EL LOBO DEL REY ALFA ENTRABA CADA NOCHE EN LA HABITACIÓN DE UNA OMEGA… HASTA QUE ELLA DESCUBRIÓ SU SECRETO
EL LOBO DEL REY ALFA ENTRABA CADA NOCHE EN LA HABITACIÓN DE UNA OMEGA… HASTA QUE ELLA DESCUBRIÓ SU SECRETO

PARTE 1
El rey Alfa Cael Ardens gobernaba dos poderosas manadas, silenciaba consejos de guerra con una mirada y conseguía que los nobles más orgullosos inclinaran la cabeza.
Sin embargo, después de la medianoche, su lobo tenía una costumbre bastante inapropiada.
Se escabullía hasta la cama de una omega olvidada.
Alora Win despertó al sentir una respiración cálida contra sus dedos. Durante unos segundos permaneció adormilada bajo su viejo edredón, escuchando el viento invernal golpear las ventanas del palacio de Asterfall.
Entonces abrió los ojos.
Un gigantesco lobo de pelaje plateado ocupaba la mitad de su pequeño colchón. Su cabeza descansaba cerca de la mano de Alora y una enorme pata mantenía atrapada casi toda la manta.
La puerta seguía cerrada con llave. La ventana también.
—¿Cómo entraste? —susurró.
El lobo suspiró y se acercó todavía más.
Cualquier omega sensata habría gritado. Alora, en cambio, notó que el animal estaba temblando. Bajo todo aquel poder, parecía agotado y terriblemente solo.
—Pobrecito —murmuró.
Uno de los ojos del lobo se abrió.
Era de un intenso color dorado plateado y contenía una inteligencia demasiado humana.
—No quise insultarte —aclaró rápidamente—. Obviamente eres muy impresionante.
Satisfecho, el lobo apoyó la cabeza sobre su muñeca. Su cuerpo se relajó mientras respiraba el aroma de Alora: flor de peral, leche con miel y manzanilla.
Cuando ella intentó retirar la mano, el animal colocó una pata sobre su manga.
Quédate.
La orden no fue pronunciada, pero Alora la sintió dentro del pecho.
—Eres muy mandón para ser un invitado que nadie invitó.
La cola del lobo golpeó el suelo una vez.
Al amanecer, había desaparecido.
Solamente dejó varios pelos plateados sobre el edredón.
Poco después, alguien llamó a la puerta. Cuando Alora abrió, encontró al rey Alfa Cael Ardens en el pasillo, vestido completamente de negro.
Sus ojos plateados se dirigieron hacia la cama.
—Majestad —dijo Alora—, ¿sabe por casualidad por qué un lobo durmió anoche en mi habitación?
Cael contempló los pelos sobre el edredón.
—Instintos —respondió con absoluta seriedad.
Aquella noche, el lobo regresó a través de un pasadizo oculto detrás de la chimenea. Esta vez llevaba entre los dientes una almohada negra bordada con el escudo real.
—¡Le robaste la almohada al rey!
El lobo la dejó cuidadosamente sobre su cama y movió la cola.
Durante las noches siguientes aparecieron más regalos: una manta de lana, un guante negro, una pluma de plata y un libro de estrategia con marcas de dientes.
Cuando Alora se lo contó a su amiga Mira, esta dejó de reír.
—Los lobos enlazados hacen eso —explicó—. Reúnen objetos para construir un nido alrededor de su pareja.
—No digas cosas aterradoras antes del almuerzo.
Pero Alora comenzó a observar al rey con más atención.
Cael siempre parecía frío e impenetrable. Sin embargo, cada vez que se acercaba a ella, su control se debilitaba. Sus dedos temblaban y sus ojos se iluminaban con el mismo brillo dorado plateado del lobo.
Un día, Alora vio bajo el cuello de su camisa una cicatriz en forma de luna creciente.
Era exactamente la misma marca que había visto sobre el hombro del animal.
Aquella noche, mientras investigaba antiguos libros de sanación, encontró una referencia a la maldición de la Espina Plateada. La maldición dividía el alma del alfa de su lobo, provocándole un dolor insoportable hasta que encontrara a una rara Omega Tejedora de Luna capaz de restaurar el vínculo.
Un ruido surgió detrás de la chimenea.
El lobo plateado entró tambaleándose.
Esta vez no llevaba ningún regalo. Su respiración era irregular, su cuerpo ardía y la cicatriz de su hombro parecía casi negra.
Alora corrió hacia él, lo cubrió con su edredón y apoyó la frente contra la suya.
El aroma de manzanilla y flor de peral llenó la habitación. Poco a poco, la respiración del animal comenzó a tranquilizarse.
Alora deslizó los dedos sobre la cicatriz creciente.
Ya no podía seguir fingiendo que no conocía la verdad.
—Cael… —susurró.
El lobo abrió los ojos.
Y, por primera vez, inclinó la cabeza ante ella.
PARTE 2
Aquel gesto confirmó todo lo que Alora temía.
El lobo no intentó escapar ni fingió no comprenderla. Simplemente apoyó la cabeza sobre su regazo, agotado, mientras ella hundía los dedos en su pelaje plateado.
—Todo este tiempo eras tú —murmuró—. Entrabas en mi habitación, robabas tus propias cosas y después aparecías por la mañana fingiendo no saber nada.
La cola del lobo se movió débilmente.
A pesar del miedo, Alora soltó una pequeña risa.
—Esa no es una disculpa.
Al amanecer, el animal volvió a desaparecer. Alora encontró el pasadizo secreto detrás de la chimenea y descubrió que conducía directamente al ala real.
Aquella tarde, Cael la encontró dentro del archivo de hierbas. Ella tenía abierto sobre las rodillas el antiguo libro de las Tejedoras de Luna.
—No deberías leer eso —dijo él.
Alora cerró el libro lentamente.
—Eso es lo que suele decir la gente cuando teme que alguien descubra la verdad. ¿Cuánto tiempo lleva maldito?
Cael guardó silencio.
—Majestad, no soy demasiado frágil para reconocer el dolor.
Su expresión se quebró durante un instante.
—Nunca has sido frágil.
Aquellas palabras conmovieron algo dentro de ella. No obstante, Alora levantó la barbilla.
—Entonces deje de entrar en mi habitación convertido en lobo y comportarse como si fuera normal.
Una sombra de diversión apareció en el rostro del rey.
—Nunca dije que fuera normal.
Cael finalmente le explicó que, seis años atrás, una daga cubierta con plata encantada lo había herido durante una guerra. Desde entonces, su alma humana y su lobo habían permanecido divididos.
No podía dormir. Apenas podía controlar sus transformaciones y, cada invierno, la maldición se volvía más dolorosa.
Hasta que su lobo encontró a Alora.
Su aroma calmaba el tormento y le recordaba el camino de regreso a su humanidad.
—¿Por eso venía a buscarme?
—Mi lobo supo lo que eras antes que yo.
—¿Y qué soy?
Cael la miró directamente.
—Hogar.
Los rumores no tardaron en extenderse por el palacio.
Lady Marceline Vale, una noble que esperaba convertirse en compañera del rey, acusó a Alora de utilizar hierbas y encantamientos para controlar al lobo real.
El consejo registró su habitación y encontró la manzanilla, el jabón de flor de peral y los objetos que el propio lobo había robado.
—Hasta que descubramos la verdad, tu aroma será ocultado —ordenó el anciano Voss—. Es necesario para proteger al rey.
Obligaron a Alora a cubrir su piel con unas hierbas amargas que eliminaron por completo su aroma natural.
Aquella noche, el lobo no apareció.
Poco después de la medianoche, un rugido terrible sacudió el palacio.
Alora saltó de la cama.
Lo comprendió inmediatamente.
Cael no podía encontrarla.
Corrió descalza hasta la torre norte. Los guardias rodeaban al enorme lobo plateado en el patio nevado. Había roto las cadenas y su respiración sonaba desesperada.
No estaba intentando atacar.
Estaba perdido.
—¡Alora, no te acerques! —gritó Rowan, el capitán de la guardia.
Ella ignoró la advertencia.
Cuando el lobo la miró, durante un instante no pareció reconocerla. Las hierbas del consejo habían ocultado todo aquello que él asociaba con su hogar.
Alora se arrodilló en la nieve y comenzó a limpiar las sustancias amargas de sus muñecas y de su cuello.
El frío le quemaba la piel, pero continuó hasta que su verdadero aroma se elevó en el aire.
Flor de peral después de la lluvia.
Leche tibia con miel.
Manzanilla triturada entre unas manos bondadosas.
El lobo se quedó inmóvil.
Sus orejas se alzaron.
—Aquí estoy —susurró Alora, acercándose—. Me encontraste.
Un sonido quebrado escapó del pecho del animal.
No fue un gruñido.
Fue una súplica.
Ante la mirada aterrorizada de los guardias y los nobles, Alora cruzó el patio. Cuando llegó hasta él, sostuvo su enorme rostro entre las manos y apoyó la frente contra la suya.
—Ya no estás solo.
El lobo cayó de rodillas ante ella.
—Eso no es obediencia —susurró el anciano Voss.
Rowan contempló el vínculo luminoso que comenzaba a formarse alrededor de ambos.
—Es el reconocimiento de una pareja.
La luz de la luna envolvió el cuerpo del animal. El pelaje plateado se convirtió en piel y sus patas se transformaron en manos.
Cael recuperó su forma humana y se desplomó en los brazos de Alora.
—Alora —susurró con voz agotada.
Ella lo abrazó con más fuerza.
—Lo sé.
A la mañana siguiente, el consejo convocó un juicio.
Lady Marceline acusó a Alora de seducir al lobo real, interferir en la sanación del rey y poner en peligro a todo Asterfall.
—La amabilidad no convierte a una sirvienta en alguien digna de un rey Alfa —declaró.
Alora sintió el golpe de aquellas palabras, pero no bajó la cabeza.
—Admito que el lobo entró en mi habitación. También admito que mi aroma lo tranquilizó. Él sufría y yo lo ayudé a respirar. Si eso es un crimen, entonces no sé cómo ser inocente.
Las puertas del gran salón se abrieron.
Cael entró vestido de negro. No llevaba corona, pero todos los nobles inclinaron la cabeza.
Caminó directamente hasta Alora y se colocó delante de ella.
—Esta Omega representa un peligro —insistió el anciano Voss—. Atrajo a su lobo.
—No —respondió Cael—. Ella no llamó a mi lobo. Mi lobo la encontró.
Después miró al consejo.
—La acusaron porque vieron a una Omega sin título. Mi lobo vio lo que ninguno de ustedes se molestó en observar.
Cael se volvió hacia Alora.
Entonces hizo algo que ningún rey Alfa había hecho jamás ante su corte.
Se arrodilló.
—Alora Win, nunca fuiste mi debilidad. Fuiste la primera paz que conocí en seis años.
Le ofreció la mano.
—¿Me permitirás regresar a casa contigo?
Los ojos de Alora se llenaron de lágrimas.
—¿Y si todo esto es solamente producto de la maldición?
—La maldición condujo a mi lobo hasta ti —respondió Cael—. Pero no me enseñó a escuchar tus pasos en los pasillos. No me obligó a recordar tu sonrisa ni a desear convertirme en un hombre mejor cuando estoy cerca de ti. Mi lobo te encontró primero. El hombre llegó después.
Alora colocó la mano sobre la suya.
En ese instante, el escudo de piedra lunar situado detrás del trono comenzó a brillar.
Los aromas de ambos se encontraron en el aire: flor de peral y manzanilla mezcladas con cedro, ámbar oscuro y tormentas de invierno.
La cicatriz de Cael ardió con una intensa luz plateada.
El antiguo dolor no desapareció de inmediato, pero perdió su fuerza. La maldición que lo había atormentado durante años finalmente comenzó a romperse.
El consejo inclinó la cabeza.
Lady Marceline fue expulsada de la corte después de que una investigación demostrara que había manipulado a los ancianos para separar a Alora del rey.
Aquella noche, Alora regresó a su pequeña habitación por última vez.
La piedra situada detrás de la chimenea se movió.
El lobo plateado apareció llevando otra almohada real entre los dientes.
—Absolutamente no —dijo Alora, señalando un cojín colocado en el suelo—. Ese es tu sitio.
El lobo observó el cojín.
Después miró la cama.
Finalmente, saltó sobre el colchón y ocupó la mitad.
—Eres imposible.
Su cola golpeó la manta con satisfacción.
Desde la puerta, Cael contempló la escena con una pequeña sonrisa.
—Dice que solamente sigue sus instintos.
Alora miró al rey, después al lobo instalado cómodamente sobre su cama, y comenzó a reír.
Por primera vez en muchos años, el palacio de Asterfall dejó de parecer frío.
El lobo había encontrado el camino de regreso.
El rey había encontrado la paz.
Y la omega que todos habían ignorado finalmente había encontrado un lugar donde nunca más tendría que hacerse pequeña.