El hijo «salvaje» del alfa mordía a todo el mundo, excepto al omega con cicatrices al que seguía a todas partes.
El hijo «salvaje» del alfa mordía a todo el mundo, excepto al omega con cicatrices al que seguía a todas partes.

PARTE 1
El hijo del Alpha llevaba tres años encerrado debajo del castillo porque nadie podía acercarse a él.
Había herido a guardias, rechazado médicos e incluso intentado atacar a su propio padre.
A mí me mandaron a llevarle comida porque nadie más quería bajar.
Y cuando aquella criatura enorme caminó directamente hacia mí, pensé que ahí terminaba mi vida.
Me llamo Rowan Abernathy.
Era Omega y trabajaba limpiando cocinas en Lachland Keep.
No era precisamente alguien que llamara la atención.
Seis años antes había sobrevivido a un incendio durante un ataque a mi pueblo.
La parte izquierda de mi cara y mi cuello quedaron cubiertos por cicatrices.
También dañé mi voz.
Desde entonces hablaba poco porque cada palabra me raspaba la garganta.
Los nobles preferían no mirarme.
A mí me convenía.
Había aprendido que ser invisible podía ser una forma bastante útil de sobrevivir.
En aquel tiempo todo el castillo hablaba de Gunther McMillan.
Era el único hijo del Alpha Alistair y futuro heredero del territorio.
Tres años atrás había sufrido su primera transformación.
Algo salió mal.
Nunca volvió completamente a su forma humana.
Vivía atrapado en un estado extraño entre hombre y lobo.
Los médicos decían que su mente se había perdido.
El castillo tenía otra palabra.
Monstruo.
Lo habían encerrado en las celdas inferiores.
Hasta que una tormenta inundó parte del arsenal y alteró todos los turnos de guardia.
Un mayordomo me puso una cubeta de carne en las manos.
—Baja, empuja esto por la abertura y regresa.
Eso intentaba hacer.
Pero cuando llegué, la puerta estaba mal cerrada.
Dos guardias habían entrado para mover a Gunther mientras arreglaban el seguro.
Fue una pésima idea.
Escuché gritos.
Después algo pesado golpeó la pared.
Cuando entré, uno de los hombres estaba en el suelo y Gunther se inclinaba sobre él.
Solté la cubeta.
Gunther giró.
Nunca olvidaré sus ojos.
Completamente oscuros.
Nada humano parecía quedar dentro.
El guardia consiguió escapar mientras Gunther caminaba hacia mí.
Yo no corrí.
Probablemente debería haberlo hecho.
Pero llevaba tantos años viendo miedo en las caras de quienes me miraban que, por alguna razón, no quise darle lo mismo a él.
Cerré los ojos.
Esperé.
Sentí su respiración sobre la cara.
Luego ocurrió algo extraño.
Algo pesado tocó mis rodillas.
Abrí los ojos.
Gunther estaba arrodillado.
Había apoyado la cabeza contra mis piernas.
Y gemía.
No como un depredador.
Como un animal cansado que finalmente había encontrado dónde descansar.
Le puse una mano sobre la cabeza.
Gunther cerró los ojos.
El Alpha Alistair había llegado al corredor.
Lo vio todo.
A la mañana siguiente dejé de trabajar en la cocina.
Me trasladaron a una habitación cerca de Gunther.
También dejaron de encadenarlo.
Podía caminar por un jardín cerrado y parte del ala oriental, siempre que yo estuviera presente.
Si yo leía, él se acostaba cerca.
Si iba por té, esperaba frente a la cocina.
Si alguien se acercaba demasiado a mí, Gunther se tensaba.
Bastaba que yo tocara su brazo para que volviera a tranquilizarse.
Los nobles empezaron a murmurar.
Que yo lo había hechizado.
Que confundía mi olor con otra cosa.
Que era una obsesión absurda.
Pero en privado yo veía algo que ellos no querían reconocer.
Cuando Gunther observaba mis cicatrices no había confusión en sus ojos.
Había tristeza.
Como si un hombre todavía estuviera encerrado detrás de aquel cuerpo esperando que alguien lo encontrara.
Entonces llegó Lady Bellamy Clark.
Su familia gobernaba el sur y venía supuestamente a negociar comercio.
Desde el primer día me observó demasiado.
Una tarde me interceptó en la biblioteca.
Gunther estaba detrás de mí.
Bellamy miró mis cicatrices.
Su expresión cambió.
—Eso no fue un incendio normal.
Sentí un escalofrío.
Me dijo que reconocía aquella marca.
Fuego de brujas.
El mismo tipo utilizado durante el ataque a mi pueblo seis años antes.
Luego miró a Gunther.
—¿De verdad no sabes por qué él te sigue?
No respondí.
Bellamy sonrió.
Y entonces destruyó todo lo que creíamos saber.
Gunther nunca había perdido la razón por culpa de su transformación.
Alguien había puesto una sustancia mágica en su bebida cuando cumplió dieciocho años.
Una mezcla diseñada para separar la conciencia humana del espíritu del lobo.
Lo habían envenenado.
—Y hay una sola cosa que calma ese veneno —añadió Bellamy mirando directamente mis cicatrices—. Los restos del mismo fuego que te quemó.
Sentí que Gunther se acercaba detrás de mí.
Bellamy sonrió una última vez antes de marcharse.
Y entonces comprendí la verdad.
Yo no había domesticado a un monstruo.
Mis cicatrices eran lo único que impedía que un hombre envenenado desapareciera para siempre.
PARTE 2
Me quedé varias horas en la biblioteca.
No podía dejar aquello así.
Busqué textos médicos antiguos hasta encontrar un manuscrito confiscado años atrás.
Describía exactamente los síntomas de Gunther.
La sustancia afectaba el vínculo entre la mente y el lobo.
También mencionaba un estabilizador.
Cenizas procedentes de un fuego mágico específico.
El mismo que había dejado mis cicatrices.
Entonces comprendí otra cosa.
El ataque contra mi pueblo y el envenenamiento de Gunther podían estar relacionados.
Seis años atrás alguien había utilizado aquel fuego cerca de la frontera.
Tres años después, alguien había perfeccionado un veneno cuya preparación dependía de esa misma magia.
Y Bellamy sabía demasiado.
Fui con Alistair.
Al principio no quiso creer que uno de sus aliados pudiera estar detrás de algo así.
Pero aceptó revisar los registros.
No tuvimos tiempo.
Llegó el solsticio.
Alistair salió del castillo con varios nobles para una cacería tradicional.
Bellamy fue con ellos.
Esa noche un sirviente me dijo que había un ungüento nuevo preparado para Gunther en la botica inferior.
Me pareció extraño.
Aun así bajé.
Cuando entré, la puerta se cerró detrás de mí.
Había cuatro hombres dentro.
No eran empleados del castillo.
Uno llevaba el emblema Clark escondido debajo del abrigo.
Entendí inmediatamente.
Bellamy no podía permitir que siguiera investigando.
Retrocedí.
No tenía ningún arma útil.
Entonces escuché algo.
Muy lejos.
Arriba.
Gunther.
No era el rugido descontrolado que todos conocían.
Era distinto.
Más claro.
Más desesperado.
Los hombres también lo escucharon.
Uno de ellos dijo que debían terminar rápido.
No llegaron a hacerlo.
Gunther había roto la puerta de su habitación.
Después bajó directamente hacia nosotros.
Los guardias del pasillo intentaron detenerlo.
Él los apartó y siguió.
Minutos después entró en la botica.
Yo nunca había visto tanta furia en él.
Pero había una diferencia enorme.
No atacaba sin dirección.
Sabía perfectamente a quién estaba protegiendo.
Los hombres soltaron las armas después de un breve enfrentamiento.
Sin embargo, uno de ellos alcanzó a herir a Gunther con una hoja cubierta de plata tratada.
Cayó.
Corrí hacia él.
Su respiración se volvió irregular.
El veneno antiguo y la plata estaban reaccionando juntos.
Entonces recordé el manuscrito.
No bastaba con que él estuviera cerca de mí.
Para eliminar la sustancia necesitaba contacto directo con la magia que quedaba en mis cicatrices.
Apoyé mi mano contra su cara.
Nada.
Desesperado, presioné mi mejilla marcada contra su frente.
Sentí un calor intenso.
Gunther comenzó a temblar.
Por un instante pensé que había empeorado todo.
Después el cuarto quedó silencioso.
Su cuerpo empezó a cambiar.
No hacia una bestia.
En la dirección contraria.
El pelaje desapareció.
Sus facciones se hicieron humanas.
Sus manos dejaron de parecer garras.
Cuando finalmente abrió los ojos, ya no eran negros.
Eran dorados.
Conscientes.
Humanos.
Me quedé inmóvil.
Gunther me miró como alguien que despertaba después de años encerrado.
Le costó hablar.
—Rowan.
Era la primera vez que escuchaba mi nombre en su voz.
Me cubrí la boca.
—¿Me recuerdas?
Asintió.
—Todo.
Eso fue todavía más doloroso.
Había estado consciente dentro de sí mismo durante aquellos tres años.
Había escuchado a la gente llamarlo monstruo.
Había visto a su padre rendirse.
Había sentido cadenas.
Simplemente no podía controlar su cuerpo.
Después levantó una mano y tocó con cuidado mi cicatriz.
—Tú eras lo único que hacía silencio aquí dentro.
Me señaló la cabeza.
Alistair regresó aquella misma madrugada.
Cuando vio a su hijo de pie, casi no pudo hablar.
Gunther sí pudo.
Contó todo lo que recordaba.
La copa que había bebido la noche de su cumpleaños.
Un sirviente relacionado con la familia Clark.
Bellamy interesándose demasiado por su condición durante años.
Los mercenarios atrapados en la botica terminaron confesando.
El plan era sencillo.
Dejar incapacitado al heredero McMillan.
Esperar que Alistair muriera o se viera obligado a elegir otro sucesor.
Después convertir el sur en la fuerza dominante del territorio.
El ataque contra mi pueblo también había sido parte de los experimentos necesarios para obtener aquella magia.
Yo había sido una víctima accidental.
Y, de manera increíble, esas mismas cicatrices terminaron arruinando todo el plan.
Bellamy fue detenida cuando regresó.
La familia Clark perdió sus privilegios y enfrentó un juicio ante varias manadas, no solo ante los McMillan.
Alistair no quería volver a cometer el error de dejar que la rabia decidiera antes que las pruebas.
Eso también cambió muchas cosas.
Gunther tardó meses en recuperarse completamente.
Aprendió de nuevo a controlar sus transformaciones.
A dormir sin cadenas.
A caminar por un salón sin que todos buscaran una salida.
Conmigo fue diferente desde el principio.
Un día me preguntó si yo sabía por qué me había reconocido incluso cuando su mente estaba atrapada.
Negué con la cabeza.
—Porque no era solo la magia.
Sentí que se me calentaba la cara.
Gunther sonrió.
—Eres mi compañero.
Yo me quedé mirándolo.
Después de todo aquello, parecía casi absurdo que el destino todavía guardara otra sorpresa.
No acepté ninguna ceremonia inmediata.
Quería conocer al hombre que había estado escondido detrás del lobo.
Él estuvo de acuerdo.
Con el tiempo descubrí que era tranquilo.
Le gustaban los libros de historia.
Odiaba las fiestas demasiado grandes.
Y tenía un sentido del humor seco que nadie esperaba del antiguo “monstruo” del castillo.
Años después ocupó su lugar junto a Alistair.
Yo me sentaba a su lado.
No ocultaba mis cicatrices.
Ya no dejaba que el cabello cubriera mi cara.
Durante años había pensado que aquellas marcas eran lo peor que me había ocurrido.
Después descubrí que habían mantenido vivo al hombre que todos habían abandonado.
A veces Gunther todavía apoya la frente contra mi mejilla cuando está cansado.
No porque necesite la magia.
Eso desapareció con el veneno.
Lo hace porque recuerda.
Y yo también.
Porque algunas cicatrices no son la prueba de que alguien quedó roto.
A veces son la única razón por la que otra persona consiguió encontrar el camino de regreso.