Desapareció tras descubrir que su pareja le era infiel con su hermana, y entonces se convirtió en la Luna del Rey Alfa.

Desapareció tras descubrir que su pareja le era infiel con su hermana, y entonces se convirtió en la Luna del Rey Alfa.

PARTE 1

La noche que encontré a mi esposo con mi propia hermana, no hice una escena.

No grité.

No rompí nada.

Solo cerré la puerta, tomé una pequeña maleta y desaparecí antes del amanecer.

Lo que ninguno de los dos sabía era que yo estaba embarazada de gemelos.

Me llamo Alara.

Hasta aquella noche había sido la Luna de la Manada Luna Creciente.

David era mi compañero y uno de los Alphas más respetados de la región.

Maya era mi hermana menor.

Yo confiaba en ambos.

Eso hizo que todo fuera peor.

Durante semanas David decía que trabajaba hasta tarde.

Una noche regresé antes de lo previsto y encontré su auto en casa.

Subí pensando que quizá quería sorprenderme.

La sorprendida fui yo.

Maya estaba con él en nuestra habitación.

David intentó explicarse.

No escuché.

Había cosas que una explicación solo podía empeorar.

Me fui.

Cambié mi nombre y terminé en Puerto Niebla, un pequeño pueblo costero donde casi todos eran humanos y nadie hacía preguntas.

Ahí abrí una pequeña herbolaria.

Ahí nacieron Leo y Laya.

Durante cuatro años construí una vida sencilla.

Mis hijos no sabían quién era su padre.

Tampoco sabían que yo era licántropa.

Todos los días mezclaba una cantidad mínima de una preparación herbal en su desayuno para ocultar el olor de nuestra sangre.

No les hacía daño.

Solo conseguía que cualquier lobo que pasara cerca creyera que éramos humanos.

Funcionó perfectamente.

Hasta que Kalin apareció.

Entró en mi tienda una tarde buscando un ungüento especial utilizado después de las transformaciones.

En cuanto cruzó la puerta supe que no era humano.

Era demasiado grande.

Demasiado seguro.

Y aquella presencia…

Solo un Alpha podía llenar una habitación sin decir una palabra.

Me pidió el ungüento.

Se lo vendí.

Mientras pagaba observó una vieja cicatriz en mi mano.

Inventé que me había quemado cocinando.

No pareció creerme.

—Volveré, Alara.

No me gustó cómo dijo mi nombre.

Al día siguiente descubrí que había comprado una propiedad enorme en las afueras del pueblo.

No venía solo.

Había otros hombres con él.

Una manada.

Durante los días siguientes apareció varias veces.

Nunca me amenazó.

Eso, curiosamente, me ponía todavía más nerviosa.

Una tarde conoció accidentalmente a los gemelos.

Leo y Laya salieron corriendo de la parte trasera de la tienda discutiendo por un crayón azul.

Yo intenté esconderlos.

Demasiado tarde.

Kalin se agachó frente a ellos.

Mi hijo, que normalmente desconfiaba de desconocidos, dio un paso hacia él.

Eso me heló la sangre.

Había reconocido autoridad Alpha por puro instinto.

Kalin estudió sus caras.

—Son tuyos.

—Mis gemelos.

Después miró sus ojos oscuros.

Los ojos de David.

—No se parecen mucho a ti.

Mentí.

Le dije que su padre había desaparecido antes de que nacieran.

Kalin no insistió.

Pero cuando salió de la tienda supe que había dejado de verme como una simple herbolaria.

Días después llegó una tormenta.

Estaba cerrando cuando percibí un olor que no había sentido en cuatro años.

Agua estancada.

Hojas húmedas.

Luna Creciente.

Miré por la ventana.

Silas.

Uno de los mejores rastreadores de David estaba al otro lado de la calle.

Habían encontrado mi pueblo.

Silas comenzó a acercarse.

Entonces una camioneta negra se atravesó delante de él.

Kalin bajó.

No escuché lo que dijo.

No hizo falta.

Silas agachó la cabeza y retrocedió.

Minutos después Kalin entró en mi tienda empapado por la lluvia.

—Ese hombre no estaba buscando territorio.

Me quedé callada.

—Te estaba buscando a ti.

Seguí mintiendo.

Kalin perdió la paciencia.

Me dijo que sabía que yo no era humana.

Sabía de qué manada venía.

Sabía que llevaba años escondiendo mi olor.

Finalmente le conté la verdad.

David.

Maya.

La noche que me fui.

Kalin escuchó sin interrumpir.

Entonces dijo algo que hizo que mi estómago se cerrara.

Silas probablemente no había encontrado Puerto Niebla siguiendo mi olor.

Había seguido otro.

Uno mucho más difícil de ocultar.

Sangre hereditaria.

En ese instante se abrió la cortina del fondo.

Leo apareció sosteniendo su crayón azul.

Laya se escondía detrás de él.

Kalin miró a los niños.

Después me miró a mí.

Vi el momento exacto en que entendió.

—Alara…

Su voz cambió.

—Esos niños no son solamente tus hijos.

Señaló a los gemelos.

—Son los herederos de David.

PARTE 2

Me puse delante de ellos.

—Son míos.

Kalin levantó las manos para demostrar que no pretendía acercarse.

—No estoy tratando de quitártelos.

—David no sabe que existen.

—Todavía.

Aquella palabra me atravesó.

Silas no había llegado por casualidad.

Si volvía con David y le contaba lo que había encontrado, todo terminaría.

Mi antigua pareja no era un hombre acostumbrado a perder.

Y dos hijos de su propia sangre serían algo que querría reclamar.

—Nos iremos esta noche.

Kalin negó.

—No llegarás lejos.

Me enfurecí.

—He sobrevivido cuatro años sin tu ayuda.

—Y lo hiciste muy bien. Pero ahora ya conocen tu ubicación.

La tormenta sacudía los cristales.

Kalin miró a Leo y Laya.

—Ven conmigo.

Solté una risa amarga.

—¿Cambiar la casa de un Alpha por la de otro?

Su expresión se endureció.

Pero no por enojo.

Parecía dolido.

—No soy David.

Me ofrecía una habitación independiente.

Protección.

Libertad para marcharme cuando quisiera.

Solo quería sacar a los niños de una tienda que pronto podría convertirse en el primer lugar donde David buscaría.

Entonces pregunté lo obvio.

—¿Por qué arriesgarías a tu manada por nosotros?

Kalin guardó silencio unos segundos.

—Porque ningún rey permite que persigan a una madre y a sus hijos dentro de sus tierras.

Sentí que había escuchado mal.

—¿Rey?

Entonces dijo su apellido completo.

Kalin Vance.

El Alpha King de los territorios del norte.

El hombre del que había escuchado historias incluso cuando todavía vivía con Luna Creciente.

Yo llevaba semanas discutiendo precios de ungüentos con un rey.

Acepté ir con él.

No porque confiara completamente.

Porque confiaba menos en lo que haría David.

Quince minutos después íbamos camino a la propiedad.

El supuesto caserón resultó ser una fortaleza discreta.

Muros de piedra.

Guardias.

Sistemas de seguridad.

Protecciones mágicas que impedían entrar a lobos enemigos sin autorización.

Los gemelos se quedaron dormidos casi inmediatamente.

Yo apenas había conseguido respirar cuando Jax, el Beta de Kalin, apareció con noticias.

Silas había contactado a David.

Luna Creciente estaba a pocos kilómetros de la frontera.

David había llevado más de veinte hombres.

Quería negociar.

No.

Quería recuperarme.

Y había llamado a mis hijos “propiedad de la manada”.

Eso acabó con mi miedo.

—No va a llevárselos.

Kalin conectó una radio para que ambos territorios pudieran escuchar.

Entonces oí una voz que llevaba cuatro años intentando olvidar.

David.

Exigió que me entregaran.

Dijo que yo había abandonado Luna Creciente y que debía regresar.

Kalin respondió con una calma que resultó mucho más intimidante que un grito.

Se presentó formalmente como Alpha King del Norte.

El silencio del otro lado duró varios segundos.

David cambió de tono inmediatamente.

Pero insistió en que los gemelos eran sus herederos.

Yo estaba detrás de Kalin, temblando.

No quería que otro hombre decidiera por mí.

Así que me acerqué al radio.

—David.

Se quedó callado.

—Alara.

—No vuelvo contigo.

Intentó hablar.

No lo dejé.

—Tú elegiste a Maya. Yo elegí marcharme. Durante cuatro años no preguntaste dónde estaba hasta que descubriste que existen dos niños.

Dijo que eran sus hijos.

—Biológicamente, sí. Eso no te convierte automáticamente en su padre.

Kalin no intervino.

Agradecí eso.

Yo necesitaba decirlo.

—Si algún día Leo y Laya quieren conocerte, será con seguridad, reglas claras y porque ellos lo deseen. No porque aparezcas con veinte hombres reclamándolos.

David guardó silencio.

Después intentó decir que yo todavía pertenecía a Luna Creciente.

—No.

Mi voz salió tranquila.

—Eso terminó la noche que rompiste nuestro vínculo.

Kalin habló entonces.

Declaró oficialmente que mis hijos y yo recibíamos protección permanente en los territorios del norte.

David podía solicitar un procedimiento formal para establecer contacto futuro con los gemelos.

Pero no podía llevárselos.

No podía obligarme a regresar.

Y cualquier intento de cruzar la frontera por la fuerza terminaría con su expulsión inmediata.

David entendió.

Sus hombres se retiraron aquella misma noche.

No sentí alegría.

Sentí cansancio.

Cuatro años corriendo.

Cuatro años mirando detrás de mí cada vez que escuchaba un automóvil.

De repente todo se había detenido.

Mis piernas cedieron.

Kalin me sostuvo antes de que tocara el suelo.

No intentó besarme.

No dijo que ahora le pertenecía.

Solo me sostuvo mientras lloraba.

Eso fue quizá lo que más me sorprendió.

A la mañana siguiente los gemelos despertaron convencidos de que la propiedad era un hotel enorme.

Leo preguntó si podía quedarse con una habitación que tenía una ventana hacia el bosque.

Laya quería saber si Jax sabía dibujar caballos.

Los niños se adaptaron más rápido que yo.

Regresamos a Puerto Niebla unos días después.

Mi tienda seguía intacta.

Kalin había puesto vigilancia discreta, pero no había cambiado absolutamente nada.

Ni un frasco.

Ni una silla.

Ni siquiera el crayón azul que había quedado debajo del mostrador.

—Pensé que querrías decidir tú qué hacer con tu vida.

Esa frase cambió la forma en que empecé a verlo.

No cerré mi herbolaria.

Tampoco me mudé definitivamente a su propiedad.

Durante varios meses vivimos entre ambos lugares.

Kalin nunca intentó ocupar el puesto de padre.

Se convirtió primero en alguien seguro para mis hijos.

Leo empezó a seguirlo por el jardín haciendo preguntas sobre lobos.

Laya descubrió que podía convencerlo de tomar té imaginario durante períodos ridículamente largos.

Y conmigo fue todavía más lento.

No estaba lista para otro vínculo.

Él lo entendió.

Una tarde le pregunté por qué seguía viniendo.

Kalin sonrió.

—Porque me gusta tu té.

—Odias mi té.

—Entonces necesito otra excusa.

Fue la primera vez en años que me reí pensando en un hombre sin sentir miedo inmediatamente después.

David mantuvo distancia.

Meses más tarde solicitó formalmente conocer a los gemelos.

Acepté una visita supervisada.

No por él.

Por ellos.

Maya nunca volvió a formar parte de mi vida.

No la odiaba.

Simplemente aprendí que perdonar algo no obliga a abrir nuevamente la puerta.

Puerto Niebla siguió siendo nuestro hogar.

La tienda volvió a llenarse de olor a lavanda y salvia.

Algunas tardes Kalin aparecía sin escoltas y ayudaba a colocar cajas aunque su idea de “ayudar” normalmente terminaba reorganizando todo mal.

Leo y Laya crecieron sabiendo la verdad sobre su sangre.

Pero también aprendieron algo más importante:

nadie podía reclamarlos como propiedad.

Una noche, mientras cerraba la tienda, Kalin estaba esperando afuera.

—¿Estás lista?

—¿Para qué?

—Cenar.

Lo miré con sospecha.

—¿Una orden Alpha?

Negó.

—Una invitación.

Sonreí.

—Entonces quizá.

Caminamos juntos hacia el puerto.

No sabía todavía qué terminaríamos siendo.

Y por primera vez eso no me daba miedo.

Durante años pensé que sobrevivir significaba correr suficientemente lejos del lugar donde me habían roto el corazón.

Me equivoqué.

Sobrevivir fue construir una vida tan mía que, cuando el pasado finalmente encontró la puerta, ya no tuvo poder para obligarme a cruzarla.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward