El Jefe de la Mafia Despidió a 12 Sirvientas Y Entonces la Sirvienta Rellenita Hizo lo que Nadie Más

PARTE 1

Doce empleadas habían abandonado la mansión Vital en menos de seis meses.

Algunas duraron semanas.

Otras, apenas unas horas.

Pero cuando Renata Coppola llegó, no tardó mucho en entender por qué.

La enorme propiedad de piedra, situada en una de las zonas más exclusivas cerca de Chicago, parecía una fortaleza disfrazada de hogar. Había cámaras en cada pasillo, hombres vestidos de negro entrando y saliendo a cualquier hora y puertas que el personal tenía prohibido abrir.

El dueño era Giovanni Vital.

Su nombre bastaba para terminar conversaciones.

A sus treinta y tantos años controlaba un poderoso imperio clandestino y tenía fama de ser un hombre frío, calculador y absolutamente incapaz de perdonar una traición.

Renata tenía veinticuatro años y necesitaba desesperadamente el trabajo.

Había perdido a sus padres muy joven y las deudas médicas que dejaron atrás todavía la perseguían. Durante años trabajó en todo lo que pudo encontrar.

Así que cuando le ofrecieron un salario que triplicaba lo que ganaba normalmente, aceptó.

Silvio, el administrador, le entregó el uniforme.

—Mantén la cabeza baja. No hagas preguntas. Y pase lo que pase aquí, no te metas.

Renata asintió.

Su primera verdadera prueba llegó pocos días después.

Era de madrugada cuando las puertas principales se abrieron.

Giovanni entró acompañado por varios de sus hombres.

Tenía el traje desordenado y una herida en el cuello.

Había manchas oscuras sobre su camisa y gotas cayendo sobre el mármol que Renata acababa de limpiar.

Todos esperaron su reacción.

Las anteriores empleadas habrían gritado.

Renata miró el piso.

Después miró a Giovanni.

—Señor Vital, está ensuciando el mármol.

El pasillo quedó completamente en silencio.

Dos hombres se miraron entre sí.

Giovanni entrecerró los ojos.

Renata señaló el suelo.

—Si piensa seguir sangrando, el cuarto de lavado tiene linóleo. Es mucho más fácil de limpiar.

Durante varios segundos nadie se movió.

Entonces Giovanni hizo algo que sus hombres casi nunca habían visto.

Se rio.

—¿Linóleo?

—Linóleo —repitió Renata—. Ahora siéntese antes de que tenga que limpiar algo peor.

Fue a buscar el botiquín.

Aquella noche ella misma limpió y vendó la herida de Giovanni.

Él la observaba en silencio.

—¿No tienes miedo?

Renata siguió trabajando.

—Necesito demasiado este empleo para gastar energía teniendo miedo de usted.

Desde aquel momento algo cambió.

Giovanni ordenó que Renata fuera la única persona autorizada para limpiar su despacho y sus habitaciones privadas.

El resto del personal comenzó a murmurar.

Renata ignoraba los rumores.

Pero Giovanni empezó a buscar cualquier excusa para estar cerca de ella.

En un mundo lleno de personas que le sonreían por miedo o por interés, Renata era diferente.

Nunca fingía.

Nunca lo adulaba.

Y nunca parecía impresionada por su dinero.

Entonces llegó el día que cambió todo.

Una entrega de vinos llegó a la mansión.

Renata estaba organizando la despensa cuando observó a cuatro repartidores entrando por la puerta de servicio.

Tres eran conocidos.

El cuarto no.

Algo en él le llamó la atención.

Sus botas no eran las de un repartidor.

Miraba demasiado las cámaras.

Y no había cargado una sola caja.

Renata lo siguió discretamente.

El hombre avanzó hacia el pasillo que conducía al ascensor privado de Giovanni.

Entonces abrió su chaqueta.

Renata vio un arma.

Su corazón comenzó a golpearle el pecho.

El desconocido se acercó al panel de seguridad.

Giovanni estaba arriba.

Solo había unos segundos.

Renata miró alrededor.

Lo único que tenía cerca era una enorme sartén de hierro.

La tomó con ambas manos.

Avanzó detrás del intruso.

Pero justo cuando Renata levantó la sartén…

el hombre se giró.

Y el arma quedó apuntando directamente a su pecho.

PARTE 2

Renata no tuvo tiempo para pensar.

Se lanzó hacia él.

La sartén golpeó primero su brazo y el arma se desvió.

El estruendo alertó a toda la casa.

El intruso intentó recuperar el equilibrio, pero Renata utilizó todo su peso para empujarlo contra la pared.

Hubo un forcejeo.

Un disparo alcanzó a rozarla en el costado.

El dolor fue inmediato.

Aun así no retrocedió.

Volvió a levantar la sartén.

El hombre terminó cayendo al suelo.

Renata soltó el hierro.

Se apoyó contra la pared intentando respirar.

Segundos después Giovanni apareció corriendo por las escaleras.

Al principio vio al intruso.

Después el arma.

Y finalmente vio a Renata.

Había sangre extendiéndose por un costado de su uniforme.

La expresión de Giovanni cambió.

Toda la frialdad que lo había hecho famoso desapareció.

—Renata.

Corrió hacia ella y se arrodilló.

—Mírame.

Ella abrió los ojos lentamente.

Incluso herida consiguió sonreír.

—Se lo dije, señor Vital…

Respiró con dificultad.

—Odio limpiar sangre.

Giovanni no se rio.

La levantó en brazos.

—¡Traigan al médico!

Aquella noche nadie en la mansión volvió a dudar de lo que Renata significaba para Giovanni.

El médico confirmó que la herida no era mortal.

Necesitaría descanso, pero se recuperaría.

Cuando Renata abrió los ojos, descubrió que no estaba en la pequeña habitación destinada al personal.

Estaba en la habitación principal.

Giovanni estaba sentado junto a la cama.

Parecía no haber dormido.

—¿Por qué estoy aquí?

—Porque no vas a volver al área del servicio.

Renata frunció el ceño.

—Señor Vital…

—Giovanni.

Ella guardó silencio.

Él se inclinó hacia adelante.

—Recibiste una herida protegiendo mi casa.

—Hice lo que cualquiera habría hecho.

—No.

Su mirada se endureció.

—Mis propios hombres no lo vieron. Tú sí.

Renata apartó los ojos.

Giovanni tomó su mano.

—Toda mi vida he estado rodeado de personas que quieren algo de mí. Dinero. Protección. Poder.

La miró directamente.

—Tú llegaste aquí preocupada por no ensuciar un piso.

Renata soltó una pequeña risa.

—Era un piso muy caro.

Por primera vez Giovanni sonrió de verdad.

Sin embargo, el ataque había revelado algo mucho más peligroso.

El intruso había sido enviado por Corrado Caro, el principal rival de Giovanni.

Corrado llevaba meses intentando debilitar a la familia Vital.

Cuando descubrió que su hombre había fracasado, comenzó una guerra abierta.

Giovanni respondió atacando cada negocio y contacto que Corrado utilizaba para mantener su poder.

Renata observaba todo con preocupación.

—Lo estás acorralando demasiado.

—Ese es el objetivo.

—No.

Renata negó con la cabeza.

—Un hombre acorralado se vuelve desesperado.

Giovanni la miró sorprendido.

—¿Tienes una propuesta?

—Deja de verme como alguien a quien tienes que esconder y quizás pueda ayudarte.

Aquello era precisamente lo que más le fascinaba de ella.

Renata jamás quiso convertirse en una figura frágil a la que alguien debía rescatar.

Había sobrevivido sola durante demasiado tiempo.

Días después, Giovanni decidió trasladarla temporalmente a una propiedad segura fuera de Chicago.

Viajaban en un convoy de vehículos cuando una barrera repentina obligó a detenerse.

Era una emboscada.

Giovanni reaccionó inmediatamente.

—Quédate aquí.

Le entregó a Renata un teléfono de emergencia.

—No salgas del vehículo.

Después desapareció entre la nieve junto con sus hombres.

Renata escuchó gritos y movimientos en la oscuridad.

Entonces vio una figura acercarse desde atrás.

Era Corrado.

Había encontrado el vehículo correcto.

Abrió la puerta.

Renata no se quedó paralizada.

Activó la alarma que Giovanni le había dado y empujó la puerta con todas sus fuerzas.

El golpe hizo retroceder a Corrado justo cuando los hombres de Giovanni llegaban.

En pocos segundos todo terminó.

Corrado fue capturado.

Su red se derrumbó después.

Pero Giovanni no miraba a su enemigo.

Solo miraba a Renata.

Corrió hacia ella.

—¿Estás herida?

—No.

La tomó por los hombros.

—Te dije que no salieras del vehículo.

Renata levantó una ceja.

—No salí.

Giovanni permaneció unos segundos mirándola.

Después comenzó a reír.

Renata también.

Fue la primera vez que ambos comprendieron que lo que había entre ellos ya no tenía nada que ver con jefe y empleada.

Meses después, la mansión Vital era diferente.

La tensión constante había desaparecido.

El personal ya no trabajaba únicamente por miedo.

Y Renata ya no llevaba uniforme.

Giovanni había pagado las antiguas deudas que ella arrastraba desde la muerte de sus padres, pero Renata insistió en mantener independencia económica.

—No quiero deberte mi vida.

—No me debes nada.

—Perfecto.

—Pero quiero que te quedes.

Renata lo miró.

—¿Como qué?

Giovanni, el hombre capaz de intimidar a media ciudad sin levantar la voz, pareció perder por primera vez todas las respuestas.

Finalmente dijo:

—Como la única persona que ha entrado en esta casa sin querer quitarme nada.

Renata sonrió.

—Eso no es completamente cierto.

—¿Qué quieres?

Ella señaló el enorme vestíbulo.

—Que dejes de entrar con los zapatos llenos de barro.

Giovanni soltó una carcajada.

Después la tomó suavemente por la cintura.

—Trato hecho.

La besó.

Y así, después de doce empleadas que habían huido de aquella mansión, fue la número trece quien terminó cambiándolo todo.

Renata había llegado porque necesitaba un salario.

Giovanni creyó que había contratado a una simple ama de llaves.

Pero la mujer a la que todos habían subestimado terminó salvando su vida, protegiendo su casa y convirtiéndose en la única persona frente a quien el hombre más temido de Chicago no necesitaba fingir que no tenía corazón.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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