
Sarah se acercó y sostuvo su rostro entre las manos.
—He sido invisible toda mi vida. Tú fuiste el primer hombre que me vio de verdad, incluso sin ojos para hacerlo.
Kale tembló.
—No sabes lo que estás eligiendo.
—Te estoy eligiendo a ti.
Él la abrazó, pero antes de que pudiera decir más, una alarma resonó desde las murallas.
A la mañana siguiente, dos guardias impidieron que Sarah saliera de sus aposentos. Las negociaciones habían comenzado.
Pasaron horas.
Entonces un dolor insoportable atravesó su pecho.
No era suyo.
Era de Kale.
Sarah golpeó la puerta hasta que entendió que nadie iba a abrirla. Corrió a la ventana y llamó al viejo roble. Una rama se extendió hacia ella como un brazo vivo y la bajó hasta el jardín.
—Date prisa —susurró el árbol—. El rey está sangrando.
Sarah corrió hacia el gran salón.
Kale estaba en el suelo, herido, con Brennon intentando detener la sangre. Sobre ellos estaba Cen, sosteniendo una daga.
—Se negó a apartarte —dijo con una sonrisa—. También se negó a nombrarme regente.
Cen había envenenado las entradas para impedir que la manada atravesara las puertas.
Sarah cayó de rodillas junto a Kale.
Él buscó su mano.
—Deberías haberte quedado a salvo.
—Nunca.
Cen levantó la daga de nuevo.
Algo dentro de Sarah se rompió.
Apoyó las palmas sobre la piedra y llamó a la tierra.
Las grietas del suelo se llenaron de raíces. Enredaderas gruesas surgieron entre las losas y atraparon a Cen antes de que pudiera moverse. Al mismo tiempo, las plantas venenosas de las entradas se marchitaron.
Los lobos irrumpieron en el salón.
En pocos instantes, los hombres de Cen habían sido reducidos.
Pero Kale se estaba apagando.
Sarah colocó las manos sobre su herida y pidió ayuda al mismo poder que había movido las raíces. Una luz dorada apareció entre sus dedos. La carne comenzó a cerrarse.
Sin embargo, el veneno seguía avanzando.
—No es suficiente —sollozó.
Entonces Torin adoptó forma humana. Sus cabellos eran plateados y sus ojos seguían siendo dorados.
—El vínculo entre ustedes está incompleto. Si lo completas ahora, tu fuerza podrá convertirse en la suya.
—¿Y qué ocurrirá conmigo?
—Su dolor será tu dolor. Su alegría será tu alegría. No volverás a estar sola. Pero ese vínculo no podrá romperse jamás.
Sarah miró a Kale.
Lo conocía desde hacía pocos días.
Y, aun así, nunca había estado tan segura de nada.
—Lo elijo a él.
Se inclinó hacia Kale y marcó con sus dientes el punto donde su cuello se unía con el hombro.
El mundo explotó en luz.
Sarah sintió la vida de Kale mezclarse con la suya: su infancia, su soledad, los años de oscuridad, el miedo de no volver a ser amado. Sintió también a su lobo, que rugía de felicidad al reconocerla.
La luz dorada atravesó el cuerpo del rey.
El veneno desapareció.
Su corazón volvió a latir con fuerza.
Y cuando Kale abrió los ojos, Sarah se quedó sin aliento.
La niebla pálida había desaparecido.
Sus ojos eran de un ámbar brillante.
Kale levantó una mano y tocó su rostro.
Esta vez no estaba guiándose por el sonido.
La estaba mirando.
—Puedo verte —susurró—. Sarah… puedo verte.
Ella comenzó a llorar y a reír al mismo tiempo.
Kale la besó mientras alrededor de ellos los lobos aullaban. No era un canto de guerra, sino de celebración.
Su alfa había recuperado la vista.
Y había encontrado a su reina.
Cen y Celestine fueron juzgados por traición. Ambos fueron desterrados a las tierras del norte, lejos del reino que habían intentado controlar.
Antes de marcharse, Celestine miró a Sarah por última vez.
—Te subestimé.
Sarah sostuvo su mirada.
—Porque nunca te molestaste en verme.
Con Cen derrotado, su ejército se deshizo y las regiones orientales aceptaron la paz.
Aquella noche Sarah regresó al jardín.
El viejo roble agitó sus ramas sobre ella, satisfecho.
Kale llegó poco después y la rodeó con los brazos.
—Los sanadores creen que mi vista no volverá a desaparecer. La maldición estaba ligada al silencio de mi lobo. Cuando completaste nuestro vínculo, rompiste ambas cadenas.
Sarah apoyó la cabeza contra su pecho.
—Todavía no sé qué soy.
—Entonces lo descubriremos juntos.
Ella sonrió. Había llegado a Baldron Keep con el vestido de otra mujer, enviada como un reemplazo al que nadie quería.
Ahora los lobos se inclinaban ante ella, la tierra respondía a su voz y un rey que había vivido años en la oscuridad la miraba como si fuera la primera luz del amanecer.
—Te amo —dijo Sarah.
Kale cerró los ojos un instante, abrumado.
—Te amaba antes de conocer tu nombre. Cuando solo eras un aroma y un latido entrando en mi capilla.
Después la besó bajo las estrellas.
Sarah había pasado toda su vida creyendo que era la segunda opción de alguien.
Pero allí comprendió la verdad.
Nunca había nacido para sustituir a su hermana.
Había llegado a Baldron Keep para ocupar el único lugar que siempre había sido suyo.