El cruel rey alfa encerró a su compañera embarazada… hasta que sus gemelos reales aullaron a la luna.
El cruel rey alfa encerró a su compañera embarazada… hasta que sus gemelos reales aullaron a la luna.

PARTE 1
Mi esposo me encerró embarazada en una torre porque estaba convencido de que nuestro hijo algún día destruiría su reino.
Lo peor no fue la puerta cerrada.
Fue escuchar cada noche sus pasos detenerse afuera, saber que todavía me amaba y comprender que algo dentro de su cabeza estaba convirtiendo ese amor en miedo.
Meses después descubrí que no esperaba un hijo.
Esperaba dos.
Me llamo Ximena Aranda.
Yo era humana.
Mi esposo, Mateo Valdés, era el Rey Alfa de las manadas de Sierra del Hierro.
Nuestro matrimonio comenzó como una alianza entre familias.
Pero desde el primer día ocurrió algo que ninguno esperaba.
Su lobo me reconoció.
Mateo decía que cuando yo estaba cerca, el ruido dentro de su cabeza desaparecía.
Durante dos años fuimos felices.
Él seguía siendo un hombre difícil, acostumbrado a mandar y poco paciente, pero conmigo podía bajar la guardia.
Todo cambió cuando quedé embarazada.
Uno de sus consejeros, Edmundo Rivas, comenzó a pasar cada vez más tiempo con él.
Edmundo aseguraba que la sangre humana podía debilitar la línea Alpha.
También hablaba constantemente de antiguas profecías.
Al principio Mateo se burlaba.
Después empezó a escuchar.
Luego comenzó a cambiar.
Dormía poco.
Se irritaba por cualquier cosa.
A veces me hacía la misma pregunta tres veces porque no recordaba mi respuesta.
Sus ojos adquirían un tono extraño después de las cenas privadas con Edmundo.
Yo pensé que era estrés.
Me equivoqué.
La noche que todo se rompió, Mateo me encontró conversando con mi propio hermano.
No pasó nada.
Aun así, reaccionó como si hubiera descubierto una conspiración.
Por primera vez tuve miedo de él.
Horas después ordenó trasladarme a una vieja torre en el extremo norte de la fortaleza.
Dijo que era por mi seguridad.
También por la seguridad del reino.
Las paredes estaban mezcladas con mineral de plata para impedir que cualquier Lykan pudiera acercarse fácilmente.
Yo era humana.
La plata no me afectaba.
Pero a mis hijos sí.
Eso lo entendí cuando comenzaron a moverse dentro de mí cada vez que me acercaba demasiado a los muros.
Pasaron meses.
Mi única compañía era Marta, una mujer silenciosa elegida personalmente por Edmundo.
Ella me llevaba comida.
Y durante semanas yo comí sin sospechar.
Hasta que empecé a notar algo.
Un olor amargo.
Tierra quemada.
Una sensación metálica en la garganta.
Una tarde dejé un trozo de carne en el alféizar.
Un cuervo se acercó.
Picoteó varias veces.
Minutos después cayó enfermo.
No volví a tocar aquellos platos.
Desde entonces fingí no tener apetito.
Sobreviví con pan seco y agua que pedía directamente del pozo.
Entonces entendí algo mucho peor.
Edmundo no solo estaba intentando debilitar a Mateo.
También quería que mis hijos nunca nacieran.
Y seguramente Marta estaba obedeciendo sus instrucciones.
Comencé a observarla.
Nunca probaba mi comida.
Siempre retiraba las sobras inmediatamente.
Y cada vez que yo preguntaba por Edmundo, bajaba la mirada.
Ya estaba en mi noveno mes cuando Mateo empezó a visitar la torre.
Nunca entraba.
Se quedaba del otro lado de la puerta.
Yo escuchaba su respiración.
A veces colocaba las manos sobre la madera.
Yo hacía lo mismo desde adentro.
Me decía que cuando naciera el bebé debía entregárselo.
Según él, Edmundo había encontrado un lugar seguro lejos de la corte.
Yo sabía que era mentira.
—Si separas a nuestro hijo de mí, perderás algo que no podrás recuperar.
Mateo permanecía en silencio.
Después se marchaba.
La noche de la Luna Roja empezó el parto.
Marta vio lo que ocurría.
Y huyó.
Me dejó encerrada.
Estaba sola.
No tenía partera.
No tenía médico.
No tenía a Mateo.
El primer niño nació después de horas.
Cabello negro.
Ojos dorados.
Un Alpha.
Pensé que todo había terminado.
Entonces llegó otra contracción.
Y comprendí que llevaba meses equivocada.
Había un segundo bebé.
Nació minutos después.
Era casi idéntico a su hermano.
Excepto por los ojos.
Rojo oscuro.
Como la luna detrás de la ventana.
Dos hijos.
Dos Alphas.
Algo que ninguna historia de nuestra manada mencionaba.
Entonces escuché pasos en la escalera.
Muchos.
Edmundo venía hacia la habitación.
Tomé a mis hijos entre los brazos.
No podía correr.
No tenía fuerza para luchar.
La llave comenzó a girar.
Y justo antes de que la puerta se abriera, mis dos recién nacidos dejaron de llorar.
Levantaron la cabeza hacia la Luna Roja.
Y aullaron.
El sonido atravesó toda la fortaleza.
Abajo, en el gran salón, la copa cayó de la mano de Mateo.
La confusión desapareció de sus ojos como si alguien hubiera abierto una ventana dentro de su mente.
Se puso de pie.
Y por primera vez en meses pronunció aquellas palabras sin miedo.
—Mis hijos.
PARTE 2
Mateo no necesitó que nadie le explicara nada.
Por primera vez podía sentir nuestro vínculo sin aquella niebla que lo había perseguido durante meses.
Y también podía sentirme a mí.
Débil.
Asustada.
Encerrada.
Edmundo intentó detenerlo.
Dijo que el sonido proveniente de la torre demostraba que la profecía era cierta.
Mateo lo miró.
Después miró la copa que había estado bebiendo.
La olió.
Su expresión cambió.
El mismo aroma amargo que yo había detectado en mis alimentos estaba allí.
Entonces todo encajó.
Las visiones.
La paranoia.
Los cambios de humor.
Las noches que apenas recordaba.
Mateo ordenó detener a Edmundo.
Varios guardias dudaron.
Eso fue suficiente para revelar quiénes estaban trabajando con él.
Mateo salió del salón.
La tormenta cubría el patio.
No esperó caballos ni escolta.
Corrió hacia la torre.
Arriba, la puerta de mi habitación ya estaba cediendo.
Yo tenía a los niños apretados contra mi pecho.
Tres hombres habían acompañado a Edmundo.
No querían llevarnos a ningún santuario.
Querían que desapareciéramos.
La puerta terminó de abrirse.
Yo cerré los ojos y cubrí a los bebés con mi cuerpo.
Entonces escuché un golpe enorme desde la escalera.
Mateo había llegado.
No recuerdo todos los detalles.
Solo recuerdo verlo entrar.
Sus ojos ya no tenían aquel tono enfermizo que había aprendido a temer.
Volvían a ser los ojos del hombre con quien me había casado.
Los hombres de Edmundo fueron reducidos y puestos bajo custodia.
Mateo se acercó despacio.
Cuando vio a los bebés, se quedó completamente quieto.
Uno tenía ojos dorados.
El otro rojos.
Ambos dejaron de quejarse cuando olieron a su padre.
Mateo cayó de rodillas.
No frente a un consejo.
No frente a una corona.
Frente a nosotros.
Quiso tocarme.
Yo retrocedí.
Fue mínimo.
Pero lo vio.
Y aquello pareció dolerle más que cualquier herida.
—Ximena…
No sabía qué responder.
Estaba demasiado cansada.
Él me pidió permiso antes de acercarse nuevamente.
Asentí.
Entonces nos envolvió a los tres con su capa.
Sentí su calor.
Por primera vez en meses dejé de temblar.
Pero mi cuerpo estaba agotado.
Había pasado el embarazo comiendo muy poco.
Había dado a luz sola.
Y las paredes de plata habían estado debilitando constantemente la energía Lykan de los gemelos.
Mi visión empezó a oscurecerse.
Escuché a Mateo llamándome.
Intenté responder.
No pude.
Después solo hubo silencio.
No sé cuánto tiempo pasó.
Lo que ocurrió después me lo contó Mateo muchas veces.
Los dos bebés comenzaron a inquietarse.
Uno colocó su pequeña mano sobre mi pecho.
Su hermano hizo lo mismo.
Entonces apareció una luz.
No brillante como fuego.
Más bien cálida.
Dorada alrededor de uno.
Rojiza alrededor del otro.
Mateo dijo que sintió cómo la energía de nuestros hijos atravesaba nuestro vínculo.
Después mi corazón volvió a responder.
Abrí los ojos.
Lo primero que vi fue a Mateo llorando.
Lo segundo fueron mis dos hijos dormidos sobre mi pecho como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Los llamamos Alejandro y León.
La investigación comenzó al amanecer.
Edmundo había estado administrando pequeñas dosis de una sustancia que afectaba específicamente a los Lykan.
No suficiente para acabar con Mateo.
Solo suficiente para volverlo desconfiado, inestable y fácil de manipular.
Después utilizaba esas reacciones como prueba de que Mateo estaba perdiendo el control.
Su plan era provocar una crisis de sucesión.
Si mis hijos desaparecían y Mateo terminaba completamente dominado por la paranoia, Edmundo podría controlar el gobierno desde detrás del trono.
Marta también fue interrogada.
Ella había llevado la comida contaminada.
Pero descubrimos que su familia estaba siendo amenazada.
Eso no borró su responsabilidad.
Pero tampoco era la mente detrás del plan.
Por primera vez entendí hasta qué punto Edmundo había construido una cadena de personas asustadas para que nadie tuviera toda la verdad.
Mateo quiso pedirme perdón inmediatamente.
Yo no se lo permití.
Le dije que estar enfermo explicaba algunas cosas.
No todas.
Él había permitido que un consejero decidiera quién podía verme.
Había ignorado mis advertencias.
Había elegido encerrarme.
El veneno había distorsionado su mente.
Pero yo necesitaba saber que cuando volviera a tener miedo, no convertiría nuevamente ese miedo en una jaula.
No discutió.
Eso fue importante.
Mateo destruyó la torre meses después.
No como gesto romántico.
Como una promesa política.
Nunca volvería a existir dentro de la fortaleza un lugar donde una persona pudiera ser aislada por orden privada del rey sin revisión del consejo.
También se prohibió que una sola persona controlara alimentos, medicinas o acceso al monarca.
Yo recuperé mi lugar como reina.
Pero no regresamos inmediatamente a ser la pareja que habíamos sido.
Eso tomó tiempo.
Él tenía que recuperar mi confianza.
Yo tenía que dejar de despertar pensando que seguía encerrada.
Mateo construyó un jardín cubierto junto a nuestras habitaciones.
Decía que después de tantos meses mirando el mundo a través de una ventana con barrotes, yo merecía un lugar hecho de cristal y puertas abiertas.
Los gemelos crecieron fuertes.
Alejandro, el de ojos dorados, era tranquilo.
León, el de ojos rojos, parecía haber nacido discutiendo con el mundo.
Pero nunca fueron los monstruos que Edmundo había descrito.
De hecho, sus energías se equilibraban.
Cuando uno perdía el control, el otro lo calmaba.
Años después encontré uno de mis viejos platos de la torre guardado en un almacén.
Mateo quiso tirarlo.
Yo lo conservé.
No porque quisiera recordar el dolor.
Porque quería recordar la lección.
Durante meses todos pensaron que el mayor peligro para nuestro reino estaba creciendo dentro de mi vientre.
Dos hijos mitad humanos.
Dos futuros Alphas.
Dos criaturas que nadie entendía.
Estaban equivocados.
El peligro nunca fueron mis hijos.
Fue un hombre común que descubrió que, si repetía una mentira suficientes veces y lograba que un rey tuviera miedo…
podía conseguir que ese rey construyera su propia prisión y creyera que estaba protegiendo a quienes amaba.