El Rey Alfa encontró a sus tres cachorros dormidos sobre una desconocida… y entonces descubrió quién era realmente
El Rey Alfa encontró a sus tres cachorros dormidos sobre una desconocida… y entonces descubrió quién era realmente

PARTE 1
Fenris había buscado a sus tres cachorros durante semanas.
Cuando finalmente encontró la guarida secreta oculta entre las montañas del norte, esperaba encontrar una tragedia.
En cambio, encontró algo imposible.
Ronan, Barg y la pequeña Lira dormían profundamente junto al fuego.
Estaban limpios.
Habían comido.
Y los tres se encontraban acurrucados alrededor de una persona desconocida.
Una joven vestida con ropas de muchacho dormía sobre las pieles, agotada, con una herida en el rostro.
Incluso dormida mantenía un brazo alrededor de Lira.
Como si todavía intentara protegerla.
Fenris se quedó inmóvil.
Dos de sus guardias habían sido sorprendidos por los atacantes.
Había señales de una lucha.
Pero aquella desconocida había conseguido ahuyentar a quienes pretendían llevarse a sus hijos.
Después había encendido el fuego, alimentado a los cachorros con la única comida que llevaba y esperado junto a ellos.
Fenris se arrodilló.
Su hijo Ronan abrió los ojos.
El pequeño lobo vio a su padre…
y volvió a apoyar la cabeza sobre la desconocida.
Fenris casi se sintió ofendido.
Entonces comprendió.
Sus hijos confiaban en ella.
Completamente.
—¿Quién eres? —murmuró.
La joven se movió mientras dormía.
Un mechón de cabello escapó del corte irregular que pretendía hacerla parecer un muchacho.
Fenris observó las vendas ocultas bajo su túnica.
Comprendió la verdad.
No era un chico.
Era una mujer disfrazada.
Su nombre era Alora.
Y meses antes había escapado de una vida que ya no podía soportar.
Su padre, Lord Vorlag, la había criado como si fuera una herramienta.
Cuando era niña, la obligó a entrenar como guerrera porque deseaba haber tenido un hijo.
Cuando creció, decidió utilizarla para cerrar una alianza mediante un matrimonio que ella jamás había elegido.
Así que Alora cortó su cabello, escondió su identidad y huyó hacia el norte.
Trabajó como leñador.
Después terminó como ayudante de cocina en la fortaleza de Fenris.
Todo lo que quería era permanecer invisible.
Pero Alora tenía un problema.
No sabía ignorar a quienes sufrían.
Curaba en secreto a trabajadores enfermos con las hierbas que su madre le había enseñado a utilizar.
Llevaba comida a los animales.
Ayudaba a los sirvientes heridos sin admitir nunca quién había preparado los remedios.
Hasta que una noche escuchó gemidos cerca de una vieja guarida.
Tres pequeños lobos estaban siendo rodeados por dos hombres.
Alora no preguntó quiénes eran.
Solo vio tres criaturas indefensas.
Tomó lo primero que encontró y se interpuso.
Los atacantes esperaban encontrar un pequeño ayudante de cocina aterrorizado.
Descubrieron demasiado tarde que Alora sabía defenderse.
Consiguió hacerlos retroceder.
Después llevó a los cachorros a la guarida.
Les dio su propia comida.
Los limpió.
Los calentó.
Y terminó quedándose dormida entre ellos.
Por eso Fenris la llevó al castillo.
Cuando Alora despertó y descubrió que aquellos tres lobos eran los hijos del Rey Alfa, estuvo segura de que sería castigada.
Pero Fenris hizo algo que nadie había hecho antes.
Le dio protección.
—Salvaste a mis hijos —le dijo—. Ahora yo protegeré tu vida.
Los días siguientes fueron extraños.
Fenris parecía tan frío como las montañas que gobernaba, pero cada vez que llevaba a los cachorros a verla, su máscara se quebraba.
Los pequeños corrían hacia Alora.
Lira se dormía en su regazo.
Ronan mordisqueaba sus mangas.
Incluso Fenris comenzaba a sonreír.
Alora descubrió al hombre escondido detrás del rey.
Había perdido a su compañera años atrás.
Sus hijos eran lo único que le quedaba.
Y Lord Valerius, uno de los miembros más poderosos de su consejo, estaba utilizando el dolor del rey para ganar influencia.
Una tarde Fenris entró en los aposentos de Alora con una expresión distinta.
Se arrodilló delante de ella.
—Mis exploradores descubrieron tu identidad.
Alora dejó de respirar.
—Entonces sabes quién soy.
—Sí.
—¿Vas a devolverme?
Fenris negó.
—Nunca.
Alora sintió alivio.
Hasta que vio la preocupación en sus ojos.
—¿Qué ocurre?
Fenris tomó su mano.
—Tu padre sabe que estás aquí.
El mundo de Alora pareció detenerse.
—No.
—Ya está viajando hacia mi castillo.
—Fenris…
—Valerius le concedió una audiencia ante el consejo.
Los dedos de Alora comenzaron a temblar.
Después de meses huyendo, el hombre del que más miedo tenía había encontrado finalmente su rastro.
Fenris apretó suavemente su mano.
—No permitiré que te lleve.
Pero Alora apenas podía escucharlo.
Porque al otro lado de aquellas murallas…
su pasado acababa de llegar para reclamarla.
PARTE 2
Lord Vorlag entró en la Cámara del Consejo como si todavía fuera dueño de su hija.
Alora estaba junto al trono de Fenris.
Tenía miedo.
Pero no retrocedió.
—Mi pobre hija —dijo Vorlag con falsa preocupación—. Siempre ha sido inestable. Debe regresar conmigo.
Alora sintió el viejo impulso de bajar la cabeza.
Durante años había sobrevivido obedeciendo.
Entonces miró a Fenris.
Él no habló por ella.
Simplemente permaneció a su lado.
Esperando.
Dándole algo que su padre jamás le había dado.
Una voz.
Alora levantó la barbilla.
—Miente.
La sala quedó en silencio.
Vorlag perdió la sonrisa.
—Alora.
—No eres un padre que vino a rescatarme.
Su voz se hizo más firme.
—Eres el hombre del que tuve que escapar.
—¡Te di todo!
—Me diste miedo.
Alora respiró profundamente.
—Me entrenaste porque querías un hijo. Después intentaste usarme para conseguir una alianza. Nunca me preguntaste qué quería.
Vorlag dio un paso hacia ella.
—Eres mi hija.
—No soy tu propiedad.
Fenris se levantó.
Su presencia llenó la sala.
—Basta.
Incluso los miembros del consejo dejaron de respirar.
Fenris descendió los escalones del trono hasta situarse junto a Alora.
—Esta mujer está bajo mi protección.
Valerius intentó intervenir.
—Majestad, quizá debería considerar—
Fenris lo silenció con una mirada.
—He considerado suficiente.
Vorlag fue retirado de la sala y obligado a abandonar cualquier derecho sobre Alora.
Pero mientras se marchaba, ella vio algo en el rostro de Valerius.
No derrota.
Furia.
Aquella noche Fenris visitó a Alora.
—Fuiste valiente.
—Tú me permitiste serlo.
—No.
Fenris negó.
—Siempre lo fuiste.
La distancia entre ellos desapareció lentamente.
Fenris tocó su mejilla.
Alora no se apartó.
Cuando se besaron, no fue porque un rey estuviera reclamando algo.
Fue porque dos personas acostumbradas a vivir detrás de muros habían encontrado, por un instante, alguien ante quien no necesitaban esconderse.
Pero Fenris se alejó repentinamente.
—No puedo.
—¿Por qué?
El Rey Alfa cerró los ojos.
—Mi linaje está maldito.
Alora permaneció en silencio.
Fenris le explicó que los primeros reyes habían recibido un poder extraordinario, pero también una condena.
Cuando un Alfa de su sangre entregaba completamente su corazón a una compañera, una antigua maldición podía despertar y consumir su fuerza vital.
Por eso Fenris había vivido tantos años manteniendo a todos lejos.
Su frialdad no era ausencia de sentimientos.
Era supervivencia.
—Entonces tienes miedo de amarme.
—Tengo miedo de lo que ocurrirá si lo hago.
Alora quiso responder.
No tuvo oportunidad.
Valerius hizo su siguiente movimiento.
Primero Lira dejó de comer.
Después Ronan.
Después Barg.
Los tres cachorros desarrollaron una fiebre extraña.
El médico real no encontraba explicación.
Los remedios de Alora tampoco funcionaban.
Finalmente comprendieron que habían sido envenenados con algo mezclado con magia.
Fenris interrogó a sirvientes, guardias y cuidadores.
Nadie confesó.
Las huellas habían sido borradas.
Y mientras los cachorros empeoraban, Fenris también comenzó a debilitarse.
El vínculo entre el Rey Alfa y sus hijos era profundo.
Alora vio cómo la fuerza desaparecía de sus ojos.
Lo llevó con los cachorros hasta la antigua guarida.
El mismo lugar donde todo había comenzado.
Lira respiraba débilmente.
Ronan apenas podía levantar la cabeza.
Barg permanecía inmóvil junto a su hermano.
Entonces Fenris cayó de rodillas.
—Fenris.
Alora lo sostuvo antes de que tocara el suelo.
Su piel estaba extrañamente fría.
—El vínculo… —murmuró él—. Se está rompiendo.
—No.
Alora lo acostó sobre las pieles.
—No vas a abandonarlos.
Fenris casi sonrió.
—Siempre dando órdenes al rey.
—Y seguiré haciéndolo.
Pero por dentro estaba aterrorizada.
No tenía medicinas.
No tenía un ejército.
No sabía cómo combatir aquella magia.
Así que hizo lo único que recordaba de su madre.
Comenzó a cantar.
Era una melodía sencilla.
La misma que utilizaba para tranquilizar a los cachorros.
La misma que su madre cantaba cuando ella estaba enferma de niña.
Alora cerró los ojos.
—Volved conmigo —susurró—. Todos.
Su mano tocó accidentalmente unas marcas talladas en la piedra bajo las viejas pieles.
Las runas se iluminaron.
Alora dejó de cantar durante una fracción de segundo.
La luz desapareció.
Volvió a hacerlo.
Las runas respondieron.
Esta vez su voz cambió.
Ya no parecía una canción humana.
Las palabras surgieron en un idioma que Alora no conocía.
Pero comprendía su significado.
Vida.
Calor.
Regreso.
La luz plateada recorrió el suelo.
Subió por sus manos.
Envolvió primero a Fenris y después a los cachorros.
El hielo que cubría la piel del rey comenzó a desaparecer.
Su respiración se hizo más profunda.
Lira movió una pata.
Ronan abrió lentamente los ojos.
Alora continuó cantando hasta quedarse sin fuerzas.
Cuando finalmente calló, cayó de rodillas.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces escuchó un pequeño ladrido.
Lira.
Alora comenzó a llorar.
Barg se incorporó.
Ronan intentó caminar hacia ella.
Y detrás de los cachorros…
los ojos de Fenris se abrieron.
Oro brillante.
Vivos.
Se incorporó lentamente.
—¿Qué hiciste?
—No lo sé.
Fenris miró las runas.
Después a ella.
—La Voz de la Vida.
—¿Qué?
—Pensé que era una leyenda.
Fenris se acercó.
Su expresión mezclaba asombro y algo más profundo.
—Las historias hablaban de una mujer cuya voz podría restaurar lo roto y romper la maldición de mi sangre.
Alora sintió que el corazón se detenía.
—¿Estás diciendo…?
Fenris tomó su rostro entre las manos.
—Cuando creí que te perdería, la maldición despertó.
—¿Y ahora?
—Está en silencio.
Los ojos de Alora se llenaron de lágrimas.
Fenris apoyó la frente contra la suya.
—Te amo.
Era probablemente la frase más difícil que aquel rey había pronunciado en siglos.
Alora sonrió entre lágrimas.
—Yo también te amo.
Fenris la besó.
Esta vez ninguno de los dos retrocedió.
Pero todavía quedaba algo pendiente.
Valerius.
Cuando Fenris regresó al castillo con Alora a su lado, encontraron al consejo reunido.
Valerius estaba intentando convencer a los nobles de que el rey estaba demasiado enfermo para gobernar.
La puerta se abrió.
Fenris entró.
Completamente recuperado.
Valerius palideció.
—Majestad…
—Pensaste que mis hijos eran mi debilidad.
Fenris caminó hasta el centro de la sala.
—Pensaste que mi dolor me había vuelto incapaz de ver lo que ocurría bajo mi propio techo.
Miró a Alora.
—Te equivocaste.
Alora observó a Valerius.
Podía sentir algo nuevo dentro de su voz.
La misma fuerza que había usado para sanar.
Pero esta vez no quería reparar.
Quería revelar.
—Confiesa.
Una sola palabra.
Valerius intentó reír.
No pudo.
Su rostro cambió.
Y entonces empezó a hablar.
Confesó haber ordenado el ataque contra los cachorros.
Confesó el veneno.
Confesó que llevaba años aumentando su influencia mientras esperaba que el dolor destruyera a Fenris.
Incluso nombró a quienes lo habían ayudado.
El consejo quedó en silencio.
Valerius había perdido.
Los conspiradores fueron expulsados de sus posiciones.
Sus títulos y poder desaparecieron.
Y el reino dejó de estar gobernado por hombres que confundían la crueldad con la fuerza.
Cuando la primavera llegó al norte, la nieve comenzó a retirarse de las montañas.
Alora estaba en el balcón de los aposentos reales observando los primeros brotes verdes.
Fenris se acercó por detrás y rodeó su cintura.
—¿En qué piensas?
Alora sonrió.
—En mi padre.
Fenris tensó ligeramente los brazos.
—No de esa manera.
Ella apoyó la cabeza contra él.
—Toda mi vida me dijo que mi corazón era mi mayor debilidad.
Fenris giró a Alora para que lo mirara.
—Tu corazón salvó a tres niños que ni siquiera conocías.
Le apartó un mechón del rostro.
—Salvó a un rey demasiado orgulloso para admitir que necesitaba a alguien.
Después sonrió.
—Y salvó un reino entero.
Un ruido caótico llegó desde el interior.
Ronan apareció primero.
Barg detrás.
Lira chocó contra ambos intentando adelantarlos.
Los tres cachorros, completamente recuperados, salieron corriendo hacia Alora.
Ella se agachó riendo.
Lira saltó sobre sus piernas.
Ronan intentó robarle una cinta de la manga.
Fenris observó la escena con una expresión que habría resultado irreconocible para quienes solo conocían al frío Rey Alfa.
Era felicidad.
Alora miró a su alrededor.
Meses atrás había llegado al norte disfrazada de un muchacho porque creía que ser invisible era la única manera de ser libre.
Ahora ya no necesitaba esconderse.
No era la hija inútil de Lord Vorlag.
No era una fugitiva.
No era una propiedad.
Era Alora.
La mujer que había protegido tres pequeñas vidas simplemente porque estaban asustadas y nadie más había aparecido para ayudarlas.
La mujer cuya voz podía devolver esperanza donde otros solo habían dejado miedo.
Fenris le tendió la mano.
Alora la tomó.
Y mientras los cachorros corrían alrededor de ellos bajo el primer sol de primavera, comprendió finalmente algo que había tardado toda una vida en aprender:
su corazón nunca había sido la parte débil de ella.
Había sido, desde el principio, la fuente de toda su fuerza.