EL OMEGA CANTÓ EL HIMNO PROHIBIDO… Y EL REY ALFA ROMPIÓ FILAS

EL OMEGA CANTÓ EL HIMNO PROHIBIDO… Y EL REY ALFA ROMPIÓ FILAS

PARTE 1

Los grilletes llevaban cuatro días arrancándole la piel de las muñecas. Cada paso hacía que la sangre descendiera por sus dedos y cayera sobre el barro helado.

Diecisiete prisioneros omega avanzaban encadenados hacia el campo de ejecución de Ashan Moor. Sable era la número doce.

A un lado caminaba Orin, un anciano enfermo cuyos pulmones se llenaban lentamente de líquido. Al otro, un muchacho de catorce años con las lágrimas congeladas sobre las mejillas. Sable sostuvo su mano para impedir que el miedo lo derrumbara.

El ejército del rey alfa marchaba a ambos lados del camino. Sus armaduras negras y sus rostros impenetrables recordaban a los condenados quién dictaría la sentencia.

Cael Blackthorn, conocido como el Rey Lobo, había conquistado cinco territorios. Se decía que nunca mostraba piedad y que presenciaba personalmente cada ejecución.

Sable había decidido que no suplicaría.

Su antigua manada la había entregado por practicar medicina sin autorización, negarse a una asignación reproductiva y utilizar supuestos dones prohibidos. Sin embargo, el crimen que realmente había sellado su destino había sido enseñar a leer a los niños omega.

Un cuerno sonó en la distancia.

—El rey ha llegado —susurró Orin.

El muchacho comenzó a temblar. Sable apretó sus dedos y, sin comprender por qué, abrió la boca.

Una canción surgió de su garganta.

No conocía la melodía ni entendía las palabras. Pertenecían a una lengua extinguida siglos atrás, pero su sangre parecía recordarlas. El canto hablaba de guerra, de vínculos y de lobos que regresaban a casa.

Los prisioneros levantaron la cabeza.

Los soldados perdieron el ritmo.

—¡Silencio! —ordenó un teniente.

Sable continuó cantando.

El oficial tiró de sus cadenas y la golpeó en el rostro. La piel de su mejilla se abrió, pero la canción se hizo más profunda. La tierra pareció vibrar bajo sus pies y varios soldados retrocedieron como si aquella voz hubiera tocado directamente a sus lobos.

Entonces la formación se abrió.

Un lobo negro gigantesco avanzó entre los soldados. Las cicatrices plateadas atravesaban su pelaje y sus ojos ardían como ámbar fundido.

Todos los guerreros se arrodillaron.

Era Cael Blackthorn.

El rey se detuvo frente a Sable. Su canto cambió por sí solo, convirtiéndose en una invocación que parecía buscarlo únicamente a él.

El enorme lobo bajó la cabeza.

De su garganta nació una vibración que respondió a la melodía.

Algo despertó detrás de las costillas de Sable. Durante veintitrés años le habían dicho que no poseía loba, que estaba incompleta. Pero ahora aquella criatura olvidada golpeaba desde dentro, desesperada por alcanzar al rey.

Una palabra apareció en su mente.

Compañero.

Cael se transformó. El lobo dio paso a un hombre enorme, cubierto de cicatrices, con el cabello negro cayendo sobre unos ojos que no se apartaban de ella.

Primero miró sus muñecas destrozadas.

Después vio la sangre fresca en su mejilla y los nudillos manchados del teniente que la había golpeado.

La presión de su dominio cayó sobre el camino. Centenares de soldados dejaron de respirar.

El rey avanzó lentamente hasta quedar frente a Sable.

—¿Quién la encadenó? —preguntó.

Nadie respondió.

Cael volvió la mirada hacia el teniente.

—¿Y quién se atrevió a golpear a mi compañera?

PARTE 2

El teniente retrocedió, pero Cael lo sujetó por el cuello y lo levantó del suelo con una sola mano.

—Majestad… estaba desobedeciendo las órdenes.

—La golpeaste.

—Se contuvo —intervino Sable con la voz debilitada—. Pudo romperme la mandíbula y eligió no hacerlo.

Cael la observó largamente. La furia no desapareció de sus ojos, pero finalmente dejó caer al oficial.

—Recibirás veinte latigazos por no haber encontrado otra manera de cumplir tu deber. Agradece que ella haya hablado por ti.

El teniente se arrodilló y aceptó la sentencia.

Cael se acercó a Sable. Tomó los grilletes entre las manos y el hierro crujió hasta partirse. Después rompió el resto de la cadena, liberando también a Orin y al muchacho.

—¿Cuál es tu nombre?

—Sable.

—¿Quién ordenó tu ejecución?

Ella intentó responder, pero la fiebre y el agotamiento vencieron sus últimas fuerzas. Cayó hacia delante y Cael la recibió entre sus brazos.

—Está ardiendo —rugió—. ¡Traigan al médico!

—Majestad, sigue siendo una condenada —se atrevió a señalar uno de los oficiales.

La mirada de Cael bastó para hacerlo callar.

—Desde este momento quedan suspendidas todas las ejecuciones fronterizas. Cada caso será revisado personalmente.

Sable despertó muchas horas después en la tienda privada del rey. Sus muñecas estaban limpias y cubiertas con vendas. El doctor había drenado las infecciones y tratado la neumonía que empezaba a invadir su pulmón izquierdo.

Cael seguía sentado junto a la cama.

—Los demás prisioneros —preguntó ella.

—Han sido alimentados y atendidos. Orin está recibiendo tratamiento. El muchacho ya no figura en ninguna lista de ejecución.

Sable lo miró sin comprender.

—¿Por qué haces todo esto?

—Porque mi lobo te reconoció en el instante en que cantaste.

Ella negó con la cabeza.

—No tengo loba. El alfa de Iron Ridge me examinó cuando tenía dieciséis años. Dijo que estaba incompleta.

Cael se inclinó hacia ella.

—Tu alfa se equivocó o te mintió. Ese canto pertenece al linaje Sangre Lunar, los primeros sanadores de nuestra especie.

Le explicó que aquellos lobos podían detener hemorragias, combatir infecciones y reparar huesos utilizando la energía de su propia loba. También podían cantar en la lengua antigua y calmar a lobos descontrolados.

El linaje había desaparecido hacía dos siglos, después de que antiguos reyes encadenaran a sus sanadores y los utilizaran para mantener ejércitos prácticamente invencibles.

Los supervivientes aprendieron a ocultarse. Ante la presión de un alfa, sus lobos no respondían atacando, sino retirándose y quedando dormidos.

—Eso fue lo que ocurrió durante tu examen —concluyó Cael—. Tu loba se escondió para protegerte.

Sable recordó entonces a su padre, sus historias sobre la sangre que nunca olvidaba y su misteriosa desaparición.

—¿Qué quieres de mí?

—Que elijas.

La respuesta la sorprendió.

—El vínculo existe, pero no te obligaré a completarlo. Puedes marcharte cuando estés recuperada. Tendrás protección y recursos para comenzar una nueva vida.

—¿Y si decido quedarme?

—Entonces aprenderemos juntos qué eres realmente.

Sable cerró los ojos y comenzó a cantar.

La melodía llenó la tienda. Cael se sentó en el suelo junto a la cama y apoyó la cabeza contra el colchón. Por primera vez, el temido Rey Lobo pareció completamente en paz.

Sable se quedó.

Durante los días siguientes ayudó al doctor Edric a tratar a los prisioneros. Orin empezó a recuperarse y el muchacho se convirtió en mensajero del hospital de campaña.

El teniente que la había golpeado, Garrett, recibió su castigo y después solicitó servir como guardia personal de Sable.

Entonces llegó una delegación de Iron Ridge.

La encabezaba Vera Hale, hermana del alfa Damon Hale. Exigía que Sable regresara para completar su condena.

Cael la recibió delante de sus comandantes.

—Encadenaron a una mujer indefensa, la obligaron a caminar descalza durante cuatro días y pretendían decapitarla por enseñar a leer a unos niños. ¿A eso lo llaman justicia?

Vera guardó silencio.

Sable percibió el miedo detrás de su postura autoritaria.

—Los cargos fueron ordenados por mi hermano —confesó finalmente—. Damon no tolera nada que no pueda controlar.

Vera reveló que Bren, una antigua asistente del hospital, había reconocido el linaje de Sable años atrás. Intentó sacarla de Iron Ridge, pero Vera tuvo miedo de enfrentarse a su hermano y se negó a ayudar.

—Bren murió y yo seguí obedeciendo —admitió—. Incluso firmé tu sentencia.

Sable recordó la flor de hojas plateadas que Bren había depositado una vez en su mano. Ella había cultivado sus semillas en una lata, dentro del oscuro almacén donde pasó tantos años.

Elfwort, la planta asociada a los sanadores Sangre Lunar.

Bren siempre había sabido la verdad.

Cael ordenó que Damon Hale se presentara ante él para responder por sus abusos. Después tomó la mano vendada de Sable y la condujo por el campamento, permitiendo que todos vieran que ya no era una prisionera.

Pero el reino se encontraba al borde de una guerra.

Corbus Ashvale, heredero de una dinastía derrocada, había reunido a tres manadas fronterizas y miles de soldados. Cael se preparaba para enfrentarlo cuando el primer ataque cayó sobre el campamento.

La tienda médica se llenó de heridos.

Sable colocó las manos sobre una soldado que se desangraba por un profundo corte en las costillas. Sintió despertar completamente a su loba.

El calor brotó de sus palmas.

La hemorragia se detuvo. Los músculos desgarrados comenzaron a unirse y la herida se cerró lentamente hasta convertirse en una cicatriz rosada.

—Traigan al siguiente —ordenó Sable.

Salvó a siete soldados aquella noche.

Cada curación consumía parte de sus fuerzas, pero ninguno de aquellos hombres murió. Cuando Cael regresó de la batalla con cuatro cortes profundos en el hombro, Sable también lo curó.

—No vuelvas a vaciarte de esa manera —le pidió él—. Si tu corazón se detiene, el vínculo intentará detener el mío.

Antes de que pudieran recuperarse, tres lobos de Ashvale irrumpieron en la tienda médica para secuestrarla.

Garrett derribó al primero.

Sable lanzó una ola de energía contra el segundo. Cuando el tercero saltó hacia ella, el canto de guerra salió de su garganta como un arma.

El atacante quedó paralizado en el aire.

Su cuerpo cayó al suelo y regresó involuntariamente a su forma humana.

Cael llegó poco después. Al comprobar que Sable estaba ilesa, miró al prisionero y comprendió lo sucedido.

—Corbus ya sabe que eres Sangre Lunar —dijo—. Ahora vendrá personalmente.

El ejército de Ashvale apareció frente al campamento bajo un cielo gris. Tres mil guerreros esperaban detrás de Corbus.

Sin embargo, el viejo comandante levantó una bandera blanca.

Sable acompañó a Cael hasta el lugar de la tregua.

—El linaje Sangre Lunar vive —dijo Corbus al verla.

—Intentaste secuestrarla —respondió Cael—. Dame una razón para no terminar esta guerra aquí mismo.

Corbus miró sus propias manos. Un ligero temblor las recorría.

—Mi gente está enferma.

Explicó que miles de lobos Ashvale padecían una extraña enfermedad. El vínculo entre sus cuerpos humanos y sus lobos se debilitaba hasta romperse. Algunos perdían la capacidad de transformarse. Otros enloquecían.

Había intentado negociar, pero durante meses sus mensajes fueron ignorados o interceptados.

—Cuando escuché rumores sobre una sanadora Sangre Lunar, la desesperación pudo más que mi honor —admitió—. Ordené que la trajeran. Responderé por ese crimen, pero antes te ruego que salves a mi gente.

Sable pidió que trajeran a una loba enferma.

Una joven de veinte años se acercó caminando con dificultad. Cuando Sable tomó sus muñecas, pudo percibir el vínculo roto en su interior, como dos hilos separándose.

Cerró los ojos y cantó.

Su poder limpió lentamente la oscuridad que impedía que la parte humana y la loba se reconocieran. La joven jadeó y las lágrimas descendieron por sus mejillas.

—Puedo sentirla otra vez.

Se transformó en una loba gris y corrió sobre la nieve con la alegría de alguien que acababa de recuperar una mitad perdida de su alma.

Corbus cayó de rodillas.

La guerra terminó sin otra batalla.

Ashvale renunció a sus pretensiones territoriales y entregó a los responsables del ataque. A cambio, se creó un centro de curación dirigido por Sable, protegido conjuntamente por ambos ejércitos.

Damon Hale llegó creyendo que podría negociar. En cambio, perdió su rango y fue sometido a juicio por las condenas ilegales y los abusos cometidos contra los omegas.

Vera pidió trabajar bajo la autoridad de Sable para reparar parte del daño que había permitido.

Poco después, Cael encontró a Sable descansando en su tienda.

—Quiero darte autoridad sobre todos los hospitales y tribunales que involucren a omegas —le dijo—. Pero antes necesito preguntarte algo.

Por primera vez, el Rey Lobo parecía inseguro.

—Sable, ¿aceptarías ser mi compañera y mi Luna? No porque el vínculo lo exija, sino porque tú lo deseas.

Ella tiró suavemente de su camisa hasta acercarlo.

—Sí. Pero quiero que la ceremonia sea pública.

—¿Quieres testigos?

—Quiero que todos vean que no estoy siendo reclamada. Estoy eligiendo.

La ceremonia se celebró al atardecer, en el mismo campo donde los dos ejércitos casi se habían destruido.

Orin asistió apoyado en un bastón. El joven liberado estaba junto al doctor Edric. Garrett, Vera, la comandante Tyra y Corbus también fueron testigos.

Damon observaba custodiado por soldados, incapaz de comprender cómo la omega a la que consideró inútil se había convertido en la mujer más respetada del reino.

Sable caminó hacia Cael llevando una ramita de elfwort detrás de la oreja. Al llegar frente a él, se la entregó.

El rey la colocó bajo su armadura, junto al corazón.

—Yo, Cael Blackthorn, te elijo como mi compañera, mi igual y mi Luna.

Sable apoyó la mano sobre su pecho.

No inclinó la cabeza.

—Y yo, Sable, te elijo como mi compañero, mi igual y mi rey.

Solo entonces ofreció su cuello.

Cael selló el vínculo con cuidado. Una luz plateada nació sobre la marca y se extendió por el cuerpo de Sable. Después estalló sobre el campo como una ola cálida.

Los lobos enfermos de Ashvale sintieron fortalecerse sus vínculos. Los soldados de Blackthorn bajaron las armas. Centenares de voces dejaron escapar un mismo suspiro.

Cael rodeó a Sable con sus brazos.

—Mía —susurró, no como una orden, sino como una pregunta.

Ella sonrió contra su pecho.

—Tuya, porque así lo he elegido.

Después levantó la cabeza y volvió a cantar.

Pero ya no era la canción de una condenada caminando hacia la muerte.

Era la canción de una sanadora que había recuperado su loba, de una mujer que transformó una ejecución en justicia y una guerra en paz.

Y mientras su voz recorría los dos ejércitos, todos comprendieron la verdad que Sable había aprendido demasiado tarde:

Nunca había sido débil.

Solo había vivido rodeada de hombres que necesitaban que ella lo creyera.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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