El Rey Alfa creía que su esposa embarazada estaba dormida, pero ella escuchó la verdadera razón por la que él se había casado con ella.
El Rey Alfa creía que su esposa embarazada estaba dormida, pero ella escuchó la verdadera razón por la que él se había casado con ella.

PARTE 1
Nunca imaginé que la puerta de madera de roble del salón de estrategia sería el lugar donde mi mundo se rompería para siempre.
Aquella noche, en el castillo de Dunhold, yo no era una reina temida ni la esposa del poderoso Rey Alpha Declan. Solo era una mujer embarazada de ocho meses que buscaba a su esposo porque sentía que algo no estaba bien.
Durante meses había creído vivir un cuento de hadas.
Declan había llegado a mi vida cuando mi familia estaba al borde de perderlo todo. Yo era la hija de un pequeño señor de una tierra olvidada, con más orgullo que riquezas. Él, en cambio, era el hombre más poderoso del reino, un guerrero respetado por todos.
Cuando se arrodilló frente a mí y me ofreció su mano, pensé que el destino me había elegido.
Me hizo sentir especial. Me llenó de regalos, me protegió de las dificultades y, cuando le dije que esperábamos un hijo, vi lágrimas en sus ojos.
Creí que esas lágrimas eran de felicidad.
Esa noche, mientras mi mano descansaba sobre mi vientre, le susurré a mi bebé:
—Tu padre es un buen hombre.
Pero algo dentro de mí sentía una extraña inquietud.
Declan llevaba semanas distante. Pasaba largas horas encerrado con sus consejeros, hablando de antiguas profecías, problemas en las fronteras y secretos que nunca compartía conmigo.
Decidí ir a buscarlo.
Caminé por los pasillos fríos del castillo, sosteniendo mi pesado vientre mientras el viento golpeaba las ventanas de piedra. El olor de madera quemada y del perfume de Declan seguía en el aire, guiándome hasta el ala oriental.
Entonces vi la puerta.
Estaba ligeramente abierta.
Una luz dorada escapaba por la pequeña abertura. Sonreí pensando que simplemente estaba trabajando demasiado y que podría convencerlo de volver a descansar conmigo.
Pero antes de tocar la puerta, escuché una voz.
No era la voz cariñosa que conocía.
Era la voz de Beatrice, la sacerdotisa suprema del reino.
—La alineación de las estrellas está cerca, mi rey. El eclipse llegará pronto. El niño está creciendo exactamente como esperábamos.
Sentí que mi corazón se detenía.
¿Por qué hablaban de mi hijo como si fuera algo que les perteneciera?
Me acerqué lentamente a la puerta y escuché otra voz.
La de Declan.
Pero no era el hombre que me abrazaba por las noches.
Era fría. Calculadora.
—Adelaide nunca sospechó nada —dijo él—. Confió en cada palabra que le dije.
Mis manos comenzaron a temblar.
El hombre que yo amaba estaba hablando de mí como si fuera una pieza de un plan.
—Ha sido la esposa perfecta —continuó Declan—. Nunca preguntó demasiado. Nunca imaginó la verdadera razón por la que la elegí.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Luego escuché las palabras que destruyeron todo lo que creía saber.
Beatrice explicó que, durante el eclipse, realizarían un antiguo ritual para utilizar el poder de mi sangre y despertar a alguien del pasado.
Alguien llamada Genevieve.
El nombre cayó sobre mí como una tormenta.
Todos en el reino conocían esa historia. Genevieve había sido el gran amor de Declan, la mujer que desapareció años atrás y cuya pérdida lo había cambiado para siempre.
Entonces entendí la verdad.
Yo nunca fui su destino.
Solo fui el medio para recuperar a otra persona.
Me llevé una mano a la boca para evitar llorar, pero entonces escuché algo aún peor.
—¿Y qué ocurrirá con ella después del ritual? —preguntó Gideon, el general de confianza del rey.
Hubo un silencio.
Un silencio demasiado largo.
Y después Declan respondió con una tranquilidad que jamás olvidaré:
—Cuando todo termine, Adelaide ya no será necesaria.
Mi cuerpo quedó completamente inmóvil.
En ese instante comprendí que el hombre que dormía a mi lado cada noche no estaba esperando el nacimiento de nuestro hijo por amor.
Estaba esperando el momento exacto para arrebatarme todo.
Y entonces escuché sus pasos acercándose a la puerta.
PARTE 2
No tuve tiempo para pensar.
El instinto de una madre fue más fuerte que mi miedo.
Retrocedí lentamente, intentando controlar mi respiración mientras las voces dentro de la sala se acercaban.
Si me descubrían allí, no tendría ninguna oportunidad.
Me escondí detrás de un antiguo tapiz del pasillo justo cuando la puerta se abrió.
Gideon salió primero.
Sus ojos recorrieron el corredor oscuro.
Por un instante pensé que me había encontrado.
Pero después negó con la cabeza.
—No hay nadie aquí.
Declan salió detrás de él.
Durante unos segundos vi al hombre que había amado. El mismo rostro que había besado mi frente, la misma mirada que tantas veces había buscado al despertar.
Pero ahora solo veía a un extraño.
Escuché sus últimas palabras antes de marcharse:
—Debemos mantener la ilusión hasta el eclipse.
La ilusión.
Así llamaba a nuestro matrimonio.
Esa noche regresé a nuestra habitación antes que él. Me acosté en silencio y fingí dormir.
Cuando llegó, sentí cómo se acercaba.
Su mano acarició mi cabello.
Después colocó su brazo alrededor de mi cuerpo y sobre mi vientre.
Mi hijo se movió al sentirlo.
Durante años había pensado que ese gesto representaba amor.
Ahora solo sentía miedo.
Pero no podía reaccionar.
No todavía.
Porque una verdad había nacido dentro de mí junto con mi hijo:
No podía enfrentar a un rey poderosa siendo solo una esposa traicionada.
Tenía que convertirme en alguien que él nunca esperara.
Durante los siguientes días fingí no saber nada.
Sonreí cuando Declan entraba en la habitación.
Acepté sus palabras dulces.
Escuché sus promesas.
Pero mientras él creía tener el control, yo comenzaba a construir mi propia estrategia.
Tenía tres semanas antes del eclipse.
Tres semanas para salvar a mi hijo.
Tres semanas para descubrir aliados.
Y tres semanas para demostrar que la mujer que él consideraba débil era mucho más peligrosa de lo que imaginaba.
Mi primera decisión fue buscar a alguien que conociera las verdaderas reglas del poder.
Alguien que no temiera enfrentarse al rey.
Por eso envié un mensaje secreto al comandante Garrick, un antiguo guerrero expulsado por Declan años atrás.
Muchos lo consideraban un rebelde.
Yo lo consideraba la única persona capaz de ayudarme.
Cuando finalmente llegó su respuesta, solo había una señal:
Una pluma roja.
El acuerdo estaba hecho.
Mientras tanto, descendí hasta las antiguas cámaras bajo el castillo y encontré la sala donde Beatrice preparaba el ritual.
Allí descubrí la prueba que necesitaba.
No era una simple ceremonia.
Era un plan cuidadosamente preparado durante años.
Encontré el cristal donde mantenían el vínculo con Genevieve y comprendí que Declan había construido toda mi vida alrededor de una mentira.
No destruí el cristal.
Todavía no.
Porque ese objeto era la única forma de obligarlo a revelar la verdad frente a todo el reino.
La noche de mi escape llegó con una fuerte tormenta de nieve.
Los guardias apenas podían ver a través del viento helado.
Con la ayuda de mis aliados, logré salir del castillo llevando conmigo la prueba de la traición del rey.
Cuando llegué al bosque del norte, una figura apareció entre la nieve.
Era Garrick.
El antiguo comandante me miró en silencio.
Esperaba encontrar una reina asustada.
Pero encontró a una mujer que ya no tenía nada que perder.
—Pensé que vendría buscando protección —dijo él.
Apreté el cristal contra mi pecho y respondí:
—No vine a esconderme.
Miré hacia el castillo lejano.
—Vine a recuperar mi vida.
Días después, cuando el eclipse cubrió el cielo con una luz extraña, Declan llegó pensando que encontraría a una esposa derrotada.
Pero encontró algo completamente diferente.
Encontró a una reina rodeada de aliados, nobles y pruebas de sus secretos.
Por primera vez, vi miedo en sus ojos.
Subí al muro de piedra y sostuve el cristal frente a todos.
—Este hombre no me eligió por amor —declaré—. Me eligió porque creyó que podía usarme.
El silencio cayó sobre el reino.
Declan intentó negar mis palabras.
Pero ya era demasiado tarde.
Los nobles habían escuchado la verdad.
El pueblo había descubierto el engaño.
Y el rey que pensaba controlar mi destino finalmente comprendió algo:
Nunca fui una pieza de su juego.
Siempre fui la persona que podía cambiarlo todo.