Doctor frío de 36 años odia mujeres, pero ama a becaria rural; la besa en público y la lleva a casa.

Dormí con un desconocido para olvidar una traición… y al día siguiente descubrí que era el nuevo jefe de mi hospital

PARTE 1

La mañana después de acostarme con un desconocido, descubrí que aquel hombre era el nuevo jefe de mi hospital.

Y no solo eso.

El doctor Santiago Torres, el brillante cirujano que acababa de regresar de Alemania, entró en la sala de reuniones, me miró directamente y sonrió como si todavía recordara cada segundo de la noche anterior.

Yo, en cambio, solo quería desaparecer.

Todo había comenzado por culpa de Benjamín Cortés. Durante meses creí que nuestra relación era discreta porque trabajábamos juntos. Luego escuché, por casualidad, una conversación entre él y Jimena Díaz.

—Solo estuve con Laura para provocarte —le dijo—. Nunca fue algo serio.

No hice una escena. No lloré frente a él. Simplemente terminé la relación y salí del hospital con el corazón hecho pedazos.

Esa misma noche ayudé a una mujer que se había desmayado en la calle. Un hombre alto, demasiado atractivo y con una calma desconcertante, se acercó para auxiliarme. Después tomamos una copa. Yo estaba herida, él parecía estar huyendo de algo, y ambos acordamos no preguntar demasiado.

Creí que nunca volvería a verlo.

Me equivoqué.

Santiago fingió no reconocerme delante de todos, pero cuando me asignaron la tarea de mostrarle el hospital, se inclinó hacia mí y murmuró:

—¿Así que ahora somos compañeros? Qué coincidencia tan peligrosa.

Le exigí que olvidara lo ocurrido. Él respondió que podía intentarlo, aunque no prometía conseguirlo.

Poco después apareció Andrés Silva, un paciente rico y arrogante que llevaba semanas acosándome. Me sujetó del brazo y volvió a ofrecerme dinero para que fuera su amante. Antes de que pudiera liberarme, Santiago intervino.

—Suéltala.

Andrés se burló de él y preguntó por qué se metía.

Santiago me rodeó la cintura.

—Porque es mi novia.

Yo me quedé sin palabras.

Andrés intentó golpearlo. Santiago lo inmovilizó con un movimiento tan preciso que el hombre terminó gritando de dolor y suplicándole que lo atendiera. Luego lo llevó al quirófano y reparó la lesión que él mismo había provocado.

Pensé que todo terminaría allí, pero Santiago comenzó a ofrecerse para cubrir turnos nocturnos cada vez que yo trabajaba. Traía comida para todo el equipo, resolvía los casos más difíciles y dejaba claro, sin ninguna vergüenza, que estaba interesado en mí.

Benjamín, al verlo, quiso recuperarme.

Me pidió perdón, prometió hacer pública nuestra relación y juró que Jimena no significaba nada. Yo ya conocía ese tipo de promesas: llegan cuando un hombre siente que está perdiendo algo que nunca supo valorar.

La situación explotó cuando Jimena apareció en el hospital y me acusó de haberle robado a Benjamín. Él, acorralado, admitió que había salido conmigo antes de buscarla a ella. Santiago llegó justo cuando todos comenzaban a murmurar.

Me tomó de la mano y dijo:

—Laura no le debe explicaciones a nadie. Es mi novia y quien vuelva a insultarla tendrá que responder ante mí.

En ese instante, algo dentro de mí cedió.

Empecé a creer que quizá Santiago no estaba jugando. Acepté conocerlo de verdad. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí cuidada sin tener que rogar por atención.

Pero durante la cena para celebrar mi ascenso, una mujer elegante se acercó a nuestra mesa. Era Clara Azul, una reconocida médica que había trabajado con Santiago en Alemania.

Ella esperó a que él se alejara y se sentó frente a mí.

—Tú debes ser Laura —dijo con una sonrisa triste—. La mujer que Santiago eligió para castigarme.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Clara dejó una fotografía sobre la mesa. En ella, Santiago la abrazaba frente a un hospital alemán.

Luego añadió:

—Antes de conocerte, él me pidió matrimonio. Yo lo rechacé. Ahora dime… ¿de verdad crees que regresó a Esperanza por ti?

PARTE 2

—No lo sé —respondí, aunque en realidad acababa de perder la certeza de todo.

Fui a buscar a Santiago, pero me detuve al escuchar su voz detrás de una puerta entreabierta. Clara estaba con él.

—Elegiste a una mujer que no tiene nada que ver contigo solo para demostrarme que podías reemplazarme —decía ella.

—No vuelvas a hablar así de Laura —contestó Santiago—. Si ella acepta, me casaré con ella.

Clara soltó una risa amarga.

—¿Para vengarte de mí?

Santiago tardó demasiado en responder.

No esperé a escuchar más.

Cuando llegó a mi departamento, sus maletas ya estaban junto a la puerta. Intentó explicarme que Clara había sido parte de su pasado y que aquella noche conmigo no había sido planeada. Pero yo ya no podía separar nuestros momentos felices de la historia que él había vivido con otra mujer.

—Quizá ahora me quieras —le dije—, pero me escogiste cuando estabas herido. Yo no quiero ser el vendaje de nadie.

Terminé con él y pedí un traslado a Ciudad Río, mi lugar de origen. Pensé que la distancia me ayudaría a olvidar.

Santiago apareció tres días después como nuevo especialista del hospital donde yo acababa de empezar a trabajar.

No me llevó flores. No me pidió que regresara inmediatamente. Se presentó ante el equipo, aceptó los turnos más pesados y, cada vez que alguien preguntaba por su vida sentimental, respondía:

—Mi novia vive en Ciudad Río. Está enfadada conmigo, pero sigo amándola.

Aquello me irritaba más de lo que quería admitir.

También comenzó a visitar a mi madre y a mi abuela. Compró la vieja casa contigua a la de mi familia, no para expulsarlas, sino para restaurarla y convertirla en un lugar donde mi abuela pudiera vivir sin subir escaleras.

Cuando descubrí que había apartado discretamente a dos pretendientes que intentaban acercarse a mí, ofreciéndoles oportunidades de trabajo lejos de la ciudad, lo enfrenté.

—Eres un manipulador.

—Sí —admitió—. Y también soy egoísta. No quiero verte con otro hombre.

—Eso no es amor.

—Lo sé. Por eso estoy intentando aprender a amarte sin decidir por ti.

No le creí del todo.

La verdadera prueba llegó durante una guardia. Un familiar de un paciente entró furioso al área de urgencias, sacó un cuchillo y se lanzó contra mí. Santiago se interpuso. La hoja le atravesó el brazo y rozó su costado.

Mientras lo llevábamos al quirófano, todavía tuvo fuerzas para preguntarme:

—¿Estás herida?

Yo no pude responder. Solo le apreté la mano.

La operación salió bien. Durante su recuperación me pidió que me marchara si lo cuidaba por compasión. Después, por primera vez, dejó de esconderse detrás de bromas.

—Te busqué al principio porque estaba enfadado con Clara —confesó—. Esa es la parte más vergonzosa. Pero no me enamoré de ti para vengarme. Me enamoré cuando te vi enfrentarte a Andrés sin aceptar su dinero. Cuando defendiste a Jimena, aunque te había humillado. Cuando preferiste perderme antes que perderte a ti misma.

Bajó la mirada.

—He usado mi poder, mis contactos y hasta mis heridas para mantenerte cerca. No tengo derecho a exigirte perdón. Solo puedo decirte que, aunque nunca regreses conmigo, no volveré con Clara. No porque la odie, sino porque ya no la amo.

Lo perdoné, pero no regresé con él de inmediato.

Santiago tuvo que aprender a esperar.

Durante semanas respetó mi espacio. Dejó de espantar a mis pretendientes, aunque cada vez que alguno aparecía, su mal humor era evidente. Ayudó a mi hermano durante una cirugía complicada sin pedir nada a cambio. Acompañó a mi abuela a sus consultas y permitió que mi madre lo alimentara como si fuera un niño abandonado.

Una tarde, mi madre me envió a comprar naranjas. Cuando regresé, encontré a Santiago reparando una ventana de la casa restaurada. Tenía la camisa arremangada, una cicatriz nueva en el brazo y una expresión nerviosa que nunca le había visto.

—Tu madre dice que ya me considera parte de la familia —comentó.

—Mi madre adopta a cualquiera que elogie su comida.

—Entonces tendré que convencerte a ti.

Sacó una pequeña caja del bolsillo, pero no se arrodilló enseguida.

—La primera vez que te pedí que fueras mi novia fue una excusa para protegerte. Después convertí mis sentimientos en un espectáculo. Esta vez no quiero decidir nada por ti.

Abrió la caja.

—Laura Romero, ¿quieres elegirme sabiendo exactamente quién soy?

Miré el anillo y luego su rostro.

—No te elijo porque me hayas salvado —dije—. Tampoco porque seas brillante, rico o capaz de conseguir todo lo que deseas.

Santiago tragó saliva.

—Te elijo porque, por primera vez, aprendiste a quedarte sin obligarme a permanecer.

Entonces me arrodillé frente a él, tomé el anillo y sonreí.

—Sí, Santiago. Pero si vuelves a manipular mi vida, dormirás en la casa de al lado.

Él me abrazó riendo.

—Acepto. Aunque las dos casas sean mías.

Lo empujé, mi madre comenzó a aplaudir desde la ventana y mi abuela gritó que ya era hora.

Esa noche comprendí que algunas historias empiezan por las razones equivocadas. Lo importante no es cómo dos personas se encuentran, sino lo que deciden hacer cuando finalmente dejan de mentirse.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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