El cruel Rey Alfa exigió una esposa falsa por 100 días; en el día 99, ella huyó embarazada.
El cruel Rey Alfa exigió una esposa falsa por 100 días; en el día 99, ella huyó embarazada.

PARTE 1
El contrato decía que yo sería su esposa durante cien días.
En la mañana del día ciento uno, desaparecería de su vida para siempre.
No debía entrar al ala este, no debía preguntar por los ruidos nocturnos y, bajo ninguna circunstancia, debía enamorarme de mi propio esposo.
Rompí las tres reglas.
Me llamo Rosalía Mercado.
Cuando llegué a la Fortaleza Valerio, escondida entre montañas cubiertas de nieve, no tenía muchas opciones.
Mi padre había dejado una montaña de deudas.
Nuestra casa había sido embargada.
Los acreedores aparecían cada semana.
Entonces llegaron los hombres de Caleb Valerio.
Caleb era conocido como el Rey Alfa del Norte.
Los pueblos humanos lo respetaban porque mantenía abiertas las rutas comerciales durante el invierno.
Pero también existían rumores.
Viajeros desaparecidos.
Animales encontrados lejos de los caminos.
Aullidos provenientes de sus tierras durante las noches de luna llena.
Yo no creía en historias de monstruos.
Creía en deudas.
Y Caleb podía borrar las mías.
El trato era sencillo.
Necesitaba demostrar durante cien días ante un consejo extranjero que podía mantener una vida familiar estable.
Yo fingiría ser su esposa.
Sonreiríamos durante cenas.
Asistiríamos juntos a ceremonias.
Después recibiría suficiente dinero para empezar de nuevo lejos de allí.
Firmé.
Los primeros veinte días fueron aburridos.
Caleb apenas me hablaba durante el día.
Dormíamos en habitaciones separadas.
Frente a visitantes se mostraba atento.
Cuando las puertas se cerraban, cada uno regresaba a su parte del castillo.
Pero por las noches escuchaba cosas.
Pasos pesados.
Golpes.
Aullidos demasiado profundos para pertenecer a un lobo normal.
Todos provenían del ala este.
Pregunté una vez.
La criada dejó caer una cuchara.
Nunca volví a preguntar.
Hasta la noche veintisiete.
No podía dormir.
Salí buscando agua y tomé un corredor equivocado.
Entonces una puerta del ala prohibida se abrió de golpe.
Algo enorme salió de la oscuridad.
Por un momento mi mente se negó a comprenderlo.
Tenía forma de lobo, pero era demasiado grande.
Casi humano.
Pelaje negro.
Hombros enormes.
Y unos ojos azul hielo que yo conocía perfectamente.
Caleb.
El monstruo me miró.
Yo no podía moverme.
Esperaba que saltara sobre mí.
En cambio, clavó las garras contra el piso y giró la cabeza como si estuviera luchando contra sí mismo.
Después retrocedió.
Volvió a encerrarse.
Al día siguiente Caleb apareció en el desayuno pálido y agotado.
No dije nada.
Él supo que yo había visto.
—Ahora entiendes por qué existe el ala este.
Eso fue todo.
Curiosamente, después de aquella noche dejé de tenerle miedo.
Había visto al monstruo.
También había visto cómo se había controlado para no lastimarme.
Nuestro matrimonio falso comenzó a cambiar.
Durante una cena nos obligaron a bailar para convencer a los observadores de que éramos una pareja real.
Caleb puso una mano en mi cintura.
Yo le dije que no le tenía miedo.
Él respondió que quizá debería.
Le expliqué que la noche de luna llena había demostrado más humanidad que muchos hombres que yo había conocido.
Algo cambió en su rostro.
A partir de entonces hablamos más.
Descubrí que odiaba las manzanas cocidas.
Que dormía poco.
Que cargaba solo con todas las decisiones porque estaba convencido de que confiar en otros era peligroso.
Él descubrió que yo sabía llevar cuentas mejor que varios de sus administradores.
Que podía discutir con él sin temblar.
Y que extrañaba profundamente tener un hogar.
Cuando llegó el día ochenta, ya habíamos olvidado cuándo había empezado la actuación.
Esa misma semana descubrí un intento de envenenarlo durante una cena.
Derramé su copa antes de que bebiera.
El líquido reaccionó contra la piedra.
Caleb comprendió inmediatamente.
Una investigación reveló que un miembro del consejo y uno de sus propios guardias estaban involucrados.
Aquella noche me abrazó durante mucho tiempo.
Y por primera vez pensé que quizá, cuando llegara el día cien, ninguno de los dos querría terminar el contrato.
Entonces mi cuerpo comenzó a cambiar.
Mareos.
Cansancio.
Náuseas cada mañana.
Visité en secreto a una curandera de un pueblo cercano.
Su respuesta me dejó sentada sin poder hablar.
Estaba embarazada.
El hijo de Caleb crecía dentro de mí.
Quise contárselo.
Pero antes necesitaba saber qué pensaba hacer después del día cien.
La noche noventa y cinco escuché voces detrás de su estudio.
Eran los ancianos de su propia especie.
Hablaban de una mujer llamada Genoveva, una Lykan de sangre pura que debía convertirse en su verdadera compañera cuando yo desapareciera.
Uno de ellos preguntó qué ocurriría conmigo.
Entonces escuché la voz de Caleb.
Fría.
Distante.
Casi irreconocible.
—El acuerdo termina en el día cien. Rosalía se irá. Y si intenta quedarse, asegúrense de que eso no ocurra.
Me cubrí el vientre con ambas manos.
Y comprendí que ya no estaba huyendo para salvarme solo a mí.
PARTE 2
No me moví hasta que dejaron de hablar.
Regresé a mi habitación sin hacer ruido.
No lloré.
El miedo era demasiado grande para dejar espacio al llanto.
Durante meses había creído que debajo del Rey Alfa existía un hombre capaz de quererme.
Quizá me había equivocado.
Peor aún, ahora llevaba dentro a un niño que los ancianos probablemente considerarían una amenaza.
Un heredero mitad humano.
Mitad Lykan.
No podía esperar al día cien.
Preparé mi escape.
Quité pequeñas piedras de algunos vestidos que Caleb me había regalado.
Podía venderlas en el camino.
Un muchacho de los establos llamado Bruno me debía un favor porque semanas antes había evitado que lo despidieran injustamente.
Le pedí una yegua.
Nada más.
En la noche noventa y nueve comenzó una tormenta.
Perfecto.
Dejé el contrato roto sobre mi mesa.
Me puse tres capas de ropa.
Guardé comida y una pequeña daga de plata.
Y salí por una puerta secundaria.
Cuando amaneció el día cien, yo ya estaba muy lejos.
Lo que no sabía era lo que ocurrió minutos después en la fortaleza.
Caleb encontró el contrato roto.
Después encontró mi habitación vacía.
La calma que todo el mundo conocía desapareció.
Ordenó buscarme.
Entonces uno de los ancianos entró acompañado por la curandera del pueblo.
Ella había sido interrogada porque alguien me había visto salir de su casa.
Y reveló mi secreto.
Yo estaba embarazada.
Fue entonces cuando los ancianos cometieron su mayor error.
Celebraron la noticia como si hubieran descubierto una traición.
Dijeron que un hijo mestizo no debía llegar a reclamar el territorio.
También admitieron que habían enviado hombres detrás de mí.
Caleb comprendió que yo no había huido simplemente porque el contrato terminaba.
Había huido porque creía que él permitiría que me hicieran daño.
Y había una razón para que yo lo creyera.
Las palabras que escuché en su estudio.
Solo que yo había oído la mitad equivocada de la conversación.
Caleb jamás pensaba casarse con Genoveva.
Había fingido aceptar la propuesta para mantener tranquilos a los ancianos hasta que los visitantes extranjeros abandonaran el norte.
Su verdadero plan era mucho más extremo.
Pensaba declarar terminado su gobierno.
Entregar temporalmente la administración a su comandante más leal.
Y marcharse conmigo.
Incluso tenía preparados documentos para establecer una nueva vida lejos de las manadas.
Pero, como siempre, había decidido hacerlo todo solo.
Quería sorprenderme.
Y su silencio casi nos destruyó.
Seis días después de escapar llegué a Puerto Ceniza.
Había un barco que salía esa tarde.
Compré un pasaje.
Ya podía ver la cubierta cuando tres hombres bloquearon el muelle.
No necesitaba preguntar quiénes eran.
Sus ojos tenían el mismo brillo extraño que los hombres de Caleb.
Lykan.
Uno miró mi vientre.
—Los ancianos quieren que regreses.
Su tono dejó claro que “regresar” no significaba volver a casa.
Retrocedí.
Saqué mi daga.
No quería enfrentarme a nadie.
Solo necesitaba ganar unos segundos para correr hacia el barco.
El hombre avanzó.
Entonces todos los perros del puerto comenzaron a esconderse.
Una sombra negra cayó desde un tejado.
Caleb.
Llegó cubierto de barro, lluvia y heridas de seis días de búsqueda.
Los tres hombres retrocedieron.
Uno todavía intentó enfrentarlo.
No hizo falta una escena brutal.
Caleb cambió parcialmente, mostró lo suficiente de su forma Lykan y los dos restantes huyeron.
El tercero fue detenido por los guardias del puerto.
Después Caleb cayó de rodillas.
Yo seguía sosteniendo la daga.
—No te acerques.
Se detuvo inmediatamente.
Eso me sorprendió.
Antes habría dado una orden.
Ahora esperó.
Le dije lo que había escuchado.
Le dije que sabía sobre Genoveva.
Sobre los ancianos.
Sobre el plan para eliminarme cuando terminara el contrato.
Caleb cerró los ojos.
—Rosalía, mentí.
Sentí frío.
—Eso ya lo sé.
—No a ti.
Entonces me explicó todo.
El consejo.
La amenaza de rebelión.
La falsa promesa a Genoveva.
Los documentos preparados para abandonar la corona.
Yo quería creerle.
No era suficiente.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Caleb no encontró una buena respuesta.
Porque no existía.
Quería protegerme.
Quería encargarse de todo.
Quería presentarme un futuro ya resuelto.
Exactamente lo que otros habían hecho conmigo toda mi vida.
Mi padre decidió cómo usar nuestro dinero.
Los acreedores decidieron cuánto valía mi libertad.
El contrato decidió cuánto duraría mi matrimonio.
Y ahora Caleb había decidido dónde viviríamos sin preguntarme.
Aun cuando su intención era buena, seguía eligiendo por mí.
Puse una mano sobre mi vientre.
Él siguió el movimiento.
Su rostro cambió.
—¿Es mío?
No respondí inmediatamente.
Quería que entendiera que aquella información también me pertenecía.
Finalmente asentí.
Caleb comenzó a llorar.
No el rey.
No el monstruo.
El hombre.
Me dijo que no volvería a llevarme a ningún sitio contra mi voluntad.
Si yo subía al barco, no me seguiría.
Si quería protección, me la daría.
Si quería desaparecer, se aseguraría de que los ancianos jamás me encontraran.
Por primera vez desde que lo conocía, Caleb no tenía un plan para mí.
Solo una elección.
No subí al barco aquel día.
Tampoco regresé inmediatamente a la fortaleza.
Nos instalamos durante varias semanas en una pequeña casa fuera de Puerto Ceniza.
Allí hablamos como nunca habíamos hablado dentro del castillo.
Caleb envió órdenes para disolver el antiguo consejo.
Las leyes que prohibían los hijos entre humanos y Lykan fueron eliminadas.
Genoveva, para mi sorpresa, tampoco quería el matrimonio.
Había sido utilizada por su familia exactamente como yo había sido utilizada por aquel contrato.
Terminó convirtiéndose en aliada nuestra.
Meses después regresamos juntos al norte.
No como un rey llevando de regreso a una esposa fugitiva.
Regresamos como dos personas que habían decidido continuar.
Nuestro hijo nació durante una noche de nieve.
Tenía mi cabello oscuro.
Y los ojos azul hielo de su padre.
Durante años, los registros oficiales siguieron diciendo que nuestro matrimonio original había sido un acuerdo temporal de cien días.
Técnicamente era cierto.
Ese matrimonio terminó.
El segundo nunca tuvo contrato.
Nunca tuvo fecha de vencimiento.
Y quizá por eso funcionó.
Porque el día que dejamos de preguntarnos cuánto tiempo estábamos obligados a permanecer juntos…
fue el primer día que ambos elegimos quedarnos.