Doña Maricela decía que las ánimas vendrían por ella… durante su velorio regresaron

Doña Maricela decía que las ánimas vendrían por ella… durante su velorio regresaron

PARTE 1

Tres noches antes de que doña Maricela se fuera de este mundo, seis desconocidos llegaron a su casa en medio de la neblina.

Ninguno mostró bien el rostro.

Ninguno dijo de dónde venía.

Y cuando les impedimos entrar, se quedaron afuera rezando hasta que, de pronto, ya no estaban.

Esto ocurrió en 1999, cuando yo era una maestra joven y me enviaron a trabajar a una primaria rural de Oaxaca.

El pueblo se llamaba Las Ánimas.

Sí, así exactamente.

Estaba en una zona serrana rumbo a Oaxaca de Juárez.

En aquella época había muy poca electricidad.

Al caer la noche prácticamente todo quedaba oscuro.

Y cuando llegaba la neblina, a veces no podías distinguir una casa a veinte metros.

La escuela era pequeña.

Durante mi primera semana incluso tuve que dormir dentro de uno de los salones porque todavía no habían encontrado dónde hospedarme.

Después el director habló con una señora del pueblo.

Se llamaba Maricela.

Tenía unos 85 años y vivía sola en una casa enorme de dos pisos.

Cuando llegué entendí inmediatamente por qué aquel lugar era tan grande.

Había habitaciones por todas partes.

Le pregunté una tarde mientras tomábamos café de olla junto al fogón.

Doña Maricela me explicó que había construido aquella casa junto con su esposo para una familia numerosa.

Habían tenido ocho hijos.

Después guardó silencio.

No necesité preguntar demasiado.

Con los días descubrí la historia.

Ninguno de sus ocho hijos seguía con ella.

Varios se habían ido siendo muy pequeños.

Los que alcanzaron la edad adulta también partieron años después por distintas circunstancias.

Su esposo había vivido más tiempo, pero finalmente también se fue.

Doña Maricela terminó sola en una casa que había sido construida precisamente para estar llena de gente.

Aquello me daba mucha tristeza.

Pero lo más sorprendente era que ella no parecía una mujer amargada.

Tenía una rutina muy particular.

Rezaba todos los días.

En una habitación de la planta baja había preparado un pequeño altar con una imagen de la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo y algunas estampas religiosas.

Siempre colocaba un vaso con agua.

Luego tomaba su rosario.

Yo pensaba que rezaba únicamente por su familia.

Hasta que una noche me explicó que también pedía constantemente por las ánimas del purgatorio.

Sobre todo por sus hijos mayores.

Decía que, si alguno de ellos todavía necesitaba ayuda para encontrar descanso, ella quería acompañarlo con sus oraciones.

Yo nunca fui una persona que creyera demasiado en historias sobrenaturales.

Respetaba sus creencias.

Nada más.

Pasaron los años.

Terminé viviendo cerca de ocho años con doña Maricela.

Se convirtió prácticamente en otra abuela para mí.

Cuando yo regresaba cansada de la escuela, ella tenía café preparado.

Cuando enfermaba, me hacía té.

Y cuando estaba preocupada por mi familia, me decía que todo problema parecía más pequeño después de una buena noche de descanso.

Pero los años también fueron pesando sobre ella.

Ya rondaba los 90 cuando su salud comenzó a deteriorarse.

Primero dejó de salir.

Después le costaba levantarse.

Finalmente una sobrina vino a vivir temporalmente con nosotras para ayudar a cuidarla.

Durante sus últimos días, doña Maricela comenzó a decir cosas que atribuimos a la fiebre y al cansancio.

A veces hablaba con personas que nosotras no veíamos.

Otras noches aseguraba escuchar voces en el patio.

Una madrugada abrió los ojos y me tomó de la mano.

—Ya me avisaron.

Le pregunté quién.

—Las benditas ánimas.

Su sobrina y yo intercambiamos una mirada.

Doña Maricela continuó:

—No me van a dejar ir sola.

Intentamos tranquilizarla.

Pensamos que estaba delirando.

Pero volvió a decirlo varias veces durante los siguientes días.

Entonces llegó aquella noche.

Serían aproximadamente las ocho.

Afuera había una neblina espesa.

La casa estaba completamente rodeada de oscuridad.

Escuchamos tres golpes en la puerta principal.

La sobrina quiso abrir.

La detuve.

Nos acercamos a una ventana.

Había varias personas afuera.

Cinco.

Tal vez seis.

Vestían ropa oscura.

No alcanzábamos a distinguir bien sus caras.

Abrí apenas la ventana.

—Buenas noches. ¿A quién buscan?

Una de las figuras respondió con mucha educación:

—Venimos a saber cómo sigue la señora Maricela.

Le expliqué que estaba muy delicada.

Entonces preguntaron si podían entrar para rezar por ella.

No reconocíamos a ninguno.

Así que nos negamos.

La persona no insistió.

Solo respondió:

—Está bien. Rezaremos aquí.

Cerré la ventana.

Unos minutos después comenzó a escucharse un rosario afuera de la casa.

Varias voces al mismo tiempo.

Rezaban lentamente.

La sobrina me tomó del brazo.

Doña Maricela estaba acostada en el otro cuarto.

Y aunque apenas tenía fuerzas para hablar, comenzó a sonreír.

Cuando el rosario terminó, volví a mirar por la ventana.

El camino estaba vacío.

No vimos a nadie alejarse.

No escuchamos pasos.

Solo había neblina.

Regresé con doña Maricela.

Ella abrió los ojos y preguntó:

—¿Por qué no los dejaron entrar?

Sentí un escalofrío.

—¿A quiénes?

La anciana me miró como si la respuesta fuera evidente.

—A los que vinieron por mí.

PARTE 2

Su sobrina trató de tranquilizarla.

Le dijo que descansara.

Que nadie había venido por ella.

Doña Maricela negó lentamente con la cabeza.

—Sí vinieron. Pero ustedes no les dieron permiso.

Ninguna de las dos supo qué responder.

Yo no había mencionado a las personas de afuera.

Tampoco habíamos contado delante de ella lo que había sucedido en la puerta.

Pensé que tal vez había escuchado las voces mientras rezaban.

Esa era la explicación más lógica.

Durante los dos días siguientes estuvo casi siempre dormida.

A veces despertaba y parecía completamente consciente.

En otros momentos hablaba nuevamente con personas invisibles.

La tercera mañana se mostró extrañamente tranquila.

Me pidió agua.

Después miró hacia una esquina de la habitación y sonrió.

Horas más tarde, doña Maricela finalmente descansó.

El pueblo entero comenzó a organizar el velorio.

Era una mujer muy querida.

Llegaron vecinos.

Personas de comunidades cercanas.

Familiares que no había visto en años.

Prepararon café.

Tamales.

Sillas.

La enorme casa que había pasado tanto tiempo silenciosa volvió a llenarse de gente.

Recuerdo pensar que a doña Maricela le habría gustado verla así.

Durante la noche yo ayudaba a su sobrina a atender a quienes llegaban.

Fue entonces cuando alguien dijo:

—Ahí vienen más personas.

Miré hacia el camino.

Había un pequeño grupo descendiendo lentamente por el cerro.

Sentí inmediatamente algo familiar.

Venían juntos.

Ropa oscura.

Caminando casi como una procesión.

No podía contar con precisión cuántos eran.

Parecían seis.

Después siete.

Quizá ocho.

Cuando llegaron a la puerta, una de aquellas personas preguntó:

—¿Podemos pasar?

Reconocí la voz.

Era la misma de tres noches antes.

La sobrina también la reconoció.

Nos miramos.

Esta vez no les negamos la entrada.

—Pasen.

Entraron en silencio.

Algo me llamó la atención.

La casa estaba llena de habitantes del pueblo y nadie pareció reconocerlos.

Ni siquiera los familiares de doña Maricela.

Pero tampoco nadie preguntó quiénes eran.

Se acercaron al ataúd.

Se arrodillaron alrededor.

Uno sacó un rosario.

Comenzaron a rezar.

No hablaban fuerte.

Apenas era un murmullo.

Yo estaba ayudando a servir café, pero no podía dejar de observarlos.

Por alguna razón sentía que debía vigilar en qué momento se fueran.

El rosario terminó.

Me distraje menos de un minuto porque alguien me pidió más vasos.

Cuando volví la mirada hacia el ataúd…

ya no estaban.

Pensé que habían salido.

Fui a la puerta.

Nada.

Pregunté a una señora que había estado sentada junto a la entrada.

—¿Vio salir al grupo que estaba rezando?

Me respondió:

—¿Cuál grupo?

Sentí que se me helaban las manos.

Busqué a la sobrina.

Ella también los había perdido de vista.

Salimos al patio.

No había nadie.

La neblina cubría nuevamente el camino.

Pero para llegar desde la casa hasta la salida del terreno debían caminar varios metros.

Era imposible que todos hubieran desaparecido sin que nadie los notara.

La sobrina comenzó a llorar.

—Eran ellos.

No tuve que preguntar a quién se refería.

Recordamos lo que doña Maricela nos había dicho tres noches antes.

Que las ánimas vendrían.

Que no querían dejarla ir sola.

Y, sobre todo, que la primera noche nos había reclamado no haberlas dejado entrar.

Yo había vivido ocho años observando a aquella mujer rezar por almas que nunca había conocido.

Había visto cientos de veces el vaso de agua frente al altar.

La vela.

El rosario entre sus dedos.

Nunca pidió dinero.

Nunca pidió suerte.

Nunca pidió que alguien hiciera algo por ella.

Solo rezaba para que aquellas almas encontraran paz.

Si realmente aquellas personas eran lo que ella creía, entonces aquella noche hicieron algo muy sencillo:

regresaron para rezar por ella.

Como ella había rezado por ellas durante años.

Después del funeral continué trabajando en la escuela.

Pero ya no quise seguir viviendo en aquella casa.

No porque ocurriera algo malo.

Al contrario.

La casa se volvió demasiado silenciosa.

Cada habitación me recordaba a doña Maricela.

Me mudé a otro lugar del pueblo.

Durante años casi no hablé de lo sucedido.

Siempre pensé que la gente buscaría una explicación fácil.

Tal vez aquellas personas eran habitantes de otra comunidad.

Tal vez salieron por alguna puerta lateral.

Tal vez yo estaba emocionalmente afectada por haber perdido a alguien tan cercano.

Todo es posible.

Pero existe un detalle que nunca pude explicar.

Meses después, mientras recogíamos algunas pertenencias de doña Maricela, su sobrina encontró una caja con fotografías familiares antiguas.

Me llamó.

En una de ellas aparecía doña Maricela muy joven junto con varios de sus hijos.

Detrás había otras personas.

Familiares.

Vecinos.

Me quedé mirando a un hombre parado casi al borde de la fotografía.

Su cara no se distinguía bien.

Pero llevaba exactamente la misma ropa oscura que una de las personas que había rezado junto al ataúd.

Le pregunté a la sobrina quién era.

Observó la fotografía durante mucho tiempo.

Después dijo:

—Era mi abuelo.

El esposo de doña Maricela.

La fotografía había sido tomada décadas antes.

Desde entonces ya no intento convencer a nadie de lo que vi.

Solo cuento lo que ocurrió.

Un grupo apareció tres noches antes.

Pidió permiso.

No lo recibió.

Volvió durante el velorio.

Esta vez lo dejamos entrar.

Rezaron.

Y nadie vio cuándo se marcharon.

Muchos años después sigo recordando la última frase que doña Maricela dijo sobre ellos:

“No van a dejar que me vaya sola.”

Y quizá, después de todo, tenía razón.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward