El Rey Alfa encontró a sus hijos escondidos bajo el cuerpo de una Omega… Y lo que hizo después cambió sus vidas para siempre

El Rey Alfa encontró a sus hijos escondidos bajo el cuerpo de una Omega… Y lo que hizo después cambió sus vidas para siempre

PARTE 1 

Cuando las flechas comenzaron a caer sobre el jardín, comprendí que no alcanzaría a llevar a los niños hasta el castillo.

Eran los hijos del Rey Alfa. Yo solamente era una Omega, una sirvienta a la que casi nadie miraba a los ojos.

Pero cuando vi que los arqueros apuntaban hacia nosotros, tomé una decisión que cambiaría nuestras vidas.

Me llamo Lira y durante casi dos años trabajé cuidando a Ren y Rowan, los pequeños hijos del rey Draven Ashwood.

En nuestro reino, Veilmoor, ser una Omega significaba ocupar el último lugar dentro de la manada.

Los nobles apenas nos dirigían la palabra. Los guerreros nos consideraban débiles y muchos creían que nuestra única función era obedecer órdenes.

Yo había aprendido a vivir con eso.

Sin embargo, los pequeños príncipes nunca me trataron como una sirvienta.

Para ellos, yo era quien les preparaba el desayuno, les contaba historias antes de dormir y los abrazaba cuando tenían pesadillas.

Su madre había partido años atrás durante una batalla.

Desde entonces, el rey Draven se había convertido en un hombre distante. Cumplía con sus responsabilidades, pero rara vez mostraba lo que sentía.

Conmigo apenas intercambiaba algunas palabras.

No me molestaba. Mientras sus hijos estuvieran felices, yo tenía suficiente.

Aquella mañana, Ren me despertó jalándome suavemente la manga.

—Lira, dijiste que hoy iríamos a ver las mariposas.

Rowan estaba junto a él, con su pequeña manta entre las manos.

Les prometí que saldríamos después de desayunar.

Los dos corrieron emocionados por los pasillos del castillo.

Recuerdo perfectamente aquel día porque todo parecía demasiado tranquilo.

El sol iluminaba las torres de piedra y una brisa fresca movía las flores del jardín.

Los guardias vigilaban las entradas, como siempre.

Aunque llevábamos meses escuchando rumores sobre problemas con la manada vecina de Blackthorn, nadie esperaba un ataque.

Me senté cerca de la fuente mientras los niños jugaban.

Ren perseguía una mariposa amarilla y Rowan recogía pequeñas piedras que quería regalarle a su padre.

Entonces escuché un sonido que nunca había oído tan cerca.

Un cuerno de alarma.

Le siguió otro.

Después comenzaron los gritos.

Me levanté de inmediato.

En lo alto de la muralla oriental aparecieron varias figuras oscuras.

Al principio pensé que eran nuestros guardias.

Pero cuando distinguí sus armaduras, sentí que se me helaba el cuerpo.

Eran guerreros de Blackthorn.

Habían conseguido entrar al castillo.

—¡Niños, vengan conmigo!

Ren y Rowan corrieron hacia mí.

Tomé sus manos y nos dirigimos a la entrada más cercana.

Estábamos a pocos metros de la puerta cuando algo silbó sobre nuestras cabezas.

Una flecha se clavó en el suelo.

Después cayó otra.

Y otra más.

Miré hacia arriba.

Los arqueros enemigos estaban disparando desde la muralla.

No había tiempo para llegar al edificio.

Jalé a los niños hacia la fuente y los escondí detrás de su pequeño muro de piedra.

Me arrodillé frente a ellos.

—Agáchense y no se separen de mí, ¿de acuerdo?

Rowan comenzó a llorar.

Ren me preguntó si su papá vendría a buscarlos.

Le dije que sí.

Pero no sabía si Draven conseguiría llegar hasta nosotros.

Las flechas seguían cayendo.

Una pasó tan cerca de mi cabeza que sentí el aire rozarme la oreja.

Instintivamente me incliné sobre los pequeños, cubriéndolos con mi cuerpo.

Entonces sentí un golpe terrible en el hombro.

Una flecha me había alcanzado.

Quise gritar, pero me mordí los labios.

Si los niños entraban en pánico y trataban de correr, quedarían expuestos.

—¿Te lastimaron? —preguntó Ren.

—Estoy aquí contigo, cariño. No te muevas.

Otra flecha me rozó el costado.

Después sentí un dolor intenso en una pierna.

Mis brazos comenzaron a temblar.

Desde mi posición podía escuchar a los guardias luchando por recuperar el jardín.

Uno de ellos gritó que protegieran a los príncipes.

Pero estaban demasiado lejos.

Yo sabía que no podía levantarme.

Tampoco podía apartarme.

Los niños seguían abrazados debajo de mí.

Rowan escondió el rostro contra mi pecho.

—Tengo miedo, Lira.

Acaricié su cabello.

—Cierra los ojitos. Piensa en el cuento del lobito que aprendió a ser valiente.

No sé cuánto tiempo pasó.

Tal vez fueron unos minutos.

Para mí pareció una eternidad.

De pronto, los disparos comenzaron a disminuir.

Escuché pasos apresurados y una voz profunda que gritaba los nombres de los niños.

Era Draven.

El rey apareció entre los guardias y corrió directamente hacia la fuente.

Cuando me encontró, se arrodilló junto a nosotros.

Nunca lo había visto con aquella expresión.

—¡Ren! ¡Rowan!

Aparté ligeramente los brazos para que pudiera verlos.

Los pequeños salieron de su escondite y se aferraron a su padre.

Estaban asustados, pero ninguno tenía una sola herida.

Draven los revisó rápidamente.

Después volvió la mirada hacia mí.

Intenté sonreír.

—¿Están bien, majestad?

Él asintió, pero no dijo nada.

Me tomó con cuidado entre sus brazos.

En ese momento sentí que las fuerzas me abandonaban.

Escuché que pedía ayuda a los sanadores.

Intenté mantener los ojos abiertos, pero todo comenzó a volverse oscuro.

Lo último que recuerdo fue la voz del sanador principal, que acababa de llegar y examinaba mis heridas.

—Majestad, debemos llevarla adentro de inmediato.

Draven preguntó algo que no alcancé a entender.

Entonces el sanador respondió con una frase que todavía puedo escuchar en mis pesadillas:

—Haremos todo lo posible, pero no puedo prometerle que esta muchacha llegue viva al amanecer.

PARTE 2 

Draven me apretó suavemente contra su pecho.

—Entonces no perdamos ni un segundo —respondió.

Después, todo desapareció.

Cuando recuperé la conciencia, estaba acostada en una habitación que no reconocía.

Una mujer acomodaba unas vendas sobre mi hombro.

Sentía el cuerpo pesado y apenas podía mover las piernas.

Intenté incorporarme.

—Los niños…

La sanadora me pidió que permaneciera acostada.

—Están a salvo, Lira. Su padre los llevó a sus habitaciones.

Quise preguntar algo más, pero el cansancio pudo conmigo.

Volví a cerrar los ojos.

Más tarde supe lo que había sucedido mientras estuve inconsciente.

Draven había permanecido junto a mi cama durante toda la noche.

Los sanadores trabajaron durante horas para atender mis heridas. Algunas eran más complicadas de lo que habían pensado.

Ren y Rowan se negaban a dormir.

Preguntaban constantemente cuándo podrían verme.

Según me contaron, Draven tuvo que prometerles que me llevaría personalmente con ellos cuando estuviera mejor.

También supe algo que me resultó difícil de creer.

El rey había cancelado todas sus reuniones para quedarse conmigo.

Cuando desperté de nuevo, la luz del amanecer entraba por una ventana.

Draven estaba sentado junto a la cama.

Tenía la ropa arrugada y parecía no haber descansado.

Al notar que había abierto los ojos, se inclinó hacia mí.

—Lira, ¿cómo te sientes?

No respondí su pregunta.

—¿Dónde están Ren y Rowan?

Su expresión cambió.

—Durmiendo. Están perfectamente bien.

Sentí un alivio tan grande que comencé a llorar.

Había pasado todo aquel tiempo pensando que quizá no había conseguido protegerlos.

Draven tomó mi mano.

—Mis hijos están aquí gracias a ti.

Bajé la mirada.

—Solamente hice lo que tenía que hacer.

Él permaneció callado unos segundos.

Después dijo algo que jamás esperé escuchar de su boca.

—No, Lira. Hiciste algo que muchos de mis propios guerreros no habrían podido hacer.

Intenté explicarle que cualquier persona que quisiera a aquellos niños habría reaccionado igual.

Pero me interrumpió con suavidad.

—Durante dos años has vivido bajo mi techo y nunca me tomé el tiempo de conocerte.

No sabía qué contestar.

Draven miró hacia la ventana.

—Pensé que cuidar a mis hijos era un trabajo que cualquier otra persona podía hacer. Ayer comprendí lo equivocado que estaba.

Me sorprendió escuchar aquello.

No porque necesitara su reconocimiento.

Sino porque nunca había imaginado que el rey fuera capaz de admitir un error frente a una Omega.

—Majestad, yo no hice nada para recibir una recompensa.

—Lo sé. Y precisamente por eso necesito pedirte perdón.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

El Rey Alfa de Veilmoor me estaba pidiendo perdón.

A mí.

Una muchacha a la que muchos nobles ni siquiera consideraban digna de compartir su mesa.

Draven continuó hablando.

Me contó que, desde la partida de su esposa, había intentado mantenerse ocupado con las responsabilidades del reino.

Había levantado una barrera entre él y las demás personas.

Pensaba que, mientras sus hijos estuvieran bien cuidados, no necesitaba involucrarse demasiado en sus vidas cotidianas.

Pero aquella mañana, cuando entró al jardín y me encontró protegiéndolos, comprendió cuánto había ignorado.

—Ellos te quieren como a alguien de su familia —me dijo—. Y yo ni siquiera sabía cuál era tu comida favorita.

Aquella confesión me hizo sonreír.

—Pan recién horneado con miel, majestad.

Por primera vez desde que lo conocía, Draven soltó una pequeña carcajada.

Mi recuperación fue lenta.

Durante varios días necesité ayuda para caminar.

Los sanadores me prohibieron cargar cosas pesadas y me obligaron a descansar.

Ren y Rowan no entendían por qué no podía salir a jugar con ellos.

Así que comenzaron a visitarme todas las tardes.

Rowan se sentaba junto a mí con sus libros.

Ren me llevaba flores que recogía en el jardín.

Una noche, mientras les leía un cuento, Rowan me hizo una pregunta que me dejó sin palabras.

—Lira, ¿vas a tener que irte cuando te mejores?

Le acaricié la mejilla.

—¿Por qué tendría que irme?

—Porque escuché a una señora decir que las Omegas pueden ser reemplazadas.

Sentí un nudo en la garganta.

Antes de que pudiera responder, alguien habló desde la puerta.

—Lira no se irá a ninguna parte por decisión de otra persona.

Era Draven.

Se acercó a la cama y se sentó junto a sus hijos.

—Y tampoco quiero volver a escuchar que alguien es menos importante por haber nacido Omega.

Ren levantó la cabeza.

—¿Entonces Lira es parte de nuestra familia?

Draven me miró.

—Eso depende de lo que ella quiera.

Los dos niños se abrazaron a mí.

Yo no pude contener las lágrimas.

En las semanas siguientes, noté cambios en el castillo.

Los guardias que antes pasaban junto a mí sin saludar comenzaron a tratarme con respeto.

Algunos nobles se acercaron para agradecerme lo que había hecho.

Draven también empezó a prestar atención a la forma en que se trataba al resto de los Omegas.

Pero lo que más me sorprendió fue su comportamiento conmigo.

Al principio venía para preguntar por mis heridas.

Después comenzó a quedarse a conversar.

Me preguntaba por mi infancia, por mi antigua manada y por las cosas que quería hacer cuando recuperara las fuerzas.

A veces cenábamos juntos mientras los niños nos contaban sus aventuras.

Descubrí que Draven tenía un sentido del humor que casi nadie conocía.

Y él descubrió que yo no siempre estaba de acuerdo con sus decisiones.

Una tarde le dije que los niños necesitaban pasar más tiempo con su padre y menos tiempo rodeados de guardias.

Pensé que se molestaría.

En lugar de eso, me preguntó qué podía hacer para cambiarlo.

Desde aquel día empezó a reservar una parte de cada tarde para ellos.

Volvió a acompañarlos al jardín.

Les enseñó a reconocer las huellas de los animales y escuchaba sus historias antes de dormir.

Poco a poco, aquella enorme residencia comenzó a sentirse como un hogar.

Una tarde, cuando ya podía caminar sin ayuda, Draven me encontró junto a la ventana de mi habitación.

El sol estaba comenzando a ocultarse.

Me preguntó si podía sentarse conmigo.

Asentí.

Durante unos minutos permanecimos en silencio.

Después me tomó la mano.

—He estado pensando en algo desde aquella mañana.

Lo miré.

—¿En qué, majestad?

—En que estuve a punto de perder a alguien que se había vuelto indispensable para mis hijos.

Hizo una pausa.

—Y también para mí.

Sentí que se me aceleraba el corazón.

Draven me explicó que no pretendía que olvidara cómo me había tratado antes.

Tampoco quería que sintiera que le debía algo por haberme cuidado durante mi recuperación.

Solamente deseaba que supiera que su manera de verme había cambiado.

—Quisiera que te quedaras en Veilmoor —me dijo—. No porque sea tu obligación. Quiero que tengas un lugar aquí, con nosotros, si eso es lo que deseas.

Miré hacia el jardín.

Ren y Rowan estaban jugando cerca de la fuente.

Su padre los observó conmigo.

Recordé aquella mañana, el miedo, las flechas y la pequeña voz de Rowan pidiéndome que no lo abandonara.

Entonces comprendí algo.

Nunca había protegido a esos niños para demostrar que una Omega podía ser valiente.

Tampoco lo había hecho para conseguir un lugar junto al rey.

Los había protegido porque los quería.

Y ahora tenía delante de mí la posibilidad de construir una vida junto a las personas que también me querían.

Apreté suavemente la mano de Draven.

—Me gustaría quedarme.

Sonrió.

No como un rey satisfecho con una orden cumplida.

Sino como un hombre que acababa de recibir una respuesta que llevaba mucho tiempo esperando.

Los niños nos vieron desde el jardín y comenzaron a llamarnos.

Draven se levantó y me ofreció su brazo.

Bajamos juntos.

Ren corrió hacia mí con una flor amarilla.

Rowan tomó la mano de su padre.

Por primera vez, los cuatro caminamos por el jardín sin que yo tuviera que seguirlos varios pasos atrás.

Durante toda mi vida me habían enseñado que una Omega debía conocer su lugar. Nunca imaginé que encontraría el mío junto a dos pequeños lobos que jamás necesitaron saber mi rango para quererme.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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