El rey Alfa expulsó a su compañera sin saber que estaba embarazada… Cinco años después, dos niños entraron a su castillo y lo dejaron sin palabras

El rey Alfa expulsó a su compañera sin saber que estaba embarazada… Cinco años después, dos niños entraron a su castillo y lo dejaron sin palabras

PARTE 1

Encontré las camas de mis hijos vacías y sus abrigos habían desaparecido.

Sobre la mesa había una nota escrita con letras torcidas: «No vayas al castillo, mamá. Nosotros traeremos la medicina».

El hombre que gobernaba aquel castillo había jurado que, si alguna vez regresaba a su territorio, no me permitiría salir con vida.

Y mis pequeños acababan de ir a buscarlo.

Me llamo Josefina. Durante años fui la compañera de Harrison, el rey Alfa de la Fortaleza de Hierro.

Lo amaba más que a nadie. Creía que nuestro vínculo, concedido por la Diosa Luna, era algo que ni siquiera un rey podía romper.

Hasta que una mañana me acusaron de traición.

Todo comenzó con unas cartas que supuestamente yo había enviado a una manada enemiga. Contenían información sobre las patrullas que protegían nuestras fronteras.

Las cartas llevaban mi sello personal. Incluso tenían mi olor.

El consejero Alistair las presentó ante toda la corte, mientras Genevieve, la hija de un poderoso duque, observaba desde su asiento.

Yo sabía quién estaba detrás de aquello.

Genevieve llevaba años intentando ocupar mi lugar. Tenía acceso a los documentos reales y a los aceites especiales que podían imitar el olor de cualquier lobo.

Se lo expliqué a Harrison.

Le rogué que investigara.

Pero dos guardias habían perdido la vida en una emboscada y los nobles exigían un castigo. Mi compañero decidió creer en aquellas cartas antes que en mí.

Nunca olvidaré cómo me miró.

No había cariño en sus ojos. Solo desconfianza.

Aquella misma mañana, el médico del castillo me había dado una noticia que todavía no había podido compartir con Harrison.

Estaba embarazada.

Quise decírselo durante el juicio, pero cuando escuché que algunos nobles exigían mi ejecución, comprendí que mi bebé también podía estar en peligro.

Si no creían en mi inocencia, ¿por qué creerían que el hijo que esperaba era del rey?

Guardé silencio.

Harrison me quitó mi título, rompió nuestro vínculo y ordenó que me abandonaran en el Bosque de los Pinos Susurrantes.

Salí del castillo con un vestido delgado y sin una sola moneda.

No miré atrás.

Durante semanas caminé entre árboles cubiertos de nieve. Comía lo poco que encontraba y buscaba refugio donde podía.

Una tarde, mis fuerzas se agotaron.

Desperté en una pequeña cabaña, junto a una estufa encendida.

Un hombre mayor estaba sentado a mi lado.

Se llamaba Tobías. Tenía una pierna lastimada, trabajaba como herrero y vivía en una aldea escondida llamada Valle del Roble.

Nunca me preguntó por qué llevaba el emblema real en mi vestido.

Simplemente me ofreció un lugar donde quedarme.

Meses después, durante una noche calurosa, nacieron mis hijos.

No fue uno.

Fueron dos.

Un niño al que llamé Rowan y una niña a la que llamé Freya.

Ambos tenían los mismos ojos grises de Harrison.

Tobías me ayudó a criarlos. Para ellos, aquel hombre era su abuelo.

Pasaron cinco años.

Rowan creció fuerte y protector. Freya era observadora y tenía una facilidad extraordinaria para descubrir cosas que los adultos intentábamos ocultarle.

Los dos heredaron habilidades que no eran normales ni siquiera entre los hombres lobo.

Yo evitaba hablarles de su padre.

Les decía que habíamos encontrado nuestro hogar en el bosque y que no necesitábamos vivir en ningún castillo.

Nuestra vida era sencilla, pero estábamos juntos.

Hasta que llegó la fiebre de la escarcha negra.

La enfermedad se extendió por la aldea y Tobías fue uno de los primeros en caer.

El curandero intentó ayudarlo durante varios días, pero finalmente me explicó que necesitaba un elixir preparado con una flor muy rara.

La flor lunar.

El problema era que aquella planta solamente se conservaba en la botica de la Fortaleza de Hierro.

El lugar al que yo tenía prohibido regresar.

Decidí ir de todos modos.

No podía abandonar al hombre que me había salvado cuando nadie más quiso hacerlo.

Esa noche reuní mis pocos ahorros y preparé una bolsa para el viaje.

No sabía que Freya había escuchado mi conversación con el curandero.

Tampoco sabía que había convencido a su hermano de que ellos podían conseguir la medicina sin ponerme en peligro.

Cuando descubrí sus camas vacías, sentí que el corazón se me detenía.

Seguí sus huellas hasta el camino principal. Allí encontré marcas recientes de una carreta.

Un comerciante que viajaba hacia la capital me confirmó que había visto a dos niños escondidos entre los costales de grano.

Corrí a buscar ayuda y emprendí el camino detrás de ellos.

Tres días después llegué a la fortaleza.

Me cubrí el rostro con una capucha y entré por el patio de los proveedores.

Escuché gritos cerca del salón del trono.

Después, un silencio extraño.

Me acerqué a las puertas entreabiertas.

Mis hijos estaban frente a Harrison.

Rowan exigía el elixir para salvar a su abuelo, mientras Freya sostenía su mano.

Genevieve, que ahora era la reina, ordenó que los retiraran.

Pero Harrison levantó una mano y detuvo a los guardias.

Bajó lentamente de su trono.

Se arrodilló frente a los gemelos y observó sus rostros con una expresión que jamás le había visto.

Luego miró directamente a Freya.

—Pequeña, necesito saber algo. ¿Cómo se llama tu mamá?

Mi hija levantó la barbilla y respondió con toda naturalidad:

—Josefina.

PARTE 2 

Harrison se quedó inmóvil.

Miró a Rowan, después a Freya y finalmente volvió a mirar al niño.

Sus ojos eran idénticos a los de él.

—¿Josefina? —preguntó, casi sin voz.

Freya asintió.

—Vive con nosotros en el bosque. No sabe que vinimos. Solo queremos la medicina para nuestro abuelo.

Genevieve se levantó tan deprisa que su silla cayó hacia atrás.

—¡Saquen a esos niños de aquí!

Dos guardias avanzaron.

Entonces Harrison les ordenó detenerse.

Su voz fue tan poderosa que hasta los nobles bajaron la mirada.

Yo aproveché aquel momento para entrar.

—¡Rowan! ¡Freya!

Mis hijos corrieron hacia mí.

Me arrodillé y los abracé con tanta fuerza que Freya comenzó a llorar.

—No debieron marcharse solos —les dije—. Pudo haberles pasado cualquier cosa.

—No queríamos que te atraparan, mamá —respondió Rowan—. Abuelo necesita la medicina.

Sentí que alguien se acercaba.

Levanté la cabeza.

Harrison estaba a pocos pasos de nosotros.

Habían pasado cinco años desde la última vez que nos vimos.

Su cabello tenía algunas canas y su rostro parecía más cansado.

—Josefina…

Me puse de pie y coloqué a los niños detrás de mí.

—Vine por mis hijos y por un remedio. Después nos iremos.

Él miró a los gemelos.

—¿Son míos?

No tenía sentido seguir ocultándolo.

—Sí. Son tus hijos.

Un murmullo recorrió el salón.

Genevieve comenzó a protestar, pero Harrison no apartaba los ojos de mí.

—¿Por qué nunca me dijiste que estabas embarazada?

Recordé aquella mañana, las cartas falsas y el frío del bosque.

—Porque cuando te dije la verdad, preferiste creerles a todos menos a mí. No iba a arriesgarme a que también me quitaran a mis hijos.

Harrison bajó la mirada.

Antes de que pudiera responder, Freya sacó algo del bolsillo de su abrigo.

Era un pequeño medallón de plata.

—El abuelo nos dijo que se lo entregáramos al rey. Dijo que serviría para conseguir la medicina.

Harrison tomó el medallón y lo abrió.

Su expresión cambió inmediatamente.

En su interior había un antiguo emblema del servicio de investigación real.

—¿De dónde sacaron esto?

—Es del abuelo Tobías —respondió Rowan.

Harrison volvió a mirarme.

—¿Tobías Vanderbilt?

Asentí.

El rey dio un paso atrás.

—Eso es imposible. Vanderbilt desapareció hace seis años. Nos informaron que había fallecido después de enfermar.

—No falleció —respondí—. Apenas logró sobrevivir y escapó al bosque. Allí me encontró cuando me desterraste.

Harrison examinó nuevamente el medallón.

Yo tampoco había conocido toda la historia de Tobías hasta que comenzó su enfermedad.

Antes de trabajar como herrero, había sido investigador de la corona.

Estaba revisando la desaparición de fondos del tesoro real cuando alguien intentó silenciarlo.

Había descubierto que una parte del dinero estaba relacionada con la familia de Genevieve.

Ella retrocedió hacia una puerta lateral.

—No pueden creer semejante historia.

Alistair, el consejero que había presentado las acusaciones contra mí, se acercó al rey.

—Recuerdo esa investigación, majestad. El caso se cerró cuando Vanderbilt desapareció.

Harrison miró a Genevieve.

—¿Qué relación tenía tu familia con aquellos fondos?

—Ninguna. Son acusaciones de una mujer desterrada.

Fue entonces cuando recordé algo que Tobías me había dicho antes de que mis hijos desaparecieran.

Me había hablado de las cartas que utilizaron para condenarme.

—Harrison, todavía conservas aquellos documentos, ¿verdad?

Él asintió.

—Están en los archivos.

—Entonces tráelos. Tobías descubrió algo que nunca pudiste ver.

El rey ordenó que fueran por ellos.

Mientras esperábamos, enviaron al médico real hacia Valle del Roble con el elixir de flor lunar.

Rowan quiso acompañarlo, pero le prometí que regresaríamos juntos en cuanto termináramos allí.

Cuando Alistair volvió con las cartas, Harrison las extendió sobre una mesa.

Eran las mismas que habían destruido mi vida.

Reconocí el sello, la tinta rojiza y la cubierta de cuero.

—No revises solamente las palabras —le dije—. Abre la costura del cuaderno.

Harrison cortó cuidadosamente los hilos que sujetaban las hojas.

Entre el cuero apareció una fibra brillante.

Era seda mezclada con finísimos filamentos de plata.

Alistair la examinó de cerca.

—Esto no se utiliza en los documentos comunes de la fortaleza.

—No —respondí—. Es un material exclusivo de los registros privados de la familia Astor.

La familia de Genevieve.

Freya señaló las letras rojizas.

—Abuelo también nos enseñó esa tinta. Dijo que la preparaban con una receta que solo conocían en la casa de la señora del castillo.

Genevieve dejó de protestar.

Harrison comparó los materiales con un registro familiar que Alistair mandó traer.

Las fibras coincidían.

También coincidía la composición de la tinta.

El sello y mi olor habían sido falsificados, pero quienes prepararon las cartas olvidaron ocultar los materiales con los que las encuadernaron.

Harrison se volvió hacia su esposa.

—¿Tú preparaste aquellos documentos?

Genevieve intentó justificarse.

Dijo que una Omega de una familia menor jamás habría sido aceptada como reina y que ella tenía el linaje necesario para gobernar.

Después admitió que había organizado la falsificación para separarnos.

También reconoció que Tobías había descubierto irregularidades relacionadas con su familia.

No necesitaba escuchar más.

Durante cinco años había vivido convencida de que jamás podría demostrar mi inocencia.

Y ahora la verdad estaba frente a toda la corte.

Harrison ordenó retirar a Genevieve de sus funciones y ponerla bajo custodia mientras se investigaban todos los hechos.

También dispuso que se recuperaran los fondos desviados para compensar a las familias afectadas por la traición.

Su matrimonio con ella quedaría anulado.

Cuando los nobles abandonaron el salón, nos quedamos solos con los niños.

Harrison se acercó lentamente.

Luego se arrodilló frente a mí.

—Te condené sin escucharte. Te dejé sola cuando más me necesitabas. No hay forma de justificar lo que hice.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—No puedo recuperar esos cinco años, Josefina. Pero quiero conocer a mis hijos. Quiero hacer lo que debí hacer desde el principio.

Lo observé durante unos segundos.

Una parte de mí todavía recordaba al hombre al que había amado.

Pero también recordaba las noches en que abrazaba a mis bebés mientras el viento entraba por las rendijas de nuestra cabaña.

—No voy a fingir que nada pasó —le dije—. Ya no soy aquella mujer que esperaba que tomaras todas las decisiones por ella.

Harrison asintió.

—Lo sé.

—Si vuelvo a este castillo, no será porque necesito que me protejas. Será porque yo lo decida. Y no aceptaré que vuelvas a juzgarme sin escucharme.

—Tendrás el mismo poder que yo. Gobernaremos juntos, si eso es lo que quieres.

Miré a Rowan y Freya.

Mi hijo estaba observando a Harrison con una curiosidad que no podía disimular.

Freya se acercó y me tomó de la mano.

—Mamá, ¿entonces él es nuestro papá?

Me arrodillé frente a ella.

—Sí, mi amor.

Harrison también se agachó.

No intentó abrazarlos inmediatamente.

Esperó.

Rowan fue el primero en acercarse.

—¿Vas a ayudar al abuelo Tobías?

—Ya envié la medicina —respondió Harrison—. Y me aseguraré de que reciba toda la atención que necesite.

Mi hijo extendió su pequeña mano.

Harrison la estrechó con cuidado.

Fue el principio.

No de una reconciliación inmediata, sino de algo que tendríamos que construir con paciencia.

Aquella noche permanecimos en el castillo mientras esperábamos noticias.

Al amanecer, un mensajero llegó desde Valle del Roble.

El médico había administrado el elixir a Tobías.

La fiebre comenzaba a bajar.

Por primera vez en varios días pude respirar tranquila.

Semanas después regresé a la fortaleza, esta vez por voluntad propia.

Harrison reconoció públicamente a Rowan y Freya como sus hijos y me devolvió mi título. Yo exigí que mi autoridad no dependiera únicamente de ser su compañera, y él aceptó establecerla formalmente ante el consejo.

Tobías se recuperó y vino a vivir cerca de nosotros.

Mis hijos siguieron llamándolo abuelo.

Y Harrison nunca volvió a pedirles que dejaran de hacerlo.

Una tarde, mientras caminábamos por los jardines, Freya me hizo una pregunta.

—Mamá, si papá era el rey, ¿por qué vivíamos tan lejos?

Miré hacia las enormes murallas de piedra.

Después miré a Harrison, que caminaba unos pasos detrás de nosotros con Rowan.

—Porque a veces las personas necesitan perder algo muy importante para comprender lo que hicieron mal.

Freya reflexionó unos segundos.

—Entonces qué bueno que fuimos por la medicina.

Sonreí y le acaricié el cabello.

Ella creía que había salvado a su abuelo.

Todavía no comprendía que, con aquella pequeña nota que dejó sobre nuestra mesa, también había cambiado el destino de toda nuestra familia.

Y cada vez que vuelvo a mirar las puertas del salón del trono, recuerdo algo que jamás olvidaré:

El mismo lugar donde me quitaron todo fue donde mis hijos me devolvieron la oportunidad de elegir mi propia vida.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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