El camarero que sangró por la hermana de un jefe criminal
El camarero que sangró por la hermana de un jefe criminal

PARTE 1
Leo Cassidy entró en un callejón helado para salvar a una joven ciega de dos hombres y terminó con una navaja clavada bajo las costillas.
Lo que ignoraba era que aquella desconocida era Molly Moretti, la hermana menor del hombre más temido de Chicago.
Al día siguiente, tres camionetas negras se detuvieron frente al restaurante donde trabajaba.
El viento de noviembre soplaba desde el lago Michigan cuando Leo salió a tirar la basura. Tenía veinticuatro años, los zapatos desgastados y una deuda de ochenta mil dólares que había heredado después de los tratamientos médicos de su difunta madre.
Estaba encendiendo un cigarrillo cuando escuchó una voz femenina.
—Mi chofer vendrá por mí. Solo necesito esperar.
Leo se asomó y vio a una joven acorralada contra la pared. Llevaba un elegante abrigo de cachemira y sujetaba un bastón blanco con ambas manos. Frente a ella había dos hombres: Ricky Dolan, un delincuente conocido en el vecindario, y un sujeto enorme vestido con una chaqueta de cuero.
—Tu chofer no está aquí —se burló Ricky mientras le agarraba el abrigo—. Pero nosotros podemos acompañarte.
La joven intentó defenderse con el bastón. Golpeó al hombre más grande en la pierna, pero él se lo arrancó y lo arrojó a la cuneta.
Leo sabía que debía marcharse. No era un héroe, solo un camarero delgado y endeudado. Sin embargo, cuando escuchó el miedo en la respiración de la muchacha, salió de su escondite.
—Aléjense de ella.
Ricky soltó una carcajada.
—Regresa a lavar platos.
Leo se interpuso entre ellos.
El hombre de la chaqueta atacó primero. Leo esquivó su puñetazo y le dio un golpe en el rostro que lo derribó. No vio a Ricky sacar la navaja.
El dolor le atravesó el costado.
Leo perdió el aire, pero consiguió sujetar la muñeca de su atacante y empujarlo contra la pared. Ricky cayó inconsciente. Entonces Leo retrocedió, presionándose la herida mientras la sangre empapaba su uniforme.
—¿Estás herido? —preguntó la joven.
—Solo es un rasguño.
Encontró su bastón, lo limpió y se lo colocó en la mano. Después detuvo un taxi y la ayudó a subir.
Antes de que cerrara la puerta, ella tocó su rostro, memorizando sus facciones con las yemas de los dedos.
—¿Cómo te llamas?
—Leo.
—Yo soy Molly. Nunca olvidaré lo que hiciste.
Cuando el taxi desapareció, Leo se desplomó contra la pared.
Sobrevivió gracias a un médico clandestino que le cerró la herida. A la tarde siguiente regresó al restaurante porque no podía permitirse perder su empleo.
Mientras limpiaba unas copas, tres camionetas negras se estacionaron frente al local. Varios hombres vestidos con trajes oscuros entraron y preguntaron por él.
Leo creyó que el prestamista había enviado a alguien para cobrar su deuda.
En cambio, lo llevaron hasta una mansión en Lake Forest. Allí fue conducido a un estudio donde lo esperaba Dominic Moretti, el jefe de la organización criminal más poderosa del norte de Chicago.
—Anoche salvaste a mi hermana —dijo Dominic—. Molly es ciega desde la infancia. Su chofer la dejó abandonada para entrar en una taberna.
Leo sintió que la herida volvía a arder.
—No sabía quién era ella.
—Por eso lo que hiciste tiene valor. Arriesgaste tu vida por una desconocida.
Dominic le informó que su deuda había sido pagada. Leo nunca volvería a preocuparse por el prestamista ni por Ricky Dolan.
—No lo hice por dinero —respondió Leo.
—Lo sé. Por eso no regresarás al restaurante.
Dominic se levantó y caminó lentamente hacia él.
—Molly necesita un nuevo chofer y guardaespaldas. Alguien que la proteja incluso cuando hacerlo signifique morir.
—No soy guardaespaldas. No sé utilizar un arma.
—Aprenderás.
Dominic se detuvo frente a Leo y bajó la voz.
—Pero recuerda algo: serás su escudo, nada más. Si la lastimas o confundes tu trabajo con otra cosa, yo mismo me ocuparé de ti.
Leo tragó saliva.
—¿Por qué yo?
Por primera vez, una leve sonrisa apareció en el rostro de Dominic.
—Porque Molly se negó a aceptar a cualquier otro hombre. Ella pidió que fueras tú.
PARTE 2
Leo abrió la boca para protestar, pero comprendió que ya no tenía elección.
Dominic le indicó que Molly lo esperaba en el invernadero. Cuando Leo entró, el aroma a jazmín y tierra húmeda reemplazó el frío ambiente de la mansión.
Molly estaba sentada en un banco rodeado de orquídeas.
—¿Dominic? —preguntó al escuchar la puerta.
—No. Soy Leo.
Una sonrisa iluminó su rostro.
—Viniste.
Molly encontró sus brazos y recorrió con cuidado la tela de su chaqueta.
—Mi hermano me contó que resultaste gravemente herido. Siento haberte arrastrado a nuestra vida.
—Tú no me obligaste a entrar en aquel callejón. Yo lo elegí.
Durante los meses siguientes, Leo dejó de ser camarero. Arthur, uno de los hombres más experimentados de Dominic, le enseñó defensa personal, conducción evasiva y protocolos de seguridad.
Cada entrenamiento terminaba con moretones, pero Leo nunca se quejó.
Sus horas favoritas eran las que pasaba acompañando a Molly. La llevaba a sus clases de piano, caminaba con ella por los jardines y permanecía cerca mientras leía novelas en braille.
Al principio solo mantenían conversaciones educadas. Después comenzaron a confiar el uno en el otro.
Leo le habló de su madre y de la impotencia que sintió al verla enfermar. Molly le confesó que la protección de Dominic se había convertido en una prisión.
—Mi hermano cree que me mantiene a salvo —dijo ella—, pero a veces siento que me está enterrando viva. Tú eres el único que no me trata como si fuera de cristal.
Leo comprendió demasiado tarde que se estaba enamorando.
Intentó ocultarlo, recordando la amenaza de Dominic. Pero Molly percibía el cambio en su respiración cada vez que sus manos se rozaban. Escuchaba el latido acelerado de su corazón cuando se acercaba a él.
Ella también sentía lo mismo.
Todo cambió durante una gala benéfica en un lujoso hotel de Chicago. Molly llevaba un vestido verde esmeralda y sujetaba el brazo de Leo mientras avanzaban entre empresarios, políticos y celebridades.
Dominic había revisado personalmente la seguridad. Mateo, su segundo al mando, controlaba las entradas.
En medio de la música, las luces se apagaron.
Los primeros disparos atravesaron el salón y destruyeron una escultura junto a la cual Molly y Leo habían estado segundos antes.
—¡Al suelo! —gritó Leo.
Cubrió a Molly con su cuerpo y la llevó hacia las puertas de servicio. Los atacantes no buscaban dinero. Habían entrado específicamente para encontrarla.
Leo consiguió llegar hasta la cocina y pidió ayuda por el comunicador.
La voz de Mateo respondió:
—Mantén la posición. Voy por ustedes.
Leo respiró aliviado, pero Molly le sujetó el brazo.
—No confíes en él.
—¿Qué quieres decir?
—Antes de que se apagaran las luces, olí su colonia junto a la puerta de servicio. Mateo no estaba vigilando el perímetro. Estaba dentro.
Entonces ambos escucharon unos pasos acercándose.
—Leo —llamó Mateo con una tranquilidad inquietante—. Tengo el vehículo preparado. Salgan.
Leo comprendió la verdad. Mateo había permitido el ingreso de los atacantes.
Escondió a Molly detrás de una mesa de acero y le colocó un dedo sobre los labios.
—No hagas ningún ruido.
Antes de alejarse, se inclinó y la besó en la frente.
Mateo apareció con una pistola en la mano.
—Eres más listo de lo que pareces, camarero.
—Se acabó, Mateo.
El primer disparo alcanzó a Leo en el hombro y lo arrojó al suelo. Su arma se deslizó lejos de él.
Mateo se acercó lentamente.
—Los enemigos de Dominic se quedarán con los puertos y yo controlaré el norte. Molly solo es una pieza que debe desaparecer.
—Si la tocas, Dominic te encontrará.
—Dominic no llegará vivo al amanecer.
Mateo levantó el arma.
Leo vio un soporte con cuchillos a su lado. Cuando Mateo disparó, rodó por el suelo y tomó uno. La bala rozó sus costillas, pero Leo reunió las fuerzas que le quedaban y se lanzó contra el traidor.
Ambos cayeron. El arma de Mateo salió despedida.
Leo consiguió inmovilizarlo hasta que los hombres leales a Dominic irrumpieron en la cocina y lo detuvieron.
Después se arrastró hasta el lugar donde Molly lo esperaba.
—Ya estás a salvo —murmuró.
Ella buscó su rostro, pero sus manos quedaron manchadas de sangre.
—Leo, no cierres los ojos. Por favor, no me dejes.
—Te prometí que sería tu escudo.
Leo perdió el conocimiento escuchando a Molly gritar su nombre.
Cuando despertó, estaba en una habitación privada del hospital. Tenía el torso vendado y un monitor cardíaco conectado al pecho.
Dominic se encontraba sentado junto a la ventana.
—¿Dónde está Molly? —preguntó Leo.
—En la sala de espera. Lleva dos días negándose a marcharse.
Dominic se levantó. Parecía agotado y mucho más viejo.
—Mateo confesó antes de ser entregado a las autoridades. Había pactado con nuestros enemigos y planeaba atacar también la mansión. Gracias a ti, logramos detenerlos.
—Solo hice mi trabajo.
—No —respondió Dominic—. Tu trabajo era conducir y protegerla. Lo que hiciste fue sacrificarte por amor.
Leo guardó silencio. Recordó la advertencia que había recibido en el estudio y esperó lo peor.
Sin embargo, Dominic colocó una pequeña caja de terciopelo sobre la mesa.
—Pasé toda mi vida levantando muros alrededor de Molly. Ahora comprendo que los muros no protegen a las personas. Otras personas lo hacen.
Caminó hacia la puerta y miró a Leo.
—Tu lealtad nunca fue hacia mi apellido ni hacia mi dinero. Siempre fue hacia ella. Recupérate pronto. Mi hermana lleva demasiado tiempo esperando que le digas la verdad.
Dominic salió.
Poco después, Leo escuchó el bastón de Molly golpeando rápidamente el suelo del pasillo. Ella entró, encontró el borde de la cama y tomó su mano.
—Pensé que te había perdido.
—Sigo aquí.
—Mi hermano me dijo que quieres hablar conmigo.
Leo abrió la pequeña caja. Dentro había un anillo que había pertenecido a la madre de Molly. Dominic no le estaba dando permiso para poseerla, sino la oportunidad de preguntarle qué vida deseaba construir.
Leo colocó el anillo en la palma de Molly.
—Me enamoré de ti mucho antes de aquella gala. Lo oculté porque tenía miedo de destruir tu libertad.
Molly sonrió entre lágrimas.
—Tú fuiste la primera persona que me hizo sentir libre.
Ella se inclinó y lo besó.
Leo ya no era el camarero endeudado que había encontrado a una desconocida en un callejón. Tampoco era únicamente un escudo contratado para recibir golpes.
Era el hombre que Molly había elegido.
Y aquella elección valía más que cualquier deuda, fortuna o imperio.