El destino decía que él sería mi verdugo — Pero después de salvarlo, se negó a dejarme ir
El destino decía que él sería mi verdugo — Pero después de salvarlo, se negó a dejarme ir

Yo conocía el final de mi historia: el vampiro de cabello plateado me mataría.
Por eso hice todo lo posible para salvarlo antes de que se convirtiera en el monstruo de la novela.
Pero cuando mi amiga confesó que había asesinado a un príncipe, comprendí que alguien estaba cambiando el guion… y que todos podíamos terminar muertos.
Me llamo Beatriz Constanza. O, mejor dicho, ese era el nombre de la villana cuyo cuerpo desperté ocupando después de morir en mi mundo. En la novela, Beatriz era una heredera cruel, criada en una prisión de espinos, que despreciaba a los débiles y terminaba asesinada por Asher Vain, un vampiro de sangre pura con cabello plateado y ojos dorados.
Yo no quería la fortuna de su familia ni un lugar en la corte. Sólo quería evitar que Asher se convirtiera en el asesino que la historia prometía.
En la Academia de las Islas Santas, nadie sabía que yo conocía acontecimientos que aún no ocurrían. Tampoco que estaba perdiendo poco a poco mis poderes de mariposa relámpago. Sin embargo, sí sabían que era la heredera Constanza y que debía comportarme como tal.
Por eso, cuando Lucía —una joven asistente de la academia— me confesó que había matado al príncipe Samuel, todos esperaban que la entregara sin hacer preguntas.
—No podía dejar que siguiera haciéndome daño —dijo. Tenía la mirada vacía de quien ya no espera que la salven.
Me contó que había buscado a un prisionero del calabozo, un muchacho de cabello plateado al que los clérigos llamaban monstruo. Le ofreció su sangre y hasta su alma a cambio de que matara a Samuel. Asher se negó a aceptar que fuera el demonio que todos describían, pero le entregó una daga negra.
Esa noche, cuando Samuel volvió a buscarla, Lucía lo mató con esa daga y luego se entregó a la directora. No intentó escapar ni culpó a nadie.
—Si me condenan, me lo merezco —dijo—. Pero antes quiero saber algo. ¿Tú mataste al enviado de la Luna?
Negué con la cabeza.
Tres clérigos de túnica roja y un enviado vestido de blanco habían desaparecido. Lucía los había visto por última vez cerca de mi habitación. También encontró cuatro muñecos de tela: tres rojos y uno blanco. Yo no recordaba haberlos hecho. Lo último que recordaba era que el enviado me había llevado a la capilla y me había dado agua bendita. Después desperté en el ático.
Una imagen fugaz me cruzó la mente: Asher, ya adulto, con una corona oscura sobre la cabeza y sangre en las manos.
Me fui de la prisión sin respuestas y choqué con un joven pelirrojo que intentó seguirme por el patio.
—Hola, pequeña corderita.
—No me sigas.
Cuando insistió, una descarga de magia salió de mí y lo arrojó de cabeza a una fuente llena de perlas. Los estudiantes se echaron a reír. Entonces reconocí al príncipe Leandro, un cambiaformas zorro famoso por coquetear con todo el mundo.
Lo dejé chapoteando y corrí tras el príncipe Saúl Avery. Necesitaba entrar al tercer piso de la Gran Biblioteca, donde se guardaba un libro capaz de responder cualquier pregunta. Saúl no aceptó ayudarme por amabilidad. Le ofrecí a cambio revelar cómo había entrado yo.
—Te protegeré durante la Cacería Final —dijo al fin—. Pero no puedo prometer que ganes.
La competencia de la academia era conocida por su espectáculo. Diez estudiantes de mayor rango perseguían a quienes se ofrecían como presas. Los collares mágicos los sacaban de la arena si sufrían una herida mortal. Nadie había ganado como presa, pero el vencedor recibía un deseo concedido por la directora.
Yo quería usarlo para conseguir el perdón de Lucía.
El día de la cacería, los alumnos entraron al laberinto cubierto de neblina. Yo llevaba un manto de invisibilidad, una pequeña ballesta y diez escarabajos encantados, uno por cada cazador. Si alguno se acercaba, el escarabajo correspondiente se movía.
Encontré a Elena, una niña que pensaba que aquello era un juego, y a Susana, una estudiante que también se había ofrecido como presa. Al poco rato hallamos a Lucía, herida y agotada, con una daga en la mano.
Las reuní bajo mi manto. Prometí guiarlas hasta el centro mientras distraía a los cazadores. Pero la neblina se volvió tan caliente que quemaba la piel. Y la voz de la directora nunca llegó a través de los cristales de vigilancia.
Entonces un escarabajo se quedó rígido y cayó de mi dedo.
Era el de la cazadora número seis.
—Si no es una falla —dije, viendo a Susana palidecer—, alguien acaba de morir.
A unos pasos de nosotras, el muchacho pálido de cabello plateado permanecía sentado junto a un árbol seco. Asher no se había movido en todo el tiempo. Y, por primera vez, me pregunté si al salvarlo de su destino no habría despertado algo mucho peor.
PARTE 2
—No te acerques a él —susurró Susana.
Pero Asher abrió los ojos. Su mirada dorada pasó de mí al escarabajo muerto.
—La cacería ya no es un juego —dijo.
Antes de que pudiera preguntarle qué sabía, un golpe retumbó detrás de los setos. Elena se despertó sobresaltada y empezó a llorar. Lucía la abrazó, mientras Susana se asomaba por la entrada del claro.
—¿Qué pasó con la directora? —pregunté.
—No contesta nadie —respondió—. Los cristales están desconectados.
Asher se puso de pie. Parecía débil, pero el aire a su alrededor cambió. Por debajo de su camisa, una sombra oscura le subió por el cuello como tinta.
—Tú mataste a la cazadora —dije.
—No —contestó—. Pero sé quién lo hizo.
—¿Quién?
Sus ojos se fijaron en mí.
—Los que me trajeron aquí.
No tuve tiempo de pedirle que explicara. Se escucharon pasos al otro lado de los setos. Asher se transformó en una sombra negra que cruzó el claro sin hacer ruido. Un instante después, el cazador número cinco apareció de rodillas en la hierba, con el collar mágico roto en una mano. Estaba vivo, pero temblaba.
—Algo me atacó —dijo—. No era un estudiante.
Un rugido sacudió el laberinto. Elena se tapó los oídos. Lucía tomó a la niña en brazos, y yo apreté la daga negra que Asher le había dado.
Asher reapareció entre los árboles, cubierto de polvo.
—Hay hombres armados en el laberinto. No llevan uniforme de la academia.
Entonces lo entendí. Los clérigos desaparecidos, el enviado de la Luna y la competencia aislada no eran casualidades. Alguien había preparado la arena para que pareciera un accidente y usar la muerte de un estudiante como pretexto para culpar a Asher.
—¿Por qué harían eso? —preguntó Susana.
—Porque quieren que despierte —dije, mirando al vampiro—. O quieren que todos crean que lo hizo.
Asher no lo negó. Tampoco se defendió. Su silencio me preocupó más que una amenaza.
—Ayúdame a sacar a estas personas —le dije.
—¿Y si soy exactamente el monstruo que temes?
—Entonces tendrás que demostrarlo después. Ahora hay una niña aquí.
Algo en su expresión se quebró. Bajó la mirada hacia Elena y se colocó entre ella y los setos.
Nos movimos hacia el centro del laberinto siguiendo las flores pintadas que Elena había dejado en las esquinas. Los muros de metal tenían hojas afiladas y la neblina quemaba cada vez más. Saúl apareció desde un pasillo con forma de pantera negra. Llevaba un corte en el brazo y una capa rasgada.
—La directora no puede entrar —dijo—. Alguien destruyó los círculos de teletransporte.
—¿Los cazadores saben que no hay protección?
—Todavía no todos. Pero pronto lo sabrán.
Lucía se detuvo. En el suelo, junto a una pared, había un pequeño amuleto partido. Era de la cazadora número seis. No encontramos su cuerpo, pero sí huellas que conducían a una puerta de servicio casi oculta entre la maleza.
—Los intrusos salieron por aquí —dijo Saúl.
Asher tocó la puerta. La cerradura se derritió bajo sus dedos.
—¿Puedes abrirla? —pregunté.
—Puedo hacer más que eso.
—No lo hagas si te cuesta controlarte.
Me miró como si nadie le hubiera hablado así antes. Luego apartó la mano y dejó que Saúl forzara el mecanismo.
Al otro lado encontramos a la directora Malina y a dos guardias, encerrados en una cámara estrecha. Estaban vivos. Malina explicó que un grupo de clérigos había saboteado las defensas y tomado el control de la sala de vigilancia. Querían capturar a Asher durante el caos. Si él se transformaba, tendrían una excusa para declararlo enemigo de la academia y entregarlo a la Orden Santa.
—¿Y la cazadora muerta? —pregunté.
La directora se quedó callada.
Saúl encontró un cristal de vigilancia entre las pertenencias de uno de los intrusos. La imagen mostró a la joven entrando sola en una zona prohibida. Allí la esperaba un clérigo de túnica roja. No vimos el momento de su muerte, pero el registro dejó claro que el ataque no vino de Asher.
—La Orden quería que pareciera culpa suya —dijo Malina—. Igual que las desapariciones.
Asher apretó los puños. La sombra volvió a subirle por el cuello.
—Los cuatro de la capilla —dije—. ¿Tú los mataste?
—Me atacaron después de que me drogara el enviado —respondió al fin—. Cuando desperté, ya estaban muertos.
—¿Y los muñecos?
—Los hice con los retazos de sus túnicas. No recordaba por qué.
Sentí frío a pesar del calor de la neblina. Asher no había inventado la historia de los clérigos. Pero sí era capaz de matar cuando lo acorralaban, y él mismo temía lo que podía hacer.
—¿Eres el vampiro de la novela? —se me escapó.
—No sé qué novela es esa.
Sus ojos se fijaron en los míos.
—Pero sí sé que, cada vez que pierdo el control, tú eres la única voz que consigo escuchar.
No había tiempo para hablar de destinos. Los cazadores restantes habían llegado al claro central. Algunos ya sabían que no existía protección. Otros seguían creyendo que el ataque era parte del espectáculo.
El príncipe Leandro apareció convertido en zorro rojo, con una manga quemada y una sonrisa nerviosa.
—Antes de que me regañen: sí, los clérigos cortaron las defensas. Y no, no fue mi idea. Yo sólo les di una bebida que los hizo correr al baño.
—¿En serio? —pregunté.
—Pensé que la competencia seguía siendo un juego.
De pronto, un clérigo salió detrás de él con una ballesta. Asher se movió más rápido que todos. Se interpuso y recibió el virote en el hombro.
Lucía lanzó la daga negra. La hoja giró en el aire y cortó la cuerda que sostenía una lámpara de aceite. La lámpara cayó entre el clérigo y nosotros, obligándolo a retroceder. Saúl y los guardias lo redujeron.
Asher cayó de rodillas. La sombra oscura le cubría ya media cara.
—No —le dije, sujetándolo del brazo—. Mírame.
—Aléjate.
—No voy a hacerlo.
Por un momento vi al hombre de cabello plateado y, superpuesto a él, la criatura de ojos vacíos que la novela describía. Su mano temblaba, pero no me apartó.
—No eres sólo lo que te hicieron —dije—. Y todavía puedes elegir qué haces ahora.
La sombra se detuvo. Después comenzó a retroceder.
Cuando la directora recuperó el control de la arena, la cacería terminó. Los intrusos fueron entregados al consejo y el registro de vigilancia limpió el nombre de Asher en la muerte de la estudiante. La Orden Santa perdió su autoridad sobre la academia mientras investigaban las desapariciones.
Yo había ganado la cacería sin derrotar a los cazadores. Había sacado a los heridos y protegido a Lucía y Elena. La directora aceptó concederme un deseo.
—Quiero el perdón de Lucía —dije—. Que se revise su caso y se reconozca que se entregó por voluntad propia.
El consejo tardó varios días en decidir. Samuel era un príncipe, y su muerte no podía desaparecer con una petición. Pero salieron a la luz sus abusos contra Lucía y el encubrimiento de los clérigos. Al final, redujeron la condena y la dejaron bajo supervisión, con la posibilidad de volver a trabajar en la academia.
Cuando le di la noticia, Lucía lloró sin cubrirse la cara.
—Creí que nadie iba a creerme.
—Yo te creí.
Asher esperó a que estuviéramos solos antes de acercarse.
—Me salvaste de un destino que ni siquiera entiendo —dijo—. ¿Qué quieres a cambio?
—Que dejes de pensar que tienes que convertirte en un monstruo para sobrevivir.
No sonrió. Pero algo en su mirada dejó de estar tan lejos.
—Puedo intentarlo —dijo.
La novela decía que Asher me mataría. No mencionaba que, en la academia, se quedaría a mi lado después de la cacería. Tampoco decía que yo pudiera elegir algo distinto a un final escrito por alguien más.
No salvé al vampiro porque creyera que era inofensivo. Lo salvé porque nadie debería ser condenado antes de poder elegir quién quiere ser.
Y cuando, meses después, Asher tomó mi mano sin exigir que se la entregara, comprendí que el futuro todavía estaba abierto. Por primera vez, no tuve miedo de averiguar qué escribiríamos en él.