Parte 1
—En cuanto te mueras, la hacienda, los terrenos y cada peso de tus cuentas serán míos.
Eso le susurró Mauricio Valdés a su esposa pocos segundos después de que el médico anunciara que probablemente le quedaban 7 días de vida.
Regina Salcedo, de 29 años, permaneció inmóvil sobre la cama de un hospital privado de Guadalajara. Tenía una vía conectada al brazo, los labios partidos y tan poca fuerza que incluso respirar parecía exigirle permiso al cuerpo.
El doctor Santillán acababa de explicar que sus riñones y su hígado estaban fallando con una rapidez inexplicable. Los estudios no mostraban una infección clara ni una enfermedad hereditaria. Continuarían buscando la causa, pero la familia debía prepararse.
Mauricio había bajado la cabeza y apretado la mano de Regina. El médico confundió aquel gesto con dolor.
Cuando la puerta se cerró, él levantó el rostro.
No había lágrimas en sus ojos.
—¿Qué dijiste? —alcanzó a murmurar Regina.
Mauricio acomodó los puños de su camisa y sonrió.
—Que pensé que resistirías más. Llevas meses empeorando con una lentitud desesperante.
Regina sintió que el miedo se convertía en hielo dentro de su pecho.
—¿De qué estás hablando?
—No gastes tus últimas fuerzas. Te conviene descansar. A mí también me conviene que esto termine pronto.
Le acarició el cabello con una ternura tan falsa que Regina tuvo náuseas.
—Voy por tu bebida. La de siempre. Te ayudará a dormir.
La de siempre.
Durante 4 meses, Mauricio le había preparado todas las noches una infusión de hierbas que, según él, fortalecía el sistema inmunológico. Siempre se la entregaba tibia y se quedaba a su lado hasta verla terminarla.
Regina recordaba perfectamente su sabor metálico.
También recordó una bugambilia del jardín de la hacienda. Una tarde había derramado un poco de aquella bebida sobre la tierra. Al día siguiente, varias hojas amanecieron amarillas y retorcidas.
Después comenzaron los mareos, los dolores abdominales y un cansancio que ningún médico podía explicar. Mauricio se ofreció a organizar sus medicamentos, contestar sus llamadas y acompañarla a todas las consultas. Incluso había despedido a la enfermera contratada por Regina porque, según él, una desconocida no debía meterse en su matrimonio.
Ahora todo tenía sentido.
Tal vez Regina no estaba muriendo por una enfermedad.
Tal vez su esposo la estaba asesinando.
Cuando Mauricio salió, ella sacó de debajo de la almohada una tableta que había escondido 3 días antes. Desde allí podía entrar al sistema de vigilancia de la hacienda San Jacinto, una propiedad que había heredado de su padre y que incluía 46 hectáreas de aguacate.
Marcó a Carmen, la encargada de los jardines.
Carmen trabajaba allí desde que Regina tenía 8 años. Había acompañado a su padre hasta sus últimos días y era la única persona a la que él confiaba las llaves de la casa, los documentos y hasta sus temores.
—Señorita Regina, ¿qué sucede?
—Necesito que hagas algo sin preguntarme por qué. Entra a mi habitación y busca cualquier termo, frasco o sobre que haya dejado Mauricio.
Carmen guardó silencio.
—Ya sé por qué me lo pide —respondió finalmente—. Hace 2 semanas encontré pájaros muertos junto al drenaje donde el señor vaciaba sus tazas. Guardé una de esas tazas en una bolsa.
Regina cerró los ojos.
—Tráela al hospital. No se la entregues a nadie más.
—Hay algo peor. Su suegra y su cuñada están en la hacienda desde esta mañana. Sacaron documentos del despacho de su papá.
Regina abrió las cámaras. En una grabación apareció Ofelia, la madre de Mauricio, revisando carpetas. Su hija Lorena sostenía un sello notarial y varias hojas con la supuesta firma de Regina.
Entonces Mauricio entró en la imagen. Colocó un frasco blanco sobre el escritorio y dijo algo que el micrófono captó con absoluta claridad:
—Esta noche le daré el doble. Mañana debe estar demasiado débil para impedir que transfiramos la hacienda.
Parte 2
Regina envió la grabación a Carmen y a su abogada, Natalia Orozco.
Después llamó al doctor Santillán y le pidió que entrara sin avisar a Mauricio. El médico escuchó la acusación con cautela, pero ordenó análisis toxicológicos urgentes y restringió cualquier alimento que no saliera de la cocina del hospital. Minutos después, Mauricio regresó con un termo azul. —Te traje tu infusión.
Regina fingió una sonrisa.
—Déjala en la mesa. —Tienes que tomarla caliente. Mauricio sirvió el líquido y acercó la taza a sus labios.
Ella giró el rostro. —Me duele el estómago. —Precisamente por eso debes beberla. Sujetó su nuca e intentó obligarla. En ese instante entraron el doctor y 2 enfermeros. —El tratamiento de la paciente acaba de cambiar —dijo Santillán—. A partir de ahora, usted no puede darle nada. Mauricio soltó a Regina y adoptó su expresión de esposo ofendido. —Solo intento cuidarla.
El médico guardó el termo como muestra clínica. Mauricio salió enfurecido y llamó a su madre desde el pasillo.
No sabía que Regina había activado la grabadora de la tableta. —Sospecha —murmuró—. Consigue la firma hoy. Si despierta mañana, perdemos todo. Una hora después, Carmen llegó con la taza guardada y una caja que había encontrado detrás de herramientas de jardinería.
Dentro había guantes, sobres de pesticida antiguo y recibos pagados en efectivo. Natalia recibió las pruebas y pidió intervención de la fiscalía, aunque advirtió que debían esperar los resultados antes de acusarlo formalmente. Mientras tanto, Ofelia se presentó en el hospital acompañada de un supuesto notario.
—Regina debe firmar un poder para que mi hijo administre sus bienes —exigió—. Es una decisión familiar. —No habrá ninguna firma —respondió Natalia, bloqueando la puerta. Ofelia comenzó a gritar que Regina era una desagradecida y que Mauricio había sacrificado su juventud cuidando a una enferma. Lorena incluso aseguró que la hacienda pertenecía moralmente a toda la familia. Aquella noche llegaron los resultados.
Regina tenía una concentración elevada de arsénico, compatible con dosis pequeñas administradas durante meses. Todavía podían iniciar un tratamiento de quelación, pero nadie garantizaba que sus órganos resistieran.
Entonces Carmen revisó la última grabación disponible antes de que Mauricio desconectara las cámaras. En ella, Ofelia sostenía el frasco mientras confesaba: —Tu padre no quiso venderme esas tierras hace 20 años. Ahora su hija pagará aquella humillación.
Parte 3
El tratamiento comenzó esa misma madrugada.
Durante las primeras 48 horas, Regina empeoró. Tuvo fiebre, perdió el conocimiento 2 veces y necesitó diálisis.
Mauricio permaneció fuera de su habitación interpretando al marido destrozado, sin saber que cada llamada, cada recibo y cada grabación estaban siendo revisados por la fiscalía. Cuando los agentes inspeccionaron la hacienda, encontraron restos del mismo compuesto en la cocina privada de Mauricio, en el termo azul y en una botella de miel que solo él utilizaba para preparar las infusiones.
También recuperaron los documentos que Ofelia había intentado sacar del despacho.
No eran simples poderes administrativos. Se trataba de un testamento falso y de un contrato de compraventa con fecha anterior, mediante el cual Regina supuestamente cedía la hacienda a una empresa creada 6 meses antes por Mauricio y Lorena.
La firma había sido copiada de un trámite bancario. Natalia descubrió además que Mauricio había contratado 3 seguros de vida sin explicarle a Regina el verdadero alcance de las pólizas. En total, esperaba cobrar más de 18 millones de pesos.
Ofelia había planeado quedarse con la casa principal, mientras Lorena convertiría parte del terreno en un desarrollo de cabañas. Cuando Mauricio comprendió que las pruebas lo cercaban, trató de culpar a su madre. —Ella consiguió el pesticida —declaró—. Me dijo que Regina nunca aceptaría vender. Ofelia respondió acusándolo de haber aumentado las dosis por desesperación. Madre e hijo, convencidos de que se protegerían mutuamente, terminaron revelando el plan completo.
Sin embargo, la recuperación de Regina seguía siendo incierta. Al sexto día, el doctor Santillán observó una ligera mejoría en sus estudios. Al séptimo, sus riñones comenzaron a responder. No fue un milagro repentino. Permaneció hospitalizada otras 5 semanas y necesitó meses de rehabilitación. Cuando pudo caminar sin ayuda, pidió regresar a San Jacinto.
Carmen la esperaba junto a la entrada, con los ojos llenos de lágrimas. —Perdóneme por no haber hablado antes. Yo vi al señor Mauricio entrar muchas noches al cobertizo, pero pensé que eran asuntos de la fumigación. Regina la abrazó. —Tú guardaste la taza. Me salvaste cuando mi propia familia estaba contando los días para enterrarme. El proceso judicial duró más de 1 año.
Mauricio, Ofelia y Lorena fueron condenados por tentativa de homicidio, falsificación de documentos y fraude. Ninguno recibió un peso de Regina. Ella anuló los seguros, se divorció y convirtió una parte de la hacienda en una clínica rural que ofrecía estudios toxicológicos y atención renal a trabajadores agrícolas. Carmen quedó al frente de los jardines y recibió legalmente una casa dentro de la propiedad.
Una tarde, ambas plantaron una nueva bugambilia en el mismo sitio donde la anterior se había marchitado. —Su papá siempre decía que la lealtad se conoce cuando todos los demás hacen cuentas sobre una tumba —recordó Carmen.
Regina cubrió las raíces con tierra y miró la casa que Mauricio creyó heredar. —Tenía razón. Solo olvidó decirme que algunas personas empiezan a cavar la tumba antes de que uno muera. La bugambilia floreció meses después. Regina conservó la primera flor prensada dentro de la sentencia de divorcio, no para recordar al hombre que intentó matarla, sino para no olvidar que, cuando le aseguraron que solo tenía 7 días, ella encontró una razón para sobrevivirlos todos.
