Durante 9 años, el lobo blanco nunca volvió a aullar… hasta que una curandera entró en su cueva y descubrió el secreto que todo un reino había ocultado
Durante 9 años, el lobo blanco nunca volvió a aullar… hasta que una curandera entró en su cueva y descubrió el secreto que todo un reino había ocultado

PARTE 1
Durante nueve años, el lobo blanco de la Montaña del Pino Negro no había vuelto a aullar.
Ni siquiera cuando los cazadores rodearon su guarida.
Los habitantes del valle aseguraban que era una criatura peligrosa, pero nadie sabía qué había ocurrido realmente con su familia.
Hasta que una joven curandera entró en su cueva durante una tormenta de nieve y descubrió que aquel animal escondía un secreto mucho más terrible de lo que cualquiera imaginaba.
Me llamo Mara y, antes de conocer a Frost, jamás había creído las historias que contaban sobre él.
Vivía en Brier Hollow, una pequeña aldea del reino de Elder Veil. Tenía veintisiete años y me ganaba la vida preparando remedios y atendiendo a personas y animales enfermos.
No tenía mucho dinero, pero nunca me había faltado alguien que necesitara ayuda.
Todo cambió una tarde de invierno.
Estaba curando la pata de un perro cuando tres soldados entraron en mi casa. Detrás de ellos apareció Veric, el encargado de dirigir las cacerías del reino.
Llevaba años persiguiendo lobos, incluso en los bosques donde estaba prohibido colocar trampas.
Me acusó de ayudar a animales que, según él, representaban una amenaza.
Le expliqué que nunca había escondido ningún lobo.
No quiso escucharme.
Sus hombres revisaron mis pertenencias, rompieron varios frascos de medicina y se llevaron mis pequeños ahorros.
También desapareció el perro que estaba atendiendo.
Cuando finalmente se marcharon, mi casa estaba destrozada.
Comprendí que no podía quedarme allí.
Tomé una bolsa con los pocos remedios que sobrevivieron, me puse un abrigo y salí de la aldea.
La tormenta ya había cubierto los caminos.
Caminé durante horas hasta que dejé de sentir los dedos de los pies. El viento me golpeaba la cara y apenas podía distinguir los árboles.
Entonces descubrí una abertura entre las rocas.
Era una cueva.
Entré sin pensarlo.
Había restos de una antigua fogata y el suelo estaba relativamente seco. Me acomodé junto a las cenizas y cerré los ojos.
No recuerdo cuánto tiempo dormí.
Solo sé que, cuando desperté, tenía algo enorme junto a mi cuerpo.
Abrí los ojos lentamente.
Lo primero que vi fue un pelaje completamente blanco.
Después, dos ojos dorados me miraron fijamente.
Era Frost.
El lobo del que todos hablaban.
Era tan grande que sus hombros casi alcanzaban mi pecho. Tenía cicatrices antiguas, una oreja lastimada y una pequeña piedra negra colgada del cuello.
Mi mano buscó instintivamente el cuchillo que llevaba escondido.
Pero él no se movió.
Entonces noté algo extraño.
El animal estaba acostado entre la entrada y yo. Su cuerpo había impedido que el viento helado llegara hasta donde dormía.
Me había protegido durante toda la noche.
Bajé lentamente la mano.
—Pudiste hacerme daño mientras dormía —murmuré.
Frost simplemente cerró los ojos.
Fue entonces cuando descubrí una herida en su hombro.
Estaba inflamada y parecía llevar varios días sin recibir atención.
Saqué mis remedios y me acerqué con cuidado.
Al principio enseñó los dientes.
Me detuve.
Esperé unos segundos y volví a intentarlo.
Esta vez me permitió tocarlo.
Limpié la herida y la cubrí con una venda.
Cuando terminé, acercó el hocico a mis dedos.
Fue un contacto breve, pero suficiente para que comprendiera que había dejado de verme como una amenaza.
La nieve nos mantuvo atrapados varios días.
Frost salía cada mañana y regresaba con alimento. Yo buscaba raíces y recogía ramas secas.
Por las noches le hablaba mientras revisaba su herida.
Nunca respondía.
Ni un solo aullido.
Una tarde descubrí tres nombres grabados en la pared más profunda de la cueva.
Ash.
Luma.
Rowan.
Junto a ellos había tres pequeñas marcas en forma de media luna.
Cuando Frost me vio tocarlas, se quedó completamente inmóvil.
Acercó el hocico a la piedra y bajó la cabeza.
Recordé entonces lo que decían en la aldea: nueve años atrás, su compañera y sus tres cachorros habían desaparecido.
—Eran tus pequeños, ¿verdad?
Frost permaneció frente a la pared.
No necesité otra respuesta.
Pero antes de que pudiera acercarme, levantó las orejas.
Escuché voces afuera.
Los soldados de Veric habían encontrado nuestra cueva.
Frost me sujetó suavemente del abrigo y me condujo hasta un pasadizo oculto detrás de unas raíces.
Descendimos por un túnel estrecho hasta salir a un bosque escondido entre las montañas.
Allí encontramos un antiguo santuario.
En una de sus piedras aparecía el mismo símbolo de las tres medias lunas.
Cuando apoyé la mano sobre él, unas líneas plateadas comenzaron a iluminar el suelo.
Formaban un mapa.
El camino terminaba en una fortaleza situada al este.
Debajo de su dibujo aparecían tres siluetas de lobos.
Sentí un escalofrío.
—Frost… ¿y si tus cachorros siguen vivos?
El viejo lobo levantó la cabeza.
Y por primera vez vi algo diferente en sus ojos.
Esperanza.
Seguimos el mapa durante cuatro días.
Finalmente llegamos a una fortaleza de piedra negra.
Esperamos hasta la noche y entramos por un antiguo conducto de desagüe.
Bajamos unas escaleras hasta escuchar respiraciones detrás de una puerta.
La abrí.
Había tres lobos adultos encerrados tras unos barrotes.
Frost se adelantó.
Los tres animales se acercaron inmediatamente a él.
Uno apoyó su hocico contra el suyo.
Otro comenzó a emitir pequeños sonidos.
El tercero se acostó junto a los barrotes.
Después de nueve años, aquel padre había encontrado a sus hijos.
Busqué la cerradura con las manos temblorosas.
Pero justo cuando estaba a punto de abrirla, escuché unos pasos detrás de mí.
—No abras esas jaulas, Mara —dijo Veric desde la escalera—. Todavía necesito que esos lobos parezcan atacar al rey.
PARTE 2
Me quedé inmóvil, con la mano todavía sobre la cerradura.
Veric descendió lentamente las escaleras acompañado de varios soldados.
Frost se colocó entre nosotros.
—¿Qué quieres decir con que deben parecer culpables? —pregunté.
Veric miró a los tres lobos como si fueran objetos de su propiedad.
Entonces comenzó a explicarme lo que había ocurrido nueve años atrás.
Según una antigua profecía, los descendientes del lobo guardián protegerían Elder Veil cuando el reino atravesara su momento más difícil.
Frost pertenecía a ese linaje.
Sus cachorros también.
Pero Veric había decidido aprovechar aquella historia para conseguir más poder.
Ordenó capturar a los pequeños y convenció al rey Uldren de que la familia de Frost representaba un peligro.
Los mantuvo encerrados durante años.
Ahora planeaba soltarlos durante una ceremonia real, provocar confusión y hacer creer que habían atacado a los guardias.
Después se presentaría como el único hombre capaz de controlar la supuesta amenaza.
Esperaba que el rey le entregara el mando del ejército.
—¿Los mantuviste aquí durante nueve años por eso? —pregunté.
Veric no mostró el menor arrepentimiento.
—Los necesitaba vivos.
Miré a Frost.
Su cuerpo estaba rígido y sus ojos permanecían fijos en aquel hombre.
Durante todo ese tiempo había vivido creyendo que sus pequeños jamás regresarían.
Veric hizo una señal.
Los soldados avanzaron.
Frost se interpuso y los obligó a retroceder.
Aproveché la confusión para tomar las llaves que colgaban junto a la puerta.
Abrí una cerradura.
Después otra.
Los tres lobos salieron de sus jaulas y corrieron hacia el pasadizo.
Uno de los soldados me empujó y caí contra el suelo.
Sentí un dolor intenso en el costado.
Frost regresó inmediatamente hacia mí.
En ese momento comenzó a entrar humo por las escaleras.
Veric había ordenado incendiar parte de la fortaleza para destruir las pruebas de lo que había hecho.
El viejo lobo sujetó mi abrigo con los dientes y me ayudó a salir por el túnel.
Sus tres hijos nos esperaban entre los árboles.
Creí que habíamos conseguido escapar.
Pero al llegar al paso de la montaña descubrimos algo que me hizo detenerme.
Había antorchas por todas partes.
Decenas de soldados cerraban el camino.
Después aparecieron más.
Al frente estaba el rey Uldren.
Veric había conseguido reunirse con él antes que nosotros.
—Esos animales escaparon y atacaron a mis hombres —declaró, señalando a Frost.
Intenté explicar lo ocurrido, pero apenas podía mantenerme de pie.
Los soldados levantaron sus lanzas.
Los cuatro lobos se colocaron delante de mí.
Entonces sucedió algo inesperado.
Un soldado de edad avanzada, que parecía tener una pierna lastimada, resbaló sobre el hielo.
Su lanza cayó a varios metros.
Uno de los lobos jóvenes corrió hacia él.
Los demás soldados se prepararon para defenderlo.
Pero el animal no lo atacó.
Se quedó a su lado, impidiendo que los otros hombres se acercaran mientras intentaba incorporarse.
Los otros dos lobos hicieron lo mismo.
El anciano levantó lentamente la cabeza.
Observó sus rostros.
Después pronunció tres nombres con la voz entrecortada.
—Ash… Luma… Rowan…
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
Los lobos lo reconocieron.
El más pequeño acercó el hocico a su mano.
El soldado comenzó a llorar.
El rey desmontó de su caballo.
—¿Cómo sabes sus nombres?
El hombre tardó varios segundos en responder.
Finalmente confesó que había participado en el traslado de los cachorros nueve años atrás.
Sabía que Veric había mentido.
También había ayudado a mantenerlos vivos cuando el encargado de las cacerías quería castigarlos.
Había guardado silencio por miedo.
Pero al verlos otra vez, comprendió que no podía seguir ocultando la verdad.
Contó todo lo que sabía.
La captura.
Las órdenes secretas.
Las falsas acusaciones.
El encierro.
El rey escuchó sin interrumpirlo.
Después miró hacia la fortaleza, donde todavía se elevaba una columna de humo.
Veric comprendió que había perdido el control de la situación.
De pronto, sacó su espada y avanzó hacia mí.
Frost reaccionó antes de que pudiera apartarme.
Se interpuso y recibió una herida en el hombro.
El rey ordenó detener inmediatamente a Veric.
Varios soldados lo sujetaron y le quitaron el arma.
Yo corrí hacia Frost.
Me arrodillé a su lado y saqué los últimos remedios que llevaba en mi bolsa.
Su respiración era pesada.
—No te muevas, por favor.
Presioné una tela limpia sobre la herida.
Los tres lobos jóvenes se acercaron a su padre.
Uno se acostó junto a él.
Otro comenzó a lamerle suavemente el hocico.
El tercero permaneció vigilando a los soldados.
El rey se arrodilló frente a nosotros.
Reconoció que había creído las mentiras de Veric y ordenó que trajeran ayuda para atender al viejo lobo.
Pero antes de que llegaran los curanderos, escuchamos un ruido entre los árboles.
Frost levantó lentamente las orejas.
En la parte más alta de la montaña apareció un lobo gris.
Después, otro.
Y otro más.
En pocos minutos, decenas de siluetas comenzaron a llenar las laderas.
Había lobos blancos, negros, grises y plateados.
Ninguno se acercó a los soldados.
Simplemente permanecieron allí, observando.
Los tres hijos de Frost levantaron la cabeza.
Entonces el viejo lobo hizo algo que nadie había escuchado en nueve años.
Abrió el hocico.
Al principio salió un sonido débil.
Después respiró profundamente y dejó escapar un aullido largo que recorrió todo el valle.
Ash fue el primero en responder.
Luego Luma.
Después Rowan.
Y finalmente comenzaron a escucharse voces desde cada rincón de la montaña.
Cientos de lobos aullaron aquella madrugada.
Los soldados permanecieron inmóviles.
Yo seguía arrodillada junto a Frost, con una mano sobre su cuello.
Comprendí que no estaba llamando a una manada para atacar.
Estaba anunciando que sus hijos habían regresado.
Durante las semanas siguientes, Frost se recuperó de sus heridas.
Veric fue despojado de su cargo y encerrado por sus delitos.
El rey ordenó abrir la fortaleza, liberar a los animales cautivos y cambiar las normas que habían permitido aquellas cacerías injustificadas.
También ofreció recompensarme con tierras y una residencia en la corte.
Le respondí que no necesitaba ninguna de esas cosas.
Solo quería un lugar donde pudiera seguir curando a quienes lo necesitaran.
Así nació una pequeña casa de piedra cerca del bosque.
Atendía a campesinos, viajeros y animales heridos.
Frost aparecía algunas tardes y descansaba bajo los árboles.
Sus hijos también me visitaban de vez en cuando.
Nunca intenté convertirlos en mascotas.
Pertenecían a las montañas.
Una noche de invierno, varios meses después, regresé con Frost al antiguo santuario del Pino Negro.
La nieve comenzaba a caer suavemente.
Me senté junto a él y apoyé la mano sobre su pelaje.
Pensé en aquella primera noche en la cueva, cuando no tenía un hogar y creía que nadie volvería a ayudarme.
A lo lejos escuchamos un aullido.
Frost levantó las orejas.
Otro lobo respondió desde el valle.
Después llegó una tercera voz.
Reconocí el sonido de sus hijos.
El viejo lobo levantó la cabeza y contestó.
Me quedé escuchando hasta que el eco desapareció entre las montañas.
Nunca descubrí qué había ocurrido con su compañera.
Había preguntas que seguían sin respuesta, incluso después de recuperar a sus pequeños.
Pero aquella noche comprendí algo.
Frost no había olvidado cómo aullar.
Había pasado nueve años esperando tener a quién llamar.
Y ahora, cada vez que su voz recorría el bosque, siempre había alguien al otro lado que le respondía.