El Alfa mató a su Luna por su primer amor, pero ella renació como la Luna de su rival.
El Alfa mató a su Luna por su primer amor, pero ella renació como la Luna de su rival.

PARTE 1
Mi compañero Alfa me mató para devolverle la vida a su primer amor.
Lo peor no fue morir.
Lo peor fue ver a nuestros propios hijos quedarse detrás de él, observándome sin mover un dedo mientras mi alma era arrancada de mi cuerpo.
Durante toda una vida había sido Rosa, Luna de la manada Shadow Moon, sanadora principal, madre de cinco hijos y compañera de Carlo.
Le entregué todo.
Mi juventud.
Mi sangre.
Mis conocimientos.
Mi alma.
Pero Carlo nunca dejó de amar a Olivia.
Ella había muerto poco después de nuestra ceremonia de unión. Aunque su muerte no tuvo nada que ver conmigo, Carlo pasó años culpándome en silencio.
Hasta que decidió utilizarme como sacrificio para traerla de regreso.
Cuando desperté después de morir, esperaba encontrarme ante la Diosa de la Luna.
En cambio, escuché música.
Vi antorchas.
Y frente a mí estaba Carlo, joven otra vez, esperando que completáramos nuestra ceremonia de unión.
Había regresado al pasado.
Exactamente al día en que comenzó mi tragedia.
Entonces comprendí algo todavía más sorprendente.
Carlo también recordaba nuestra vida anterior.
Lo vi en sus ojos.
No había amor.
Solo resentimiento.
Así que antes de que el anciano terminara el ritual, me quité el tocado de Luna.
—Renuncio voluntariamente a convertirme en Luna.
Toda la plaza quedó en silencio.
Carlo pareció sorprendido durante apenas un segundo.
Después vi alivio en su rostro.
Se alejó de la ceremonia y regresó poco después tomando de la mano a Olivia.
Viva.
Joven.
Hermosa.
—Como Rosa ha renunciado —anunció Carlo—, Olivia será mi futura Luna.
Ella bajó la mirada fingiendo timidez.
Yo solo sonreí.
En mi primera vida habría llorado.
Esta vez sentí libertad.
Pero Carlo no se conformó con elegirla.
Me retiró el puesto de sanadora principal.
Me obligó a entregar los registros médicos, los conocimientos ancestrales e incluso el colgante sagrado de la Luna.
Olivia quiso saber dónde estaban los rituales más poderosos.
Le entregué una caja.
Contenía instrucciones incompletas.
Aquellos rituales exigían algo que ella nunca había tenido:
conocimiento verdadero y voluntad de sacrificarse por otros.
Olivia examinó todo lo que había sido mío con codicia.
Entonces preguntó:
—Si Rosa ya no quiere ser Luna, ¿por qué debería seguir disfrutando de la protección de nuestra manada?
Carlo me miró.
Sabía perfectamente lo que significaban aquellas palabras.
Exilio.
Pérdida de hogar.
Pérdida de identidad.
—Será expulsada —declaró.
Antes de marcharme exigieron realizar el ritual más cruel: cortar mi vínculo espiritual con la manada donde había nacido.
Me arrodillé ante la piedra lunar.
Carlo puso la mano sobre mi cabeza.
Sentí cómo algo era arrancado desde lo más profundo de mi alma.
Dolía tanto que casi perdí el conocimiento.
Pero no grité.
Cuando terminó, me puse de pie.
—Durante años salvé a sus cachorros, curé a sus guerreros, alimenté a sus ancianos y protegí estas tierras. Shadow Moon ya no me debe nada.
Miré directamente a Carlo.
—Y yo tampoco les debo nada a ustedes.
Me fui sola.
Nadie vino conmigo.
Nadie dijo adiós.
Al llegar a los territorios neutrales, mi cuerpo todavía estaba debilitado por el ritual.
Entonces tres lobos renegados salieron del bosque.
—Así que tú eres la loba sin manada.
Intenté retroceder.
Ya no tenía armas.
Tampoco podía curarme como antes.
El primero me atacó.
Conseguí herirlo, pero los otros dos se lanzaron sobre mí.
Una garra abrió mi hombro.
Caí de rodillas.
Uno de ellos avanzó sonriendo.
—Ahora nadie vendrá a protegerte.
Pensé que quizá había regresado a la vida únicamente para morir otra vez.
Entonces un enorme lobo dorado salió disparado entre los árboles.
Golpeó al renegado y lo lanzó varios metros.
Los otros huyeron.
El desconocido cambió a forma humana y se acercó a mí.
Tenía ojos color ámbar.
—Soy Ryland —dijo—. Alfa de la manada Sunstone.
Me ofreció la mano.
Y después pronunció unas palabras que Carlo jamás había dicho cuando realmente las necesitaba:
—Mientras estés en mis tierras, nadie volverá a tocarte.
PARTE 2
No tuve fuerzas para rechazar su ayuda.
Ryland me llevó personalmente hasta Sunstone.
Allí la sanadora principal, Lyra, atendió mis heridas.
Algunos miembros de la manada desconfiaban de mí.
Era comprensible.
Yo era una loba expulsada por su propia gente.
Pero Ryland nunca me trató como una carga.
—No necesito que me tengas lástima —le dije.
—No es lástima —respondió—. Es respeto.
Aquella palabra me resultó casi desconocida.
Mientras me recuperaba, varios cachorros de Sunstone enfermaron.
Fiebre.
Manchas violáceas.
Debilidad extrema.
Los sanadores no encontraban la causa.
Yo reconocí inmediatamente los síntomas.
—¿Estuvieron cerca de flores azules junto al lago?
Lyra me miró sorprendida.
Así había sido.
Descubrí que las flores estaban contaminadas por un hongo que producía una toxina peligrosa.
Preparé un remedio utilizando las pocas hierbas raras que había logrado llevar conmigo al exilio.
Incluso probé la medicina primero en mi propio cuerpo.
Los cachorros comenzaron a recuperarse.
La misma manada que días antes me miraba como una extraña empezó a llamarme sanadora.
Después llegó un ataque enemigo.
Utilicé un antiguo ritual de protección para unir temporalmente la energía de los guerreros con la tierra.
Sunstone venció.
Aquella noche escuché a cientos de lobos gritar mi nombre alrededor de la hoguera.
—¡Rosa! ¡Rosa! ¡Rosa!
Casi lloré.
No porque estuvieran alabándome.
Sino porque por primera vez sentía que pertenecía a algún lugar sin tener que destruirme para merecerlo.
Ryland me encontró junto al lago.
—Tal vez el destino tuvo que sacarte de un hogar equivocado para llevarte al correcto.
Tomó mi mano.
No me obligó.
No reclamó derechos sobre mí.
Simplemente esperó.
Y yo no retiré la mano.
Mientras mi vida comenzaba de nuevo, Shadow Moon empezó a derrumbarse.
Olivia no sabía curar heridas complejas.
Confundía hierbas.
Arruinaba rituales.
El colgante sagrado que debía responder a la futura Luna permanecía oscuro alrededor de su cuello.
La manada comenzó a preguntar:
—¿Dónde está nuestra verdadera sanadora?
Carlo terminó encontrando mis diarios privados.
Allí descubrió cosas que yo jamás le había contado.
Cuando una víbora venenosa casi lo mató en nuestra juventud, no había sido Olivia quien lo salvó.
Había sido yo.
Utilicé mi propia sangre para purificar la suya.
Otra vez, cuando Carlo sufrió una maldición mortal, realicé siete intentos de un ritual prohibido hasta conseguir transferir aquella maldición a mi propio cuerpo.
Tardé años en eliminarla.
Nunca se lo dije.
Olivia había permitido que Carlo creyera que ella era la responsable de aquellos milagros.
Cuando él la enfrentó, su respuesta fue simple:
—Tú elegiste creerme.
Aquello destruyó algo dentro de Carlo.
La expulsó.
Después ordenó buscarme.
Pero para entonces yo ya tenía otra vida.
Mi relación con Ryland había crecido lentamente.
Sin presión.
Sin obligación.
Cuando finalmente acepté convertirme en su compañera, celebramos nuestra unión ante toda la manada Sunstone.
Durante el ritual sentí algo completamente diferente de lo que había vivido con Carlo.
La unión de nuestras almas era cálida.
Equilibrada.
No se sentía como pertenecerle a alguien.
Se sentía como caminar junto a alguien.
Me convertí en Luna de Sunstone.
Poco después Carlo apareció en nuestra frontera.
Estaba irreconocible.
Agotado.
Desesperado.
—Rosa… encontré tus diarios.
Miró mi mano entrelazada con la de Ryland.
—¿Por qué nunca me contaste lo que sacrificaste por mí?
Solté una risa triste.
—¿Habría cambiado algo?
No respondió.
Entonces confesó que Shadow Moon estaba cayéndose a pedazos.
—Necesitamos que regreses.
—Ese ya no es mi hogar.
Carlo bajó la cabeza.
—Dame otra oportunidad.
Lo miré durante varios segundos.
Entonces dije aquello que llevaba una vida entera necesitando decir:
—Tú me asesinaste en nuestra vida anterior para traer de vuelta a Olivia.
Carlo perdió todo el color del rostro.
—Tú… también recuerdas.
—Recuerdo todo.
Recordaba a nuestros hijos observando.
Recordaba sus acusaciones.
Recordaba cómo Carlo destruyó nuestro vínculo antes de utilizar mi alma.
Él cayó de rodillas.
—Perdóname.
Ryland no intervino.
Simplemente sostuvo mi mano.
—Ya te perdoné —dije.
Carlo levantó la cabeza esperanzado.
—Entonces vuelve.
Negué.
—Perdonar no significa regresar.
Su esperanza desapareció.
—El amor que sentía por ti murió en aquella vida. Tú mismo lo enterraste.
Me marché junto a Ryland.
Pero poco después llegó una noticia terrible.
Shadow Moon había sido atacada por Grey Mountain y varios renegados.
La manada estaba prácticamente destruida.
Olivia había regresado junto a los atacantes y les había revelado la debilidad de Shadow Moon por venganza.
Había ancianos y cachorros heridos.
Miré a Ryland.
—Tengo que ayudar.
—¿Por Carlo?
—No.
Negué.
—Por los inocentes.
Ryland movilizó inmediatamente a sus guerreros y sanadores.
Encontramos Shadow Moon devastada.
Carlo estaba gravemente herido.
Entré en su refugio.
Cuando abrió los ojos y me vio, comenzó a llorar.
—Sabía que volverías.
—No he vuelto.
Me arrodillé para tratar su herida.
—Solo estoy haciendo lo que una sanadora debe hacer.
Después de salvarlo, Carlo tomó mi muñeca.
—Quédate. Reconstruiremos Shadow Moon. Serás mi única Luna.
Retiré lentamente mi mano.
—Ya soy Luna.
—Rosa…
—Soy Luna de Sunstone.
Lo miré sin odio.
—Lo nuestro terminó.
Fuera del refugio, Ryland esperaba.
Habíamos encontrado pocos sobrevivientes, principalmente niños y ancianos.
Propuse permitirles incorporarse a Sunstone.
Ryland aceptó.
Incluso preguntó por Carlo.
—Eso lo decides tú —respondí—. Pero yo no voy a pedirte nada por él.
Carlo rechazó la invitación.
—No puedo vivir viendo tu felicidad con otro hombre.
Decidió marcharse solo.
Tiempo después, Sunstone se había convertido en una de las manadas más fuertes de la región.
Combinamos mis conocimientos curativos con sus antiguos rituales.
Otras manadas enviaban aprendices.
Los cachorros crecían sanos.
Y una mañana recibí una carta.
Era de Carlo.
“Encontré un nuevo comienzo en las tierras del norte. Gracias por haberme perdonado. Siempre recordaré lo que perdí.”
Leí aquellas palabras una vez.
Después arrojé la carta al fuego.
Observé cómo se convertía en cenizas.
Ryland se acercó por detrás y rodeó mi cintura con sus brazos.
—¿Todo está bien?
Me apoyé contra su pecho.
Escuché su corazón.
Fuerte.
Tranquilo.
Real.
Sonreí.
—Todo está perfecto.
En mi primera vida pensé que mi destino era sacrificarme para conservar una familia.
En la segunda comprendí algo mucho más importante.
Una segunda oportunidad no existe para corregir a quienes nos destruyeron.
Existe para dejar de entregarles nuestra vida.
Una vez fui la Luna que Carlo sacrificó por otra mujer.
Ahora era Rosa.
Sanadora.
Compañera.
Luna.
Y, por primera vez…
dueña absoluta de mi propio destino.