El director me prohibió escribir el nombre de una alumna… cuando lo hice, otro niño dejó de existir
El director me prohibió escribir el nombre de una alumna… cuando lo hice, otro niño dejó de existir

PARTE 1
La primera noche en el pueblo, una anciana me hizo una advertencia que me pareció absurda:
—Cuando cuente a sus alumnos, hágalo una sola vez.
Yo me reí.
Dos semanas después entendí por qué.
Porque la primera vez siempre había doce niños.
La segunda… había alguien más.
Me llamo Marisol Ceballos.
Tenía veintinueve años cuando conseguí mi primera plaza fija como maestra rural.
Me enviaron a San Miguel de la Barranca, una comunidad pequeña en la Sierra Norte de Puebla.
Sesenta casas.
Una iglesia.
Una clínica que abría algunos días.
Y una primaria de dos salones construida frente a una barranca.
Mi grupo era multigrado: cuarto, quinto y sexto.
El director, don Anselmo, me entregó una lista.
Doce nombres.
—Son doce —me dijo.
Lo repitió.
No entendí por qué parecía tan importante.
Me alojé con doña Cirila, una señora que cocinaba para la escuela.
Esa noche, mientras cenábamos, me preguntó si yo era buena contando.
Pensé que bromeaba.
Entonces me pidió algo extraño:
que jamás contara dos veces a mis alumnos.
No pregunté más.
El lunes entré al salón.
Había doce niños.
Leí los doce nombres.
Todos respondieron.
Me di vuelta para escribir en el pizarrón.
Entonces escuché una voz infantil detrás de mí.
—Falta una, maestra.
Volteé.
Al fondo había una niña que no recordaba haber visto.
Tendría unos diez años.
Muy delgada.
Cabello negro suelto.
Vestía un mandil blanco antiguo.
Y estaba descalza sobre el cemento frío.
Pregunté su nombre.
No respondió.
Solo inclinó ligeramente la cabeza.
Entonces cometí el error.
Volví a contar.
Uno.
Dos.
Tres.
Hasta doce.
La banca del rincón estaba vacía.
Durante la primera semana volvió a aparecer varias veces.
Siempre cuando yo estaba de espaldas.
Siempre en la última banca.
Y siempre desaparecía cuando contaba.
Pregunté a los otros niños quién era.
Yesenia, una alumna de sexto, dejó su lápiz y me dijo:
—No la mire demasiado, maestra.
—¿Por qué?
—Porque luego se acostumbra.
Nadie quiso decirme su nombre.
Un niño llamado Percy finalmente susurró algo mientras salíamos.
—Mi abuela dice que es bruja.
Después negó rápidamente.
—Pero no es una bruja normal.
En la dirección había fotografías de generaciones anteriores.
Una tarde empecé a revisarlas.
En la foto del año pasado conté trece personas.
Doce alumnos…
y la niña del mandil blanco al extremo de la imagen.
Pasé a otra fotografía.
Ahí estaba.
También.
Incluso en una fotografía en blanco y negro tomada décadas atrás.
Los uniformes cambiaban.
Los maestros envejecían.
La escuela cambiaba de pintura.
Ella no.
Don Anselmo me encontró frente a las fotografías.
No pareció sorprendido.
Me pidió sentarme.
—Dos cosas, maestra.
La primera: no volver a contar.
La segunda: nunca escribir el nombre de esa niña.
Pregunté por qué.
Su respuesta fue simple.
—Porque si usted le da un lugar en la lista, ella lo ocupa.
Aquella misma semana comenzaron los ruidos nocturnos.
Entre las tres y las cuatro de la mañana escuchaba una piedra golpeando el patio.
Después pasos pequeños.
Una noche miré por la ventana.
Había un juego de rayuela dibujado con gis.
Los cuadros iban del uno al doce.
Al final había otro espacio.
Vacío.
La piedra saltaba sola.
Al amanecer el dibujo había desaparecido.
Pero en el marco de mi salón apareció una pequeña raya de gis.
Días después había dos.
El jueves siguiente me quedé sola terminando la asistencia.
Cuando levanté la vista, la niña estaba junto a mi escritorio.
Por primera vez pude olerla.
Agua estancada.
Barro viejo.
Miró mi hoja.
—No estoy ahí.
Sentí lástima.
Eso fue suficiente.
—Dime cómo te llamas.
—Ameyalli.
Escribí:
Ameyalli Bautista.
Renglón número trece.
En cuanto terminé la última letra, todo el ruido del patio desapareció durante un segundo.
Cuando regresó, Ameyalli ya estaba sentada en la banca del rincón.
Al día siguiente Percy no llegó.
Pregunté por él.
Los demás niños me miraron confundidos.
Fui a casa de doña Cirila.
—¿Percy está enfermo?
Me observó extrañada.
—¿Quién es Percy?
—Su nieto.
Su expresión no cambió.
—Maestra, yo no tengo nietos.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Corrí a la escuela.
Abrí la lista oficial.
Seguía teniendo doce nombres.
Pero Percy había desaparecido.
En su lugar estaba impreso, con la misma tinta de siempre:
Ameyalli Bautista.
Don Anselmo miró el documento.
Después me miró a mí.
—Usted escribió su nombre, ¿verdad?
Asentí.
El viejo cerró los ojos.
—Entonces ya escogió quién iba a salir.
PARTE 2
—Entonces ya escogió quién iba a salir.
Me quedé mirándolo.
—Yo no escogí a nadie.
—Lo sé.
Esa respuesta fue peor.
Don Anselmo no recordaba a Percy.
Nadie lo recordaba.
Pero cada vez que pronunciaba su nombre, el director sentía algo.
Una incomodidad.
Como un recuerdo detrás de una puerta cerrada.
Yo sí tenía pruebas.
En mi libreta personal había escrito:
Percy: lee muy rápido. Preguntar a su abuela por el asma.
También conservaba un dibujo suyo.
Cuando se lo enseñé a doña Cirila, lo miró durante mucho tiempo.
—Está bonito.
—Lo hizo Percy.
—¿Quién?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero ella no sabía por qué estaba llorando.
Desde entonces Ameyalli dejó de desaparecer.
Ahora era oficialmente una de los doce.
Los demás niños compartían comida con ella.
Le prestaban colores.
La trataban como si hubiera estudiado allí desde siempre.
Eso era lo más inquietante.
La realidad se había acomodado.
Yo era la única que recordaba que algo faltaba.
Las rayas de gis en la puerta siguieron aumentando.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Y cada madrugada escuchaba la piedra saltando por la rayuela.
Empecé a investigar.
Frente al pueblo había una enorme cicatriz gris bajando por la montaña.
Un trabajador de la clínica me explicó que en 1962 ocurrió un derrumbe.
En aquella época la comunidad estaba al otro lado de la barranca.
También la escuela.
Subí hasta las ruinas.
Solo quedaban piedras y pedazos de adobe enterrados.
Después hablé con don Mateo, un anciano de noventa años que había sido alumno allí.
Cuando mencioné 1962, su expresión cambió.
Tenía ocho años.
Recordaba el ruido de la montaña.
La maestra Rosa Elvira sacó a todos los niños por una ventana trasera antes de que el barro cubriera la escuela.
—Nos salvó a todos —dijo.
Después añadió:
—Pero Ameyalli volvió a entrar.
—¿Por qué?
El anciano me miró.
—Por el registro.
La maestra siempre decía que el libro de asistencia era la prueba de que la escuela existía.
Ameyalli había salido con los demás.
Pero recordó que el registro seguía dentro.
Volvió por él.
Tenía nueve años.
Nunca encontraron su cuerpo completo.
Solo el mandil.
En los archivos de la clínica encontré dos registros de 1962.
Rosa Elvira, maestra.
Y Ameyalli Bautista, nueve años.
Junto a su nombre decía:
cuerpo no recuperado.
Seguí leyendo.
Un alumno desaparecido.
Otro.
Siempre niños de nueve a once años.
Siempre al inicio del ciclo escolar.
Siempre sin cuerpo.
Y en cada caso aparecía la firma de una maestra nueva.
Entonces comprendí el patrón.
Ameyalli quería estar en la lista.
Pero el salón siempre debía tener doce alumnos.
Si ella entraba…
otro salía.
No sabía si lo hacía a propósito.
Una tarde me quedé sola con ella.
—¿Dónde está Percy?
Ameyalli siguió acomodando cuadernos.
—En la otra escuela.
Señaló hacia la montaña.
—¿Qué otra escuela?
—La de allá.
Miré las ruinas.
—La señorita Rosa sigue esperando que toque la campana.
Después Ameyalli dijo algo con absoluta naturalidad:
—Yo salí aquel día.
—Entonces ¿por qué regresaste?
—Por el registro.
—Pero ya no necesitas venir a clases.
Su cara se llenó de confusión.
—Sí necesito.
—¿Por qué?
Me respondió como si fuera obvio.
—Porque si la maestra no dice mi nombre, significa que no vine.
Hizo una pausa.
—Y si no vine… entonces no existo.
Aquello cambió todo.
Quizá no estaba intentando robar vidas.
Quizá seguía siendo una niña atrapada en la última regla que escuchó antes del derrumbe.
El sábado regresé sola a las ruinas.
Llevé una pala.
Cavé durante horas cerca de donde habría estado el escritorio de la maestra.
La tierra era dura.
Finalmente encontré algo pequeño bajo el barro.
No voy a describirlo.
Entre lo que quedaba de sus brazos había un objeto rectangular destruido por la humedad.
Un libro grande.
El registro escolar.
Me senté allí y lloré.
Cuando levanté la cabeza, Ameyalli estaba al borde del hoyo.
Mandil blanco.
Pies descalzos.
—Lo encontré, maestra.
Sonreía.
—Lo estaba cuidando.
Tragué saliva.
—Ya está, pequeña.
Toqué el registro.
—Ya lo entregaste.
Por primera vez dejó de parecer inquietante.
Solo parecía una niña cansada.
El pueblo recuperó sus restos.
La enterramos nueve días después.
En la ceremonia dijeron su nombre completo varias veces.
Colocaron una placa.
Los niños cantaron.
A la mañana siguiente su banca estaba vacía.
La mochila vieja se convirtió en polvo cuando intenté levantarla.
Y tres semanas después ocurrió algo imposible.
Percy apareció caminando desde el camino de la montaña.
Uniforme limpio.
Mochila al hombro.
Entró al salón.
—Buenos días, maestra.
Y se sentó.
Como si hubiera salido al baño.
Doña Cirila lo vio.
De golpe recordó todo.
Corrió hacia él llorando.
También volvieron sus fotografías.
Los documentos.
Los recuerdos.
Había estado ausente cuarenta y un días.
Percy nunca pudo explicar dónde estuvo.
Solo desarrolló una costumbre.
Contaba todo.
Los pasos.
Los escalones.
Las papas de su plato.
Y cada vez que yo terminaba de pasar asistencia, miraba unos segundos hacia la puerta.
Una vez le pregunté qué esperaba.
—Que no falte nadie.
Pedí traslado.
Ahora trabajo en una primaria de León.
Cuarenta alumnos.
Tráfico.
Ruido.
Internet que falla.
Me encanta.
El primer día de este ciclo pasé asistencia.
Cuarenta nombres.
Una sola vez.
Cerré el registro.
Entonces, desde la última banca junto a la pared, escuché una voz de niña.
Muy suave.
—Maestra…
No volteé.
Mis manos comenzaron a temblar.
La voz continuó:
—Creo que no dijo mi nombre.
Miré hacia adelante.
Conté mentalmente la regla que aprendí demasiado tarde.
Una sola vez.
No he vuelto a contar.