El Rey Alfa Enterró a Sus Dos Hijos… Tres Días Después, una Omega Desconocida Apareció con Ellos Vivos y Reveló la Traición Más Terrible del Castillo
El Rey Alfa Enterró a Sus Dos Hijos… Tres Días Después, una Omega Desconocida Apareció con Ellos Vivos y Reveló la Traición Más Terrible del Castillo

PARTE 1
El rey alfa había enterrado a sus dos hijos hacía tres días. Por eso, cuando una desconocida apareció frente al castillo cargando a los pequeños entre sus brazos, los guardias pensaron que estaban viendo una aparición.
Pero los cachorros respiraban.
Y lo más inquietante era que aquella mujer llevaba unas marcas plateadas en las muñecas que hicieron que todos los lobos se inclinaran ante ella.
Nadie imaginaba que el verdadero peligro estaba dentro del castillo.
En el reino de Valleescarcha, el invierno parecía no terminar nunca.
Aquella mañana, Kalin permanecía frente a dos pequeñas tumbas cubiertas de nieve. Aster y Rowan, sus únicos hijos, habían partido apenas unos días antes.
Su madre, Saraphene, había fallecido años atrás. Desde entonces, el rey había criado a los pequeños con ayuda de toda la manada.
Aster era tranquilo y observador. Rowan, en cambio, siempre encontraba alguna forma de escaparse de sus cuidadores.
Ambos habían desaparecido mientras jugaban cerca del jardín del castillo.
Según los guardias, siguieron unas huellas extrañas que brillaban sobre la nieve y se perdieron entre los árboles del bosque prohibido.
Los encontraron esa misma noche, inmóviles bajo un pino, rodeados de espinas oscuras.
Mea, la curandera del reino, descubrió que las espinas contenían un veneno desconocido.
Intentó salvarlos durante horas, pero ninguno respondió a sus tratamientos.
Sin embargo, había algo que no lograba entender: los cuerpos de los pequeños conservaban un poco de calor, incluso después de que sus corazones parecieran haberse detenido.
Quiso investigar más, pero Veric, el consejero de mayor confianza del rey, ordenó preparar inmediatamente el entierro.
Kalin estaba demasiado destrozado para cuestionarlo.
Tres noches después, los guardias de la entrada norte observaron una figura que avanzaba con dificultad entre la nieve.
Era una joven omega.
Caminaba descalza, llevaba la ropa rasgada y protegía dos pequeños bultos debajo de su capa.
Cuando uno de ellos se movió, los guardias quedaron paralizados.
Una diminuta pata apareció entre las mantas.
Después se escuchó un gemido.
La mujer cayó de rodillas y pidió hablar con el rey.
Cuando Kalin llegó, reconoció inmediatamente a sus hijos.
Se acercó temblando, pero la desconocida le pidió que no los tocara todavía.
Se llamaba Ara.
Explicó que había encontrado a los pequeños cerca de un árbol antiguo y que un musgo especial estaba frenando el veneno que aún permanecía en sus cuerpos.
Los había llevado hasta un manantial escondido bajo la montaña antes de regresar al castillo.
Kalin no sabía si creerle.
Veric insistió en que aquella desconocida podía representar una amenaza.
Pero Mea examinó a los cachorros y confirmó que estaban vivos. Débiles, sí, pero recuperándose.
Aquella noche, mientras Ara cuidaba a los niños, la curandera encontró un libro antiguo en los archivos reales.
Contenía el dibujo de una mujer con las mismas marcas plateadas que Ara tenía en las muñecas.
Pertenecían a los curanderos de la luna, un linaje que supuestamente había desaparecido siglos atrás.
Según el libro, sus integrantes podían detener ciertos venenos y proteger vidas que parecían perdidas.
También mencionaba un manantial sagrado que solo despertaba cuando dos descendientes reales estaban en peligro.
Ara reconoció la descripción.
Su madre le había enseñado a curar animales y preparar remedios, pero siempre le prohibió acercarse a ese manantial.
Al día siguiente, llevó a Kalin y a Mea hasta el lugar donde había encontrado a sus hijos.
Debajo de las raíces de un enorme árbol descubrieron algo imposible.
Había dos piedras pequeñas.
Eran las mismas que habían colocado junto a las tumbas de Aster y Rowan.
Los cachorros no habían llegado allí por accidente.
Alguien los había sacado de sus sepulturas.
Kalin ordenó investigar inmediatamente.
Pero antes de que pudieran encontrar respuestas, la cabaña de Ara apareció envuelta en llamas.
Los soldados enviados por Veric habían llegado hasta allí poco antes del incendio.
Ara perdió los libros, las hierbas y casi todas las pertenencias que conservaba de su madre.
Aun así, regresó al castillo porque los niños todavía necesitaban sus cuidados.
Esa noche, Rowan despertó y dibujó con su pequeña pata un símbolo sobre el suelo.
Mea lo reconoció de inmediato.
Era la marca de los Colmillos de Sombra, una antigua hermandad que había intentado apoderarse del manantial lunar.
Kalin ordenó vigilar todas las entradas del castillo.
Entonces descubrió que el colgante de plata que había pertenecido a Saraphene había desaparecido de sus aposentos.
Siguiendo el rastro de su magia, encontró una escalera oculta detrás de la antigua sala del trono.
Ara y Mea lo acompañaron hasta una caverna subterránea.
Allí estaba Veric.
Sostenía el colgante de Saraphene sobre el manantial, cuya agua comenzaba a oscurecerse.
Kalin desenvainó su espada y exigió una explicación.
Su consejero no intentó escapar.
Al contrario, sonrió.
—Tus hijos nunca debieron regresar, Kalin. Yo mismo me aseguré de que fueran enterrados.
PARTE 2
El agua comenzó a burbujear bajo el colgante.
Kalin sintió que el suelo temblaba.
Veric dio un paso hacia atrás y dejó de fingir.
Confesó que había colocado las espinas en el bosque para atraer a los cachorros. Su intención era debilitarlos con el veneno y hacer que su padre perdiera toda esperanza.
Después había ordenado trasladarlos desde sus tumbas hasta las raíces del árbol antiguo.
Necesitaba que su sangre real permaneciera cerca del manantial.
—¿Por qué mis hijos? —preguntó Kalin, con la voz quebrada.
Veric señaló el agua oscura.
El manantial lunar era una fuente de magia antigua. Durante siglos había protegido a las manadas del norte, pero solo respondía plenamente a la sangre de la familia real y al poder de los curanderos de la luna.
Veric quería corromperlo para utilizar su magia y someter a todas las manadas.
Había esperado años para conseguirlo.
Por eso también había ordenado destruir la cabaña de Ara. Su linaje era el único capaz de revertir lo que estaba haciendo.
Ara observó las marcas que comenzaban a brillar en sus muñecas.
Por primera vez entendió las advertencias de su madre.
No eran simples historias antiguas.
Aquella magia existía.
Y estaba a punto de desaparecer.
Veric arrojó el colgante al agua.
Un estruendo recorrió la montaña.
Las paredes de la caverna comenzaron a agrietarse y una corriente oscura se extendió por el manantial.
Kalin intentó detenerlo, pero su antiguo consejero escapó por un pasadizo.
Desde arriba llegaron los aullidos de los guardias.
Los Colmillos de Sombra habían aparecido frente al castillo.
Mientras Kalin regresaba para proteger a su manada, Ara y Mea permanecieron junto al manantial buscando una forma de salvarlo.
La curandera abrió nuevamente el manuscrito.
Descubrieron que la magia del pozo estaba conectada con las vidas de los cachorros. Si desaparecía por completo, el veneno que Ara había logrado contener volvería a afectarlos.
Ara comprendió que debía actuar.
Regresó por Aster y Rowan y los llevó hasta una cámara protegida debajo de la montaña.
Los pequeños dormían envueltos en el musgo que los había mantenido con vida.
Cuando Ara acercó sus manos al agua, una luz plateada apareció frente a ella.
En su interior distinguió la figura de una mujer vestida con una túnica antigua.
La mujer le mostró imágenes de los primeros guardianes del reino.
Ara vio al primer rey alfa junto a una curandera de la luna. Entre ambos sostenían a dos pequeños lobos mientras el manantial resplandecía.
Entonces comprendió algo que los libros no explicaban.
El manantial no necesitaba que alguien entregara su vida.
Necesitaba que dos personas de linajes distintos confiaran completamente la una en la otra.
Un alfa dispuesto a compartir su responsabilidad.
Una omega dispuesta a aceptar ayuda.
Y dos vidas reales que unieran sus poderes.
Ara miró a los cachorros.
Había encontrado la respuesta.
Pero cuando se volvió para buscar a Kalin, escuchó unos pasos detrás de ella.
Veric había regresado por otro pasadizo.
Antes de que pudiera reaccionar, el consejero levantó una barrera oscura que la empujó lejos de los pequeños.
Después tomó a Aster y Rowan.
—Esta vez nadie va a arrebatármelos —murmuró.
Ara intentó acercarse, pero la barrera se lo impidió.
Veric avanzó hacia el centro del manantial.
Rowan comenzó a gemir.
Aster extendió una pata hacia su hermano.
Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Las marcas plateadas aparecieron sobre el pelaje de ambos cachorros.
Cuanto más se acercaban al agua oscura, más intensamente brillaban.
La magia que Veric pretendía controlar estaba rechazándolo.
Un fuerte golpe sacudió la entrada de la cámara.
Kalin apareció entre el polvo y las piedras desprendidas.
Había conseguido contener a los atacantes con ayuda de su manada y había regresado al sentir que sus hijos estaban en peligro.
Al verlos en brazos de Veric, se lanzó hacia él.
La barrera oscura lo hizo retroceder.
Ara aprovechó aquel instante para acercarse a Aster.
El cachorro estiró sus patitas y ella consiguió sujetarlo.
Rowan permaneció con Veric.
Kalin estaba a punto de atacar nuevamente cuando Ara lo detuvo.
—No podemos vencerlo de esa manera. Necesito que confíes en mí.
El rey miró a su hijo.
Todo su instinto le decía que debía recuperarlo por la fuerza.
Durante años había creído que proteger a su familia significaba enfrentar cada peligro por su cuenta.
Pero recordó cómo Ara había llegado al castillo sin pedir nada a cambio.
Recordó que había regresado a cuidar a sus hijos incluso después de perder su hogar.
Y decidió escucharla.
Kalin se acercó a ella y bajó la cabeza.
Ara colocó una mano sobre su hombro.
Aster extendió una pata hacia Rowan.
El pequeño respondió desde los brazos de Veric.
Entre ambos apareció un hilo de luz plateada.
La oscuridad comenzó a abrirse.
Veric intentó sujetar a Rowan con mayor fuerza, pero el resplandor lo obligó a retroceder.
Kalin recuperó al cachorro y lo llevó junto a su hermano.
Cuando los cuatro estuvieron reunidos, el manantial reaccionó.
Sobre su superficie aparecieron imágenes del pasado.
La manada entera pudo verlas a través del antiguo vínculo que compartían los lobos.
Vieron a Veric colocando las espinas en el bosque.
Lo vieron ordenando que sacaran a los cachorros de sus tumbas.
También descubrieron que había enviado a los soldados responsables del incendio de la cabaña.
Sus mentiras quedaron expuestas.
Los lobos que habían seguido sus órdenes comprendieron que los había engañado.
La magia oscura desapareció de sus manos.
Veric intentó escapar, pero los guardias cerraron el paso.
Kalin pudo haberse dejado llevar por la rabia.
Sin embargo, ordenó que lo desarmaran y lo mantuvieran bajo custodia para responder por sus actos.
Su antiguo consejero había perdido el poder que tanto deseaba.
Pero el verdadero peligro todavía no había terminado.
El manantial continuaba oscureciéndose.
Ara sintió que las piernas comenzaban a fallarle.
Las marcas de sus muñecas estaban desapareciendo.
Mea comprendió que la magia de la joven había estado sosteniendo la vida de los cachorros desde que los encontró.
No podría hacerlo por mucho más tiempo.
Kalin la sostuvo antes de que cayera.
—Dime qué necesitas.
Ara levantó la mirada.
—Que entres conmigo.
Le explicó lo que había visto en la visión.
Debían acercarse juntos al centro del manantial, llevando a los pequeños entre ambos.
No podían saber qué ocurriría si fallaban.
Kalin miró a sus hijos.
Después tomó la mano de Ara.
Entraron lentamente en el agua plateada.
Durante unos segundos no sucedió nada.
El silencio era tan profundo que podían escuchar la respiración de los cachorros.
Entonces Aster abrió los ojos.
Rowan levantó la cabeza.
Una pequeña onda de luz apareció bajo sus patas y comenzó a extenderse por todo el manantial.
La oscuridad retrocedió.
Las grietas de las paredes dejaron de crecer.
Ara sintió que el frío abandonaba su cuerpo.
Las antiguas marcas de sus muñecas desaparecieron y, en su lugar, apareció una pequeña luna creciente.
Mea se llevó las manos a la boca.
El manantial había aceptado a Ara como su nueva guardiana.
Y los niños estaban finalmente fuera de peligro.
Cuando Kalin salió de la caverna con Aster y Rowan en brazos, la nieve había dejado de caer.
Los lobos se acercaron lentamente.
Nadie sabía qué decir.
Entonces Aster estornudó.
Rowan respondió con un pequeño gruñido, como si su hermano lo hubiera despertado.
Por primera vez en varios días, la manada volvió a reír.
Kalin miró a Ara.
Ella estaba agotada, pero sonreía.
El rey quiso agradecerle todo lo que había hecho, aunque ninguna palabra le parecía suficiente.
Ara solo le pidió una cosa.
Quería un lugar tranquilo donde pudiera continuar cuidando a los animales enfermos y a quienes necesitaran su ayuda.
Kalin mandó reconstruir su cabaña y también le ofreció una pequeña casa cerca de los jardines del castillo.
Ara eligió quedarse en esta última.
Con el tiempo, su casa se convirtió en un refugio al que llegaban lobos heridos, cachorros abandonados y viajeros que necesitaban atención.
Kalin nunca volvió a impedir que una omega ejerciera como curandera por su posición dentro de la manada.
Y poco a poco, entre él y Ara nació un cariño que ninguno de los dos había esperado.
Cuando llegó la primavera, el rey llevó a sus hijos hasta la colina donde estaban sus pequeñas tumbas.
Ara los acompañó.
La nieve se había derretido y las primeras flores blancas comenzaban a crecer entre las piedras.
Aster y Rowan dejaron unas flores sobre sus propias sepulturas.
Kalin decidió conservarlas.
No quería olvidar lo cerca que había estado de perderlos ni a la mujer que había caminado sola durante una tormenta para devolverles la vida.
Pasaron los años.
Aster se convirtió en un joven lobo tranquilo, mientras Rowan conservó su carácter inquieto, aunque finalmente aprendió a regresar antes del anochecer.
Ara se quedó junto a Kalin y los pequeños, y la manada comenzó a llamarla la Guardiana de la Luna.
Nunca necesitó una corona.
Una noche de invierno, la familia volvió a subir a aquella colina.
Los dos hermanos levantaron la cabeza y aullaron hacia el cielo.
Uno a uno, los lobos del valle respondieron.
Ara observó la pequeña luna creciente de su muñeca y tomó la mano de Kalin.
Muy por debajo de ellos, el manantial lunar seguía brillando.
Y sobre la colina permanecían dos tumbas vacías que recordaban algo que nadie en Valleescarcha volvió a olvidar:
A veces, cuando todo un reino ha perdido la esperanza, basta con que una sola persona se niegue a abandonar a quienes todavía pueden ser salvados.