El jefe de la mafia encontró a la criada durmiendo sobre su pecho… Entonces hizo lo impensable.

PARTE 1

La mansión de Víctor Romano no parecía un hogar. Parecía una fortaleza construida para mantener al mundo afuera.

Y Tesa llevaba tres meses viviendo dentro de ella como si fuera invisible.

Tenía veintitrés años, las manos agrietadas por los productos de limpieza y unas ojeras que la hacían parecer mucho mayor. No estaba allí porque quisiera.

Su hermano Liem había acumulado una enorme deuda en las mesas clandestinas controladas por los hombres de Víctor. Cuando los cobradores fueron a buscarlo, Tesa se interpuso.

Aceptó trabajar hasta pagar cada centavo.

El problema era que, con los intereses, aquella deuda podía mantenerla fregando pisos durante décadas.

Una madrugada, cuando su turno ya se había prolongado mucho más de lo normal, las puertas principales se abrieron violentamente.

Dos guardaespaldas entraron cargando a Víctor.

Su traje estaba rasgado y una herida en el hombro había empapado de rojo la camisa.

—Llévenlo al estudio —ordenó Paulie, uno de sus hombres.

Poco después, Tesa recibió otra orden.

Había cristales rotos y licor derramado sobre una alfombra dentro del estudio privado.

Debía limpiarlo.

En silencio.

Víctor estaba inconsciente sobre un sofá de cuero.

Tesa se arrodilló, recogiendo cuidadosamente cada fragmento.

Llevaba tantas horas despierta que sus brazos parecían hechos de piedra.

Entonces Víctor comenzó a moverse.

Su respiración se volvió agitada.

—No… no me dejen…

Tesa levantó la cabeza.

El hombre al que media ciudad temía estaba atrapado en una pesadilla.

De pronto se deslizó peligrosamente hacia el borde del sofá.

Tesa sabía que debía mantenerse lejos.

Pero también vio que la herida de su hombro volvía a abrirse.

Su instinto fue más rápido que su miedo.

Intentó empujarlo hacia atrás.

En cuanto sus manos tocaron su pecho, los ojos de Víctor se abrieron.

No estaba realmente despierto.

Le sujetó la muñeca y tiró de ella.

Tesa perdió el equilibrio y cayó sobre su pecho.

Intentó apartarse.

El brazo de Víctor se cerró alrededor de su cintura.

—Quédate —murmuró.

Tesa se quedó completamente rígida.

Esperó que despertara.

No ocurrió.

Por el contrario, la respiración de Víctor comenzó a tranquilizarse.

El latido violento bajo la mejilla de Tesa se hizo lento y regular.

Ella intentó liberarse.

Imposible.

Decidió esperar unos minutos.

Pero llevaba casi una jornada entera trabajando.

El calor del cuerpo de Víctor, el sonido tranquilo de su respiración y el agotamiento terminaron venciendo.

Tesa cerró los ojos.

Y se quedó dormida.

Cuando Víctor despertó, sus reflejos actuaron antes que su conciencia.

Tomó su arma.

Solo entonces descubrió a una muchacha dormida sobre él.

Reconoció el uniforme gris.

Vio las manos rojas por los químicos.

Las ojeras.

El cuerpo agotado.

Y comprendió algo que jamás había considerado: aquella mujer no estaba descansando.

Se había derrumbado.

Víctor bajó el arma.

Cuando intentó moverla, Tesa se acurrucó inconscientemente contra su pecho.

Él permaneció inmóvil durante varios segundos.

Después hizo algo que ningún hombre de su organización habría creído posible.

Tomó su abrigo y la cubrió.

A la mañana siguiente, Tesa despertó aterrorizada.

Víctor le ordenó que jamás hablara de lo sucedido.

Luego comenzó a investigar quién era aquella joven.

Fue así como descubrió la verdad sobre Liem.

Cuarenta mil dólares.

Para Víctor era menos de lo que gastaba en ciertos relojes.

Para Tesa era una condena.

—Compra la deuda —ordenó a su contador.

Después añadió:

—Y sáquenla del turno nocturno. Desde hoy trabajará únicamente para mí.

Tesa creyó que aquello mejoraría su situación.

Se equivocó.

Poco después llevó café al estudio mientras Víctor negociaba con un hombre llamado Ruso.

Ruso la miró con desprecio.

—Dile a la sirvienta que salga.

Víctor levantó lentamente la mirada.

La discusión terminó con un disparo contra el suelo, a centímetros del zapato de Ruso.

Cuando los hombres finalmente se marcharon, Tesa permaneció temblando.

Víctor se acercó.

Apoyó una mano sobre su hombro.

—La deuda de tu hermano ya no pertenece al sindicato.

Tesa levantó los ojos.

Víctor sostuvo su mirada.

—Ahora me pertenece a mí.

Hizo una pausa.

—Y tú también.

PARTE 2

Tesa sintió que acababan de cambiarle una prisión por otra.

Pero había algo todavía más inquietante.

Ya no sentía el mismo miedo hacia Víctor.

Los días siguientes fueron extraños.

La trasladaron a una habitación enorme frente a la suite privada de él. Su armario estaba lleno de ropa nueva, elegida exactamente en su talla.

Tesa no tocó nada.

Continuó usando su viejo uniforme gris.

Cuando Víctor la vio, su mandíbula se tensó.

—Ya no eres una sirvienta.

Tesa reunió valor.

—Entonces, ¿qué soy?

Víctor cerró su computadora.

—La deuda de Liem está saldada. Ninguno de mis hombres volverá a tocarlo.

—¿Y qué quiere de mí?

Víctor se levantó.

Tesa esperaba escuchar palabras como obediencia, lealtad o servicio.

En cambio, respondió:

—Paz.

La palabra parecía imposible viniendo de él.

Víctor tenía hombres capaces de protegerlo, abogados capaces de ocultar problemas y dinero suficiente para comprar casi cualquier cosa.

Pero no tenía paz.

Con el tiempo, Tesa comenzó a descubrir al hombre debajo del apellido Romano.

Frente a sus guardaespaldas, Víctor era frío e impenetrable.

Cuando quedaban solos, cambiaba.

Nunca levantaba la voz.

Le preguntaba por su vida.

Una noche quiso saber por qué seguía protegiendo a Liem después de todo lo que su hermano había hecho.

—Porque sigue siendo mi hermano.

Víctor soltó una risa sin alegría.

Entonces le contó algo que casi nadie conocía.

Su propio padre lo había criado para sobrevivir en un mundo brutal.

Le enseñó a detectar mentiras, a desconfiar y a no mostrar debilidad.

Después, cuando Víctor tenía diecinueve años, ese mismo hombre lo entregó a una familia rival para salvarse.

Víctor sobrevivió.

Su padre no.

Tesa finalmente comprendió por qué construía muros alrededor de todo.

—No creo que pertenezcas a la oscuridad —le dijo.

Víctor quedó inmóvil.

Durante un instante estuvieron tan cerca que Tesa creyó que la besaría.

Pero él retrocedió.

—Vete a dormir. Y cierra tu puerta.

Aquella misma noche la mansión quedó repentinamente a oscuras.

Habían cortado la electricidad.

Después llegaron los primeros disparos.

Ruso había regresado con hombres armados.

Víctor apareció en la habitación de Tesa.

—Ven conmigo.

La llevó hasta su dormitorio y abrió una puerta de acero oculta.

Un cuarto de seguridad.

—Entra.

—¿Y tú?

Los impactos estremecieron las puertas exteriores.

Víctor la empujó dentro.

Tesa intentó impedir que la puerta se cerrara.

—¡Víctor!

Él le sujetó las muñecas.

Por primera vez no parecía el jefe de un imperio.

Parecía simplemente un hombre aterrado.

—Si llegan hasta ti, me tienen a mí.

La puerta comenzó a cerrarse.

—No abras a nadie excepto a mí.

Y desapareció tras el acero.

Tesa permaneció encerrada sin saber cuánto tiempo pasaba.

Cuando finalmente la puerta volvió a abrirse, Víctor seguía con vida.

El ataque había terminado.

Varios hombres habían caído y Ruso ya no volvería a amenazarlos.

Pero algo también había cambiado dentro de Víctor.

A la mañana siguiente ordenó que nadie entrara en el estudio.

Sacó el libro donde se registraban las deudas privadas.

Buscó el nombre de Liem.

Y lo tachó.

Después puso dinero y la llave de un automóvil sobre una mesa.

—La deuda está cancelada.

Tesa apenas podía hablar.

—¿Qué significa esto?

—Que eres libre.

El automóvil no podía relacionarse con él ni con su organización.

El dinero era suficiente para que Tesa sacara a Liem de la ciudad y lo ingresara en un centro de rehabilitación.

Víctor evitó mirarla.

—Vete.

—¿Por qué?

Entonces confesó la verdad.

Durante el ataque no había pensado en su territorio.

Ni en su dinero.

Ni siquiera en su propia vida.

Solo había pensado en protegerla.

Ruso también lo había comprendido.

Y si otros enemigos descubrían lo importante que Tesa se había vuelto para él, la utilizarían para destruirlo.

—Te harán daño para llegar hasta mí —dijo Víctor—. Y yo destruiré todo intentando recuperarte.

Por eso quería que desapareciera.

Víctor le estaba ofreciendo aquello que Tesa había deseado durante meses.

Libertad absoluta.

Podía ayudar a Liem.

Podía mudarse.

Podía vivir en un lugar donde nadie llevara armas bajo la chaqueta.

Podía abandonar aquella mansión para siempre.

Víctor permanecía de espaldas frente a la ventana.

—Si vuelvo a verte, quizá no tenga fuerzas para dejarte ir otra vez.

Tesa miró el dinero.

Luego la llave.

Y finalmente a él.

Comprendió entonces la ironía.

Víctor había comprado su deuda porque quería poseerla.

Ahora estaba renunciando voluntariamente a ella porque quería salvarla.

Tesa se levantó.

No tomó el dinero.

No tocó la llave.

Cruzó lentamente la habitación.

Víctor seguía mirando por la ventana cuando sintió los brazos de Tesa rodeándole la cintura desde atrás.

Todo su cuerpo se tensó.

—¿Qué estás haciendo?

Tesa apoyó la mejilla entre sus omóplatos.

—Durante meses todos decidieron por mí. Liem decidió endeudarse. Tus hombres decidieron que debía pagar. Tú decidiste comprar esa deuda. Ahora quieres decidir que debo irme.

Víctor cerró los ojos.

—Estoy intentando mantenerte viva.

—Entonces escucha mi decisión por una vez.

Tesa lo abrazó con más fuerza.

—Me quedo.

Víctor se giró.

—No sabes lo que estás eligiendo.

—Sí lo sé. Estoy eligiendo con los ojos abiertos.

—Esto puede destruirte.

—También puede destruirte a ti.

—Precisamente.

Tesa sonrió entre lágrimas.

—Entonces será mejor que ninguno de los dos enfrente esto solo.

Algo se rompió finalmente en el rostro de Víctor.

La abrazó con una fuerza casi desesperada.

—Eres una tonta.

Tesa apoyó la frente contra la suya.

—Probablemente.

Víctor soltó una risa extraña, casi olvidada.

Después la besó.

No significaba que el peligro hubiera desaparecido.

La Comisión seguía existiendo.

Víctor seguía teniendo enemigos.

Y aquella mansión continuaba siendo una fortaleza rodeada de personas capaces de aprovechar cualquier debilidad.

Pero Tesa ya no estaba allí pagando la deuda de otra persona.

Víctor tampoco la retenía mediante un contrato.

Por primera vez desde que había atravesado aquellas puertas, ella podía marcharse cuando quisiera.

Y precisamente por eso decidió quedarse.

Porque el verdadero cambio no ocurrió cuando Víctor Romano compró su deuda.

O cuando protegió su vida.

O incluso cuando se enamoró de ella.

Ocurrió cuando el hombre que había pasado toda su existencia creyendo que amar significaba poseer finalmente abrió la puerta de la jaula…

y descubrió que Tesa lo elegía incluso siendo libre.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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