Dejaron al omega inconsciente, sin saber que 50 lobos observaban y aguardaban en las sombras.

Dejaron al omega inconsciente, sin saber que 50 lobos observaban y aguardaban en las sombras.

PARTE 1

La noche que me expulsaron de mi propia manada, me dijeron que nadie vendría por mí.

Tenían razón en una cosa.

Nadie de Valle del Pino regresó.

Lo que ellos no sabían era que, cuando caí inconsciente junto al camino, cincuenta lobos de la Corona ya sabían exactamente dónde estaba.

Me llamo Emilia Navarro.

Tenía veintisiete años y trabajaba en la oficina de suministros de una pequeña comunidad cambiaformas en la Sierra de Chihuahua.

Yo era omega.

Eso significaba que mi trabajo era registrar cajas, firmar entregas y hacer preguntas solo cuando alguien de mayor rango quería respuestas.

El problema fue que empecé a hacer preguntas que nadie quería escuchar.

Durante meses vi familias llegar preguntando por medicinas que, según nuestros registros, ya habían sido entregadas.

Insulina.

Antibióticos.

Cobijas.

Vales de combustible.

La mayoría de quienes reclamaban eran ancianos, madres solas o familias omega de las zonas más alejadas.

Al principio pensé que eran errores administrativos.

Después encontré un segundo libro de cuentas.

Estaba escondido detrás de varios archivos viejos.

No mencionaba nombres.

Solo códigos.

Ruta 742.

Arroyo Norte 11.

Pino Plata 3.

Y cantidades mucho mayores que las registradas oficialmente.

Mi error fue no cerrar el cajón a tiempo.

Cuando levanté la cabeza, Arturo Del Valle estaba en la puerta.

Era el alfa de nuestra comunidad.

No dijo nada.

Solo miró el libro.

Al día siguiente me acusaron de alterar registros.

La hermana de Arturo, Raquel, aseguró que yo había robado documentos.

Negué todo.

No sirvió.

Antes del atardecer recibí la orden de abandonar el territorio.

Caminé casi ocho kilómetros con una bolsa de ropa y un pequeño colgante de plata que había pertenecido a mi madre.

Raquel me siguió durante parte del trayecto junto a dos hombres.

No para ayudar.

Quería saber dónde había escondido el libro.

—No lo tengo.

—Entonces dinos qué viste.

—Vi medicamentos que nunca llegaron a las familias.

Uno de los hombres bajó la mirada.

Raquel lo notó.

Yo también.

Ahí entendí que el problema era mucho más grande de lo que imaginaba.

Seguí caminando.

No había comido desde la mañana.

El frío de noviembre me entumecía las manos.

A menos de un kilómetro del Camino de la Corona, mis piernas dejaron de responder.

Caí junto a los pinos.

Escuché a uno de los hombres decir que no podían dejarme allí.

Raquel respondió que alguien me encontraría.

Después volvió a preguntarme por el libro.

—Nunca lo tomé.

Sus pasos se alejaron.

Cerré los ojos.

Lo último que recuerdo fue pensar que quizá nadie sabría lo que había ocurrido.

Me equivoqué.

Horas después desperté envuelta en cobijas dentro de una estación de guardabosques.

Mi tía Graciela estaba sentada junto a mí.

—¿Dónde estoy?

—En una estación de la Corona.

Intenté levantarme.

Afuera había sombras moviéndose entre los árboles.

—¿Valle del Pino me encontró?

—No.

Una voz masculina respondió desde cerca de la chimenea.

—Esos lobos son míos.

Volteé.

Reconocí al hombre inmediatamente.

Santiago Montenegro.

Rey Alfa de los territorios del norte.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Toda omega sabía reconocer una presencia así.

Pero Santiago no avanzó.

Al contrario.

Retrocedió un paso.

—Aquí nadie te va a obligar a hacer nada.

Eso me desconcertó más que su rango.

Un hombre llamado Daniel Salas, jefe de reconocimiento, extendió un mapa sobre la mesa.

La Corona llevaba tres semanas vigilando rutas clandestinas alrededor de Valle del Pino.

Cuando mencionó suministros, olvidé mi miedo.

Le conté lo que había visto.

Las entregas falsas.

Las medicinas desaparecidas.

Los códigos del segundo libro.

Daniel escribió uno de ellos.

Después sacó un informe.

El mismo número aparecía allí.

No correspondía a una entrega de nuestra oficina.

Era el código utilizado por transportes privados no registrados.

Se me heló el cuerpo.

—Entonces los suministros…

—Estaban saliendo de tu territorio por rutas clandestinas —dijo Daniel.

Mi tía tocó el colgante que llevaba al cuello.

Santiago lo había visto.

Era un símbolo casi borrado: una corona sobre tres pequeñas estrellas.

Graciela finalmente explicó que había pertenecido a mi madre.

Años atrás, ella había ayudado al padre de Santiago durante una emergencia de invierno.

Él le había entregado aquel emblema con una promesa:

Si alguna vez su familia era perseguida por su propia manada, la Corona escucharía antes de juzgar.

Yo apenas estaba procesándolo cuando una radio sonó.

Daniel escuchó el mensaje.

Su rostro cambió.

—Vienen jinetes desde Valle del Pino.

Santiago levantó la vista.

—¿Quién los dirige?

Daniel miró directamente hacia mí.

—Arturo Del Valle.

Me acerqué a la ventana.

Varias siluetas ya aparecían entre los árboles.

Y el hombre que me había expulsado venía al frente.

PARTE 2

Cuando Arturo entró en la estación, actuó como si estuviera preocupado por mí.

Eso fue lo primero que me hizo enojar.

La noche anterior había ordenado que desapareciera de su territorio.

Ahora, delante del Rey Alfa, decía que yo me había marchado confundida después de una discusión.

Raquel permanecía detrás de él.

No levantaba la mirada.

Arturo pidió llevarme de regreso.

Santiago no contestó por mí.

Eso fue importante.

Se limitó a mirarme.

—¿Quieres volver con ellos?

Sentí el viejo reflejo de obedecer.

Lo había aprendido desde niña.

Pero recordé a las familias que llegaban a mi escritorio buscando medicinas.

—No.

Arturo se quedó inmóvil.

Repetí la respuesta.

—Yo no me fui voluntariamente. Me expulsaste porque descubrí que faltaban suministros.

Su expresión cambió.

—No entiendes esos documentos.

—Entiendo que doce cargamentos aparecían como entregados y yo solo vi cinco.

Daniel abrió su libreta.

Arturo trató de ignorarlo.

—No existe ningún libro secreto.

—Raquel me preguntó dónde lo había escondido cuando apenas podía mantenerme de pie.

Uno de los testigos que había llegado con ellos miró a Raquel.

Ella palideció.

Arturo decidió entonces jugar su última carta.

Dijo que no había pruebas.

Que nadie había visto lo ocurrido en el camino.

Daniel caminó hasta la puerta.

La abrió.

Al principio solo vimos pinos.

Después apareció un hombre con uniforme oscuro.

Luego otro.

Tres más.

Cinco grupos de reconocimiento comenzaron a salir del bosque.

Diez miembros en cada grupo.

Cincuenta en total.

Arturo dejó de sonreír.

No todos habían visto el mismo momento.

Eso era precisamente lo importante.

Estaban distribuidos a lo largo de kilómetros de rutas clandestinas.

Uno había visto a Raquel seguirme hacia el norte.

Otro registró cuándo regresó sin mí.

Otro documentó las huellas de los caballos.

Una patrulla había alcanzado a verme momentos antes de que perdiera el conocimiento.

También habían registrado una señal de radio enviada desde nuestro territorio preguntando si el camino del norte estaba despejado.

Arturo había dicho que nadie miraba.

La verdad era que el bosque llevaba semanas observándolo.

Pero el problema real no era mi expulsión.

Daniel colocó varios informes sobre la mesa.

Los códigos que yo recordaba coincidían exactamente con transportes privados.

Medicinas destinadas a familias pobres salían por rutas secundarias hacia almacenes asociados con negocios del consejo.

Después ocurría algo todavía peor.

Las familias que no recibían sus medicamentos o combustible se endeudaban.

Semanas más tarde alguien les ofrecía “ayuda” a cambio de tierras.

Once hogares omega habían cedido propiedades durante el último año.

De repente recordé rostros.

Una mujer mayor que lloró porque su medicamento nunca llegó.

Un campesino eliminado misteriosamente de la lista después de negarse a firmar papeles.

Una madre que preguntaba cada semana si alguien se había olvidado de ellos.

—Los hacían desesperarse —dije.

Arturo no respondió.

Raquel comenzó a llorar.

Admitió que sabía que algunas cosas estaban mal, aunque afirmó que nunca comprendió toda la operación.

Le había tenido miedo a su hermano durante años.

No la absolví.

Pero tampoco era yo quien debía decidir su responsabilidad.

La investigación lo haría.

Entonces Graciela reveló algo sobre mi madre.

Su familia provenía de una antigua línea omega conocida como Línea de Escarcha.

No tenían más fuerza física.

Ni podían dominar a otros lobos.

Su habilidad era distinta.

Percibían cambios extraños dentro del vínculo de una comunidad.

Miedo colectivo.

Coerción.

Desconfianza.

Desarmonía.

Durante meses yo había sentido ansiedad cada vez que entraban determinadas familias a la oficina.

Siempre había pensado que era demasiado sensible.

Tal vez estaba percibiendo algo que todos los demás se habían acostumbrado a ignorar.

La Corona abrió una investigación completa.

Seis semanas después, Arturo fue removido de su cargo.

Las tierras obtenidas mediante presión fueron devueltas.

Las deudas asociadas con la operación quedaron anuladas.

Los fondos recuperados se utilizaron para reemplazar medicinas y suministros.

Yo regresé una sola vez a la oficina donde todo había comenzado.

Me quedé detrás del mismo mostrador.

Recordé cuántas veces había bajado la mirada cuando Arturo entraba.

Esta vez nadie me pidió hacerlo.

Santiago esperó afuera.

No entró conmigo.

Cuando salí, Daniel me entregó un documento.

Era una oferta de trabajo.

La Corona estaba creando una oficina para recibir denuncias de omegas y familias de comunidades fronterizas antes de que el miedo, el rango o las amenazas enterraran sus historias.

Querían que yo la dirigiera.

Seis semanas antes me habían llamado problemática por hacer demasiadas preguntas.

Ahora querían pagarme por seguir haciéndolas.

Acepté.

La ceremonia de apertura se realizó en el mismo camino donde había perdido el conocimiento.

Los cincuenta exploradores estaban allí otra vez.

Solo que ahora no se escondían entre los árboles.

Estaban a plena luz del día.

Después de que todos se marcharon, Santiago se quedó conmigo.

—Has estado muy callado últimamente —le dije.

—Intentaba no complicarte más la vida.

Me reí.

—Debe ser difícil para un Rey Alfa.

—Muchísimo.

Luego su expresión se volvió seria.

Me confesó que había sentido algo extraño desde la estación.

Su lobo me reconocía como compañera.

No dijo nada durante seis semanas.

—¿Por qué?

Miró el camino donde me habían abandonado.

—Porque demasiadas personas ya decidieron por ti dónde debías vivir, qué podías preguntar y cuál era tu lugar. No quería que el destino se convirtiera en otra orden.

Por primera vez, esa idea de “compañero destinado” no me produjo miedo.

Santiago no extendió la mano.

No se acercó.

Solo preguntó:

—¿Puedo conocerte como hombre antes de pedirte que me conozcas como compañero?

Sonreí.

—Sí.

Meses después una joven omega entró en mi oficina con una carpeta contra el pecho.

Antes de sentarse empezó a disculparse por hacerme perder el tiempo.

La interrumpí.

—Aquí no necesitas ganarte el derecho a ser escuchada.

Ella me miró como si nunca nadie le hubiera dicho algo así.

Por la ventana vi a Santiago esperando para nuestra caminata de la tarde.

No entró.

Sabía que aquella conversación no le pertenecía.

Volví a mirar a la joven.

Una vez me dejaron junto a un camino porque personas poderosas estaban seguras de que nadie preguntaría qué me había ocurrido.

Ahora mi trabajo existía precisamente para evitar eso.

Y cada vez que alguien cruzaba aquella puerta, recordaba la noche en que pensé que estaba completamente sola.

Nunca lo estuve.

Solo que quienes estaban mirando todavía no habían salido de entre los árboles.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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