El Rey Alfa encontró a su Luna desaparecida, acostada junto a 9 cachorros que había mantenido vivos toda la noche

El Rey Alfa encontró a su Luna desaparecida, acostada junto a 9 cachorros que había mantenido vivos toda la noche

PARTE 1

Durante tres meses, mi esposo creyó que yo había huido con sus enemigos.

Durante tres meses prohibió que pronunciaran mi nombre en el castillo.

Lo que él no sabía era que yo nunca había escapado.

Mientras me llamaban traidora, yo estaba embarazada, atrapada bajo la nieve y tratando de mantener vivos a sus hijos.

Me llamo Beatriz Holloway.

Yo era la Luna de Iron Ridge y compañera del Rey Alfa Leoric Rutherford.

Nunca fui la mujer más fuerte físicamente de nuestra manada.

No necesitaba serlo.

Sabía escuchar.

Recordaba nombres.

Sabía cuándo una familia necesitaba comida antes de que pidiera ayuda.

Y, por alguna razón, podía hacer que Leoric bajara la voz cuando todo el mundo alrededor de él le tenía miedo.

Cuando supimos que estaba embarazada, los médicos se sorprendieron.

No parecía esperar un solo bebé.

Había varios.

Nadie podía decir exactamente cuántos.

Entonces apareció Julieta Harrington.

Venía de una familia poderosa y llevaba años convencida de que ella debía ocupar mi lugar.

Yo sabía que me odiaba.

Nunca imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

Una noche me llevaron una taza de té antes de dormir.

Después de beberla, empecé a sentirme extraña.

Mi loba quedó casi completamente silenciosa.

Las piernas dejaron de responderme.

Lo último que recuerdo del castillo fue ver a Julieta junto a dos hombres.

Cuando desperté estaba dentro de un carruaje.

Me llevaron hacia Bloodwood, una zona montañosa que nadie visitaba durante el invierno.

Me dejaron cerca de unas cuevas.

Sin caballo.

Sin comida suficiente.

Sin poder regresar fácilmente.

Yo estaba demasiado débil para transformarme.

Y el vínculo con Leoric apenas respondía.

Lo llamé mentalmente durante días.

Nunca llegó.

Mucho después entendí por qué.

Julieta había regresado al castillo con una carta falsificada.

La carta decía que yo temía a Leoric.

Que nunca lo había amado.

Que pensaba entregar nuestros hijos a enemigos del norte.

También había conseguido una capa real manchada y documentos con un sello de mi antigua manada.

Todo parecía encajar.

Demasiado bien.

Pero Leoric estaba herido y furioso.

No investigó.

Me declaró traidora.

Cerró las fronteras.

Y dejó de buscarme.

Yo no sabía nada de eso.

Solo sabía que cada noche hacía más frío.

Aprendí a derretir nieve.

Encontré raíces comestibles.

Utilicé ramas y tela para cerrar una parte de la cueva.

Cuando el viento empeoraba, colocaba mis manos sobre mi vientre y hablaba con mis bebés.

—Un día vamos a salir de aquí.

No sabía si era una promesa o una mentira.

Pasaron semanas.

Después meses.

La tormenta más fuerte llegó la noche en que empezaron las contracciones.

Estaba sola.

Afuera no se veía nada excepto nieve.

No tenía médico.

No tenía fuego suficiente.

Y apenas podía caminar.

Pero mis hijos decidieron nacer.

Uno.

Después otro.

Y otro.

Perdí la cuenta durante horas.

Cuando terminó, tenía nueve pequeñas criaturas conmigo.

Nueve.

Arranqué tiras de mi vestido.

Los envolví.

Los coloqué juntos contra mi cuerpo.

Dormía apenas unos minutos porque tenía miedo de que dejaran de respirar.

En el castillo, mientras tanto, la mentira de Julieta comenzó a romperse.

Un antiguo guardia de su familia confesó antes de desaparecer que ella había ordenado drogarme y fabricar la carta.

Cuando Arthur, el Beta de Leoric, llevó aquella confesión al rey, todo cambió.

Leoric comprendió que el silencio del vínculo no significaba que yo lo hubiera roto.

La sustancia que me dieron también podía bloquear temporalmente esa conexión.

Por primera vez en tres meses intentó sentirme de verdad.

Muy lejos del castillo, dentro de mi cueva, sentí algo.

Un pequeño tirón en el pecho.

Leoric.

Intenté responder.

No tenía fuerzas.

Pero aparentemente fue suficiente.

Horas después escuché golpes detrás de las piedras que bloqueaban parte de la entrada.

Pensé que estaba imaginándolo.

Luego alguien gritó mi nombre.

Reconocí aquella voz inmediatamente.

Leoric.

Las piedras comenzaron a moverse.

Entró con una antorcha.

Cuando me vio, cayó de rodillas.

Yo estaba demasiado cansada para hablar.

Él pensó que había llegado tarde.

Después acercó el oído a mi pecho.

Escuchó mi corazón.

Y entonces uno de mis bebés hizo un pequeño ruido debajo de mi brazo.

Leoric levantó lentamente la tela.

Contó una vez.

Volvió a contar.

Después me miró con los ojos llenos de lágrimas.

Bajo mi cuerpo había nueve hijos suyos, y los nueve seguían respirando.

PARTE 2

Bajo mi cuerpo había nueve hijos suyos, y los nueve seguían respirando.

Leoric parecía incapaz de comprenderlo.

Yo tampoco sabía cómo lo había conseguido.

Solo sabía que todavía tenía que mantenerlos calientes.

Él se quitó inmediatamente el manto y nos cubrió.

Después llamó a Arthur y a los demás.

No recuerdo bien el viaje de regreso.

Despertaba unos segundos.

Veía nieve.

Escuchaba voces.

Sentía el calor de alguien sujetándome.

Luego volvía a perderme.

Los nueve bebés viajaron protegidos contra el pecho de los guardias para conservar temperatura.

Yo regresé al castillo en brazos del mismo hombre que durante meses había creído que yo era su enemiga.

Durante tres días los médicos apenas me dejaron sola.

El veneno seguía en mi organismo.

Estaba desnutrida.

Casi no podía levantar los brazos.

Mis hijos, increíblemente, estaban mucho mejor.

Cinco tenían el pelo oscuro del linaje de Leoric.

Cuatro eran muy claros, como mi familia Ashborne.

La cuarta noche desperté de golpe.

No sabía dónde estaba.

Solo recordaba la cueva.

—Mis hijos.

Intenté levantarme.

Entonces vi la gran cuna cerca del fuego.

Nueve pequeños cuerpos dormían juntos.

Respiré.

Y Leoric se acercó.

Cuando su mano tocó mi hombro, retrocedí.

No pude evitarlo.

Durante tres meses había esperado que él me encontrara.

Durante tres meses había sentido cómo nuestro vínculo parecía apagarse mientras yo sobrevivía sola.

Ahora mi cuerpo reaccionaba antes que mi cabeza.

—No me toques.

Leoric se quedó quieto.

Después se arrodilló junto a la cama.

Me contó que sabía todo.

El té.

La carta falsa.

Los hombres de Julieta.

La confesión.

Me pidió perdón.

Yo lo escuché.

Pero no era suficiente.

—No investigaste.

Bajó la mirada.

—Lo sé.

—Yo te llamaba.

Su respiración cambió.

—Todas las noches.

Leoric cerró los ojos.

—Pensé que ese dolor era mío.

—Era mío.

No gritamos.

Eso lo hizo peor.

Le dije que no sabía si podía volver a confiar en él.

Él no me pidió que lo perdonara.

Solo dijo que primero corregiría lo que había permitido.

Julieta fue detenida y llevada ante el consejo.

Yo pedí que existiera un juicio.

No quería que Leoric decidiera su destino únicamente por rabia.

Durante la investigación descubrimos que Julieta no había actuado completamente sola.

Su hermano Reginald había financiado a los hombres que me sacaron del castillo.

Su familia esperaba que yo desapareciera y que Julieta pudiera ocupar mi lugar.

También sabían que mis hijos podrían unir dos antiguos linajes.

Eso explicaba parte de su desesperación.

Cuando el consejo empezó a reunir pruebas, Reginald intentó entrar al castillo con varios hombres leales a su familia.

Su objetivo era sacar a Julieta y destruir los documentos.

También llegaron hasta el ala médica donde estaban mis bebés.

Yo apenas podía caminar.

Aun así me coloqué delante de la cuna.

No pensaba permitir que alguien volviera a decidir qué ocurriría con mis hijos.

Entonces pasó algo que nadie esperaba.

Los nueve bebés abrieron los ojos al mismo tiempo.

Brillaron de color plateado.

Una ráfaga de energía recorrió la habitación.

Las ventanas vibraron.

Una espada que uno de los hombres sostenía cayó al suelo.

Hasta Leoric se quedó inmóvil.

Aquella magia no pertenecía al linaje Rutherford.

Venía de mi familia.

Ashborne.

Un linaje que todos consideraban menor porque hacía generaciones que nadie manifestaba su antigua habilidad.

Los médicos reales por fin entendieron por qué habían hablado de un nacimiento extraordinario.

Mis hijos no eran especiales por ser hijos del Rey Alfa.

Eran especiales por llevar también mi sangre.

Reginald y sus hombres fueron detenidos.

La conspiración terminó.

Julieta perdió sus títulos y fue apartada del reino.

Las propiedades utilizadas para financiar el plan pasaron a ayudar a las familias afectadas durante aquel invierno.

Pero para mí el problema más difícil seguía siendo Leoric.

Él empezó a cambiar cosas sin pedirme nada a cambio.

Revocó mi acusación públicamente.

Restituyó mi nombre.

Ordenó una revisión de las reglas que permitían condenar a alguien basándose únicamente en documentos sin comprobar su origen.

Y, sobre todo, dejó de comportarse como si nuestro vínculo significara que yo tenía obligación de volver con él.

Durante varias semanas solo entraba a mi habitación si yo se lo permitía.

Cuidaba a los niños.

Aprendió cuál lloraba cuando tenía hambre.

Cuál solo quería dormir sobre el pecho de alguien.

Cuál parecía odiar las mantas.

Una noche lo encontré dormido en una silla junto a la cuna con tres bebés encima.

Me quedé mirándolo.

Ese era el hombre que yo había amado.

Pero también era el hombre que me había fallado cuando más lo necesitaba.

Ambas cosas podían ser verdad al mismo tiempo.

—Leoric.

Despertó inmediatamente.

—¿Ocurre algo?

—Tenemos que hablar.

Se puso de pie.

Le expliqué mis condiciones.

Si permanecía como Luna, mi autoridad no dependería de su favor.

Ningún miembro del consejo podría acusar a una persona sin una investigación independiente.

Julieta sería juzgada por la ley, no por venganza.

Y él jamás volvería a utilizar nuestro vínculo como sustituto de la confianza.

Leoric aceptó.

—¿Eso significa que me perdonas?

—No.

Su rostro cambió.

—Significa que estoy observando lo que haces después de pedir perdón.

Durante las semanas siguientes cumplió.

No perfectamente.

Pero cumplió.

El invierno terminó.

Tres semanas después de mi rescate salimos al balcón real.

Abajo había miles de miembros de la manada.

Yo llevaba a uno de los bebés en brazos.

Los demás estaban detrás de nosotros en una enorme cuna protegida del frío.

Leoric no habló primero.

Me miró.

Esperó.

Yo asentí.

Entonces anunció públicamente que las acusaciones contra mí habían sido falsas.

Que había fallado como rey al aceptar evidencia sin comprobarla.

Y que yo no estaba junto a él porque él me hubiera “recuperado”.

Estaba ahí porque yo había decidido quedarme.

Después sostuvo mi mano.

No la apretó.

No tiró de mí.

Solo esperó.

Fui yo quien entrelazó nuestros dedos.

Los nueve bebés comenzaron a hacer pequeños ruidos al mismo tiempo.

La multitud se rio.

Yo también.

Durante meses pensé que sobrevivir a aquella cueva sería la parte más difícil.

Me equivocaba.

Sobrevivir fue solo el principio.

Lo realmente difícil fue regresar sin convertirme nuevamente en la mujer que confiaba sin hacer preguntas.

Aquel invierno me quitó muchas cosas.

Pero también me enseñó algo que jamás olvidé:

el amor puede pedir una segunda oportunidad; la confianza tiene que ganársela.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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