El rey alfa eligió a la princesa falsa… hasta que la verdadera reina apareció en plena batalla
El rey alfa eligió a la princesa falsa… hasta que la verdadera reina apareció en plena batalla

El día que Cedric eligió a su futura reina, yo estaba encerrada bajo el salón, escuchando cómo le entregaba mi destino a otra mujer.
Ella llevaba un vestido dorado y una media luna falsa en el cuello.
Yo tenía las manos sucias, la ropa hecha jirones y un veneno que llevaba años apagando a mi loba.
Pero cuando nuestras miradas se cruzaron, el lobo del rey vaciló.
Esto ocurrió durante el invierno de 1244, cuando el clan de la Melena Plateada controlaba los territorios del norte. Su joven rey, Cedric Hastings, necesitaba encontrar a la Luna profetizada. Su manada sufría una antigua maldición: los herederos no sobrevivían y sus guerreros estaban perdiendo fuerza.
Según una profecía, la mujer nacida bajo la luna de sangre podría unir a los clanes y sanar el linaje de Cedric. La señal era una marca en forma de media luna en la base del cuello.
La heredera legítima de la casa Lancaster era Amalia, hija del difunto duque Arturo. Su madre había muerto al darla a luz, y su padre volvió a casarse con Catalina, una mujer fría que llegó acompañada de su propia hija, Beatriz.
Cuando Arturo murió en un accidente de caza, Amalia tenía quince años. Catalina tomó el control de la casa y encontró la manera de mantenerla oculta: la encerró en los cuartos del servicio, bajo el manor, y obligó a beberle cada mañana una mezcla preparada por un alquimista renegado. Llevaba ceniza de plata y apagaba la esencia de Amalia. Su loba no podía manifestarse; para los demás, ella parecía una muchacha débil y sin linaje.
Luego llegó Cedric con cincuenta guardias. Su presencia hizo que los lobos de la casa Lancaster bajaran la cabeza. Desde una ventana enrejada, Amalia sintió que algo dentro de ella despertaba. El vínculo fue inmediato. Doloroso. Inconfundible.
Él era su compañero.
Pero Catalina ya había preparado a Beatriz. Con magia de sangre, el alquimista le había marcado el cuello con una imitación perfecta de la media luna. Además, Beatriz llevaba un relicario con un mechón de cabello de Amalia, impregnado con un aceite encantado que proyectaba una versión distorsionada de su aroma.
Cuando Cedric entró al gran salón, Beatriz se presentó como la princesa profetizada. El rey sintió una atracción poderosa y creyó que era el vínculo que tanto necesitaba. En ese mismo instante, Amalia consiguió escapar de los sótanos y llegó tambaleándose al salón.
Cedric ya colocaba un anillo de compromiso en la mano de Beatriz.
Amalia lo miró. Cedric se quedó quieto apenas un segundo, como si su lobo hubiera reconocido algo que su mente no alcanzaba a entender.
Beatriz se interpuso enseguida. Dijo que Amalia era una sirvienta desequilibrada que fantaseaba con ser noble. Cedric, confundido por el engaño, ordenó que se la llevaran. Beatriz fingió compasión y pidió conservarla como dama de compañía.
No era compasión. Quería obligarla a presenciar su nueva vida desde la sombra.
Amalia fue llevada encadenada a la capital. Durante meses vio a Cedric presentar a Beatriz ante la manada como su Luna. Y cada vez que él la llamaba “mi reina”, el vínculo rechazado le atravesaba el pecho como una herida que no podía cerrar.
Mientras tanto, la manada empeoraba. Las cosechas se perdían, los guerreros sanaban despacio y Cedric despertaba de pesadillas sin saber qué le faltaba. Un enemigo antiguo, Reginaldo Croft, esperó a que el reino estuviera debilitado. En otoño de 1245 cruzó el río con tres mil guerreros y entró a la capital por una puerta traicionada.
La ciudad ardía cuando Cedric salió a defenderla. En el palacio, Beatriz solo pensaba en escapar con el tesoro. Mandó preparar su carruaje y exigió que los guardias la escoltaran por un paso secreto, dejando atrás a las mujeres y los niños.
Amalia se plantó frente a la puerta del refugio. Le advirtió que, si la falsa reina huía, la manada perdería lo poco que le quedaba de esperanza.
Beatriz le cruzó la cara de una bofetada y escapó.
Aquella mañana, entre el caos del ataque, Amalia no había recibido su dosis de veneno. La sangre que le corrió por la mejilla empezó a humear. Muy lejos, en la plaza, el lobo de Cedric estaba a punto de caer bajo las garras de Reginaldo.
Entonces un rugido sacudió la ciudad.
Y desde los arcos llenos de humo del palacio, algo blanco comenzó a bajar las escaleras.
PARTE 2
El lobo que apareció entre el humo era enorme, de pelaje blanco como la nieve recién caída. Sus ojos dorados iluminaron la plaza y la media luna de su cuello ardió con una luz antigua.
Los guerreros de ambos bandos se quedaron inmóviles.
Cedric estaba en el suelo, herido y apenas consciente. En cuanto sintió la presencia de Amalia, su cuerpo empezó a sanar. El vínculo verdadero, sofocado durante meses, lo golpeó con una fuerza que no pudo confundir.
Reginaldo se recuperó primero. Ordenó a sus mejores combatientes que subieran las escaleras. Amalia no retrocedió. Su rugido volvió a retumbar contra los muros y los guerreros de Hastings, que hasta entonces se sentían agotados, recuperaron fuerzas. El enlace de la manada se encendió con ella.
La batalla cambió de rumbo.
Amalia avanzó con una precisión que sorprendió incluso a los soldados más curtidos. Había aprendido a soportar el dolor sin mostrarlo y a observar a quienes la rodeaban para encontrar sus puntos débiles. Cada vez que derribaba a un enemigo, la manada de Cedric parecía recuperar un poco más de vida.
Reginaldo entendió que la victoria se le escapaba. Dejó a sus hombres y se lanzó directamente contra ella. Su tamaño era imponente, pero Amalia anticipó el ataque y lo desvió. La lucha los llevó hasta el muro de la catedral.
Mientras tanto, Beatriz huía en un carruaje cargado de oro y joyas. Creía que bastaba con alcanzar el paso de montaña para desaparecer. Pero el capitán Julián Vance, jefe de la guardia interna, bloqueó el camino.
Julián había servido a la familia Lancaster muchos años atrás. Recordaba quién era la heredera legítima. Semanas antes también había encontrado los diarios del alquimista, con pruebas del engaño y del veneno.
—El camino está cerrado, alteza —dijo al abrir la puerta del carruaje.
Beatriz le ordenó que se apartara. Insistió en que era la reina. Julián no discutió con ella: la sacó del carruaje y la llevó de vuelta a la ciudad para que respondiera por lo que había hecho.
En la plaza, Reginaldo terminó derrotado. Al ver caer a su líder, los guerreros de Ironclaw abandonaron las armas y huyeron.
La ciudad quedó en silencio, salvo por los incendios y las voces de los heridos.
Amalia se acercó a Cedric. Bajo la luz de la luna volvió a su forma humana. Seguía usando la ropa rota con la que había llegado al palacio; tenía el rostro cubierto de polvo y sangre seca. El rey se levantó con dificultad y extendió la mano, pero no intentó tocarla.
—Elegiste una ilusión —dijo ella—. Era brillante y fácil. Nunca buscaste la verdad.
Cedric miró la marca en su cuello. Comprendió por fin lo que su lobo había reconocido desde el primer momento.
—Me equivoqué. No espero que me perdones. Solo quiero pasar el resto de mi vida reparando lo que hice.
Julián llegó con Beatriz, que forcejeaba y gritaba que Amalia le había tendido una trampa. Sin el hechizo, Cedric pudo percibir su verdadero aroma: el de la codicia y el aceite alquímico que había servido para mantener oculta a su compañera.
El rey ordenó que la encerraran en las viejas celdas bajo la fundición, los mismos pasadizos donde Amalia había pasado parte de su juventud. Antes de que se la llevaran, Catalina también fue arrestada. Los diarios del alquimista y los testimonios de los sirvientes confirmaron que madre e hija habían planeado usurpar el lugar de Amalia.
La reconstrucción tomó meses. Amalia pasó tanto tiempo en las enfermerías como en las reuniones del consejo. Usó su fuerza para ayudar a los heridos y su inteligencia para reorganizar una corte que llevaba demasiado tiempo acostumbrada a obedecer a Beatriz.
Cedric no le pidió que olvidara. Aprendió a escucharla y a gobernar a su lado. El vínculo entre ambos seguía ahí, pero ya no podía borrar lo ocurrido. Amalia no le ofreció perdón de un día para otro.
Una noche, mientras contemplaban las luces que volvían a encenderse en la ciudad, Cedric le preguntó por qué lo había salvado.
—No salvé al hombre que me dejó en una celda —respondió ella—. Salvé a la manada. Y al líder que todavía puedes llegar a ser.
Durante el año siguiente, Amalia recuperó las tierras Lancaster y ayudó a frenar una revuelta en las provincias vecinas. En lugar de enviar un ejército, escuchó las quejas de sus gobernantes, negoció acuerdos y les mostró que su fuerza podía protegerlos en lugar de someterlos.
La paz regresó. En 1246, durante la coronación, Amalia rechazó los vestidos de seda y oro que le ofrecieron. Eligió una túnica blanca bordada con la media luna de su nacimiento y se colocó junto a Cedric.
La gente se inclinó ante los dos, pero las miradas se quedaron en ella: la heredera a quien habían escondido, y que había regresado para salvar un reino que no la había protegido.
Beatriz desapareció de los registros oficiales. Amalia, en cambio, se aseguró de que la historia verdadera quedara escrita en los archivos: no para celebrar una venganza, sino para que nadie pudiera volver a decidir quién merecía una corona basándose en una mentira.