El Alfa regresó y encontró a una chica ensangrentada colgando; luego cayó de rodillas al reconocerla.
El Alfa regresó y encontró a una chica ensangrentada colgando; luego cayó de rodillas al reconocerla.

PARTE 1
Celeste me golpeó antes de preguntarme siquiera quién era.
Lo más cruel era que ella creía que yo había llegado para robarle el puesto de asistente… y también el corazón de mi propio hermano.
Pero cuando descubriera mi verdadera identidad, ya sería demasiado tarde.
Mi nombre es Nora, y Adrien, el Alfa de nuestra manada, es mi hermano mayor.
Había pasado años lejos de casa estudiando con otras manadas. Cuando finalmente regresé, Adrien preparó una gran reunión para presentarme ante los ancianos del Consejo Alfa.
Pero yo solo quería ver a Rex.
Rex era un viejo perro siberiano que había crecido con nosotros. Para otros podía ser simplemente un animal, pero para Adrien y para mí era familia.
Cuando estalló la guerra contra los lobos renegados, Adrien fue enviado al frente. Rex lo siguió.
Allí se convirtió en una leyenda.
Detectó emboscadas, encontró supervivientes entre los escombros y salvó incluso la vida de importantes miembros del Consejo. Regresó cubierto de cicatrices y demasiado viejo para seguir luchando, pero con más honores que muchos guerreros.
Cuando entré en su habitación y lo vi tendido sobre una alfombra, sentí que volvía a ser una niña.
—Rex…
Él levantó lentamente la cabeza, reconoció mi olor y lamió mi mano.
Me arrodillé y lo abracé.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Una mujer entró acompañada por varios guardias Delta.
Era Celeste, la asistente de Adrien.
Yo sabía quién era ella. Incluso había intercedido por ella meses atrás cuando Adrien descubrió que había usado recursos de la manada para beneficio propio. Celeste nunca supo que fui yo quien convenció a mi hermano de darle otra oportunidad.
Me observó junto a Rex y su expresión cambió inmediatamente.
—Así que tú eres la nueva —dijo.
—¿La nueva qué?
No me dejó terminar.
Me abofeteó.
—La nueva asistente de Adrien.
Comprendí entonces el error.
Intenté explicarle que yo era su hermana, pero Celeste estaba cegada por los celos.
Llevaba años imaginando que Adrien terminaría eligiéndola como compañera y convirtiéndola en Luna.
Entonces vio el collar de cristal que llevaba puesto.
Su rostro se endureció.
—¿De dónde sacaste eso?
Era una reliquia de nuestra madre. Adrien la había conservado durante años y esa misma mañana la había colocado alrededor de mi cuello.
Celeste me lo arrancó.
—¡Ladrona! Adrien dijo que este collar pertenece a la persona que más ama.
Sonrió con una seguridad casi delirante.
—Eso significa que algún día será mío.
Los Deltas me sujetaron.
Celeste ordenó que me castigaran.
El dolor me dejó sin fuerzas para transformarme. Apenas podía mantenerme consciente cuando Rex comprendió lo que ocurría.
El viejo perro se levantó.
Le temblaban las patas.
Aun así, se colocó entre ellos y yo.
—No… Rex…
Gruñó.
Por un instante vi otra vez al héroe del que Adrien hablaba. El mismo animal que había enfrentado soldados, trampas y campos de batalla.
Celeste se burló.
—¿Este viejo animal piensa protegerte?
Uno de los Deltas intentó apartarlo.
Rex atacó.
Todo ocurrió muy rápido.
Lo golpearon, pero volvió a levantarse.
Lo derribaron, pero regresó junto a mí.
Una y otra vez.
Hasta que finalmente su cuerpo ya no respondió.
Me arrastré hacia él.
—Rex… mírame… por favor…
Sus ojos permanecieron abiertos unos segundos.
Apoyó débilmente la cabeza contra mi mano.
Y dejó de respirar.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
Celeste, en cambio, solo suspiró con fastidio.
Mi teléfono comenzó a sonar en el suelo.
En la pantalla apareció el nombre de Adrien.
Mi hermano probablemente estaba llamando porque los miembros del Consejo habían llegado y querían ver a Rex.
Celeste miró el teléfono y se rio.
—¿“Hermano”? Qué patética. Hasta guardaste al Alfa con un nombre cariñoso para fingir que tienes confianza con él.
Luego ordenó a los Deltas que me arrastraran al patio y me ataran para exhibirme como una ladrona.
Antes de salir, Celeste se quedó mirando el cuerpo de Rex.
Sus ojos recorrieron su hermoso pelaje siberiano.
Y entonces apareció una sonrisa inquietante en su rostro.
—Esperen…
Los Deltas se detuvieron.
Celeste volvió junto a Rex, tocó su pelaje y sonrió todavía más.
—Ya sé qué voy a regalarle al Alfa esta noche.
Sentí que se me helaba la sangre.
Porque en ese instante comprendí que matar a Rex no había sido suficiente para ella.
Y lo que Celeste estaba a punto de hacer con su cuerpo convertiría su error en algo que ni siquiera el Consejo Alfa podría perdonar.
PARTE 2
Me arrastraron hasta el patio mientras Celeste se quedaba dentro de la mansión preparando su “regalo”.
Los nuevos sirvientes no me reconocieron.
Celeste les había dicho que yo era una asistente recién contratada que había robado el collar privado del Alfa.
Algunos incluso la felicitaron por haber descubierto a una ladrona.
Solo Thompson, un viejo jardinero que llevaba décadas trabajando para nuestra familia, pareció preocupado.
Me miró detenidamente.
—Esto ha ido demasiado lejos.
Sin que los guardias lo notaran, desapareció hacia la mansión principal.
Poco después escuché voces.
Adrien apareció acompañado por varios ancianos y por el mismísimo Rey Alfa.
Venían hablando de Rex.
Uno de los ancianos, Morrison, recordaba cómo Rex había detectado una emboscada durante la guerra y le había salvado la vida.
Entonces me vieron.
Adrien quedó paralizado.
Yo estaba tan herida que ni siquiera me reconoció al principio.
—¿Qué significa esto? —rugió el Rey Alfa.
Adrien ordenó inmediatamente que me bajaran.
Los Deltas se apresuraron a justificarse.
—Celeste capturó a esta ladrona.
Adrien frunció el ceño.
—¿Ladrona?
—Su nueva asistente —explicó uno.
Mi hermano lo miró como si hubiera hablado en otro idioma.
—Yo no tengo ninguna nueva asistente.
El patio quedó completamente silencioso.
Entonces Adrien preguntó:
—¿Qué robó?
El Delta tragó saliva.
—El collar de cristal que guardaba en su estudio.
El rostro de Adrien perdió todo color.
Aquel collar no podía haber sido robado.
Él mismo me lo había puesto.
—¿Dónde está mi hermana? —preguntó.
Nadie respondió.
Thompson regresó corriendo.
—¡Alfa! La habitación de Rex está llena de sangre. No encontré ni a Rex ni a la señorita Nora.
Adrien me miró.
Se acercó lentamente.
Se arrodilló ante mí y apartó con cuidado el cabello que cubría mi rostro.
Cuando nuestros ojos se encontraron, vi cómo su expresión se desmoronaba.
—Nora…
Nunca había escuchado a mi hermano pronunciar mi nombre de aquella manera.
Me tomó entre sus brazos.
—¿Quién te hizo esto?
Antes de que pudiera responder, una voz alegre llegó desde la mansión.
—¡Alfa!
Celeste apareció sonriendo.
Traía algo doblado cuidadosamente entre las manos.
—Preparé un regalo especial para ti.
Al ver a los ancianos reunidos, su sonrisa aumentó. Seguramente imaginó que aquel sería el momento perfecto para demostrar que merecía convertirse en Luna.
Luego me vio en brazos de Adrien.
—¿Por qué la bajaron? —protestó—. Esa mujer robó tu collar.
Adrien levantó lentamente la cabeza.
—Arrodíllate.
La orden Alfa hizo que las piernas de Celeste cedieran inmediatamente.
Ella cayó al suelo.
—Pero… yo solo intentaba protegerte.
Adrien señaló el collar que sobresalía de su bolsillo.
—¿Eso fue lo que supuestamente robó?
Celeste asintió desesperadamente.
—Sí. El collar destinado a la persona que más amas.
Durante un segundo incluso sonrió.
—Pensé que algún día me lo entregarías cuando me convirtiera en tu compañera.
Adrien la miró con absoluto desprecio.
—Ese collar pertenecía a nuestra madre.
Celeste dejó de respirar.
—Y nuestra madre ordenó que Nora lo recibiera cuando regresara a casa.
Los ojos de Celeste se abrieron.
—¿Nora…?
—Mi hermana.
El mundo pareció derrumbarse bajo sus pies.
Entonces Adrien reveló algo todavía peor.
Meses atrás había querido expulsarla por sus abusos y desvíos de recursos.
La única persona que había pedido misericordia para ella había sido yo.
—La mujer que acabas de torturar —dijo Adrien— fue quien salvó tu puesto.
Celeste comenzó a llorar.
—No sabía quién era.
—Ese es precisamente el problema —respondió él—. Creíste que podías hacerle esto a una desconocida simplemente porque tenías poder.
Entonces Morrison avanzó.
—¿Dónde está Rex?
Celeste palideció.
—¿Rex?
—El perro siberiano que estaba con Nora.
Su rostro cambió.
Morrison lo vio.
—¿Qué hiciste?
Celeste dejó caer accidentalmente el objeto que llevaba.
Era una especie de bufanda confeccionada con un pelaje gris y blanco.
Yo cerré los ojos.
Morrison se quedó inmóvil.
Se agachó.
Tocó la tela.
Luego la acercó temblando a su rostro.
Reconoció el olor.
—Rex…
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
Celeste había utilizado el pelaje del viejo héroe para fabricar un regalo destinado al Alfa.
El hombre cuya vida Rex había salvado en la guerra sostenía ahora los restos de su compañero entre las manos.
Nadie volvió a defender a Celeste.
Tampoco a los Deltas.
Cuando comenzaron a culparse unos a otros, terminaron confesando todo.
Adrien ordenó que fueran arrestados y puestos bajo la autoridad del Consejo.
A mí me llevaron inmediatamente al centro médico de la manada.
Mi estado era crítico.
Adrien se negó a abandonar la puerta mientras los sanadores luchaban por estabilizarme.
Cuando finalmente desperté, mi hermano estaba sentado junto a mi cama.
Parecía haber envejecido años.
—¿Rex? —pregunté.
Adrien bajó la mirada.
No necesitaba responder.
El funeral de Rex fue celebrado en una montaña desde donde podía verse el valle.
Yo asistí en una silla de ruedas.
Pensaba que estaríamos únicamente Adrien, Morrison y algunos miembros de nuestra manada.
Me equivocaba.
Habían llegado lobos desde territorios lejanos.
Guerreros.
Ancianos.
Miembros del Consejo.
Incluso el Rey Alfa.
Muchos habían viajado únicamente para despedirse del perro que alguna vez les había salvado la vida.
Frente a su tumba comprendí que nosotros habíamos conocido dos versiones diferentes de Rex.
Para el mundo era un héroe de guerra.
Para mí seguía siendo el cachorro que dormía junto a mi cama cuando tenía miedo.
Dejé frente a su lápida su golosina favorita y aquel viejo juguete que había conservado desde pequeño.
Adrien se arrodilló.
—Perdóname, compañero.
Fue la primera vez que vi llorar a mi hermano sin intentar ocultarlo.
Durante mucho tiempo nadie me explicó qué ocurrió con Celeste.
Adrien se negaba a hablar del tema.
Solo meses después, durante una visita al Consejo Alfa, escuché la verdad.
Celeste había sido sometida a un tribunal extraordinario en el que participaron representantes de varias manadas.
Sus delitos, el abuso de autoridad, el ataque contra la hermana de un Alfa y, sobre todo, el asesinato y profanación de un héroe de guerra provocaron una condena unánime.
Nunca volvió a nuestra manada.
Y los Deltas que participaron en el ataque también recibieron castigos severos por sus actos.
Yo no sentí alegría.
Solo pensé en aquella primera vez que había defendido a Celeste.
Había creído que cualquiera podía cambiar si recibía una segunda oportunidad.
Tal vez todavía lo creo.
Pero aprendí algo importante:
la misericordia puede darle a alguien la posibilidad de cambiar; jamás puede obligarlo a hacerlo.
Adrien y yo empezamos a visitar la tumba de Rex con frecuencia.
Al principio mi hermano apenas hablaba.
Hasta que decidí hacer algo.
Encontré un pequeño cachorro siberiano de pelaje gris y blanco. No era Rex, ni pretendía sustituirlo, pero tenía aquella misma mirada despierta y aquella energía imposible de ignorar.
Lo llevé al despacho de Adrien.
El cachorro entró corriendo, apoyó las patas delanteras sobre sus rodillas y movió la cola.
Mi hermano se quedó completamente inmóvil.
Después lo levantó entre sus brazos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero esta vez había algo diferente en ellas.
No era únicamente dolor.
También había esperanza.
Yo me acerqué y acaricié la pequeña cabeza del cachorro.
Rex nunca regresaría.
Ningún animal podría ocupar su lugar.
Pero mientras observaba a mi hermano sonreír por primera vez desde aquella tragedia, comprendí algo que Rex probablemente había sabido durante toda su vida:
amar a alguien no significa aferrarse para siempre a lo que perdimos.
A veces significa proteger su recuerdo…
y encontrar el valor para volver a abrir el corazón.