Desterrada por el Rey Alfa estando embarazada: años después, sus gemelos dijeron: «Te pareces a nosotros».
Desterrada por el Rey Alfa estando embarazada: años después, sus gemelos dijeron: «Te pareces a nosotros».

PARTE 1
—Te rechazo como mi Luna, como mi compañera y como miembro de esta manada.
Las palabras de Dominic cayeron sobre mí como una sentencia de muerte.
Yo estaba de rodillas frente al Consejo, acusada de vender información militar a nuestros enemigos.
Y nadie sabía que llevaba a sus dos hijos dentro de mí.
Me llamo Glenda Lancaster.
Durante años fui la Luna del Reino Occidental y compañera del Rey Alfa Dominic Russo.
Creí que nuestro vínculo era indestructible.
Hasta que Lady Catherine Hemlock apareció.
Era hija de un duque poderoso y tenía exactamente lo que Dominic necesitaba políticamente: tierras, soldados y alianzas.
Poco después comenzaron los rumores.
Luego aparecieron cartas con mi sello.
Mapas de patrullas.
Información sobre nuestras fronteras.
Todo supuestamente enviado por mí a las manadas salvajes del norte.
—Son falsificaciones —dije frente al Consejo—. Dominic, tú conoces mi olor. Conoces mi alma.
Él ni siquiera me miró como antes.
—Las pruebas son claras.
Entonces entendí que Catherine había ganado.
Podía haber revelado mi embarazo.
Dominic quizá habría detenido el destierro.
Pero también sabía que Catherine jamás permitiría que los verdaderos herederos nacieran.
Así que guardé silencio.
Dominic ordenó que me quitaran el título, la protección de la manada y cualquier derecho dentro del reino.
Después me condenó a las Montañas Heladas.
—Si regresas —dijo—, serás ejecutada como renegada.
El vínculo entre nosotros se rompió.
El dolor fue tan fuerte que casi caí inconsciente.
Antes de salir lo miré por última vez.
—Algún día comprenderás lo que acabas de tirar a la nieve.
Me dieron una capa.
Un poco de agua.
Nada más.
Caminé durante días.
El frío me abría la piel.
El hambre me doblaba.
Cuando finalmente caí bajo un pino, puse las manos sobre mi vientre.
—Vivan —susurré—. Aunque yo no pueda hacerlo, ustedes deben vivir.
Un leñador humano llamado Tobias me encontró medio congelada.
Él y su esposa Martha me llevaron a un pequeño asentamiento llamado Oak Haven.
Allí sobreviví.
Y meses después nacieron mis hijos.
Arthur y Leo.
Dos niños fuertes.
Cabello negro.
Mandíbulas idénticas a las de Dominic.
Y aquellos ojos ámbar que jamás podrían confundirse.
Pasaron los años.
En Oak Haven me llamaban simplemente Eva.
Crié a mis hijos como humanos.
Les dije que su padre era un soldado que había muerto en la guerra.
También les daba pequeñas dosis de hierbas para ocultar su naturaleza Lykan.
Porque sabía que algún día su sangre comenzaría a despertar.
Y ocurrió.
Leo desarrolló una fuerza imposible para un niño.
Arthur podía escuchar conversaciones detrás de puertas cerradas.
Ambos empezaron a emitir una autoridad extraña cuando se enfadaban.
Yo vivía aterrada de que alguna patrulla los detectara.
Mientras tanto, Dominic gobernaba un reino que se estaba deteriorando.
Nunca lo supe entonces, pero años después descubriría que había intentado buscarme.
Solo encontraron restos ensangrentados de mi capa.
Dominic creyó que yo había muerto.
Y vivió con la certeza de que había asesinado a su verdadera compañera.
Todo cambió cuando una manada de lobos salvajes atacó Oak Haven.
Vi a uno correr directamente hacia nuestra casa.
—¡Arthur! ¡Leo!
Mis hijos salieron.
Leo llevaba un atizador de hierro.
Arthur un arco de caza.
—¡Aléjate de nuestra madre! —rugió Leo.
Su voz tenía poder Alfa.
El lobo se detuvo.
Arthur disparó.
Pero la bestia continuó avanzando.
Entonces un enorme lobo negro saltó desde los árboles.
Mató al atacante de un solo mordisco.
Y empezó a transformarse.
Sentí que el mundo desaparecía.
Dominic Russo estaba frente a mis hijos.
Más viejo.
Más cansado.
Pero era él.
Mis niños lo observaron fijamente.
Dominic también.
Cabello negro.
Ojos ámbar.
La misma expresión.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó.
Leo apretó el atizador.
—¿Quién eres tú?
Arthur inclinó la cabeza.
—Y… ¿por qué te pareces tanto a nosotros?
Dominic dio un paso hacia ellos.
Salí del bosque.
—No des otro paso hacia mis hijos, Dominic.
Se quedó petrificado.
Su rostro perdió todo color.
—Glenda…
Puse una mano sobre cada uno de mis niños.
Dominic miró sus rostros otra vez.
Después mi vientre.
Después sus edades.
Y finalmente comprendió.
—Estabas embarazada…
No respondí.
Dominic cayó lentamente de rodillas frente a mí.
Pero Arthur lo miró con inocencia y formuló la pregunta que terminó de destrozarlo:
—Mamá… ¿este es el soldado que nos dijiste que había muerto?
PARTE 2
Dominic cerró los ojos.
Por primera vez vi al Rey Alfa del Oeste completamente derrotado.
—¿Les dijiste que estaba muerto?
—Era más sencillo que explicarles que su padre expulsó a su madre embarazada para que muriera congelada.
Leo miró a Dominic con una expresión que ningún niño debería dirigir a su propio padre.
—¿Nos echaste?
—Yo no sabía que existían.
—Pero sabías que ella existía —respondió Arthur.
Eso fue peor.
Dominic no tenía respuesta.
Su capitán, Winston, observó a mis hijos.
—Majestad… tienen la sangre real.
Dominic intentó acercarse.
Yo retrocedí.
—No tienes ningún derecho sobre ellos.
—No voy a quitártelos.
—No te creo.
El dolor cruzó su rostro.
Entonces explicó que el ataque no había sido casual.
Los lobos renegados habían seguido el olor Alfa de mis hijos.
Las hierbas que yo utilizaba ya no eran suficientes.
Arthur y Leo estaban creciendo.
Su sangre real comenzaba a manifestarse.
Oak Haven ya no podía protegerlos.
Odié admitirlo.
Pero Dominic tenía razón.
Acepté regresar a la fortaleza con una condición.
—Voy por mis hijos. No por ti.
—Entiendo.
—No soy tu Luna.
—Lo sé.
—Y no soy tu compañera.
Aquello le dolió.
—También lo sé.
Cuando cruzamos las puertas del palacio, sentí que regresaba a mi propia tumba.
Catherine estaba en el salón del Consejo.
Al verme entrar junto a los dos niños, dejó caer su copa.
Su expresión de terror fue suficiente para confirmar muchas cosas.
—¿Qué significa esto? —exigió—. ¿Por qué has traído a esa traidora?
Dominic se colocó frente a nosotros.
—Porque jamás debió perder su corona.
Después señaló a los niños.
—Y porque ellos son los herederos del Oeste.
El salón estalló en murmullos.
Catherine intentó recuperar el control.
—¡Es imposible!
Arthur llevaba días revisando copias de los documentos de mi antiguo juicio durante el viaje.
Mi hijo levantó una de las cartas.
—Estas pruebas son falsas.
Todos lo miraron.
—¿Qué dijiste?
Arthur señaló el papel.
—El sello fue colocado antes de que se escribiera la carta.
Lord Winston se acercó.
Arthur explicó que la tinta había atravesado los pliegues debajo del sello.
Eso solo podía significar una cosa.
Alguien había robado mi sello personal, marcado pergaminos en blanco y escrito las cartas después.
El salón quedó en silencio.
Catherine palideció.
—¡Ese niño está mintiendo!
—Tiene siete años —dijo Dominic—. Y acaba de encontrar lo que mi Consejo no encontró en siete años.
Ordenó reabrir la investigación.
Pronto descubrimos pagos hechos a antiguos escribas.
Transferencias desde propiedades de la familia Hemlock.
Y registros de personas que tuvieron acceso a mis habitaciones.
Todo llevaba hacia Catherine.
Pero ella todavía tenía un último plan.
Una noche escuchamos que había salido de sus aposentos.
Arthur y Leo la siguieron gracias a su oído sobrenatural.
Catherine descendió a las mazmorras y se reunió con Lord Gregory Harrington.
—Tenemos que matar a los niños —susurró.
Dominic estaba escondido cerca.
También yo.
—Pon veneno en su cena. Cuando los herederos desaparezcan, Dominic no tendrá alternativa.
Dominic salió de las sombras.
—Te equivocas.
Catherine quedó inmóvil.
Arthur apareció detrás de él.
—Hablas demasiado fuerte.
Leo sonrió.
—Y hueles a miedo.
Catherine cayó de rodillas.
Entonces Dominic reveló la última prueba.
Los renegados que habían atacado Oak Haven llevaban en el pelaje aceites aromáticos importados exclusivamente por la familia Hemlock.
Catherine no solo me había incriminado.
Cuando descubrió que yo seguía viva y que existían herederos, envió asesinos por mis hijos.
Dominic ordenó arrestarla.
—Te quito todos tus títulos.
Catherine lloraba.
—¡Lo hice por nosotros!
—No existe un “nosotros”.
La enviaron lejos de la corte para enfrentar juicio por traición, conspiración y tentativa de asesinato.
Yo pensé que entonces todo terminaría.
Pero quedaba algo más difícil.
Dominic.
Una mañana lo encontré observando a nuestros hijos entrenar.
Leo intentaba derribar a tres guardias al mismo tiempo.
Arthur leía un libro de leyes mientras corregía la estrategia de su hermano.
Dominic sonrió.
—Criaste a dos reyes.
—Crié a dos niños.
—Sin mí.
Lo miré.
—Porque tú elegiste no creerme.
Bajó la cabeza.
—Lo sé.
Esperé una excusa.
No llegó.
—No puedo devolverte esos años —dijo—. Tampoco puedo borrar lo que te hice.
—No.
—Y no voy a pedir que vuelvas conmigo.
Eso me sorprendió.
Dominic respiró profundamente.
—Solo quiero tener la oportunidad de convertirme en alguien a quien Arthur y Leo puedan llamar padre sin sentir vergüenza.
Miré a mis hijos.
—Eso tendrás que ganártelo.
—Lo haré.
—Puede llevar años.
—Entonces tardaré años.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
No hubo perdón instantáneo.
No hubo un beso mágico que borrara el invierno.
Dominic empezó por sus hijos.
Entrenaba con Leo.
Escuchaba las preguntas interminables de Arthur.
Aparecía cuando prometía aparecer.
Y cuando cometía un error, no utilizaba su corona para justificarse.
Poco a poco, mis hijos empezaron a confiar en él.
Yo tardé mucho más.
Un día Dominic me encontró en el jardín.
—No voy a preguntarte si me perdonas.
—Bien.
—Quiero preguntarte otra cosa.
Lo miré.
—¿Puedo caminar contigo?
Nada más.
No reclamó el vínculo.
No habló de destino.
Solo pidió caminar.
Acepté.
Meses después nuestros dedos se rozaron mientras observábamos a Arthur y Leo entrenar.
Esta vez no aparté la mano.
Dominic tampoco intentó tomar más de lo que yo ofrecía.
El reino también comenzó a sanar.
Se revisaron las leyes del Consejo.
Se investigaron los abusos cometidos bajo Catherine.
Oak Haven recibió protección real.
Y mis hijos fueron reconocidos públicamente como herederos.
Nunca recuperé a la mujer que había sido antes del destierro.
Pero tampoco quería recuperarla.
Aquella Glenda confiaba demasiado fácilmente.
Esperaba que el amor bastara.
La mujer que regresó de las montañas sabía algo diferente.
El amor sin confianza puede destruirte.
El arrepentimiento sin acciones no significa nada.
Y perdonar a alguien no significa devolverle inmediatamente el lugar que perdió.
Dominic pasó años demostrando que había comprendido eso.
Una tarde, Arthur me preguntó:
—¿Papá realmente murió en una guerra?
Miré a Dominic.
Él contuvo el aliento.
Sonreí ligeramente.
—No.
Leo soltó una carcajada.
—Lo sabía.
—Pero una parte de él sí murió —continué—. Y tuvo que decidir qué clase de hombre construir después.
Dominic me miró.
Aquella noche, cuando nuestros hijos se fueron, extendió su mano.
Yo la observé.
Durante años había recordado la última vez que aquella mano había tenido poder sobre mi vida.
La mano del hombre que firmó mi destierro.
Ahora era diferente.
No porque Dominic hubiera cambiado el pasado.
Nadie puede hacerlo.
Era diferente porque ya no podía decidir mi futuro.
Eso me pertenecía.
Puse mi mano sobre la suya.
—Tenemos un reino que sanar.
Sus dedos se cerraron suavemente.
—Entonces empecemos.
Y así terminó el invierno que había comenzado el día en que fui expulsada.
No porque el hombre que me destruyó regresara a salvarme.
Yo ya me había salvado sola.
Terminó porque, después de perderme a mí, perder a sus hijos y casi perder su reino, Dominic finalmente aprendió que una segunda oportunidad no es algo que un rey pueda ordenar.
Es algo que una mujer herida decide, lentamente, si algún día quiere conceder.