El desconocido que fingió ser su esposo ocultaba un secreto inmortal

El desconocido que fingió ser su esposo ocultaba un secreto inmortal

PARTE 1

El champán sabía a arrepentimiento, y Arya Bennett ya iba por la segunda copa cuando Marcus entró en la galería con su nueva prometida del brazo.

Ella había asistido únicamente para apoyar a Sienna, su mejor amiga, que exponía tres cuadros aquella noche. Durante dos años había evitado cualquier lugar donde pudiera encontrarse con su ex. Dos años reconstruyendo la seguridad que él había destruido cuando le dijo que una mujer tan obsesionada con su carrera jamás serviría para formar una familia.

Ahora Arya era editora ejecutiva de una de las casas editoriales más prestigiosas de la ciudad. Había descubierto autores, negociado contratos imposibles y aprendido que no necesitaba un anillo para demostrar su valor.

Sin embargo, al ver la sonrisa arrogante de Marcus, sintió que regresaba por un instante a aquella versión de sí misma que siempre tenía que justificarse.

—No mires —susurró Sienna—. Viene hacia acá.

Marcus se acercó acompañado de Bethany, una joven rubia que lucía un diamante enorme.

—Arya —dijo él con falsa cordialidad—. Me alegra saber que sigues asistiendo a estos eventos. ¿Todavía estás casada con tu trabajo?

Bethany soltó una risita. Luego, con una dulzura que resultaba más ofensiva que un insulto, le aconsejó que no esperara demasiado para formar una familia.

Arya apretó la copa. Estaba a punto de responder cuando Marcus se rio en voz alta.

—¿Entonces aún no hay marido? El éxito está bien, pero algún día despertarás sola, rodeada de manuscritos.

Antes de que Arya pudiera contestar, el ambiente cambió.

Un frío inexplicable recorrió la galería. Las conversaciones se apagaron y todos miraron hacia la entrada. Un hombre alto, vestido de negro, avanzaba entre los invitados. Tenía el cabello casi plateado, la piel pálida y unos ojos de un rojo tan intenso que parecían imposibles.

Arya lo reconoció por las fotografías de las revistas: Constantine Drăculești, heredero de una fortuna antiquísima, propietario de edificios históricos y coleccionista de libros que nadie más podía conseguir. También era el protagonista de rumores extraños. Nunca aparecía de día. Nadie sabía su edad. Y quienes investigaban demasiado dejaban de hacer preguntas.

Constantine pasó junto a Marcus sin mirarlo y se detuvo frente a Arya.

—Por fin te encuentro, amor mío.

Arya apenas pudo respirar cuando él tomó su mano y besó sus nudillos. Después sacó una caja de terciopelo. Dentro había un anillo de platino con una piedra carmesí idéntica al color de sus ojos.

—Sé que acordamos mantener nuestro matrimonio en secreto —continuó—, pero estoy cansado de ocultar lo que significas para mí.

La galería quedó en silencio.

Arya sabía que debía desmentirlo. No conocía a aquel hombre. Pero entonces vio el rostro desencajado de Marcus y decidió aceptar la locura.

—Perdona que me marchara sin avisarte —respondió—. Quería apoyar a Sienna.

Constantine deslizó el anillo en su dedo. Encajó perfectamente.

—Marcus, Bethany —dijo con serenidad—, les presento a mi esposa.

Minutos después, Constantine condujo a Arya hasta una terraza apartada. En cuanto la puerta se cerró, ella retiró la mano.

—¿Quién eres y por qué acabas de inventar que estamos casados?

—Porque necesitabas que alguien silenciara a ese hombre y yo necesito una esposa para conservar mi posición. Podemos ayudarnos mutuamente.

Él le ofreció protección, libertad para continuar su carrera y un contrato con una cláusula de salida. A cambio, ella fingiría ser su consorte en público.

—Antes de aceptar, quiero saber qué eres realmente —exigió Arya—. El frío, tus ojos, tu piel… No eres humano.

Constantine la observó durante un largo instante. Luego mostró, apenas, dos colmillos perfectos.

—Soy un vampiro, Arya. Y no uno cualquiera. Desde la muerte de mi padre, gobierno el Consejo Oriental. Si conservas ese anillo, el mundo humano creerá que eres mi esposa… pero los de mi especie te reconocerán como su reina.

La piedra carmesí se calentó alrededor de su dedo.

—Y algunos estarán dispuestos a matarte antes de permitirlo.

PARTE 2

—Entonces empieza por decirme toda la verdad —respondió Arya, aunque el miedo le cerraba la garganta.

Constantine le explicó que el Consejo estaba dividido. Una facción defendía la convivencia con los humanos; la otra deseaba regresar a una época en la que los vampiros cazaban y gobernaban sin límites. Para conservar el mando, él debía demostrar estabilidad mediante una consorte. Elegir a una humana, sin embargo, sería también una declaración política.

Arya no aceptó por impulso. Exigió condiciones por escrito: conservaría su trabajo, tendría habitaciones propias y podría terminar el acuerdo cuando quisiera, sin represalias. Constantine accedió a todo.

—Negocias como si no estuvieras frente a una criatura de seis siglos —comentó él.

—Negocio contratos con autores famosos. Créeme, he conocido egos más aterradores.

Su risa fue tan genuina que, por primera vez, Constantine pareció menos un monstruo y más un hombre que llevaba demasiado tiempo solo.

Aquella misma noche, Arya llegó a su mansión. Iliana, la segunda al mando de Constantine, la recibió con evidente desconfianza. Sin embargo, el personal humano hablaba de su señor con lealtad. Una empleada llamada Marie le contó que Constantine había pagado su tratamiento contra el cáncer y le había permitido elegir entre la inmortalidad y una vida humana. Ella había elegido seguir siendo mortal, y él había respetado su decisión.

Eso hizo que Arya comprendiera algo importante: Constantine podía ser peligroso, pero no era cruel.

Durante las semanas siguientes aprendió las normas del mundo vampírico. En la primera reunión del Consejo, seres centenarios la observaron como si fuera una intrusa. Algunos intentaron obligarla a inclinarse. Arya recordó la advertencia de Iliana y mantuvo la cabeza en alto.

Lord Victor Rădulescu fue el más hostil.

—Una mortal no puede ser igual a nosotros —declaró—. Pronto te cansarás de tu pequeña mascota.

El aire se congeló.

—Mi esposa no es una mascota —dijo Constantine—. Es mi igual. Vuelve a insultarla y discutiremos tu opinión en un duelo formal.

Arya debería haberse sentido protegida. En cambio, se sintió furiosa por necesitar que otro hablara por ella.

—No hace falta un duelo —intervino—. Si la edad garantizara sabiduría, usted no habría dicho algo tan estúpido.

Varias risas ahogadas recorrieron el salón. Victor se marchó humillado, y Constantine llevó a Arya a un corredor apartado.

—Has convertido a uno de mis enemigos más antiguos en el chiste de la noche.

—¿Estás molesto?

—Estoy fascinado.

Entonces la besó.

No había público ni necesidad de fingir. Fue un beso suave al principio, como una pregunta, pero Arya respondió antes de pensar en el contrato. Al separarse, ambos comprendieron que el acuerdo ya había empezado a transformarse en algo más peligroso que la política.

Con el paso de los meses, Constantine dejó libros raros en su habitación, escuchó sus ideas editoriales y jamás intentó adjudicarse sus éxitos. Arya, por su parte, lo ayudó a negociar alianzas y a redactar nuevas leyes que protegían a los humanos. Él había pasado siglos acumulando poder; ella le enseñó que gobernar también significaba escuchar.

Victor no olvidó la humillación. En una sesión del Consejo acusó a Constantine de debilitar a su especie y lo desafió a un duelo. La lucha fue feroz, pero Constantine lo derrotó y le ordenó abandonar el territorio.

Antes de marcharse, Victor miró a Arya con un odio silencioso que ella no olvidaría.

El peligro regresó un año después, durante una gala benéfica. Arya notó que tres vampiros desconocidos avanzaban hacia ella, separándose para rodearla. Mandó a Sienna a la sala segura y activó el colgante de alarma que Constantine le había regalado.

—Vendrás con nosotros —dijo uno de ellos—. Tu esposo renunciará al Consejo para recuperarte.

Arya esquivó la primera mano y golpeó al segundo atacante, pero el tercero la sujetó y acercó los colmillos a su garganta.

La temperatura cayó de golpe. El suelo se cubrió de escarcha.

Constantine apareció entre la multitud con los ojos completamente rojos.

—Has tocado a mi esposa.

Lo que siguió terminó en segundos. Cuando todo acabó, los tres atacantes se habían convertido en ceniza. Constantine, cubierto de sangre, corrió hacia Arya.

—Si te hubiera perdido…

—No me perdiste —dijo ella, abrazándolo—. Estoy aquí.

La investigación reveló que Victor había organizado el secuestro desde el exilio. Pretendía utilizar a Arya para obligar a Constantine a abdicar. El Consejo lo encontró y puso fin a su conspiración. Además, aprobó nuevas leyes que castigaban cualquier ataque contra un consorte, humano o vampiro.

Después de aquello, nadie volvió a llamar mascota a Arya. Había sobrevivido, había protegido a su amiga y se había negado a arrodillarse. Incluso los tradicionalistas comenzaron a verla como una dirigente.

Tres años después de la noche en la galería, Arya encontró a Constantine en la biblioteca.

—Necesito decirte algo.

Él se tensó.

—¿Quieres marcharte?

—Todo lo contrario. Quiero quedarme para siempre.

Constantine comprendió antes de que ella lo explicara. Una vez le había prometido que, si algún día lo deseaba, podría elegir entre envejecer como humana o compartir su inmortalidad.

—No tienes que hacerlo por mí —advirtió—. La transformación es dolorosa e irreversible.

—Lo hago por mí. No quiero ser recordada solo como la esposa humana que ayudó a cambiar el Consejo. Quiero seguir construyendo ese futuro contigo. Te amo y elijo esta vida con plena conciencia.

El ritual se celebró ante el Consejo. Después, en sus aposentos, Constantine sostuvo a Arya mientras su humanidad ardía y su corazón se detenía. Durante tres días ella caminó entre la vida y la muerte, aferrada a su voz.

Cuando abrió los ojos, podía escuchar cada latido de la mansión. Su piel era más pálida, sus sentidos más agudos y un tono carmesí comenzaba a conquistar sus pupilas.

—Bienvenida de regreso, amor mío —susurró Constantine.

Arya sonrió, mostrando sus nuevos colmillos.

Años más tarde, humanos y vampiros celebraron juntos la aprobación de las leyes de convivencia. Arya y Constantine salieron a la misma terraza donde habían negociado su falso matrimonio.

—Entraste en una galería y afirmaste que yo era tu esposa sin conocerme —recordó ella—. Fue la decisión más absurda de tu larga vida.

—Y la mejor.

Arya apoyó la cabeza en su hombro. Ya no era la mujer que necesitaba demostrarle algo a Marcus ni la humana asustada que había aceptado un anillo por orgullo. Era editora, líder, vampira y compañera de un rey, no porque él la hubiera completado, sino porque ambos habían aprendido a caminar como iguales.

Todo había comenzado con una pregunta cruel: «¿Todavía no tienes marido?».

La respuesta había resultado más increíble de lo que cualquiera habría imaginado.

Arya no solo había encontrado un esposo.

Había encontrado a alguien dispuesto a compartir con ella la eternidad.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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