El Rey Alfa encontró a una desconocida durmiendo en su guarida de lobo; su bestia se negó a despertarla.

El Rey Alfa encontró a una desconocida durmiendo en su guarida de lobo; su bestia se negó a despertarla.

 

PARTE 1

Desperté dentro de una cueva y lo primero que vi fue un lobo negro gigantesco acostado alrededor de mi cuerpo.

Su hocico estaba a centímetros de mi cuello.

Tenía los ojos dorados abiertos.

Pero lo más extraño era que no parecía querer atacarme.

Parecía estar cuidándome.

Me llamo Beatriz Villaseñor y hasta aquella noche yo creía que los hombres lobo eran historias que los habitantes de la Sierra Madre contaban para mantener a los curiosos lejos de ciertas montañas.

Tres días antes iba camino a mi boda.

Mi padre había acordado mi matrimonio con Rodrigo Salvatierra, un terrateniente riquísimo que había aparecido meses atrás ofreciendo pagar nuestras deudas y proteger las rutas comerciales de nuestra familia.

Yo nunca quise casarme con él.

Pero tampoco imaginé de qué estaba escapando realmente.

Nuestro carruaje fue interceptado en un camino cubierto de nieve.

Mis escoltas huyeron o desaparecieron durante la confusión.

Yo conseguí subir a uno de los caballos y entré al bosque.

Cabalgé hasta que el animal se asustó y me tiró.

Después seguí caminando.

No sé cuántas horas.

Solo recuerdo el frío.

Entonces vi vapor saliendo de una grieta entre las rocas.

Pensé que había encontrado una cueva termal.

Había una especie de brillo frente a la entrada.

Cuando extendí la mano, desapareció.

Entré.

Fue lo último que recuerdo antes de quedarme dormida sobre unas pieles calientes.

Ahora tenía frente a mí un animal que parecía más grande que un caballo.

Me moví hacia atrás.

El lobo se levantó.

Pensé que había cometido mi último error.

Entonces ocurrió algo todavía más imposible.

Su cuerpo comenzó a cambiar.

Segundos después, delante de mí había un hombre alto, de cabello oscuro, lleno de antiguas cicatrices y con los mismos ojos dorados.

Se cubrió con una túnica que estaba junto a las pieles.

—¿Quién eres?

Su voz hizo eco en la cueva.

Le di mi nombre.

Cuando mencioné mi apellido, su expresión cambió.

Después me dijo quién era él.

Darío Montenegro.

Rey Alfa de Nochealta, un territorio oculto entre las montañas que las comunidades humanas evitaban desde hacía generaciones.

La cueva era su santuario privado.

Nadie podía entrar.

Según él, unas barreras antiguas debieron haberme detenido.

Le expliqué lo del brillo.

Darío se quedó completamente inmóvil.

—¿Lo tocaste?

—Sí.

—¿Y simplemente te dejó pasar?

Asentí.

Parecía más preocupado por eso que por encontrar una desconocida durmiendo en su propia cama.

Me preguntó de quién estaba huyendo.

Le hablé de Rodrigo.

Por primera vez vi verdadera alarma en su rostro.

Rodrigo Salvatierra no era solamente un hombre rico.

Era primo de Darío.

También era un Alfa expulsado años atrás por intentar tomar el control de Nochealta.

Entonces saqué del bolsillo un sello de hierro que había recogido cerca del carruaje.

Tenía grabado un lobo mordiendo una corona rota.

Darío lo reconoció inmediatamente.

Las personas que habían interceptado mi viaje trabajaban para Rodrigo.

Pero había algo que no entendía.

—¿Por qué atacaría su propio carruaje si yo iba a casarme con él?

Darío me explicó la pieza que faltaba.

Mi familia controlaba legalmente el Paso de Plata, una ruta estrecha entre las montañas.

Era la única entrada por la que un grupo numeroso podía llegar rápidamente hasta Nochealta.

Si Rodrigo conseguía mis derechos sobre esas tierras, podría utilizar el paso.

Mi boda no era una boda.

Era una llave.

Darío me llevó esa misma noche hasta su fortaleza por túneles escondidos.

Una curandera atendió mis heridas.

Después escuché voces detrás de una puerta.

Estaban reunidos Darío, su segundo al mando y un hombre encargado de revisar mensajes secretos.

Habían interceptado una carta dirigida al campamento de Rodrigo.

Me acerqué.

No debía hacerlo.

Pero escuché mi apellido.

La carta explicaba que los hombres enviados al camino sabían exactamente dónde encontrar nuestro carruaje.

Decía que no debían hacerme desaparecer porque todavía necesitaban mi firma para transferir los derechos del Paso de Plata.

También decía que las deudas habían quedado pagadas según lo acordado.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Darío abrió la puerta y me encontró en el suelo.

—Beatriz…

Yo apenas podía mirarlo.

Porque acababa de reconocer la firma al final de la carta.

No pertenecía a Rodrigo.

Y abajo, donde esperaba ver el nombre de un traidor, estaba la firma de mi padre.

PARTE 2

No pude respirar.

Mi padre sabía lo que iba a ocurrir.

No me había enviado a una boda.

Me había enviado directamente a una trampa.

Recordé cómo me había abrazado antes de subir al carruaje.

Cómo me dijo que aquella unión solucionaría los problemas de nuestra familia.

De pronto todo tuvo otro significado.

Darío se arrodilló frente a mí.

Esperé que me preguntara por documentos, rutas o información.

No lo hizo.

Me preguntó si quería que se fuera.

Aquello me desconcertó.

Después de días en los que todo el mundo había decidido mi futuro sin consultarme, el hombre al que más miedo debía tener era el primero que me estaba ofreciendo una elección.

Le pedí que se quedara.

Entonces me explicó algo todavía más extraño.

La barrera de su cueva solamente permitía pasar a dos tipos de personas.

A miembros directos de la familia real.

O a alguien reconocido por la antigua magia como compañero del Alfa reinante.

Pensé que hablaba de una leyenda.

Darío parecía desear que lo fuera.

Me confesó que, cuando me encontró dormida en su santuario, había llegado dispuesto a detener al intruso.

Su lobo interior se había negado.

En lugar de atacarme, se acostó alrededor de mí y no permitió que nadie me despertara durante horas.

—¿Está diciendo que su lobo me eligió?

—Estoy diciendo que reconoció algo antes que yo.

Aquello debería haberme asustado.

En cambio, recordó la única sensación segura que había tenido durante aquellos tres días: despertar rodeada por aquel animal enorme y descubrir que no me había hecho daño.

Darío también dejó claro algo importante.

Que una antigua conexión no significaba que yo le perteneciera.

No decidiría por mí.

Eso me hizo confiar en él más que cualquier promesa.

Después hablamos del Paso de Plata.

Yo había ayudado durante años con las cuentas de mi padre.

Conocía las rutas de suministro.

Sabía qué caminos utilizaban los comerciantes y cuáles quedaban bloqueados después de una tormenta.

Rodrigo pensaba que yo era solamente una firma.

Ese fue su error.

Darío quería enviarme lejos mientras resolvía el problema.

Me negué.

Si mi conocimiento había sido utilizado para construir aquella trampa, también podía utilizarlo para desmontarla.

Revisamos mapas durante dos días.

Descubrimos por dónde llegaban alimentos, caballos y equipo al grupo de Rodrigo.

Los hombres de Darío interceptaron esas rutas sin provocar enfrentamientos innecesarios.

Cuando Rodrigo finalmente avanzó hacia el Paso de Plata, sus propios aliados ya estaban nerviosos.

Entonces Darío hizo algo arriesgado.

Permitió que creyeran que el paso estaba abierto.

Rodrigo entró con sus hombres en el desfiladero.

Encontró a Darío esperándolo.

Yo estaba a su lado.

La expresión de Rodrigo al verme fue casi más reveladora que cualquier confesión.

No estaba preocupado por mí.

Estaba molesto porque algo que consideraba suyo estaba fuera de su alcance.

Me exigió regresar.

Le respondí delante de todos:

—Nunca fui tu propiedad.

Rodrigo se rio.

Entonces Darío anunció que las cartas, los pagos y los planes para apoderarse del paso habían sido descubiertos.

Varios hombres del propio grupo de Rodrigo comenzaron a alejarse.

Muchos habían sido contratados pensando que estaban defendiendo un acuerdo legítimo.

No querían participar en una traición contra el Rey Alfa.

Rodrigo perdió el control.

Intentó desafiar personalmente a Darío.

Los dos cambiaron de forma.

Yo había visto al lobo negro de Darío dormido junto a mí.

Nunca lo había visto enfrentarse a otro Alfa.

No voy a describir aquel combate como las historias que se cuentan en las tabernas.

No fue glorioso.

Fue rápido, aterrador y terminó cuando Darío consiguió derribar a Rodrigo y mantenerlo inmovilizado sobre la nieve.

Sus hombres bajaron las armas.

Darío podía haber terminado todo allí.

No lo hizo.

Ordenó que Rodrigo fuera llevado ante el consejo de las manadas.

Quería que sus actos fueran juzgados y que las pruebas quedaran registradas.

Después caminó hacia mí todavía respirando con dificultad.

Yo fui quien dio el primer paso.

Lo abracé.

No porque la magia dijera que debíamos estar juntos.

Lo abracé porque, desde que me conoció, había tenido varias oportunidades de decidir mi vida por mí.

Y no había tomado ninguna.

La investigación posterior confirmó todo.

Rodrigo había pagado las deudas de mi padre a cambio de mi matrimonio y del control futuro sobre el Paso de Plata.

Cuando temió que yo pudiera negarme antes de firmar, organizó el ataque al carruaje para hacerme llegar a su propiedad bajo otro pretexto.

Mi padre lo sabía.

Eso fue lo más difícil.

Regresé a verlo semanas después.

No grité.

Solo coloqué una copia de la carta sobre su escritorio.

Intentó explicarme que estaba desesperado.

Que nuestra familia podía perderlo todo.

Que pensó que Rodrigo me trataría bien después de la boda.

Le pregunté una sola cosa:

—¿En algún momento me preguntaste qué quería yo?

No pudo responder.

Renuncié a cualquier participación en sus negocios y transferí mi parte del Paso de Plata a un consejo independiente con una condición: ninguna persona volvería a decidir su propiedad o sus derechos mediante un matrimonio.

Después regresé a Nochealta.

Darío nunca me pidió hacerlo.

Creo que por eso lo hice.

Durante meses aprendimos a conocernos sin profecías.

Descubrí que el Rey Alfa al que todos describían como temible odiaba las reuniones largas.

Que tomaba el café demasiado cargado.

Que cuando estaba preocupado caminaba alrededor de la misma mesa hasta desesperar a sus consejeros.

Él descubrió que yo no soportaba que alguien tocara mis mapas sin permiso.

Y también descubrió que podía discutir con un Alfa sin que el mundo se acabara.

La conexión entre nosotros seguía allí.

A veces podía sentir cuando se acercaba incluso antes de verlo.

Pero Darío nunca utilizó aquello como argumento.

Meses después regresamos a la cueva donde nos conocimos.

Me detuve frente a la antigua barrera.

El brillo volvió a aparecer.

Esta vez Darío estaba a mi lado.

—Todavía puedes irte —me dijo.

Me dio risa.

—Siempre me dices eso.

—Porque siempre puedes hacerlo.

Crucé la barrera.

Él entró detrás de mí.

Aquella noche comprendí algo que todavía recuerdo cuando alguien cuenta nuestra historia como si fuera solamente una leyenda sobre el Rey Alfa y su compañera destinada.

La magia pudo haber abierto la entrada de aquella cueva.

Pero no fue la magia la que hizo que me quedara.

Fue descubrir que, después de una vida rodeada de hombres que decidían mi valor por lo que podían obtener de mí, el ser al que todos llamaban bestia fue el primero que me trató como una persona capaz de elegir.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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