El Jefe de la Mafia Finge un Coma para Probar a su Prometida… ¡Pero la Criada Hace lo Impensable!

PARTE 1
Nicholas Costa había aprendido que un hombre podía descubrir muchas verdades cuando todos creían que estaba inconsciente.
El problema era permanecer completamente inmóvil mientras escuchaba cómo esas verdades destruían todo lo que conocía.
Durante semanas, Nicholas permaneció en una cama dentro de la suite médica privada de su mansión.
Los monitores funcionaban.
El respirador emitía un sonido constante.
El doctor Gallagher aseguraba que apenas existía actividad cerebral.
Todo era mentira.
Nicholas estaba despierto.
Había organizado el supuesto coma para descubrir quién estaba filtrando información sobre sus cargamentos, rutas y depósitos a un grupo rival.
Solo unas pocas personas podían conocer tantos secretos.
Sus hombres de confianza.
Su contador.
Y Chloe Harrington.
La mujer con la que pensaba casarse.
Nicholas esperaba descubrir un traidor.
No esperaba que fuera ella.
Una noche escuchó abrirse la puerta.
Reconoció inmediatamente el perfume de Chloe.
Pero no estaba sola.
—¿Seguro que no puede escuchar? —preguntó un hombre.
Nicholas reconoció aquella voz.
Víctor Navarro.
Un intermediario del grupo que llevaba meses intentando arrebatarle el control de los puertos.
—Arthur dice que prácticamente no existe actividad cerebral —respondió Chloe—. Para todos los efectos, Nicholas ya no está aquí.
Nicholas sintió el corazón acelerarse.
El monitor cambió ligeramente de ritmo.
Nadie pareció darle importancia.
Entonces escuchó papeles.
Chloe estaba entregándole a Víctor códigos de acceso y documentos relacionados con las rutas de la familia Costa.
—Cuando Arthur firme el certificado —dijo ella—, tendré control sobre las cuentas. Retiraré a los hombres de los muelles y ustedes podrán entrar.
—¿Y sus hermanos?
—Para cuando comprendan lo que ocurrió, el dinero estará fuera de su alcance.
Víctor soltó una risa.
—Juegas peligroso.
—Juego para ganar.
Nicholas permaneció inmóvil.
Había compartido su mesa con Chloe.
Había confiado en ella.
Había pensado darle su apellido.
Y ahora ella esperaba su final para vender todo lo que había construido.
Pero había un problema todavía peor.
El doctor Gallagher era el único que podía revertir el medicamento utilizado para mantener paralizado a Nicholas.
Y Chloe también había pensado en eso.
—Mañana manda al doctor lejos —ordenó a Víctor—. Yo terminaré esto personalmente.
Después de que se marcharon, Nicholas pasó horas atrapado dentro de su propio cuerpo.
Necesitaba avisar a alguien.
Mover un dedo.
Abrir los ojos.
Hacer cualquier cosa.
No pudo.
A la mañana siguiente entró Sue.
Tenía veintidós años y trabajaba limpiando la mansión.
Para Nicholas siempre había sido poco más que un nombre en una nómina.
Una chica silenciosa que usaba zapatos baratos, mantenía la cabeza baja y fregaba los pisos hasta que sus manos quedaban rojas.
Sue acomodó las sábanas.
Le limpió cuidadosamente el rostro.
Y, como hacía casi todos los días, empezó a hablarle aunque estaba convencida de que él no podía escucharla.
—Tu prometida me da miedo —murmuró.
Nicholas habría contenido la respiración si hubiera podido.
Sue miró hacia la puerta.
—Escucho cosas cuando limpio. El sonido viaja por los conductos.
Se acercó.
—La escuché hablando del doctor.
El silencio de Nicholas se convirtió en desesperación.
—Quiere quedarse sola contigo —continuó Sue—. Va a tocar las máquinas.
La muchacha se frotó las manos, nerviosa.
—Debería irme. Necesito este trabajo, pero no puedo fingir que no escuché nada.
Entonces tomó la mano inmóvil de Nicholas.
—Mi hermano terminó conectado a máquinas después de un accidente. Nadie pudo ayudarlo.
Su voz cambió.
—No voy a dejar que otra persona pase por eso mientras yo simplemente me alejo.
Aquella noche la tormenta dejó la mansión funcionando con energía de emergencia.
Gallagher desapareció.
Nicholas quedó completamente indefenso.
La puerta se abrió.
Chloe entró sin tacones, sin perfume, sin ninguna intención de mantener su máscara.
Se acercó al respirador.
—Por fin estamos solos.
Sus dedos tocaron los controles.
Nicholas sintió que el aire comenzaba a cambiar.
Su cuerpo le gritaba que reaccionara.
Nada respondió.
Entonces un ruido sonó en el pasillo.
Chloe se giró.
Y desde detrás de las cortinas apareció Sue.
Corrió directamente hacia la máquina y devolvió el control a su posición original.
Chloe la vio.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Sue se colocó delante de la cama.
Estaba temblando.
Pero no retrocedió.
—Vi lo que hiciste.
Chloe avanzó hacia ella.
—Tú eres la criada.
—Sí.
—Entonces sal de aquí.
Sue miró a Nicholas.
Después volvió los ojos hacia Chloe.
—No.
La expresión de Chloe cambió.
—¿Qué dijiste?
Sue agarró con fuerza el riel de la cama.
Y repitió la palabra que podía costarle la vida:
—Dije que no.
PARTE 2
Chloe permaneció inmóvil durante varios segundos.
No esperaba resistencia.
Mucho menos de Sue.
—No tienes idea de con quién estás hablando —dijo finalmente.
—Entonces llama a los guardias.
Chloe frunció el ceño.
Sue estaba aterrada, pero había encontrado la única defensa posible.
—Llámelos —repitió—. Que entren todos. Que revisen esta máquina y pregunten por qué cambió el oxígeno mientras usted era la única persona aquí.
Chloe palideció ligeramente.
Los hermanos de Nicholas podían creer que su jefe estaba en coma.
Pero jamás aceptarían una muerte sospechosa.
Y Chloe necesitaba que todo pareciera natural.
—Te vas a arrepentir.
—Probablemente.
Sue abrió la puerta.
—Pero ahora salga.
Chloe retrocedió.
Antes de irse la señaló.
—No llegarás a mañana.
Sue cerró la puerta y pasó el cerrojo.
Después arrastró una pesada cómoda delante de la entrada.
Solo cuando terminó se dejó caer al suelo.
Empezó a llorar.
—¿Qué hice?
Nicholas escuchaba cada palabra.
—Soy una idiota.
Sue se secó las lágrimas.
—Espero que despiertes pronto, señor Costa, porque creo que acabo de declarar una guerra y no sé absolutamente nada de guerras.
Nicholas habría sonreído si hubiera podido.
Las horas pasaron.
Algo empezó a cambiar dentro de su cuerpo.
El medicamento que lo mantenía inmóvil estaba perdiendo efecto.
Primero apareció un hormigueo.
Después dolor.
Finalmente una pequeña sensación de control.
Nicholas concentró toda su voluntad en la mano derecha.
Muévete.
Nada.
Otra vez.
Muévete.
Un dedo tembló.
Sue no lo vio.
Afuera aparecieron varios hombres.
Chloe había regresado acompañada por miembros de la seguridad de Nicholas.
—Sue, abre.
Sue agarró un pequeño bisturí del carrito médico.
—No.
—El doctor dice que estás sufriendo una crisis. Abre la puerta y nadie te hará daño.
—Está mintiendo.
Un golpe sacudió la puerta.
La cómoda se desplazó.
Sue empujó con todo su cuerpo.
—¡Ella intentó apagarle el aire!
Otro impacto.
Nicholas sintió regresar parte del control a su mandíbula.
El medicamento desaparecía lentamente.
La puerta volvió a estremecerse.
Sue comenzó a perder terreno.
Entonces Nicholas consiguió mover nuevamente el dedo.
Toc.
Sue giró la cabeza.
Toc.
Sus ojos se abrieron.
Corrió hacia la cama.
—¿Señor Costa?
Nicholas concentró todas sus fuerzas.
Su rostro se contrajo.
Sue se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
Comprendió de golpe.
—Ha estado consciente todo este tiempo.
La puerta cedió.
Dos hombres entraron.
Sujetaron a Sue mientras Chloe caminaba tranquilamente hacia la cama.
—Déjenla aquí —ordenó—. Quiero que vea lo que ocurre cuando alguien intenta jugar por encima de su posición.
Los guardias soltaron a Sue y salieron.
Chloe volvió a acercarse a la máquina.
—Fuiste valiente —dijo mirando a Sue—. Pero sigues siendo una criada.
Puso la mano sobre el control.
—Y cuando todo termine, todos creerán que tú causaste su final.
Sue intentó levantarse.
Entonces los ojos de Nicholas se abrieron.
Chloe quedó petrificada.
Por primera vez en semanas, Nicholas Costa estaba mirando directamente a la mujer que había planeado traicionarlo.
Su voz todavía no funcionaba correctamente.
Pero no la necesitaba.
El terror en el rostro de Chloe fue suficiente.
Nicholas arrancó lentamente una de sus manos de la cama.
Presionó el botón que llamaba a seguridad.
Los mismos hombres que minutos antes obedecían a Chloe entraron.
Se detuvieron al ver a su jefe despierto.
—Señor Costa…
Nicholas señaló a Chloe.
—Ella.
Su voz era apenas un hilo áspero.
—Deténganla.
Chloe retrocedió.
—Nicholas, escucha…
—Escuché.
Una sola palabra.
Pero contenía semanas enteras.
Chloe dejó de hablar.
Nicholas señaló la puerta.
—Llévenla abajo. Nadie habla con ella hasta que yo diga lo contrario.
—¡Víctor me obligó! —gritó Chloe—. ¡Yo no quería hacer esto!
Nicholas cerró los ojos brevemente.
—Fuera.
La sacaron.
El cuarto quedó en silencio.
Nicholas intentó sentarse y casi cayó.
Sue lo sostuvo por los hombros.
—Despacio.
—Tú…
La garganta le ardía.
—¿Qué?
Nicholas consiguió mirarla.
—Me salvaste.
Sue dejó escapar una risa nerviosa.
—Sí. Y probablemente voy a perder el empleo por destrozar tu puerta.
Nicholas soltó un sonido áspero.
Sue tardó un instante en comprender que estaba riendo.
—No —murmuró él—. Creo que acabas de conseguir un ascenso.
Pero Nicholas no había terminado.
Chloe era únicamente una pieza.
Víctor Navarro y sus aliados todavía creían que Nicholas seguía fuera de juego.
Así que él decidió dejar que continuaran creyéndolo.
Durante su recuperación, los rumores siguieron diciendo que Nicholas Costa permanecía inconsciente.
Mientras tanto, él reconstruyó silenciosamente su cadena de mando.
El doctor Gallagher desapareció de la mansión.
Las cuentas comprometidas fueron congeladas.
Los códigos que Chloe había entregado fueron sustituidos.
Y Víctor siguió preparando los cargamentos convencido de que los puertos quedarían abiertos.
Sue permaneció cerca.
Nicholas intentó enviarla lejos.
Le ofreció suficiente dinero para comenzar una vida nueva.
—Puedes comprar una casa —le dijo—. No tendrás que volver a mirar por encima del hombro.
Sue rechazó la oferta.
Entonces le contó la verdad sobre su hermano.
Años atrás había pedido dinero prestado para pagar los gastos médicos de su madre.
El préstamo terminó en manos de personas relacionadas con el mismo grupo para el que trabajaba Víctor.
Cuando su hermano se atrasó en los pagos, sufrió un supuesto accidente.
Sue pasó varios días sentada junto a él mientras una máquina respiraba por su cuerpo.
Nicholas comprendió finalmente por qué ella había arriesgado todo para entrar en aquella habitación.
—Puedes marcharte igualmente —dijo.
Sue negó.
—Estoy cansada de correr.
Eso cambió el plan.
Nicholas dejó de verla como una empleada que necesitaba protección.
Empezó a escucharla.
Sue había pasado meses siendo invisible dentro de la mansión.
Y precisamente por eso sabía cosas que ninguno de sus hombres conocía.
Sabía qué guardias aceptaban dinero.
Quién hablaba demasiado.
Quién trataba bien al personal cuando no había jefes mirando.
La chica que limpiaba los pisos había observado todo.
Con esa información, Nicholas eliminó poco a poco los puntos débiles que Chloe había explotado.
Cuando Víctor finalmente comprendió que las rutas prometidas nunca quedarían desprotegidas, ya era demasiado tarde.
Los Costa conocían sus contactos, sus depósitos y sus movimientos.
Nicholas evitó una guerra abierta.
Cerró cuentas.
Canceló acuerdos.
Filtró suficiente información a las autoridades para que varios cargamentos fueran interceptados.
En cuestión de semanas, la red que había intentado quedarse con sus puertos comenzó a romperse desde dentro.
Víctor desapareció del tablero.
Chloe perdió toda influencia sobre la familia.
Y Nicholas recuperó el control sin necesidad de convertir la ciudad entera en un campo de batalla.
Una mañana, mientras salían en automóvil de uno de los puertos, Nicholas miró a Sue.
Sus manos seguían mostrando pequeñas marcas de años usando productos de limpieza.
—Puedo darte cualquier cosa —dijo—. Dinero. Una casa. Una vida nueva.
Sue miró por la ventana.
—No quiero un cheque en blanco.
—Entonces dime qué quieres.
Ella se volvió hacia él.
Ya no había miedo en sus ojos.
—Quiero un asiento en la mesa.
Nicholas guardó silencio.
Sue continuó:
—Tu organización estaba rota. Chloe casi te destruyó porque todos miraban a la gente importante y nadie prestaba atención a quienes estaban debajo.
Nicholas levantó una ceja.
—¿Y tú puedes arreglar eso?
—Yo era una de esas personas de abajo.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Nicholas.
—Continúa.
—Quiero trabajar contigo. De verdad. Quiero poder decirte cuando estás equivocado.
—Eso suena peligroso.
—Sobreviví a tu prometida.
Nicholas soltó una risa.
Sue extendió su mano.
—No quiero que me pagues por salvarte. Quiero que confíes en mí porque demostré que puedes hacerlo.
Nicholas observó aquella mano.
La misma mano áspera que había cambiado el control del respirador.
La misma que había sostenido la suya durante la noche en que nadie sabía si despertaría.
La tomó.
—Está bien.
Sue entrecerró los ojos.
—¿Está bien qué?
—Tienes tu asiento.
Ella sonrió.
—Entonces mi primera recomendación es que dejes de contratar médicos con problemas de juego.
Nicholas negó con la cabeza.
—Ya me estoy arrepintiendo.
—No es verdad.
—No. No lo es.
El automóvil continuó avanzando mientras el cielo comenzaba a aclararse sobre los puertos.
Nicholas había fingido un coma para encontrar a una rata dentro de su imperio.
Encontró a Chloe.
Descubrió una conspiración.
Casi perdió todo.
Pero también descubrió algo que nunca había buscado.
La persona más leal de aquella enorme mansión no llevaba traje, ni apellido poderoso, ni arma.
Era la mujer que todos habían considerado demasiado insignificante para escuchar.
Y quizá ese había sido el mayor error de todos.
Porque Sue había entrado en aquella casa para limpiar sus pisos.
Y terminó ganándose un asiento en la mesa donde se decidía el futuro de todo el imperio Costa.